Vulkan vive

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Capítulo Ocho. Hecho pedazos

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Capítulo Ocho. Hecho pedazos

Capítulo Ocho

Hecho pedazos

Cuando un hermano pelea contra un hermano,

se llama rivalidad.

Cuando un hermano mata a un hermano,

se llama sucesión».

—VALDREKK ELÍAS

Dieciocho cadáveres obstruían la calle situada abajo.

Quince de aquellos cuerpos eran de traoranos, que vestían túnicas negras y rojas sobre su vestimenta urbana. Narek apenas si reparó en ellos, pero los tres guerreros con servoarmadura que se habían unido a los sectarios en la muerte enviaron un consternado temblor a su mentón.

La cacería silenciosa había finalizado. A pesar de los recelos de Narek, Elías había reunido a sus perros sacándolos de sectas de la ciudad y los había soltado sin pensar ni tener conciencia del destino al que los había enviado. Había sectarios por todas partes, en Ranos. Ellos habían preparado el terreno para la llegada de la legión, habían ablandado la presa antes de la matanza. Era una tarea que cuadraba muy bien con sus limitadas aptitudes.

Contra legionarios, sin embargo, se habían quedado drásticamente cortos.

Uno de los humanos había tropezado con un cable camuflado que disparaba una alarma, desencadenando el estallido en cadena de explosivos empotrados en la calle. Granadas aturdidoras estallaron simultáneamente, llenando de luz y humo la estrecha calle atestada de edificios a ambos lados. Un segundo grupo de bombas incendiarias entró en acción tres segundos más tarde, delante y detrás de la patrulla, encerrándolos en una trampa mortal. Durante el último y corto minuto que les quedaba de vida, los sectarios se habían dejado llevar por el pánico y los legionarios recurrieron a su adiestramiento, formando un perímetro defensivo en mitad de la calle. Los saboteadores habían tomado en cuenta esa reacción en su trampa, pues una pareja de centinelas controlados automáticamente hicieron su aparición.

Los fogonazos de las armas habían hendido el humo mientras un intenso fuego de artillería brotaba implacable de una pareja de Tarántulas sobre soportes ocultas a cada extremo de la calle. Los cañones habían estado muy bien camuflados, al igual que toda la trampa. Ni siquiera Narek había visto el cable ni a los centinelas, y se preguntó a sí mismo si estaría perdiendo su agudeza.

Desorientados, con algunos de sus compañeros caídos ya ante ellos, los sectarios fueron despedazados en segundos. Los hermanos de Narek no duraron mucho más. La servoarmadura era una gran protección pero ni siquiera ella podía resistir un fuego de enfilada doble a poca distancia por parte de un par de cañones automáticos.

El resultado final fue sangriento y rápido.

Narek y Dagon sobrevivieron debido a que estaban por encima de la tormenta de balas, actuando como unidad de apoyo desde un tejado. Narek había estado a punto de establecer contacto con sus hermanos cuando saltó la trampa y les sobrevino la matanza.

Mientras contemplaba aquella carnicería, Narek frunció el entrecejo.

—Beliah, Zephial, Namaah, todos muertos. Haruk también. Dime, hermano —⁠dijo, volviéndose hacia Dagon, que acababa de regresar del nivel de la calle⁠—, ¿a quién debo matar para vengarles?

—La trampa era buena —respondió el otro⁠—. Muy buena. Incluso sobre el terreno, me habría costado ver el cable.

—¿Cinturón de granadas de fragmentación? —⁠preguntó Narek.

Dagon asintió.

—Y algunos explosivos más potentes, también. Antiblindaje.

Ese debía de ser el estallido secundario que habían visto y notado desde el tejado.

—Naturalmente. ¿Y los cañones centinela?

Las dos Tarántulas montadas sobre trípodes escupían humo. Chispas diminutas brotaban esporádicamente alrededor de la junta del cardán que unía el soporte del trípode a la culata del arma. Narek las había inutilizado, pero no antes de que hicieran trizas a Beliah, Zephial y Namaah.

