Vulkan vive
Capítulo Nueve. Honrar a los muertos
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Capítulo Nueve. Honrar a los muertos
Capítulo Nueve
Honrar a los muertos
Día tras día, día tras día,
Permanecíamos inmóviles, sin brisa ni movimiento,
Ociosos como una nave pintada
En un pintado océano».
—De La Balada del Viejo Viajero de las Estrellas del bardo COLWRIT
Veintitrés legionarios componían la compañía de Numeon, incluido él mismo. Eran apenas algo más de dos escuadras. La mayoría eran Salamanders, principalmente guerreros de infantería con unos pocos Piroclastas, así como él mismo y Leodrakk que pertenecían a la Pyre Guard. Un par de hermanos de batalla y el codiciario Hriak representaban a la Raven. Y de la legión de los Iron Hand, estaban solo Domadus y Pergellen. Desde la evacuación de los campos de muerte de Isstvan, no había existido ningún contacto con otros cuerpos legionarios.
Su nave, el Arca de fuego, había resultado seriamente dañada en el éxodo de Isstvan V. Algunos sistemas de armamento seguían en buen funcionamiento, si bien eran insuficientes para resistir durante mucho tiempo contra una nave totalmente operativa del mismo calibre. El soporte vital, la energía para iluminar en ciertas cubiertas, los motores y el impulsor de disformidad todavía funcionaban, aunque con una capacidad reducida e inestable. Las comunicaciones eran otra cuestión, no obstante. Las transmisiones a bordo de la nave llegaban bastante bien pero los augures a larga distancia y los despliegues sensoriales no tenían arreglo y eran inutilizables. Incluso la comunicación entre la nave y la superficie funcionaba con grandes altibajos. El capitán Halder había logrado algo casi imposible al conseguir llevar a cabo la huida, pero habían avanzado con dificultad desde entonces y no tenían ninguna información de la guerra a mayor escala, ni siquiera sabían si existía una guerra a mayor escala. Puesto que, por lo que ellos sabían, todos estaban muertos y Horus había vencido.
Numeon se negaba a creer eso. Tal y como se negaba a creer que Vulkan había muerto junto con lord Manus. No había visto caer al primarca, pero las informaciones de sus camaradas supervivientes que sí lo habían visto eran tan convincentes como desalentadoras. Seguían combatiendo con la esperanza de que otros también lo hicieran.
En el depósito de vehículos, su destrozada compañía descansaba en aquellos momentos.
Algunos estaban sentados en cajones de embalaje, comprobando armas, alineando miras o recargando munición. Reconoció a Daka’rai, K’gosi y Uzak acurrucados alrededor de una fogata. Los tres Salamanders no se estaban calentando; pronunciaban juramentos y ennegrecían los guanteletes en las llamas para sellar cada pacto. Más que nunca, los distintos legionarios recurrían a sus rituales y costumbres autóctonas para que les proporcionaran determinación y propósito.
Otros tenían actividades menos clandestinas y dedicaban el tiempo de descanso a efectuar reparaciones de campaña en las armaduras, a comprobar y reenfocar las resoluciones de lentes retinales o a llevar a cabo comprobaciones biométricas. Un legionario, un Salamander llamado Helon, llevaba a cabo cirugía de campaña en uno de los Raven que había resultado herido cuando una cañonera había efectuado un aterrizaje de emergencia durante el descenso al planeta. La cañonera había quedado inservible, pero Shaka viviría. Helon no era un apotecario cualificado, pero a falta de tal especialista se había adaptado a la situación.
El hermano de grajera del Raven, Avus, permanecía en cuclillas sobre el puente transversal de hierro de una grúa desde el que podía contemplarse todo el patio, montando guardia. A Hriak no se le veía por ninguna parte, pero Numeon sabía que el bibliotecario estaría cerca si le necesitaban.
Leodrakk había estado esperando la aparición de Numeon, y abandonó la reservada conversación con Kronor para ir a hablar con él.
—Capitán de la Pyre —saludó, efectuando una leve inclinación—. ¿Cómo le va a nuestro prisionero?
