Vulkan vive

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Capítulo Diez. Carne en llamas

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Capítulo Diez. Carne en llamas

Capítulo Diez

Carne en llamas

Todos hemos ardido. Abajo en los pozos de fuego, o mediante el hierro de marcar en el solitorium, todos hemos tocado el fuego. Deja cicatrices, incluso a nosotros, y las lucimos con orgullo, con honor. Pero las cicatrices que recibimos aquel día en aquel campo de batalla las llevamos únicamente con vergüenza y pesar. Son un recordatorio en carne, un vestigio físico de todo lo que hemos perdido, una quemadura que ni siquiera nosotros, que hemos nacido del fuego, somos capaces de soportar sin dolor».

—ARTELLUS NUMEON, capitán de la Pyre Guard

Viví.

A pesar del fuego, había sobrevivido contra todo pronóstico. Recordaba el horno, o al menos fragmentos de lo que me había hecho. También recordaba la piel llenándose de ampollas, el hedor de la grasa al quemarse, el humo de la carne al cocerse llenándome los ojos al mismo tiempo que el humor vítreo hervía en su interior.

Carbonizado, convertido en cenizas, yo no era otra cosa que polvo; una sombra sin forma, no muy distinta del aspecto que prefería adoptar mi hermano carcelero.

Y, aun así…

Viví.

El horno había desaparecido. Ferrus había desaparecido. Todo era oscuridad y frío. Recordé que estaba en una nave, en algún lugar en el espacio sideral. Recordé la prisión que mi insensible hermano había construido para mí, una jaula lo bastante fuerte como para retener a un primarca.

Todavía me sentía débil. Las extremidades me pesaban y los corazones latían furiosos en mi pecho mientras algún protocolo de la fisiología incrementada trabajaba para mantenerme con vida. Tal vez me había curado, merced a algún don regenerador que no sabía que poseía. Aunque lo más probable era que el horno no fuera real, ni el calvario padecido en él. Al fin y al cabo había estado viendo el repulsivo rostro de cadáver de mi hermano difunto. ¿Quién sabía qué traumas había soportado mi mente?

Por un momento consideré la posibilidad de que todo ello fuera una invención, que yaciera en Isstvan V, herido y en un coma inducido por la membrana de animación suspendida; o que me hubieran recuperado y el cuerpo pugnara por reactivarse en la sala de algún apotecarion clínico, mientras la mente luchaba por ponerse a su nivel.

Descarté todo eso. Mi rapto fue real. Curze era real. Ese lugar, esa prisión que Perturabo había construido para mí, era real. No había ningún despertar de una pesadilla: esa era la pesadilla. La estaba viviendo, con cada torturado aliento.

Pero resultaba difícil pensar, razonar. La presencia misma de Ferrus y todo lo que había visto o no visto me hacían dudar de mí mismo. Ya era bastante horroroso que te desgarraran carne y huesos, que los hicieran pedazos, pero lo que era de verdad aterrador era la lenta erosión del discernimiento, de uno mismo y de la confianza en mi capacidad para distinguir la realidad de la fantasía. ¿Cómo puede defenderse uno de la propia mente, de lo que sus sentidos le dicen? No existía un blindaje para eso, ningún escudo o protección salvo la fuerza de voluntad y la capacidad para razonar.

No intenté ponerme en pie. No manifesté desafío o cólera algunos. Me limité a respirar y dejé que el frescor de mi tenebrosa celda me inundara. Traté de rememorar todo lo que sabía de mi carcelero, todo lo que podía recordar con precisión.

Y, a continuación, cerré los ojos, y me permití soñar.

Kharaatan, durante la Gran Cruzada

Sucios, desnutridos, los soldados de la ciudad de Khartor eran un espectáculo lamentable. Igual que una horda de hormigas, ataviadas con caparazones de un rojo sucio, salieron en fila por las puertas abiertas de la ciudad con los brazos alzados sobre las cabezas en señal de rendición.

La guardia del muro había sido la primera en salir, escoltando a sus capitanes y oficiales. Luego las tropas de asalto de primera línea del patio y la guarnición de las barricadas, los centinelas de la torre, los soldados de los barracones interiores, los reservistas, la milicia. Amontonaron las armas en la plaza de la ciudad tal y como les ordenaban los megáfonos de los jefes de disciplina del comandante Arvek. Cuando la ciudad quedó por fin vacía de sus guerreros, el material entregado formaba una enorme pira negra.