—Conectados a una rutina de fuego automática, basada en la detección de movimiento —⁠indicó Dagon.

—De modo que no tenían intención de quedarse para contemplar la matanza.

—No, pero he encontrado esto.

En la palma extendida de Dagon había un pequeño dispositivo metálico. Tenía forma de disco y una luz roja en su centro parpadeaba rápidamente.

Un sensor.

Narek lo cogió, examinando el aparato en su mano.

—Tal vez sean pocos pero desde luego están bien equipados. —⁠Volvió a echar una ojeada abajo a la calle⁠—. Y poseen un gran talento para trastornarlo todo.

—¿Saboteadores? —preguntó Dagon.

—No hay duda. Las legiones deshechas han recurrido a tácticas de guerrilla para llevar adelante su guerra.

—Podrían ser tan solo una avanzadilla. ¿Cómo puedes estar tan seguro?

Los ojos de Narek volvieron a contemplar el sensor.

—Porque es lo que yo haría. —⁠Calló un momento, dando vueltas al disco del sensor en la mano como si escudriñarlo fuera a revelar los secretos de su adversario; luego inspeccionó el horizonte urbano, prestando mucha atención a los edificios más próximos.

—¿Qué sucede? —preguntó Dagon.

La mirada de Narek permaneció detenida un momento en la sombra de una torre de refrigeración a lo lejos.

—Nada —contestó—. Vigila la calle, tengo que contar a Elías lo que hemos encontrado.

Dagon asintió y volvió a bajar.

Cuando estuvo solo otra vez, Narek activó el frasco de disformidad. Al cabo de unos segundos, la forma de Elías se materializó ante él. Estaba limpiando su cuchillo ritual, preparándose para la siguiente víctima.

Me interrumpes con buenas noticias, espero. Sacrificar a toda una ciudad es arduo y tengo mucho trabajo que hacer aún antes de que acabemos.

—Tus refuerzos están todos muertos.

Es un despilfarro, ¿no crees? Esos eran los únicos guerreros próximos a tu ubicación.

—No fue decisión mía enviarlos.

El tono de Elías se tornó repentinamente mordaz.

Recuerda con quién hablas, Narek.

Una vena en el cuello del cazador empezó a palpitar con violencia pero el legionario reprimió su ira.

—Tú eres mi señor, apóstol oscuro.

Di un sentido a tu vida, cazador. No lo olvides.

—Uno muy honorable. No lo olvidaré.

¿Qué hay de las sectas? Deberían haberse alzado ya. Utilízalas. La ciudad está a mi servicio.

—Los mortales también están muertos.

Elías mostró un semblante contrariado pero controló su agitación.

¿Qué ha sucedido? Pensaba que simplemente le seguíais la pista al humano.

—Eso hacíamos. Pero esos «otros» que mencioné decidieron interponerse en nuestro camino. —⁠Su mirada regresó a la torre de refrigeración⁠—. Uno de tus devotos hizo saltar una trampa que nuestro enemigo nos había tendido. Pertenecen a las legiones.

¿Estás seguro de ello?

—Sí.

¿Les has visto?

—No, pero todos los indicios apuntan a nuestros antiguos primos. Ningún humano mata a Beliah, Zephial y Namaah de ese modo. Eso no pasa así sin más. No a ellos. Ni siquiera yo vi el cable trampa.

Elías le miró desdeñoso.

Estás perdiendo tu agudeza.

—Es posible, supongo.

No hay fuerzas de la legión concentradas en esta región del espacio. Es justo el motivo por el que lord Erebus nos envió aquí. Se suponía que nadie nos molestaría. ¿Quiénes son?

—Restos, creo. Supervivientes que se han juntado y llevan a cabo sus propias operaciones.

¿Escoria de Isstvan? —⁠Elías sonaba perplejo.

—Eso creo, sí. Quiero echar un vistazo más de cerca para estar seguro. Elías calló un momento, como si sopesara la trascendencia de aquello.