—Sigue vivo, no gracias a ti.
Leodrakk se había quitado el casco, que sujetaba en el pliegue del brazo, de modo que Numeon le vio bajar los ojos ante la leve reprimenda de su capitán.
—Pergellen ya te ha informado —comentó, cambiando de tema.
—Así es.
Leodrakk sonrió con frialdad.
—Deseaba que llegara este momento. Por fin obtendremos nuestra merecida venganza.
—Nos vamos, Leo.
—¿Qué?
—No podemos permanecer aquí, no ahora que nuestros enemigos conocen nuestra presencia.
—¿Qué cambia eso? Que vengan. Los estaremos esperando. —Apretó el puño para recalcar sus palabras.
—No, hermano. No estaremos. Nos superan con creces en número. Este lugar no es precisamente una fortaleza. No podríamos resistir a un ejército, y, además, no vinimos aquí para perecer en una muerte vanagloriosa.
Leodrakk avanzó, instando a Numeon a hacer lo mismo hasta que los petos de ambos casi se tocaron.
—¿Sí, hermano? —preguntó Numeon sin perder la calma, respirando el aliento a cenizas ardientes que brotaba de la boca de su camarada.
Por un momento, Leodrakk dio la impresión de estar a punto de decir o cometer alguna estupidez, y el capitán tuvo que recordarse que la Pyre Guard no era como los otros Salamanders. Estaban forjados de un espíritu feroz e independiente; era el modo en que Vulkan los había moldeado.
—Llevo la sangre de Ska en las manos —musitó Leodrakk, pero retrocedió—. Literalmente, hermano.
Al contemplar el dolor de su hermano, Numeon se ablandó y cerró la mano sobre la espaldera de Leo tal y como Pergellen había hecho con él.
—Lo sé, Leo. Yo estaba allí.
El capitán bajó la mirada hacia el avambrazo y el guantelete del brazo izquierdo de Leodrakk. Todavía estaba manchado con la sangre de Skatar’var.
—Entonces, dime, si no peleamos por venganza, ¿por qué lo hacemos?
—Por un propósito más importante.
—¿Qué propósito? ¿Matar a un clérigo y conseguir qué?
—No, no es solo eso. Estoy hablando de la XVIII de la Legión.
—No hay Legión, Artellus. —Leodrakk señaló nerviosamente a su espalda—. Somos todo lo que queda.
Numeon vio la ira y la duda en los ojos de su compañero. La había visto reflejada en los suyos propios muchas veces desde que habían escapado, pero algo más los ocupaba ahora, sin embargo. Esperanza.
—Vulkan vive —declaró.
Con un suspiro apesadumbrado, Leodrakk negó con la cabeza. Una risita amarga surgió de los labios.
—Otra vez esto. Está muerto, Numeon. Murió en Isstvan como Ferrus Manus. Vulkan ya no está.
Los ojos del capitán se entrecerraron con certidumbre.
—Ya lo creo que está vivo.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo siento —respondió Numeon, dándose golpecitos con dos dedos sobre el pecho izquierdo—, aquí dentro.
—Deseo que sea cierto, hermano. Lo ansío más que ninguna otra cosa, pero está muerto. Como lo está Ska, como lo están todos ellos. Somos los únicos Salamanders que siguen vivos y preferiría morir en una vanagloria, matando a los que nos traicionaron y a aquellos que asesinaron a los nuestros a sangre fría, antes que marchitarnos y huir como cobardes.
Leodrakk se alejó, y Numeon le dejó marchar, pues carecía de argumentos para hacerle volver. El convencimiento y el testimonio desesperado de alguien que ya había demostrado ser un mentiroso no eran bases sólidas para convencer a nadie de una prueba de vida.
—No es propio de él perder los estribos —dijo Domadus, que acababa de llegar del lugar donde tenían encerrado al prisionero.
Fue a colocarse junto a Numeon, quien le dirigió una mirada de soslayo.
—¿Estás seguro de pertenecer a la X Legión?