Los civiles salieron a continuación.

Las mujeres oprimían a niños pequeños contra el pecho, hombres con ojos abiertos como platos avanzaban pesadamente en solemne procesión, demasiado asustados para llorar o gemir, demasiado quebrantados para hacer otra cosa que no fuera clavar la mirada en la creciente luz del amanecer que reptaba por las dunas de arena como un depredador paciente. Perros, ganado conducido por granjeros, obreros, fabricantes de toda índole, vendedores, empleados administrativos, escribas y niños. Desalojaron Khartor, su hogar y consuelo, en un gran y sombrío éxodo.

Tanques vodisianos flanqueaban batallones de fusileros de Utrich y cazadores de Navite, impolutos con sus uniformes del ejército imperial. Incluso el comandante Arvek se inclinó al frente desde la cúpula de su Stormsword para contemplar el paso de aquella multitud de personas. Varios paraban a los pies de sus opresores, suplicando misericordia hasta que los jefes de disciplina los obligaban a seguir adelante. Otros retrocedían a la sombra de los Reyes del Fuego del princeps Lokja, creyendo que eran dioses representados en hierro. Cuando ni la agresión ni la intimidación conseguían moverlos, estos desdichados individuos tenían que ser transportados por equipos de camilleros procedentes del medicae. Era todo el trabajo que podía encomendarse a cirujanos y personal sanitario; el ejército imperial había puesto fin al conflicto sin sufrir ningún daño. Y fue así a pesar de la presencia de xenos entre las mugrientas hordas.

Era algo que a la vez complacía e irritaba enormemente al señor de los dragones.

—Él tenía razón —masculló Vulkan, contemplando la ciudad de Khartor desde lejos mientras esta se iba vaciando.

—¿Mi señor? —preguntó Numeon, de pie junto a su primarca en los campos de revista.

A poca distancia, en una llanura de tierra aplanada por zapadores imperiales, los Salamanders reembarcaban en sus Stormbird para una reubicación inmediata. El sometimiento había finalizado. El Imperio había vencido.

—Sin derramamiento de sangre, dijo —⁠contestó Vulkan, contemplando con atención las masas de humanos que abandonaban la ciudad.

En las murallas de ese último bastión, las troneras permanecían vacías, las torres de vigilancia se alzaban igual que centinelas impotentes y únicamente sombras guarnecían las almenas. Uno a uno, soldado y civil por igual, toda la población de Khartor se sometía a la voluntad del Imperio.

—¿No ha sido así? —Numeon frunció el entrecejo.

Por primera vez en casi una hora, Vulkan volvió la ardiente mirada hacia su palafrenero. Numeon ni siquiera se inmutó. Sus corazones siguieron latiendo como si tal cosa.

—Eres un guerrero brutal, Artellus —⁠dijo el primarca.

—Soy tal y como vos necesitáis que sea, mi señor. —⁠Inclinó levemente la cabeza, en muestra de deferencia.

—En efecto. Los muy aclamados miembros de la Pyre Guard no tienen parangón en la XVIII. Igual que los dragones del piélago, sois salvajes y feroces, con garras y dientes afilados. —⁠Vulkan señaló con la cabeza la espada sujeta a la espalda de su palafrenero. Aún no la había manchado de sangre en la actual campaña y, a juzgar por la total capitulación de los khar-tanos, permanecería inmaculada⁠—. Pero ¿masacrarías a toda una ciudad, soldados y civiles por igual, solo para enviar un mensaje y ahorrarte más derramamiento de sangre?

—Yo… —No existía una respuesta correcta, y Numeon lo sabía.

—La balanza se inclina en favor de Curze. Sangre por sangre. Con todo, lo que me queda es un halo de compromiso y culpa sobre mi conciencia.

Numeon bajó la mirada como si la tierra a sus pies pudiera proporcionar una respuesta.

—Yo también lo siento, mi señor, pero ¿qué puede hacerse? —⁠Dedicó una veloz mirada al resto de la Pyre Guard, que aguardaban solemnes a su capitán y su primarca un poco más atrás, separados de la legión.