Nada puede impedir lo que estamos haciendo, Narek. El resultado de la guerra podría depender del cambio cosmológico que efectuemos aquí.

—Es una suerte que no tenga las manos vacías, entonces.

¿Tienes lo que ellos sacaron de las catacumbas?

Narek lo sostuvo en alto en la otra mano.

—Es una lanza. Al menos la punta.

Los ojos de Elías parecieron iluminarse.

Afila las nuestras, embota las suyas…

Narek frunció el ceño, desconcertado.

Tráemela al lugar del ritual —⁠indicó Elías⁠—. El resto de nuestra hermandad está regresando con nuevos mortales que desangrar, y me gustaría examinarla antes de que lleguen.

—¿Qué debería hacer respecto a los legionarios infiltrados? Todavía tienen al humano que estábamos persiguiendo.

Carecen de importancia por el momento. Tráeme el arma, Narek. Daremos caza a esos desgraciados decrépitos más tarde. —⁠Elías sonrió con autoindulgente malicia⁠—. Haremos que deseen haber muerto en las llanuras de Isstvan con el resto de los suyos.

—Desde luego. —Narek estaba a punto de cortar la comunicación cuando Elías le interrumpió.

—¿Qué aspecto tiene? —⁠preguntó.

Narek dio la vuelta a la lanza en la mano. Era corta, la punta no mucho mayor que un cuchillo de combate en cuanto a longitud y anchura, con un asta rota que tenía aproximadamente la mitad de ese tamaño. A simple vista, no llamaba la atención, era un fósil mineral perfecto que recordaba una lanza con forma de tridente. Gris, de una suavidad casi metálica, con un borde afilado. Pero cuando Narek la sujetó, pudo percibir el tamborileo del poder que contenía su interior y ver el destello de energía que discurría sin pausa a lo largo de toda su longitud al ser tocada por la luz.

—Divino…

La conexión finalizó y Narek quedó a solas con sus pensamientos. No le encolerizaba que tres de sus hermanos yacieran muertos en la calle situada a sus pies; «cólera» era una palabra demasiado simple para definir su estado emocional en aquel momento. Incluso la muerte de Haruk, a quien despreciaba personalmente, requería una respuesta. Era más bien como una comezón, una sensación de algo inacabado, un desequilibrio que corregir.

Decidió que no regresaría con la lanza de inmediato. Iba en contra de las órdenes, pero a Narek lo motivaba el deber, no los caprichos del apóstol oscuro. Ante todo, les debía algo a sus hermanos. Además, quería ver el rostro de su enemigo.

Desenvainó su gladio, colocó la lanza en la vaina vacía y se puso en contacto con Dagon.

—Empiezo a cansarme de este tejado, hermano.

¿Qué sugieres?

—Han matado a Beliah, Zephial, Namaah y Haruk. Deberíamos honrar a los muertos.

Te escucho.

—Vayamos de caza.

Numeon no pareció muy impresionado.

—¿Ese nombre tiene que significar algo para mí?

—No, no tiene por qué —respondió Grammaticus⁠—. No a ti. Pero lo que estoy haciendo aquí sí debería.

—Y ¿qué es, exactamente?

—Creo que sé por qué están aquí los Word Bearers, y por qué estáis también vosotros.

El semblante de Domadus se crispó, y la mano fue hacia una pistola bólter enfundada cerca de la cadera derecha, antes de que un movimiento de la cabeza de Numeon le contuviera.

—Sigue hablando —indicó el Salamander.

—¿Corremos peligro? —preguntó Grammaticus⁠—. Vuestro… amigo parecía nervioso cuando salió.

—Un peligro inmenso, pero te he dicho que sigas hablando —⁠respondió Numeon⁠—. ¿Qué sabes?