—¿Acaso mi aspecto sumamente potenciado sugiere algo diferente?
—Tu sarcasmo sí.
—Todos tenemos nuestros propios mecanismos para sobrellevar la situación, hermano capitán.
—Parece ser que el de Leodrakk es la cólera —murmuró Numeon, observando cómo el otro Salamander abandonaba el lugar hecho un basilisco y salía a la calle situada más allá.
—No sería el único.
—Pues sí, es un hecho del que soy muy consciente, Domadus.
—En ese caso demos algo que hacer a estos guerreros. Pergellen me informa de que vamos a levantar el campamento.
Numeon asintió.
—Sí, los Word Bearers saben que estamos aquí y están de camino. Es necesario que nos hayamos ido cuando lleguen.
—Ajá —respondió Domadus, comprendiendo—, y de ahí la agudización de la cólera de Leodrakk.
—En efecto.
—¿Cuánto tiempo?
—Diez minutos. Pergellen cree que los siguieron a Shen y a él. No voy a correr riesgos.
—En ese caso solo podremos llevar armamento ligero. Munición de repuesto, granadas, cualquier cosa que se pueda transportar con facilidad. Necesitaremos potencia de fuego, no obstante.
—Coge el bólter pesado; los suspensores deberían hacer que fuera lo bastante ligero como para transportarlo yendo de prisa.
—Si quieres que te diga la verdad, capitán, no me había planteado dejarlo. Además, dejará a esos traidores convertidos en una buena piltrafa.
Numeon se permitió una sonrisa irónica al captar el destello de satisfacción en los ojos del otro.
—Sí, ya lo creo, intendente. Colocad cable detonador a todo lo demás. Ninguna arma que abandonemos caerá en manos enemigas.
—O podríamos ocultar el excedente a poca distancia —sugirió Domadus—. Un depósito de munición podría resultar útil contra un gran número de adversarios. ¿Atacar y desaparecer, reabastecernos y luego repetir?
—Es una táctica válida, pero no. Haría falta demasiado tiempo. Inutiliza cualquier cosa superflua.
—Muy bien. —El oficial de intendencia asintió con la cabeza—. ¿Quieres que transmita la información a los demás?
—No, yo lo haré.
Numeon se subió a un cajón de embalaje. Algunos de los otros legionarios se volvían ya hacia él cuando empezó a decir:
—Acercaos…
La potente voz del capitán se escuchó por todo el patio de vehículos con energía y autoridad, exigiendo atención. Los legionarios se aproximaron para escuchar.
—Hermanos, los Word Bearers están reuniendo un gran número de efectivos en esta parte de la ciudad. Huelga decir que no estamos equipados para enfrentarnos a una fuerza así. Si descubren este emplazamiento nos aplastarán, de modo que vamos a trasladarnos. De inmediato.
El anuncio provocó refunfuños por parte de algunos, pero nadie le contradijo.
—Domadus reasignará armas y equipo. Nada de armas pesadas a menos que lleven suspensores. Solo lo que pueda llevar uno mismo. Rifles, pistolas, espadas, granadas. Cualquier otra cosa, se deja. Nuestra misión no ha cambiado. Matar al clérigo enemigo es el objetivo principal. El secundario, causar tanto daño como sea posible y luego abandonar este mundo. —Alzó el puño—. Por la sangre de nuestros caídos.
—Los recordamos a ellos y a su sacrificio —respondieron veintiún legionarios, reproduciendo el saludo de Numeon.
—Y vengaremos a lord Manus —masculló Domadus, golpeándose el peto con el guantelete—. Tendrás que hablar con Shen’ra. —Indicó con un ademán la parte trasera del patio.
Numeon miró al Iron Hand mientras descendía.
—¿Hay algún problema?
—Aún no. Pero lo habrá —respondió Domadus, antes de marchar en dirección opuesta para llevar a cabo las órdenes recibidas—. Al ser su oficial al mando, es menos probable que te pegue.
Numeon exhaló una prolongada bocana de aire para hacer acopio de serenidad.