Vulkan dirigió la vista al lugar donde un ejército era recibido por otro a medida que varios de los batallones del comandante Arvek se juntaban con una gran cantidad de personal del Munitorum, para recibir a los nativos y aceptar su rendición. Los soldados de asalto lo hacían con las armas láser listas para disparar; los funcionarios del Munitorum los recibían en su lugar con cálamos nemotécnicos y pizarras de datos.

—Con todo, no lo sé, pero de haberme dado cuenta de hasta dónde llegaba la enfermedad de Curze, no habría accedido a este acatamiento. Numeon contempló con atención a Vulkan.

—¿Su enfermedad? ¿Creéis que el primarca está enfermo?

—En cierto modo, sí. Es una enfermedad, y una de lo más insidiosa. La oscuridad de su hogar en Nostramo…, creo que jamás la abandonó realmente.

—Podríais transmitir estas quejas a lord Horus o a lord Dorn.

Vulkan asintió.

—Siempre he valorado el consejo de mis hermanos mayores. Uno mantiene una estrecha relación con la Cruzada, el otro con Terra. Entre ellos, sabrán qué hacer.

—Todavía sonáis preocupado, mi señor.

—Lo estoy, Artellus. Y mucho. Ninguno de nosotros quiere otra sanción, otro pilar vacío en el gran investiario, el nombre de otro hermano suprimido de todos los registros. Ya es bastante vergüenza tener que llorar a dos. No deseo añadir otro, pero ¿qué elección tengo?

La respuesta de Numeon llegó muy apagada, pues sabía cómo apenaba a Vulkan hablar mal de sus hermanos, incluso de Curze.

—Ninguna en absoluto.

Al abrigo de una somera hondonada en el desierto junto al campo de revista, el Munitorum había reunido una flota de naves de transporte. Color gris plomo, marcadas con el sello del Departamento y atendidas por una multitud de supervisores, guardas, codificadores y oficiales de intendencia, estaban preparando las naves para un embarque atmosférico inmediato. A diferencia de los Stormbird, esas naves no tenían por destino campos de batalla. No todas, no aún.

Eran vehículos inmensos, ciclópeos, mucho más grandes que las naves de desembarco de los legionarios o los transportes de carros de combate que utilizaba el ejército. Diseñados para la recolonización, el reclutamiento del ejército y, en algunos casos, potenciales candidaturas a la legión, el destino de cada hombre, mujer y niño de Khar-tann dependería de hasta qué punto aceptaban a sus nuevos señores. Por supuesto, ninguno regresaría a Kharaatan; el modo en que partirían y su destino a partir de ese momento seguía siendo un interrogante.

Tras varias horas de despojar poco a poco la ciudad de sus ocupantes, habían empezado a formarse dos campamentos compuestos por ciudadanos de Khartor: el de los que habían combatido por voluntad propia al lado de los xenos y el de los que habían combatido contra ellos. Establecer la culpabilidad o inocencia de cada uno estaba poniendo terriblemente a prueba al personal del Munitorum, y tropeles de gente empezaban a amontonarse en una especie de limbo mientras no pudiera efectuarse una valoración más concienzuda. La gente suplicaba, se rechazaban sobornos bajo el ojo vigilante de los supervisores, pero uno a uno acababan codificados y empujados a bordo de naves.

Había muy poco espacio. Entre la enorme cantidad de cuerpos, los puestos de agrupamiento prefabricados del Munitorum, los tanques y las naves de desembarco, había poco sitio para moverse o respirar. El cribado duraba demasiado, pero, aun así, cada vez más de ellos eran introducidos en la máquina codificadora del Departamento. Cientos pasaron a ser miles. Empezaron a formarse cuellos de botella. Surgían disturbios, que los vigilantes jefes de disciplina sofocaban de inmediato. El orden se mantenía. A duras penas.