Grammaticus devolvió su atención al relato, intentando no imaginar qué podía representar un peligro inmenso para un Space Marine, y dijo:

—Creo que están corrompiendo este lugar. Creo que el Emperador vino aquí hace mucho tiempo, y ellos están mancillando eso con sus artes.

Numeon se aproximó más, hasta que Grammaticus pudo percibir el olor a cenizas de su aliento.

—Y ¿qué artes son esas, John Grammaticus?

—¿Tengo razón?

Numeon entornó los ojos.

—¿Qué artes?

—Sabes de qué hablo. Vosotros queréis detenerlos, ¿no es cierto? Ya no sois de la legión, eso al menos resulta obvio por vuestras armas y armaduras maltrechas. Dudo que seáis más de veinte. Vi vuestras naves de desembarco. ¿A cuántos pueden transportar? ¿Suficientes para una guerra terrestre?

—Noventa hombres yendo al completo —⁠contestó el otro⁠—, pero las bodegas estaban escasamente ocupadas cuando aterrizamos en el planeta, tienes razón respecto a eso.

Numeon se agachó para coger el pedazo de pergamino todavía incrustado bajo la pata de la silla.

—Estamos aquí para desbaratar su operación pero no planeamos librar una guerra.

Mostró el papel a Grammaticus. Era un póster de propaganda, uno que denunciaba el dominio del Imperio y citaba a Horus como el auténtico emperador de la galaxia.

—La rebelión fermentaba aquí mucho antes de la llegada de los Word Bearers. Debemos impedirles que lo contaminen aún más.

Así que Traoris estaba al servicio del enemigo. Pero una revuelta era algo muy distinto a una servidumbre voluntaria al Aniquilador Primordial. Grammaticus imaginó cultos secretos, constituidos a lo largo de años de dominio imperial, desportillando poco a poco los fundamentos de la sociedad, y su repentina y aterradora ascensión cuando Horus desafió la voluntad de su padre y abrazó un antiguo mal.

—La rebelión es una cosa —dijo Numeon⁠—. Convertirse al poder siniestro al que ahora sirve Horus es otra. No lo comprendo del todo pero he visto algo de lo que puede hacer. Vuelve a los hombres en monstruos y hace que corazones, que eran nobles, se entreguen a instintos más viles. Cada mundo liberado durante la Gran Cruzada se enfrenta a una batalla para salvar su alma. Traoris se tambalea al borde de un abismo. Estoy aquí para asegurar que no caiga en él.

—Eso suena muy ambicioso.

—Y, sin embargo, aquí estamos.

Grammaticus fue categórico:

—Necesito esa lanza.

—Incluso aunque yo quisiera, ahora no se puede regresar a buscarla.

—¿Has considerado que podrías servir a un propósito más importante?

—¿Y ayudarte?

—Sí.

—Y ¿por qué motivo, John Grammaticus, haría yo eso?

—Porque lo que hago aquí está relacionado con vuestro primarca.

—¿Qué es lo que acabas de decir? —⁠Numeon entornó los ojos con suspicacia.

—Vulkan.

El Salamander apretó los puños con fuerza.

—Conozco el nombre de mi primarca. Explícate.

—La lanza que encontré no es una lanza en sí. Es una fulgurita, es la horquilla de un rayo cristalizada en roca.

—También sé qué es una fulgurita —⁠contestó Numeon⁠—. Dime qué tiene que ver con Vulkan.

Grammaticus se pasó la lengua por los labios.

—¿Crees que vuestro primarca está muerto?

Numeon no vaciló, y algo semejante a la esperanza titiló en sus ojos.

—No.

—Vive, Numeon. Vulkan vive.

—¿Cómo lo sabes? ¿Dónde está tu prueba?

—Dijiste que creías que estaba vivo.

Al legionario se le acababa la paciencia y gruñó:

—Existe una diferencia entre creer algo y la realidad. ¿Por qué tendrías que decir algo así si careces de pruebas?

—Porque es cierto y porque te doy mi palabra.

—¿Qué valor tiene eso?

Grammaticus alzó la mano, como en señal de rendición.