—Que Vulkan me proporcione fuerzas —farfulló, y se acercó al techmarine.
Shen’ra estaba encorvado sobre un cajón de embalaje largo y rectangular, inspeccionando el contenido cuando Numeon se aproximó. La caja era color gris plomo y llevaba el sello de Munitorum. Al igual que sus hermanos, el guerrero llevaba armadura de combate color verde esmeralda pero la espaldera derecha era roja y lucía el icono del Cog Mechanicum para mostrar su lealtad a Marte. Iba desprovisto de casco; el hemisferio izquierdo del cráneo tenía una placa atornillada a él que interfería con la sincronización de la armadura, y era calvo. Sobre el hombro izquierdo colgaba el muñón de un servobrazo que había resultado destrozado durante la masacre. Sin embargo, algunas de las herramientas del ramal inferior todavía funcionaban, de modo que aún tenía que desmantelarlo.
Shen’ra todavía sentía el dolor de su pérdida. Le despertaba a veces durante la meditación, junto con la postimagen de un sueño siniestro. Al legionario lo acosaban fantasmas, el recuerdo de la extremidad mecánica partida y la remembranza de hermanos muertos, asesinados ante sus ojos.
—¿Sabes lo que hay en este cajón? —preguntó Shen’ra cuando Numeon se detuvo junto a él.
—Un soporte oruga para armas.
Shen’ra se irguió y pasó la mano por el tubo del cañón guardado dentro.
—Es una plataforma Rapier semiautomática para armas pesadas con sistemas de selección de objetivo incorporados y generadores de energía, semioruga y blindada. —Miró a medias a Numeon por encima del hombro—. Esta lleva una selección de láseres destructores. Es una de las armas móviles más devastadoras de todo el arsenal de las Legiones Astartes. La tenemos a nuestra disposición, y ¿quieres que la abandone?
El techmarine se volvió para mirar a Numeon a los ojos, y los servos de la armadura rechinaron en mecánica simpatía con su portador.
Shen’ra era un nocturneano, originario de la ciudad santuario de Temis. Era un gigante; ancho de espaldas y bastante más alto que Numeon. No obstante, el capitán de la Pyre Guard permaneció impertérrito mientras alzaba la mirada hacia el techmarine.
—Levantamos el campamento. Cualquier cosa mayor que un bólter se queda, y no en buen estado. Nuestros enemigos no podrán usar nuestras propias armas contra nosotros.
—Mira a tu alrededor, Numeon. —Shen’ra señaló con la mano el patio de vehículos.
A cada guerrero le estaban sujetando bandoleras con granadas y llenando las bolsas del cinto con cargadores de repuesto. Todos tenían un aspecto decidido, bien armado, pero eran pocos, y además no parecían estar en muy buenas condiciones.
Shen’ra dijo en voz baja:
—Esto no es una legión, y según Pergellen eso es a lo que nos enfrentamos.
—Sé que no estás sugiriendo que abandonemos este mundo —contestó Numeon, en un tono de voz que no presagiaba nada bueno.
—Me insulta que puedas mencionarlo siquiera —respondió el otro.
—Mis disculpas, techmarine.
—Puedo tener el Rapier montado y armado en menos de treinta minutos. Deja que lo lleve con nosotros. La semioruga puede seguir con facilidad nuestra velocidad en tierra y necesitaremos su poder destructivo si queremos disponer de alguna posibilidad de llevar a cabo nuestra misión.
—Ranos es un laberinto, Shen. ¿Y si se queda atascada entre escombros? Puede que sea veloz, pero hay lugares a los que podemos ir a los que un soporte para armas no puede.
—Deja que yo me ocupe de eso. Si tenemos que abandonarlo, entonces que así sea. Destruiré el arma yo mismo, y no habremos perdido nada. Lo que rescatamos de aquella nave de desembarco es todo lo que tenemos, Numeon.
—Los unos a los otros, Shen, eso es todo lo que tenemos.
—De acuerdo —dijo el techmarine—. Más motivo aún para reforzar eso con un cañón montado en una oruga.