Dentro del conjunto de los siervos imperiales, también estaba presente la Orden de los Rememoradores. Catalogaban, sacaban imágenes, redactaban notas, algunos representaban la escena en formas artísticas que más tarde serían confiscadas, otros recogían testimonios personales de los liberados allí donde podían; también aquello acabaría censurado. Ninguna imagen ni informe de la Cruzada escapaba al interior del vasto Imperio sin ser aprobado. Capturar la gloria, la dignidad del momento: ese era el propósito de los rememoradores. Nada más. Vulkan vio a Seriph entre la multitud, permaneciendo cuidadosamente fuera del paso tras una escuadra de fusileros de Utrich.

Siguiendo la dirección de la mirada de su primarca, Numeon preguntó:

—¿No es esa vuestra biógrafa humana, mi señor?

—No nos separamos muy satisfactoriamente la última vez que nos vimos. Otro efecto de la presencia de Curze sobre mi persona, me avergüenza tener que admitir. Me redimiré. —⁠Vulkan empezó a caminar en dirección al campamento del Munitorum y, a pesar del poco espacio disponible, nadie se interpuso en su camino⁠—. Que la Legión esté lista para partir cuando yo regrese —⁠gritó a su palafrenero, quien dedicó un saludo a su espalda⁠—. No deseo permanecer aquí más de lo necesario.

—Sí, mi señor —respondió Numeon, y en voz más baja añadió⁠—: Nadie te va a discutir esa orden.

La mirada de Numeon se apartó del primarca para posarse en el límite de los campamentos, donde una escuadra de Night Lords observaba. Con gran sensatez, habían elegido asentar sus naves lejos del campo de reunión de los Salamanders, y estaban representados por unos efectivos testimoniales que aún no se habían reunido con los demás. No había ni rastro de lord Curze.

Los legionarios de la VIII se mezclaron con los funcionarios del Munitorum, que intentaron mantenerse bien alejados de ellos. Algo muy juicioso a su vez. Incluso con los cascos con rostro de calavera ocultando sus expresiones, Numeon podía advertir que los Night Lords disfrutaban con ese mezquino acto de intimidación. En más de una ocasión, un legionario se desviaba para aproximarse innecesariamente a un administrativo o escriba atareados, lo que obligaba al pobre individuo a alterar su ruta no fuera a ser que lo hostigaran o tuviera que dar explicaciones bajo la mirada airada de unas lentes retinales. Los que no estaban involucrados en esos «jueguecitos» cuchicheaban maliciosamente entre sí ante la evidente diversión.

—Nos están acicateando —dijo Varrun, apareciendo sin hacer ruido junto a Numeon con el resto de la Pyre Guard.

—Nuestro primarca —comentó Atanarius, con el noble mentón alzado ante los de la VIII⁠—, ¿cómo le va?

Numeon respondió con franqueza.

—Igual que a nosotros. El acatamiento de Kharaatan ha dejado un regusto amargo.

—Ellos se regodean con ello —⁠manifestó Ganne, mirando solo a medias hacia atrás con una mueca despectiva.

—Me gustaría borrarles esas sonrisitas del rostro —⁠dijo Leodrakk, provocando un lento asentimiento y murmullo de acuerdo en su hermano, Skatar’var.

—Sí —convino Varrun—, en las jaulas de duelos. Me gustaría evaluar su auténtica valía como guerreros.

Tan solo Igataron permaneció callado, fulminando con la mirada a los Night Lords.

—Todavía son nuestros hermanos de armas —⁠les recordó Numeon⁠—. Nuestros aliados. Su hábito no es tan distinto del nuestro.

—Es de un tono más oscuro —⁠gruñó Ganne⁠—. Todos vimos la carnicería de la ciudad de Khar-tann.

Numeon indicó con una mano a los rebeldes humanos que eran conducidos lentamente al interior de los corrales del Munitorum.

—Y aquí tenemos a los ciudadanos de Khartor bien vivos. Es un hecho difícil de ignorar.

Nadie habló, pero el fuego de la ira era palpable entre ellos, e iba dirigido a la VIII Legión.

Los Night Lords no estaban allí solo para persuadir, sin embargo. Sus legionarios rodeaban un tercer campamento, mucho más pequeño. Se trataba de una prisión con paredes de ceramita, custodiada por no menos de tres bibliotecarios. Confinaba a los caciques xenos que habían esclavizado aquel mundo.

