Vulkan vive

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Capítulo Once. Pilares mortales

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Capítulo Once. Pilares mortales

Capítulo Once

Pilares mortales

Ser más que humano es, al mismo tiempo, ser menos que humano. En nuestro interior existe la capacidad para la grandeza. Somos guerreros pero también debemos ser salvadores. Nuestro objetivo fundamental es la autoobsolescencia, ya que cuando nuestra tarea tenga éxito, y la paz, no la guerra, reine en la galaxia, nuestra utilidad habrá finalizado y con ella también nosotros».

—VULKAN, de las Pruebas de Fuego

El sueño acabó y desperté con un estremecimiento.

Las últimas palabras de Curze en las afueras de Khartor me habían perturbado y obligado a mirar en mi interior en busca de pruebas del monstruo que él afirmaba que yo era. Resonaban en mi cráneo igual que huesos viejos, desenterrados de una vieja sepultura que se creía olvidada hacía mucho.

El pasado siempre regresará. Nunca permanece realmente muerto.

Lo primero que advertí al abrir los ojos fue que esa no era mi celda. El cuarto era pequeño y, sin embargo, amplio al mismo tiempo. Las paredes eran blancas, resplandecientes, lisas como un hueso. Oí voces en su interior, y al aguzar la vista vi circuitos diminutos de luz moviéndose a toda prisa igual que bancos de pececillos impelidos por la corriente de un río.

No había ningún olor, ningún sabor. Cuando me moví, poniéndome en pie, no hice el menor ruido. No detecté aire y sin embargo yo respiraba, los pulmones funcionaban como lo habían hecho siempre. No se veían pruebas de mis anteriores torturas, mi cuerpo estaba tan inmaculado y desprovisto de cicatrices como cuando había llegado por primera vez a Nocturne.

—¿Qué es este lugar? —Mi voz reverberó cuando le formulé la pregunta a la figura que había de pie ante mí.

Tenía el rostro oculto bajo una capucha, y el resto del cuerpo envuelto en una túnica, pero supe al instante que no era humano. Demasiado alto, demasiado esbelto. Reconocía a un eldar cuando lo veía, y ese era un clarividente.

—Es un lugar sin importancia, un lugar de encuentro, eso es todo —⁠dijo en una voz baja y meliflua.

—¿Hablas gótico? —pregunté, aunque acababa de darme la respuesta a esa pregunta.

El eldar asintió.

Iba vestido de negro, con sigilos extraños y runas sobrenaturales cosidas a la tela levemente tornasolada. Un ojo lloroso, una pirámide, un par de cuadrados bisecados dispuestos en una figura angular del número ocho; no podía descifrar su significado pero sospeché que eran símbolos del poder del clarividente e incluso de su origen. Aunque el rostro quedaba oculto por la capucha, y tal vez por un sistema de ocultación más efectivo y anormal, los bordes de sus facciones aguileñas quedaban sugeridos allí donde las sombras decrecían.

En la mano derecha, que estaba oculta bajo un guante negro, sujetaba un bastón. Igual que las runas que aparecían en la túnica, el bastón de la figura estaba hecho del mismo material extraño con aspecto de hueso del que estaba hecha la estancia. El extremo superior era un sencillo motivo de un ojo y una lágrima.

Me pareció que también eso tenía algo de hechizo, del mismo modo en que el eldar me había ocultado su aspecto auténtico.

—Estás soñando, Vulkan —dijo, sin avanzar hacia mí, sin moverse en absoluto, ni respirar siquiera⁠—. No es aire lo que introduces en tus pulmones. No es luz lo que hace que tus pupilas se retraigan. En realidad no estás aquí.

—¿Quién eres? —exigí, enojado por el hecho de verme manipulado por ese pasajero psíquico.

—No importa. Nada de esto es real, pero lo que es muy real es lo que estoy a punto de comunicarte. El hecho mismo de que no hayas elegido atacarme sugiere que elijo sabiamente.

—Haces que suene como si lo hubieras intentado antes —⁠repuse.