Numeon sacudió la cabeza en dirección a Shen’ra. Entre el mal genio de Leodrakk y la tenacidad del techmarine, se preguntó cuál conseguiría antes acabar con él.
—Tienes diez minutos —anunció, y fue a ayudar a Domadus en la coordinación del resto de la destrucción de material.
—Se van —susurró Dagon al comunicador.
Narek tenía el patio de vehículos bajo vigilancia a través de su lente de largo alcance. Como sospechaba, restos de las tres legiones que habían ayudado a diezmar en Isstvan V habían sido responsables de las muertes de cuatro de sus hermanos.
Un portón reforzado separaba el patio de vehículos de la calle. Este carecía de tejado pero estaba rodeado por un muro. Más allá había un patio exterior, una pista asfaltada por la que podían entrar y salir vehículos. También estaba rodeado por un muro, pero terminado en picos a la altura de la cintura y coronado por una malla metálica que no detendría ni una flecha, mucho menos un obús explosivo.
Acababa de ver cómo un Salamander salía por el portón dando un portazo. Parecía desdichado.
—Los ánimos empiezan a exaltarse —murmuró para sí, antes de responder a Dagon—: Alguien debe de habernos descubierto en el lugar de la emboscada y han adivinado que los seguiríamos.
Recordó la torre de refrigeración, y la sensación de que alguien les observaba. Ahora sabía que sus instintos no le habían mentido. Tal vez no estaba tan embotado como pensó en un principio.
—¿Atacamos? —preguntó Dagon.
—Aún no. Avanzaré y echaré un vistazo más de cerca. Permanece aquí arriba y sigue vigilando.
Narek volvió a sujetar la lente de largo alcance al rifle, se lo colgó al hombro y empezó a moverse. Justo antes de entrar en la calle, dirigió una veloz mirada a la chimenea de salida de humos en la que estaba apostado Dagon muy por encima de él y luego inició la marcha.
Muy agachado, Narek avanzó con rapidez bien pegado a las sombras. El enemigo podría tener centinelas, o el que les había visto antes podría estar vigilando. Una vez que hubo recorrido unos doscientos metros de calle, se introdujo en una callejuela lateral y de allí al interior de una vivienda, en la que entró sin hacer ruido por una puerta trasera.
Había cuerpos sin vida dentro. Sangre seca pintaba las paredes, oscura y brillante. Las luces estaban apagadas, hechas añicos; el mobiliario volcado. A un hombre anciano y a una joven los habían abierto en canal y las vísceras relucían en la luz ambiental que penetraba a raudales desde el exterior a través de una ventana rota, cuyas persianas estaban torcidas y rotas.
Había una marca trazada con la sangre. El octeto: la estrella de ocho puntas.
Elías se había asegurado de que las sectas permanecieran bien ocultas hasta que llegara su momento. Narek pudo ver la expresión de sorpresa y horror todavía dibujada en el rostro de la joven. El hombre de más edad mostraba un rictus agónico. Un ataque al corazón, supuso.
Manteniéndose bien agazapado, Narek avanzó hasta la ventana rota. Era una buena posición. No había nada que entorpeciera la línea de visión. Disponía de una trayectoria ininterrumpida hasta el patio de vehículos. La habitación también proporcionaba un escondite satisfactorio. Desplazó sobre la ventana una sección de la persiana rota para ocultar aún más su presencia. Luego se agachó sobre una rodilla, apoyando el cañón del rifle en el alféizar de la ventana, y apuntó a través de la mira. Volvió a abrir la conexión de voz.
—En posición.
—¿Órdenes?
—Cuatro muertes por cuatro muertes. Aguarda hasta que salgan a la calle, entonces te daré la señal.
—Confirmado.
Dagon cortó la comunicación.
Ahora todo lo que tenían que hacer era esperar.
Cuando llegó el disparo, quedó amortiguado por la explosión del cable detonador.
En un principio pareció como si el médico hubiera resbalado, salvo por el géiser de sangre que brotó de la gorguera destrozada.