Khartor había sido la mayor de las ciudades de Kharaatan, su capital planetaria. Y fue ahí, cuando el Imperio regresó con fuego y punición, donde los alienígenas habían elegido hacer su madriguera. Un conciliábulo de doce había minado la voluntad de Kharaatan, una moraleja de los peligros de la conjura xenos. Los xenográfos los codificaron: eran eldars. De extremidades largas, ojos almendrados y consumidos por una furia arrogante, la XVIII conocía bien esa raza. No eran muy distintos de las criaturas a las que habían combatido en Ibsen, o de los saqueadores que en el pasado habían asolado Nocturne durante siglos antes de la llegada de Vulkan. Los de la Pyre Guard eran terranos de nacimiento, no habían experimentado los terrores infligidos al mundo natal de su primarca; no obstante, compartían la ira que sentía hacia los alienígenas.

Los nativos de Kharaatan habían rendido culto a esas progenies de brujos como si fueran dioses, y pagarían el precio de esa idolatría.

—¿Qué tipo de persuasión usaron los xenos para obligar a toda una población a servirles? —⁠se preguntó en voz alta Numeon.

—Subversión psíquica —dijo Varrun⁠—. Un ardid para doblegar mentes débiles, muy popular entre los brujos. ¿Cuántos mundos hemos visto arruinados de este modo?

Gruñidos de acuerdo del resto de la Pyre Guard acogieron la proclama del veterano.

—Se me ocurre uno que está muy reciente en la memoria —⁠manifestó Ganne.

—Las tribus de Ibsen eran víctimas, no adláteres —⁠le corrigió Numeon.

—Pero ¿cómo diferenciar a unos de otros entre estos desdichados? —⁠inquirió Varrun, alisándose la cenicienta barba como si reflexionara sobre tan intrincada cuestión.

Soldados y personal del Munitorum atestaban ya los campamentos a medida que los ciudadanos de Khartor eran divididos a un ritmo constante. Un mar de monos del color tostado del desierto y uniformes grises proporcionados por el Departamento discurría por entre Salamanders y Night Lords, separándolos. Los legionarios seguían viéndose unos a otros de todos modos, ya que se alzaban imponentes por encima de los humanos, con las partes superiores del torso, los hombros y las cabezas perfectamente visibles.

Numeon había visto y oído suficiente.

—Id a las naves y acabad de pasar revista. Todo debe estar listo cuando el primarca regrese.

La Pyre Guard empezaba a retirarse cuando Numeon vio un destello de actividad en el tercer campamento que encerraba a los xenos. Estaba medio de espaldas cuando advirtió el brillo de luz en su visión periférica, chillón en contraste con el sol poniente, que delineaba a los Night Lords en blanco y negro. De improviso, estos empezaron a moverse. Alguien chilló y cayó, y su voz era demasiado profunda y augmética para ser humana.

Otro fogonazo brilló casi inmediatamente después del primero. Eran rayos. Y no había ni una nube en el cielo.

—¡Los psíquicos! —exclamó Leodrakk.

Una llamarada surgió del cañón de una arma, con la profunda detonación entrecortada de un bólter resonando por el campo de revista y por los campamentos al mismo tiempo. Trazó una línea a través de las masas, triturando sangre y huesos, hendiendo carne a medida que la lluvia de proyectiles tenía su efecto.

Apareció una segunda llamarada, persiguiendo a la presa de la primera. Luego vino una tercera y una cuarta.

Numeon vio cuál era la presa, del mismo modo que vio a los numerosos soldados vodisianos y funcionarios del Munitorum aniquilados bajo el fuego de las armas, daños colaterales de los esfuerzos de los Night Lords para capturar la presa.

Los eldar andaban sueltos.

De algún modo, habían escapado del dogal psíquico colocado alrededor de sus cuellos por los bibliotecarios de la VIII Legión y andaban causando estragos.

Ante la inesperada carnicería, el pánico hizo acto de presencia con rapidez. En cuestión de segundos, en los limitados confines de los campamentos se produjo un tumulto de gente.