—No yo, uno de los míos. A pesar de mi advertencia de que no lo hiciera, siguió delante de todos modos. —⁠Había resignación en la voz del eldar, que transformaba su tono melódico en algo muy parecido al pesar⁠—. No salió nada bien, me temo, y por lo tanto aquí estamos nosotros. Tú y yo.

Entorné los ojos, las palabras del alienígena se enroscaban en mi mente, insondables y deliberadamente crípticas.

—¿Eres un espíritu, un espectro que me ha seguido desde Kharaatan? Intuí un amago de sonrisa en la respuesta de mi extraño compañero.

—Algo así, pero no de Kharaatan. Ulthwé.

—¿Qué? ¿Por qué estoy aquí?

—No es relevante, Vulkan. Lo que sí tiene importancia son mis palabras, y la cuestión de la tierra.

—¿La cuestión de la tierra?

—Sí. Está ligada inextricablemente a tu destino. Verás, necesitaba hablarte. Mientras todavía fueras capaz de prestarme atención, antes de que estuvieras perdido.

—¿Perdido? Ya estoy perdido. Soy un prisionero a bordo de la nave de mi hermano, al menos… —⁠Bajé la mirada hacia mis pies desnudos⁠— eso creo que soy.

—¿Tan confundidos están ya tus pensamientos?

Cuando volví a alzar la vista, el eldar se me había acercado más. Sus ojos, ovalados y con un brillo suave de poder, me taladraron.

—Te vi, ¿no es cierto? —pregunté⁠—. En la nave, antes de que comprendiera dónde estaba.

—Traté de establecer contacto antes, pero tu mente estaba aturdida, dominada por la ira y un deseo de libertad. Tampoco hacía demasiado que te habías recuperado.

—¿Recuperado de qué?

—Como digo, es de la cuestión de la tierra sobre lo que debo hablarte.

—Lo que dices no tiene sentido… criatura.

—Esta podría ser la única oportunidad que tenga de contactar contigo. Después de esto, tal vez no pueda conseguir regresar. Debes vivir, Vulkan —⁠me dijo el alienígena⁠—, debes vivir, pero permanecer solo como un guardián de la puerta. Eres el único que puede desempeñar esa tarea. Únicamente tú eres la esperanza.

Fruncí el entrecejo a medida que las palabras que brotaban de los labios del alienígena tenían cada vez menos sentido para mí. Sacudí la cabeza, pensando que era otro ardid de mi carcelero, si bien uno sumamente rebuscado.

—¿Mi tarea? ¿Un guardián de la puerta? Esto carece de sentido.

Del mismo modo que una nube pasa ante el sol, mi rostro se oscureció y convertí las manos en puños.

Percibiendo peligro, el clarividente volvió a retroceder al interior de la luz.

—No soy un truco. Digo la verdad, Vulkan.

Intenté agarrarlo, traté de atrapar el borde de su túnica y zarandear esa ilusión hasta convertirla en polvo, pero no había nada a lo que agarrarse.

—Cuando llegue el momento… —⁠manifestó el eldar, voz y forma fundiéndose con la luz a medida que toda la estancia resplandecía como un sol⁠—, sabrás lo que debes hacer.

Caí de rodillas y rugí:

—¡Sal de mi cabeza!

Presionando las palmas de las manos contra las sienes, intenté en vano expulsar al intruso y devolverme a la realidad.

—Basta —chillé, cerrando los ojos a la luz que los abrasaba ya⁠—. ¡Basta!

—Basta… —musité.

La luz había desaparecido. La estancia, el alienígena, todo. Desaparecieron.

La realidad se reafirmó, y, cuando volví a abrir los ojos —⁠esta vez de verdad⁠—, vi que estaba construida de piedra sucia y hierro oscuro.