El Salamander se desplomó de rodillas, borbotando y echando espuma a través de la rejilla del comunicador, mientras el guerrero situado más cerca de él alargaba la mano hacia el brazo convulsionado de su camarada y alertaba al mismo tiempo al resto sobre el ataque.
Grammaticus sintió una fuerte presión contra la espalda cuando el psíquico, Hriak, lo lanzó contra el suelo.
La aseveración de que el tiempo avanzaba despacio durante una crisis era realmente cierta. Era el modo en que el cerebro conseguía ordenar y sobrellevar el trauma subsiguiente, para permitir que el cuerpo reaccionara con toda la rapidez posible para protegerse de cualquier daño.
Durante los segundos pasmosamente lentos que transcurrieron entre el momento en que Grammaticus estaba de pie y a continuación evaluaba su nueva situación, varias cosas sucedieron a la vez.
Numeon gritó la orden de ponerse a cubierto, indicando el muro bajo que rodeaba la pista de asfalto donde la compañía se había congregado, y al mismo tiempo que adhería magnéticamente al blindaje del muslo una pizarra de datos en la que había estado examinando la ubicación de una base secundaria, la otra mano fue en busca del arma que llevaba enfundada al cinto.
Domadus se colocó en posición de impacto, girando despacio el pesado cañón que empuñaba de modo que apuntara al exterior y a los edificios situados más allá.
Pergellen había estado en una posición avanzada junto con el techmarine, y ambos permanecieron agachados; el primero escrutando la oscura ciudad en busca del resplandor de un fogonazo, el segundo apretando la espalda contra la pared a la vez que encendía un panel de control de su guantelete. Los dos intercambiaban respuestas cortantes pero, ensordecido por los gritos y el extraño y casi subterráneo filtro que su cerebro estaba colocando a su oído, Grammaticus no consiguió discernir nada en absoluto. Chocó contra el suelo un segundo después que el Salamander alcanzado por el disparo. El legionario cayó violentamente, como un árbol talado, escupiendo sangre, y un charco empezó a expandirse desde la arteria destrozada del cuello.
—Quéda… te… en el… sue… lo… —le gritó Hriak, y las palabras de psíquico quedaron ralentizadas por la distorsión sensorial.
En cuanto notó la tierra bajo manos y codos, el tiempo recuperó su ritmo normal para Grammaticus.
—No te muevas de aquí —ordenó Hriak, sacando una arma a la vez que iba a dar apoyo a sus hermanos. Grammaticus le siguió con la mirada, observándolo hasta que llegó al muro bajo donde había otro Salamander acurrucado.
El Salamander se asomó, disparando el bólter en un esfuerzo por proporcionar fuego de cobertura. Un segundo disparo lo alcanzó al levantarse, alterando su puntería a la vez que le perforaba el pecho. Cayó de espaldas, atravesado por el proyectil e inmóvil.
Más gritos, en esta ocasión de Numeon a Leodrakk, que se aproximaba poco a poco al extremo del muro y daba la impresión de que iba a intentar cruzar la calle a toda velocidad para ponerse más a cubierto y luego buscar a los atacantes desde allí.
—¡No te muevas! —le chilló a voz en cuello Numeon, con la voz metálica y apremiante a través de la rejilla del comunicador.
Domadus seguía escrutando la zona, con los anillos telescópicos concéntricos de su ojo biónico chirriando mientras enfocaban y volvían a enfocar sobre distintos blancos.
El médico de los Salamanders estaba siendo arrastrado fuera de allí por otros dos legionarios cuando un tercer disparo surgió de la oscuridad. Derribó al de la Raven Guard, haciéndole girar sobre sí mismo con la potencia de entrada a la vez que le arrancaba un alarido de los labios.
—Mantente agachado —gritó Hriak, alargando una mano para indicar a Grammaticus que no se moviera.
—No voy a discutírtelo —masculló el humano, y se pegó al suelo.
—Un destello de metal. Lo veo, en el tejado. Treinta grados al este. Distancia, ochenta metros.
La evaluación de Pergellen llegó a través del comunicador de Numeon.