Algunos khar-tanos huían, saltaban por encima de barreras pensadas para encauzarlos hacia sus nuevas vidas, y acababan abatidos a tiros a medida que los jefes de disciplina gritaban órdenes de abrir fuego. Otros peleaban, atacando a sus nuevos opresores con las manos desnudas y a dentelladas. Los soldados sacaron porras y mazos eléctricos. Los había que lloraban, pues el terror para ellos todavía estaba presente. Muchos fueron pisoteados en la estampida, que se llevó por delante a siervos imperiales. Un funcionario, que no advirtió con suficiente rapidez lo que sucedía, desapareció en medio de una masa embravecida de khar-tanos que chillaban aterrorizados. Un soldado de asalto fue arrojado accidentalmente a un lado y quedó aplastado contra el casco de una nave. Un surtidor de sangre ascendió por su flanco gris salpicándolo todo de rojo.

—¡Al interior de la multitud! —⁠rugió Numeon, conduciendo a los demás hacia allí para restaurar el orden.

Tras ellos, el resto de la legión había empezado a moverse.

—¿Hermano? —Era Nemetor, que llamaba a Numeon por radio.

—Abrid una brecha en el cordón del Munitorum —⁠gritó Numeon⁠—. Haced que sus pilotos muevan esas naves. Decidles que si no lo hacen, su precioso cargamento mortal morirá aplastado. —⁠Cortó la comunicación, dejando que Nemetor se pusiera manos a la obra.

La Pyre Guard formó con rapidez, en forma de lanza, perforando el atolladero de cuerpos que el Munitorum y el ejército parecían estar decididos a impedir que se desparramaran por el desierto.

—Romped filas —rezongó Numeon a un teniente vodisiano, alzando violentamente al joven oficial del suelo.

Sus hermanos hicieron lo mismo, arrancando los cercados de canalización que el Munitorum había instalado para aliviar la presión del mortífero alboroto que había empezado a formarse.

—Arvek —transmitió Numeon, gruñendo cuando un khar-tano cayó al suelo al rebotar contra el blindaje del Pyre Guard. Leodrakk lo puso en pie y lo envió hacia adelante⁠—, di a tus hombres que rompan filas.

El comandante vodisiano sonó tenso al contestar:

Negativo. Tenemos la situación contenida. Ninguno de estos rebeldes cruzará nuestro cordón.

—Ese es el problema, comandante. Tanto nativos de Kharaatan como siervos del Imperio están siendo aplastados en este caos. Romped filas.

Al ver todo aquel desorden, Arvek había reunido a sus compañías blindadas para tapar brechas en los campamentos del Munitorum, bloqueando la huida y conducir así a los asustados nativos de vuelta sobre sus pasos.

Funcionarios situados algo más atrás, confundidos en un principio por todo aquel escándalo, no habían advertido lo que sucedía y habían seguido introduciendo más nativos en la molienda. Para cuando por fin evaluaron la situación, cientos más habían acrecentado la presión. Temiendo por sus vidas cuando la multitud hubo comprendido cuál era su sino y su salvación potencial, los empleados del Munitorum habían encerrado herméticamente a los nativos tras un muro de acero.

Escaparán —contestó Arvek, y su voz resonó en los confines de su Stormsword.

—Y ¿darás rienda suelta a tus cañones a continuación, si intentan escalar tu vehículo? —⁠Numeon apartó violentamente a un jefe de disciplina de un revés.

Juntos, los miembros de la Pyre Guard habían creado un pequeño pasaje, y sus hermanos de la XVIII trabajaban duro en esos momentos para ampliarlo. La gente empezó a abrirse paso por allí: agotada, sangrando, medio muerta. La presencia de los Salamanders los mantenía clavados allí, no obstante. Ninguno estaba dispuesto a traspasar el límite e intentar escapar con aquellos demonios de ojos rojos vigilándoles.

Pero, más en el interior del campamento, la gente moría, aplastada contra las proas blindadas de tanques vodisianos.

Haré lo que sea necesario para mantener la seguridad. —⁠Arvek cortó la transmisión.

—Cabrón… —maldijo Numeon. Debería tener una discusión real con el comandante más tarde.

—Será una masacre… —dijo Varrun.

Numeon contempló el estático blindado vodisiano que ahora había empezado a usar megáfonos y reflectores como elementos disuasorios adicionales. La gente retrocedía a trompicones chocando unos con otros, cegados y ensordecidos. Arvek utilizaba tácticas de control de motines en un lugar en el que los amotinados no tenían espacio para retroceder.