—Por favor. Pediste la verdad y te la estoy dando.

—Dirías cualquier cosa para salvarte.

—Cierto, pero no te miento. Haz que tu psíquico me lea la mente otra vez si lo deseas; verás que no son falsedades.

Numeon dio la impresión de estarlo considerando, cuando preguntó:

—¿Qué tiene que ver esta lanza con Vulkan?

—Si he de ser sincero, no lo sé. Está ligada a su destino de algún modo. Simplemente se me encomendó venir aquí a recuperarla.

Eso era una mentira; al menos una parte lo era, pero Grammaticus sabía que sus patrones le habían dado todo lo que necesitaba para blindar su mente.

Numeon frunció el entrecejo.

—¿Quién te lo encomendó?

—Es difícil de explicar.

El comunicador de Domadus crepitó y Grammaticus captó la murmurada entonación de una voz en el otro extremo.

—Inténtalo —dijo Numeon, y estaba a punto de decir algo más cuando Domadus se le aproximó.

—Pergellen está de vuelta con Shen’ra y quiere verte.

Numeon asintió en respuesta.

—No digas absolutamente nada de esto a nadie más.

Domadus asintió.

—Y ¿qué hacemos con él? —preguntó el Iron Hand, sacando una espada de hoja corta del cinto a la vez que en sus ojos brillaba una fría mirada que no le hizo la menor gracia a Grammaticus⁠—. Podría silenciarle ya. Pondría fin a su sediciosa palabrería. También conoce nuestro paradero y cuántos somos.

—Todavía no estoy seguro de si es sediciosa… —⁠Numeon hizo una pausa, meditando⁠—. Además, no sabe nada, al menos no sobre nosotros.

—Complicaría nuestra misión —⁠indicó Domadus.

—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr. Sabe algo, Domadus, y quiero saberlo yo también. —⁠Se volteó hacia el Raven Guard.

—Le vigilaré —declaró Hriak, descruzando los brazos despacio, como si desplegara las alas.

—Domadus —añadió Numeon.

—Nadie entrará ni saldrá a menos que tú lo digas.

—No, iba a decir que no dejes que Hriak le vacíe la mente al humano. La quiero intacta para interrogarlo más tarde.

—Me hieres profundamente —manifestó el Raven Guard.

Numeon frunció el ceño.

—¿Eso ha sido sarcasmo, Hriak? Sonabas casi tan afectuoso como Domadus.

El Iron Hand lanzó una sonora carcajada y se hizo a un lado.

Numeon les dedicó un saludo a ambos con la cabeza, les dio la espalda y abandonó la habitación.

—Me sentía más seguro cuando estaba solo —⁠dijo Grammaticus sin demasiado entusiasmo, pasando la mirada de la estoica figura del Iron Hand al espectro amenazador del Raven Guard.

Hriak no compartía el sentido del humor del hombre y le devolvió una mirada iracunda a través de las rendijas del casco.

—Lo estabas —respondió con voz áspera.

Tras un corto recorrido por un pasadizo de acceso y el cuarto de las literas del viejo manufactorum, Numeon llegó al abandonado refectorio de la imprenta. Era un espacio en gran parte vacío, con baldosas grises en el suelo y unos cuantos bancos y mesas volcados en los extremos de la sala. Allí había tenido lugar una corta refriega, en la que los ciudadanos leales de Ranos habían tenido las de perder en última instancia. Entre las manchas de comida derramada, había también vestigios de sangre.

En mitad de todo ello, esperando al Salamander, estaba Pergellen.

El Iron Hand tenía un rostro enjuto, con los ojos ocultos tras un visor de acero con una única banda retinal recorriendo su superficie. Las luces estaban apagadas en el refectorio, lo que hacía que el visor brillara con suavidad en la oscuridad. El único otro implante biónico del legionario era su mano izquierda, que rechinó ruidosamente cuando la usó para agarrar la muñeca de Numeon. Sus cabellos eran negros como el azabache, y los llevaba muy cortos, tal y como los había llevado su difunto señor y padre.