Había una distancia de siete metros entre ellos, y el capitán vio que el explorador ensuciaba su mira para intentar ocultar los mismos destellos que habían delatado al tirador enemigo.
—Es difícil tener una buena línea de visión en este laberinto. Daremos la vuelta, le cogeremos por su lado ciego.
—Aguarda —dijo Pergellen, y echó una ojeada a los tres legionarios muertos, solos en estos momentos y desangrándose a campo abierto—. Las trayectorias sugieren dos posiciones de tiro.
—Dos pistoleros —respondió Numeon en tono sombrío.
Pergellen asintió.
—Permiso para devolver el fuego —gritó Domadus, que estaba de pie contra una columna justo en el interior de la pista para vehículos, con un pesado bólter colocado en posición de fuego automático.
—Negativo. Te abatirían antes de que pudieras oprimir el gatillo.
—No podemos permanecer inmovilizados de este modo —replicó con brusquedad Leodrakk, a seis metros de Numeon en el extremo opuesto de la pared.
—Tengo al otro en mi mira ahora —anunció Pergellen, con la lente presionada contra el ojo.
Trasmitió coordenadas, volviéndose de nuevo de modo que tuviera la espalda de cara a la pared, y empezó a preparar su rifle.
Numeon miró a hurtadillas por encima del muro para evaluar las posiciones relativas de los tiradores pero se vio obligado a agacharse cuando un proyectil perforó la pared.
Respirando pesadamente, enfurecido ante la impotencia para hacer nada, conectó el comunicador.
—Hriak.
El bibliotecario negó con la cabeza.
—Están demasiado lejos, y sin un blanco que pueda ver, hay poco que pueda hacer en realidad.
—Maldita sea —rugió Numeon.
Reparó en que Shen’ra trabajaba con el panel de su guantelete, los implantes hápticos efectuando la conexión de datos entre el techmarine y su Rapier.
—Dadme un vector preciso para ambos blancos —transmitió.
Leodrakk le oyó e indicó a Pergellen.
—Si los hago salir, ¿puedes rastrearlos?
El explorador asintió, abandonando el rifle pero manteniendo la mira.
Al comprender lo que su hermano estaba a punto de hacer, Numeon gritó «¡Leo, no!» y empezó a avanzar justo cuando Leodrakk se ponía en pie con el bólter preparado para disparar.
Grammaticus tenía la cabeza agachada tal y como le habían ordenado, de cara al techmarine y el explorador.
Oyó como Numeon gritaba el nombre de su camarada y notó el temblor de movimiento cuando ambos se pusieron en pie.
Dos disparos sonaron enseguida en rápida sucesión, un calco de los que habían anunciado las muertes de Varteh y Trío.
Medio segundo después, leyó las siguientes palabras en los labios del techmarine: «Colócate a cuarenta y siete punto seis por ochenta y tres. Ametrallar».
El rotar de servos activándose cortó la tensión mientras el cañón sobre orugas del techmarine se ponía en movimiento. Al estallido de luz incandescente surgido de su batería de armas se adelantó una ardiente llamarada de dolor y el abrasador fogonazo blanco de magnesio que acompañaba al acto de recibir un disparo.
Grammaticus supo que le habían dado ya antes de notar como la sangre empapaba sus ropas, y la sensación de frío que indicaba que habían desgarrado su frágil cuerpo humano.
El paisaje de la ciudad estalló en una serie de explosiones a medida que viviendas, manufactorums y otras construcciones quedaban hechas trizas por el láser destructor del Rapier. Los escombros caían en grandes pedazos igual que una lluvia de granizo de fachadas destrozadas, columnas reventadas e interiores destruidos por completo.
Emitiendo un agudo zumbido entrecortado, el destructor láser proyectó una andanada continua de haces sobre la zona designada por su operador. No paró hasta que el Rapier se desconectó para una refrigeración de emergencia.
Las nubes de polvo seguían disipándose, con alguna que otra sección de escombros desplomándose con cierto retraso sobre la calle, cuando por fin Numeon y el resto abandonaron su refugio.