—Tenemos que desplazar ese blindado.

A través de la multitud cada vez más espesa, era como si estuviera a leguas de distancia.

Entonces Numeon vio al primarca, que destacaba imponente por encima de aquella locura.

Al comprender el peligro que representaban los tanques, Vulkan había echado a correr hacia ellos. Sin aminorar la marcha, embistió con el hombro el Stormsword de Arvek a toda velocidad y empezó a empujar.

Haciendo una mueca por el esfuerzo, con las botas abriendo zanjas en la tierra, desplazó hacia atrás el vehículo superpesado. El enorme tamaño de este empequeñecía al primarca, y las venas se le hinchaban en el cuello al hacer uso de su fuerza prodigiosa. Ni siquiera Arvek osaba desafiar la voluntad de un primarca, y no pudo hacer otra cosa que mirar cómo Vulkan desplazaba el peso muerto del Stormsword a través de la arena. El guerrero rugía, con el cuerpo estremecido, mientras abría por la fuerza una brecha lo bastante amplia para que las masas atrapadas pudieran escapar.

Sin aguardar a recuperarse, Vulkan volvió a ponerse en movimiento enseguida, con khar-tanos que huían fluyendo a su alrededor en una riada de mortal desesperación. El primarca se abrió paso por entre ellos en dirección a los xenos huidos, usando su tamaño y presencia para abrir un sendero. Aún no había sacado ninguna arma, concentrado en su lugar en interceptar a los eldars que intentaban alcanzar el desierto.

«No», comprendió Numeon mientras la Pyre Guard avanzaba con dificultad a través del mar de cuerpos, luchando todavía para reafirmar algo de orden; iba a por Seriph. Varios de los rememoradores estaban ya heridos, posiblemente muertos. Abandonados por los fusileros de Utrich, se aferraban unos a otros para intentar no ser arrastrados al interior del caos, manteniéndose bien pegados para aguantar la repentina confusión.

Aullando maldiciones en nostramano, los Night Lords se acercaron a los xenos por detrás, disparando sus bólters indiscriminadamente con la esperanza de alcanzar a un eldar.

Cinco de los brujos habían caído ya, uno con una espada-sierra aún en marcha incrustada en el pecho. Otros dos alzaron un campo cinético de luz verdín para absorber los proyectiles que les perseguían.

Un ardiente proyectil de mortero rozó la mejilla de Vulkan, abrasándola cuando el primarca quedó atrapado entre un fuego cruzado. Nada más llegar junto a los rememoradores, Vulkan se colocó entre ellos y la furia innecesaria de los Night Lords, y alzó su guantelete.

Gracias en parte a los encarnizados esfuerzos de los legionarios de la VIII pero también a la brecha dejada por la retirada forzada del Stormsword de Arvek, la zona que rodeaba a los eldars había quedado despejada. Sostenerle la mirada a un primarca del Emperador no pareció hacer recapacitar a los xenos, pero antes de que pudieran usar sus arcos de rayos, Vulkan desató una tormenta propia.

Un infierno estalló de su mano extendida, las unidades lanzallamas incorporadas en el guantelete reaccionando a la pulsación de su propietario. Lo que empezó como una columna de fuego se expandió con rapidez en una conflagración de promethium superabrasador, que atrapó y engulló a los eldars; sus cuerpos quedaron transformados en siluetas amarronadas difuminadas por el calor mientras daban sacudidas en el interior de la llamarada. Ningún escudo cinético podía salvarlos; sus túnicas y armaduras ardieron como una sola cosa, fusionadas a la carne hasta que todo quedó reducido a cenizas y huesos carbonizados.

La ira de Vulkan amainó. El fuego se extinguió y asimismo el motín, que en aquellos momentos empezaba a quedar controlado.

Una única bruja eldar seguía con vida, con el rostro ennegrecido por el hollín y los cabellos plateados chamuscados. Alzó la mirada hacia el señor de los dragones, con los ojos llorosos y la ira telegrafiada en la tensión de los labios y el ángulo de las cejas. El titubeante escudo cinético que le había salvado la vida chisporroteó y desapareció convertido en éter.