Estaba de pie, las cadenas que rodeaban mis muñecas tirantes al aguantar mi peso. En el antebrazo había una marca reciente grabada a fuego en la carne. Al igual que las otras en las que había reparado, era incapaz de establecer su origen. Ese misterio tendría que esperar. Cruciforme, contemplaba una prisión distinta. No la mazmorra sin fondo de antes ni tampoco el horno donde Curze había intentado convertirme en cenizas, tal y como yo había hecho con los eldars en Kharaatan. Ese lugar era nuevo pero totalmente viejo.

Un largo corredor se extendía frente a mí. Incrustados en cada pared lateral había mecanismos de un diseño esotérico: grandes engranajes y ruedas dentadas, moldeados junto a servos más pequeños e intrincados. La antigüedad y la modernidad se daban la mano y pasaban a ser una fusión de talento muy frecuente en la destreza técnica de la vieja Firenza.

Obra de Perturabo. Lo supe al instante.

Habían colocado losas a lo largo del suelo. Estaban mugrientas y resbaladizas. Sospeché que cualquiera que fuera el propósito que quería darse a la habitación, Curze la había puesto a prueba a fondo antes de mi encarcelamiento. La piedra no era más que un revestimiento, una mugrienta falsedad para dar a ese agujero una atmósfera más siniestra y medieval. Apliques colocados en hornacinas a lo largo de las paredes laterales parpadeaban con la luz de las antorchas que contenían. A simple vista parecían de madera, pero también eso era mentira. Eran resortes y mecanismos, igual que cualquier otra máquina medio oculta en ese calabozo.

El cambio en el entorno no era la única cosa que era distinta en esa particular celda.

A diferencia de antes, ahora no estaba solo.

En el extremo opuesto del largo pasadizo, apiñados y separados de mí por una pantalla de sucio cristal blindado, había cautivos humanos. En la penumbra vi uniformes del ejército, atavíos civiles. Había tanto hombres como mujeres. Yo no era el único prisionero de Curze en el lugar, y, al mismo tiempo que una desagradable sensación se removía en mis tripas, una voz dijo junto a mí:

—Tú puedes verles, pero ellos a ti no.

Fruncí el ceño.

—¿No se supone que estás muerto?

Ferrus emitió una risita ahogada —⁠fue un sonido desagradable⁠— con los repulsivos ojos clavados en los prisioneros.

Alargó un dedo huesudo; parte del guantelete se había oxidado. Incluso el milagroso metal viviente que en el pasado recubría sus brazos y manos se había desprendido.

—Su destino —repuso con voz ronca, señalando con el esquelético dedo en dirección a los prisioneros humanos⁠— descansa en tus manos.

Un chasquido sordo de metal que sonó desde algún lugar muy en el interior del artificio invisible de la sala anunció el primer movimiento de la maquinaría incrustada en las paredes. Uno de los engranajes de mayor tamaño chirrió, venciendo la inercia, y empezó a moverse. Otros le siguieron, con los dientes engranando entre sí, y un motor arrancó ruidosamente ante mis ojos.

Con la acción de los engranajes, los servos también empezaron a funcionar. Pistones ejercieron presión a medida que se expandían neumáticamente con un invisible siseo de aire comprimido. Conductos de ventilación se abrieron, la velocidad aumentó. El mecanismo de relojería al descubierto giró con rapidez y por fin llegó un chasquido de metal más sonoro y potente cuando otro mecanismo que no pude ver se desconectó.

Al instante, una tensión terrible recayó sobre mis brazos al replegarse violentamente las cadenas al interior de cavidades situadas en las paredes que tenía a cada lado.

Emití un gruñido de dolor, pero mis ojos giraron veloces al frente cuando oí el grito de terror procedente de la otra celda. Los prisioneros miraban a lo alto. Algunos de los hombres se habían puesto en pie cuando el techo empezó a descender sobre ellos. Demasiado pesado para los humanos, los valientes hombres que se habían levantado fueron rápidamente obligados a caer de rodillas.

Un niño chilló. Un niño. Ahí dentro.

Sobre la línea del techo, oculto a los ojos de los otros prisioneros pero muy evidente para mí a través del sucio cristal, había un peso enorme. Y, a medida que las cadenas tiraban de mis brazos, comprendí a qué estaban sujetas ambas cosas.