Helon, Uzak y Shaka estaban muertos, y sus cuerpos cubrían la pista de asfalto del exterior del patio de vehículos.
Domadus avanzó ruidosamente a través de la estrecha abertura entre las secciones del muro exterior. Su ojo biónico seguía escaneando, en busca de señales exotérmicas o de movimiento.
—No hay nada ahí fuera. No hay amenazas visibles.
Pergellen estuvo de acuerdo, volviendo a colocar la mira telescópica en el rifle pero adoptando una actitud de vigilancia extrema de todos modos.
—Mantened los ojos bien abiertos, los dos —dijo Numeon, yendo a ayudar a Leodrakk a ponerse en pie.
El capitán de la Pyre Guard lo había derribado cuando había intentado atraer a los tiradores, y los dos habían caído al suelo.
Leodrakk tenía una marca a lo largo del costado de la armadura allí donde algo había dejado un surco superficial en el metal.
—Un proyectil rebotado —dijo, gruñendo a la vez que se incorporaba con la ayuda de su capitán—. He tenido suerte.
—Más suerte que ellos —respondió Numeon, y al volverse para señalar a sus camaradas muertos reparó en la figura tumbada boca abajo de John Grammaticus.
El humano yacía con el rostro vuelto a un lado, crispado en una máscara de dolor. Se sujetaba con fuerza el costado, la mano y gran parte del brazo empapados de sangre.
Numeon frunció el entrecejo, comprendiendo adónde había salido desviado el proyectil errante.
—Maldita sea.
Narek tiró de Dagon para extraerlo de entre los cascotes. Parecía como si varios pisos se hubieran desplomado sobre él mientras el francotirador efectuaba su huida.
—Te advertí que no te entretuvieras —le dijo Narek, soltándolo de modo que Dagon pudiera sacudirse el polvo de la armadura y expectorar la arenilla de los pulmones.
El casco del legionario estaba destrozado, abollado por una losa de piedra o una viga. Las dos lentes retinales estaban aplastadas, y Dagon tenía un corte profundo sobre el ojo izquierdo donde el impacto había ejercido presión hacia dentro; el comunicador estaba hecho pedazos. Tras echar una última mirada al enfurecido rostro diabólico de la parte frontal, Dagon desechó el casco.
Su rostro auténtico era muchísimo más perturbador, concluyó Narek cuando su compañero le miró.
Cejas, nariz y pómulos eran muy prominentes, con la piel situada entre ellos tan hundida como demacrada por la edad. Esta poseía un matiz levemente cobrizo, pero no era metálico; más bien recordaba al aceite, y el color cambiaba sutilmente según como le daba la luz. Lo más perturbador de todo ello, sin embargo, eran las dos protuberancias óseas a cada lado de la frente del tirador. Ahora que empezaban a salir, Narek sabía que no harían más que crecer, cuanto más tiempo estuviera Dagon en presencia de Elías.
Allí, en Traoris, en Ranos, Narek percibía la alteración de la realidad, la cual temblaba, y le afectaba a nivel interno, igual que gusanos retorciéndose bajo su piel.
El legionario no reveló nada de todo eso a Dagon, que sonrió, dejando al descubierto dos hileras de colmillos diminutos en lugar de dientes.
—Cuatro muertes, dijiste.
Narek comprobó la carga del rifle antes de volver a colgárselo en bandolera.
—Yo he contado tres —respondió.
—Al humano lo ha alcanzado una bala perdida.
—Deberías haber matado al legionario tal y como te dije.
—Se movió.
—En ese caso hay que compensar el movimiento —repuso Narek, y abandonó las ruinas.
—Quedó destripado, hermano. Ningún humano podría sobrevivir a esas heridas. Cuatro por cuatro.
—No, Dagon. Tachamos tres. Aunque el humano muera, es sangre por sangre. Legionario por legionario.
Dagon asintió y siguió a su mentor de regreso a través de las calles destruidas.
—Regresaremos a por el cuarto —le gritó Narek por encima del hombro—. Y luego acabaremos con el resto.