No mucho mayor que una niña, era una bruja joven. Con los dientes bien apretados, combatiendo el dolor por la muerte de su conciliábulo, la eldar alzó las muñecas en gesto de rendición.

Numeon y el resto acababan de abrirse paso por entre las distintas multitudes, que empezaban ya a disolverse por el amplio desierto y eran recuperadas diligentemente por Nemetor y el resto de la legión. Finalizada la huida de los civiles, el auténtico precio del intento de evasión de los eldars quedó al descubierto.

Hombres, mujeres, niños; khar-tanos e imperiales por igual, yacían muertos. Aplastados. La sangre corría en riachuelos por la arena, el número de víctimas se contaba en centenares.

Entre ellas sobresalía una figura solitaria, con un grupo de maltrechos rememoradores apiñados a su alrededor reacios a permitir que nadie se acercara, desesperados por defender el cuerpo inmóvil de la mujer.

Vulkan fue el último en verla, y la conmoción de tal descubrimiento hizo aparecer una expresión colérica en su noble rostro. Sus ojos llamearon, y los rescoldos titilaron convirtiéndose en fuegos incontenibles.

La niña eldar alzó más las manos, a la vez que la expresión de desafío de sus facciones alienígenas pasaba a ser de temor.

Numeon retuvo a los demás, advirtiéndoles con una mirada que no intervinieran.

Dirigiendo a la niña una mirada furiosa, Vulkan alzó el puño…

«No lo hagas…».

… y convirtió el aire en fuego.

Los alaridos de la pequeña eldar no duraron. Se fundieron con el rugido de las llamas, convirtiéndose en una espantosa cacofonía de sonidos. Cuando finalizó, y el último de los xenos era una farfolla humeante de carne abrasada, Vulkan alzó la mirada y sus ojos se encontraron con los de los Night Lords.

Los legionarios habían parado en seco al empezar la tormenta de fuego, y ahora permanecían inmóviles y contemplaban al primarca de los Salamanders en el borde de la zona de tierra abrasada que había dejado. Luego, sin pronunciar ni una palabra, dieron media vuelta y fueron a recoger a sus heridos.

Ganne murmuró algo e hizo intención de seguirlos.

Numeon le cortó el paso, provocando un ruido metálico con el guantelete sobre el peto de su compañero.

—No, id junto al primarca —⁠dijo a todos ellos⁠—. Sacadlo de este lugar.

Ganne dio marcha atrás y la Pyre Guard fue a reunirse con su señor.

Tan solo Numeon permaneció allí, abriendo un canal de comunicación con Nemetor.

—Prepara el transporte del primarca. Vamos para allí —⁠dijo, y cortó la transmisión.

Vulkan estaba de pie junto al cuerpo sin vida de Seriph. El proyectil perdido le había rozado el costado pero había sido suficiente para matarla. Había mucha sangre…, y tenía la túnica empapada en ella; también lo estaban las túnicas de los otros rememoradores que habían intentado salvarla.

A pesar de la presencia del primarca, de la evidente amenaza que presentaba, los demás rememoradores no se acobardaron y permanecieron junto a Seriph.

Un anciano con ojos legañosos y facciones marchitas alzó la mirada hacia el señor de los dragones.

—Nos ocuparemos de trasladarla a las naves —⁠dijo.

Vulkan abrió la boca para decir algo pero no halló palabras para expresar lo que sentía. En su lugar, asintió antes de volver a ponerse el casco, pero descubrió que este no podía ocultar su vergüenza tan bien como ocultaba su rostro. Giró sobre sí mismo y advirtió que sus guerreros estaban congregándose junto a él.

—La Legión os espera, mi señor —⁠dijo Varrun con humildad, y efectuó una leve inclinación de cabeza.

A punto de responder, Vulkan calló de golpe al percibir que alguien lo observaba desde lejos. Miró en derredor y distinguió una sombra oscura y distante allá en las dunas. Al cabo de un segundo, el comunicador de su casco se activó con un crepitar.

¿Lo ves, hermano? Sabía que eras capaz de eso. Eres un asesino insensible, igual que yo.

Vulkan replicó:

—No me parezco en nada a ti. —⁠Y cortó la conexión, empero el hedor a carne alienígena ardiendo permaneció.

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