A pesar del terrible padecimiento que provocaba, tiré y tiré de las cadenas de vuelta a mí.

En la otra celda, el techo dejó de descender.

—Como dije —indicó Ferrus—, su destino descansa en tus manos. De un modo de lo más literal, hermano.

Me mantuve firme, con los músculos de cuello, espalda, hombros y brazos chillándome para que dejara de tirar. Tenía los dientes apretados con energía, en una mueca de desafío. El sudor me empapaba el cuerpo y discurría por los canales de mis arracimados músculos.

Grité con todas mis fuerzas y la gente que ni me veía ni me oía gritó también. Las cadenas resbalaban de mis manos, el techo y el peso que descendían para aplastar a los otros prisioneros también resbalaban.

Más prisioneros se pusieron en pie e intentaron empujarlo hacia atrás. Eran esfuerzos totalmente inútiles, ninguna fuerza que poseyeran podía prevalecer sobre aquello. A través del velo rojo que nublaba mi visión a medida que estallaban capilares en mis ojos inyectados ya en sangre, vi cómo aquellos que eran demasiado débiles o estaban demasiado heridos para incorporarse gemían ante su funesto destino. Otros temblaban o se abrazaban unos a otros con la desesperada necesidad de no morir solos.

Uno permanecía sentado solo. Estaba tranquilo, aceptaba su inevitable muerte. Si bien era difícil distinguirlo, creí reconocerle. No podía estar seguro pero se parecía al rememorador, Verace. Y daba la impresión de que me estaba mirando.

La terrible tensión regresó cuando la máquina ejerció una presión aún mayor.

Con las piernas apuntaladas y los brazos trabados, cerré los ojos y seguí tirando.

Permanecí así durante horas, o eso pareció; mi mundo era una prisión de dolor constante y el quejumbroso lloriqueo de hombres y mujeres que sabía que no podía salvar.

Cuando por fin llegó, el silencio fue a la vez dulce y amargo.

Yo chillaba, escupiendo desafíos, medio desvariando a causa de lo que me veía obligado a soportar.

—¡No cederé! —rugí—. ¡Jamás cederé ante ti, Curze! Muéstrate, deja de ocultarte tras tus víctimas.

—Ríndete, Vulkan —respondió Ferrus⁠—. Suéltalas. No puedes conseguir nada. No hay victoria que obtener. Suéltalas.

—No mientras siga teniendo fuerzas…

Callé, al advertir que era el único que gritaba. Los prisioneros de la otra celda estaban en silencio. Abrí los ojos, y vi lo que había puesto fin a sus súplicas. A través del cristal, una sólida losa de hierro había ocupado por completo la celda.

Dejé caer el peso del cuerpo contra las cadenas; los brazos alzados, las piernas doblándose a medida que las energías me abandonaban.

—¿Dónde están? —pregunté a la aparición que tenía al lado, a pesar de que sabía que no era más que un producto de mi imaginación.

—Mira… —dijo Ferrus, con una mueca burlona realzando las espantosas facciones.

A cada nueva visita se tornaba más descarnado, más parecido a un esqueleto, como si se descompusiera en mi mente.

Con los engranajes girando de nuevo, la losa de hierro ascendió poco a poco. Solo tuvo que subir unos pocos centímetros para que viera el rojo intenso de vísceras adherido a su parte inferior. Había hilillos de él pegados al mortífero peso, estirándose y partiéndose a medida que la gravedad hacía su efecto. Fragmentos de hueso y materia biológica se soltaron, con la resonancia que proporcionaba a la losa la maquinaría que la levantaba, y cayeron con un chapoteo a una laguna de vísceras y sangre que cubría el suelo de la celda.

A medida que las cadenas se aflojaban, mis brazos cayeron también, y yo con ellos al suelo; mi rostro chocó con violencia contra el polvo.

Ferrus rio por lo bajo, y su voz recordó un poco la de Curze, antes de volver a sumirse en las sombras y dejarme con mi fracaso y mi culpa.

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