Colgado al hombro de una correa, Pergellen llevaba un rifle de francotirador con un cañón muy largo. Era su mortífera puntería la que había acabado con el Word Bearer en el almacén, aunque tratándose de un blanco a tan corta distancia no era ningún desafío. Había querido utilizar el almacén como madriguera desde la que mantener un puesto de vigilancia, pero sus esperanzas se fueron al garete en cuanto el humano irrumpió allí.

—Parecías inquieto, Artellus —⁠le dijo a Numeon.

—No es nada. —Numeon sonrió para ocultar la preocupación que evidentemente había aparecido en su rostro, y devolvió el apretón de Pergellen en un saludo formal pero amistoso⁠—. Me alegra tenerte de vuelta. ¿Dónde está Shen’ra?

—En el patio, con los demás —⁠respondió él en tono inexpresivo.

Pergellen era un tipo serio, poco dado a las bromas. Pero les había salvado la vida a Numeon y a Leodrakk en las llanuras de Isstvan V. Muy pocos morlocks habían escapado, poquísimos miembros del clan Avernii quedaban para proseguir con su magnífico y noble legado.

Cuando los obuses cayeron y todo el horror de la traición se reveló, fue Pergellen quien se había abierto paso de vuelta a las naves de desembarco, en tanto que otros perdían la razón ante la muerte de Ferrus Manus.

Fue Pergellen quien había arrastrado el cuerpo inconsciente de Domadus por las negras arenas, y quien había mantenido abierta una senda hasta el transporte. Muchos no lo consiguieron.

Leodrakk y él habrían muerto sobre aquel terreno de no haber sido por Pergellen. Sus hermanos de la Pyre Guard podrían muy bien estar todos muertos, pero Numeon se aferraba a la esperanza de que no lo estaban, del mismo modo que creía que Vulkan seguía vivo.

Si lo que el humano había dicho era cierto, entonces tal vez… Desechó la idea al instante, sabiendo que era una estupidez depositar su esperanza en un hombre así.

En su lugar preguntó:

—¿Cuántos días estuvimos en aquella nave de desembarco, Pergellen?

Era adonde solían ir a parar sus conversaciones en un momento u otro.

—Cincuenta y un días, ocho horas y cuatro minutos —⁠respondió el Iron Hand.

Habían sido un revoltijo de unidades y legiones dispares por aquel entonces. No todos habían sobrevivido a la huida. Algunos sencillamente estaban demasiado malheridos o muertos cuando los arrastraron a bordo. De los cuarenta y siete legionarios que escaparon en aquella nave, solo veintiséis sobrevivieron.

Vivieron el tiempo suficiente para reunirse con el Arca de fuego, un crucero de ataque que había sobrevivido a la carnicería; uno de los pocos. No lo había conseguido sin sufrir daños, y muchos miembros de la tripulación murieron durante aquella huida desesperada. Heridos, agotados, habían dirigido los cañones que tenían sobre la nave de desembarco que emergía de aquel mismísimo caos, sin darse cuenta de que eran amigos, no enemigos.

No había legionarios a bordo, ni uno. Cada guerrero en condiciones capaz de llevar armadura había sido enviado a hacer entrar en vereda al desacreditado señor de la guerra. Fue extravagante, comprendió Numeon al volver la vista atrás; un modo de efectuar una demostración de fuerza a otra demostración de fuerza y esperar que los últimos retrocedieran ante los primeros. Qué equivocados estaban. Ya no le parecía extravagante; en cambio, olía a sacrificio ignorante. Y el modo en que Horus había preparado su altar para aquella ofrenda voluntaria. Las espadas de sus traidores estuvieron sin duda afiladas sobre la losa de Isstvan V.

Desde que encontraron el Arca de fuego y a la valiente pero diezmada tripulación que quedaba a bordo, habían perdido a tres legionarios más. Numeon los había aliado entre sí, les había devuelto cierta apariencia de propósito. Pero no lo consiguió sin riesgos, y una vena de fatalismo empezó a crecer en la compañía. Lo había esperado de los Iron Hands, pero estos sobrellevaron la pérdida de su primarca con una sosegada y férrea determinación que honraba a los medusanos. No, fueron los guerreros de Nocturne, los hijos de Vulkan, los que padecieron más. De todos los Salamanders, únicamente Numeon creía. En lo más profundo de su ser, él sabía que su padre había sobrevivido. El resto, sin importar las apasionadas razones que les daba, no estaban tan convencidos, y combatían por venganza, en lugar de esperanza y deseo de servir.

Numeon sabía que esos hombres estaban destrozados. Privados de liderazgo, se habrían destruido unos a otros, y sin un modo de regresar a sus legiones estaban a la deriva y sin norte.

Sí, Pergellen le había salvado la vida, pero Numeon tenía que creer que él también podía salvar esa legión quebrantada.

—¿Qué has averiguado? —preguntó al explorador.

—Nada bueno. Los sensores de Shen’ra los han hecho saltar una patrulla reducida. La seguí sin ser visto durante un tiempo, antes de que los centinelas acabaran con ellos. Desde luego alertará al enemigo de nuestra presencia aquí.

—Ya sabíamos que los Word Bearers acabarían por descubrirnos. ¿Qué más?

—Además de sus legionarios, que creo que son considerables en número, también tienen a muchos sectarios. Las semillas se sembraron aquí mucho antes de que llegásemos pisándoles los talones a los Word Bearers. Ahora las sectas controlan la mayor parte de Ranos, y están llegando más Stormbird procedentes de otras partes de la ciudad para reforzar a los legionarios que están ya sobre el terreno. Están congregándose cerca de este distrito. Son demasiados para que entablemos combate.

Numeon maldijo por lo bajo, «por la cólera misericordiosa de Vulkan…». No quería abortar la misión, pero no era demasiado tarde para avisar al Arca de fuego que aguardaba en órbita alta. Si se ponían en marcha ahora, podían llegar a las cañoneras y a su crucero, pero ¿qué harían luego?

—Había más —dijo Pergellen, apartando a Numeon de sus pensamientos.

—¿Más buenas noticias? —preguntó él, entornando los ojos.

—Había alguien observando.

—¿Os vieron?

—No a nosotros. Contemplaban cómo sus aliados eran abatidos por los centinelas.

—¿Amistosos?

—No, no lo creo. Inutilizaron las Tarántulas. Shen’ra y yo nos fuimos poco después de eso. Sospecho que podrían haber descubierto nuestro rastro en el almacén y habernos seguido.

—Así pues, lo más probable es que vengan hacia aquí.

—Sí.

El rostro de Numeon se ensombreció. Habían dedicado bastante tiempo a escoger una ubicación segura que actuara como base de operaciones. Ese distrito estaba desierto en su mayor parte, y las cañoneras estaban muy lejos, totalmente fuera de la zona habitable. Supusieron que en las afueras de la ciudad pasarían en buena medida desapercibidas para el enemigo, hasta que decidieran actuar. Gran parte de su plan dependía de aquel supuesto.

—¿Alguna señal de su clérigo? —⁠preguntó Numeon.

Pergellen negó con la cabeza.

—No.

El Salamander adoptó una expresión adusta.

—Hemos visto esto antes, hermano. Fracasamos en Viralis…

Mientras pronunciaba el nombre de ese mundo, una imagen de calles repletas de cadáveres, cuerpos profanados y mutilados al servicio de poderes siniestros regresó a él. Los traidores también habían dejado algo más tras ellos. Los pocos supervivientes habían quedado sumamente cambiados, ya no eran seres humanos. Habían pasado a ser… cosas. Monstruos, enfundados en carne, que se habían introducido en recipientes mortales y los habían vaciado desde el interior. La población de Viralis, toda una colonia, ya no era humana. Otra cosa había ocupado su lugar, vistiéndolos igual que un hombre llevaría puesto un traje.

—Llegamos demasiado tarde para ellos —⁠indicó Numeon, sombrío.

—No hemos llegado demasiado tarde para Traoris —⁠dijo Pergellen⁠—. El clérigo morirá, pero sin el elemento sorpresa tendremos que hacerle salir al descubierto. No fallaremos, Numeon.

—Desde Isstvan. Desde que Vulkan… —⁠Numeon titubeó.

Pergellen le agarró con fuerza por el hombro.

—Me dijiste que creías que seguía vivo, Numeon. No abandones tu fe en esa creencia.

—No lo he hecho, aunque sea el único. Deseo vehementemente, sin embargo, que hubiera alguna señal, algo que nos diera esperanza. —⁠De nuevo, se recordó que no podía confiar en el prisionero⁠—. Nunca antes he sentido esto…, esta… duda que siento ahora.

—Yo he perdido a mi progenitor. Su cuerpo yace decapitado en medio de un campo de cadáveres de nuestros hombres. Tú me proporcionas esperanza ahora. Te sigo como mi capitán. Nos proporcionas un propósito a todos más allá de un fatalismo vengativo. Si debes creer en algo, cree en eso.

Numeon sonrió… con expresión cansada pero sincera.

—Lo hago. Me aferro a ello. Cuántas veces deseé haber muerto en Isstvan V con mis hermanos en lugar de acabar aquí, intentando verle el sentido a esta locura, intentando hacer algo que todavía importe.

—Esto, aquí y ahora… es lo que importa.

Numeon asintió, hallando entereza.

El Iron Hand le soltó al desaparecer la necesidad del contacto.

—Doy por supuesto que no vamos a permanecer aquí —⁠dijo.

Numeon sacudió la cabeza negativamente.

—Este lugar ya no es seguro. Nos trasladamos.

—¿Informarás al Arca de fuego?

—No. Existe la posibilidad de que puedan interceptar transmisiones atmosféricas. Entonces, los fanáticos sabrían de verdad adónde ir y acabarían con nosotros.

—Entonces, haré venir a nuestro intendente para que desmonte el equipo.

—Gracias, hermano. Di a Domadus que estaré en el patio de vehículos. —⁠¿Qué hacemos con el humano?

—Viene con nosotros. Guarda secretos.

—¿No podría Hriak penetrar en su mente y sacárselos?

Numeon se encogió de hombros.

—Si le quisiéramos muerto, yo diría que podría. Le está vigilando.

—Y ¿no le queremos así? Quiero decir, ¿no queremos al humano muerto? No es desfavorable y nos ralentizará.

Numeon negó con la cabeza.

—Los Iron Hands sois una raza insensible.

—Te salvé la vida, ¿no es cierto?

El Salamander rio entonces, si bien Pergellen no bromeaba.

—Lo hiciste, sí. Quiero volver a hablar con el humano. Sabe algo. Además, el clérigo le quiere. Tal vez podríamos utilizar eso.

—Entonces, no es en absoluto un prisionero —⁠repuso el otro⁠—, es un cebo. Y dices que yo soy insensible.

Numeon respondió sin alegría:

—Soy pragmático, hermano. Y haré cualquier cosa para matar a ese clérigo Word Bearer.

—¿Aunque signifique nuestras vidas y la vida de este hombre?

—Sí, incluso si es así. Lo sacrificaría todo para detenerlos, para impedir otro Viralis.

—Y es por eso, Artellus, que yo te salvé.

Los dos guerreros se separaron, el Iron Hand en dirección al taller de imprenta donde retenían al prisionero.

Mientras regresaba al depósito de vehículos, Numeon trató de permanecer concentrado en su alocución a los otros legionarios, pero dos palabras no dejaban de repetirse en su mente, y apenas osaba tener la esperanza de que fueran ciertas. «Vulkan vive».

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