Vulkan vive

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Capítulo Doce. Fulgurita

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Capítulo Doce. Fulgurita

Capítulo Doce

Fulgurita

El lugar de la excavación se había convertido en un foso para sacrificios rituales. Una cosecha nueva de suplicantes muy poco dispuestos traídos de otros distritos de Ranos lo rodeaba de rodillas, con la vista fija en la oscuridad empapada en sangre.

En cuanto había bajado al pozo la primera vez, Elías había percibido la relevancia del lugar. Un templo al Panteón, erigido en piedra bendecida, al que habían dado la forma del octeto sagrado.

Ocho paredes para el sendero óctuplo; ocho ciudades templo levantadas por todo el globo.

—Ocho veces ocho —musitó el apóstol oscuro, deleitándose en la procedencia divina de todo ello.

Elías contemplaba sus malignas obras desde un púlpito elaborado con piedras apiladas. Una túnica negra entretejida con los escritos de su señor y primarca recubría la armadura, y se había quitado el casco de combate para que todos pudieran ver la marca de los fieles sobre su rostro patricio.

Sesenta y cuatro hombres y mujeres estaban arrodillados delante y debajo de él, con la cara presionada contra la tierra. Algunos lloraban o temblaban, otros no hacían más que mantener la mirada fija como si hubieran percibido su final y supieran que no existía modo de evitarlo.

Detrás de ellos, ataviados con armaduras color carmesí, estaban los legionarios de la XVII. Habían llevado hasta allí la Palabra, y la Palabra era «sacrificio».

No de su sangre, sino de la sangre de Ranos y todo Traoris cuando se hubiera ejecutado el ritual de Elías.

Este murmuraba ensalmos, para invocar al Panteón, para implorar a los No Nacidos, guiándolos con la luminosidad de las almas del ganado que estaba a punto de recolectar. La Palabra manaba sofocante y embriagadora de su boca, pronunciada en colchisiano antiguo; cada sílaba era una declaración solemne al Caos.

Cuando empezó el octavo verso y los estremecidos suplicantes temblaron con un temor y fervor aún mayor, con saliva salpicando desde los labios, lágrimas de sangre discurriendo por las mejillas y las extremidades sacudidas por espasmos, los legionarios se unieron al cántico. Como uno solo desenvainaron los cuchillos, uno cada uno, para las almas que estaban a punto de arrojar al éter.

A sus pies, el pozo abisal era una boca anhelante. En lo alto, el cielo chisporroteaba con energía infernal. Un acontecimiento metafísico tenía lugar, una alteración cosmológica que tenía mucho en común con la Tormenta de Ruina, si bien a una escala mucho menor. La oscuridad se aferró al lugar, zarcillos de ella regresaban a medida que el ritual aumentaba de potencia. Solo tenían que extinguir la luz que quedaba para que la noche se instalara allí.

Ahí estaba el poder del Emperador, se recordó Elías. Ahí, él, Valdrekk Elías, se encargaría de quebrantarlo y suplantarlo. El tejido de la realidad se reducía, como una película de piel estirada sobre un esqueleto demasiado grande para ella. Retazos de él se diluían, permitiendo que la luz —⁠y lo que era atraído hacia esa luz⁠— atisbara a través de él.

Mientras hablaba, alzó el brazo que empuñaba la daga, y las palabras resonaban abajo a través de sus discípulos, y casi pudo tocar el más allá…

Este había visitado a Dagon, Amaresh, Argel Tal… Incluso Narek poseía un cierto grado de su influencia, pese a que lo negara. Ahora, Elías recibiría su favor en recompensa a una servidumbre leal y fiel. Lo merecía. Erebus lo había prometido.

El octavo verso llegó a su final y Elías bajó la mirada hacia el pozo y la criatura lloriqueante que sujetaba con firmeza.

Ocho veces ocho cuchillos entraron en contacto con ocho veces ocho gargantas. El corte se llevó a cabo a la vez; los togados discípulos actuaron a la señal de su señor mientras se pronunciaban las últimas palabras y la sangre sacrificial era liberada, para la gloria y sustento del Panteón.

Narek vio la tormenta a varios kilómetros de distancia. Dagon y él viajaban separados, de modo que si descubrían a uno el otro lo tuviera más fácil para escapar o contraatacar.

La tormenta le inquietó. Podía verla incluso por encima de las chimeneas de salida de humos más altas. Esperó que Elías supiera lo que hacía. Mientras avanzaba con cuidado por las calles desiertas, podía imaginar las súplicas y balbuceos entusiastas de Dagon, pero se ahorraba pasar por tal prueba debido a que, sin el casco de combate, Dagon ya no estaba conectado a él mediante el transmisor.

—Hubo un tiempo en que éramos guerreros —⁠dijo al solitario viento, jurando que había voces atrapadas en él⁠—. ¿Cuándo nos convertimos en fanáticos?

Sintió el aguijoneo de un dolor fantasma en la pierna que le faltaba y aferró el implante biónico que la había reemplazado, percibiendo solo frío metal en lugar del contacto de la carne.

Empezaba a fruncir el labio con gesto de disgusto cuando percibió que algo se calentaba en su costado. La pantalla retinal no había disparado alarmas con referencia a la eficacia del traje, de modo que Narek asumía que no había sufrido desperfectos. Al bajar la vista, descubrió que el origen del calor estaba en la vaina de la espada. Por un momento olvidó que había reemplazado el gladio, y se preguntó qué objeto era el que refulgía tenuemente en su interior.

«La fulgurita. La lanza en forma de rayo».

Paró en seco, contemplando con repentino asombro el sublime artefacto en su poder. No estaba muy seguro de si debía sacarlo, y descubrió que le temblaba la mano cuando la alargó para hacerlo.

—Divino… —musitó, repitiendo la misma palabra que había usado para describírselo a Elías.

Tomando una determinación, aferró el asta de la lanza y estaba a punto de sacarla cuando la voz de Dagon le interrumpió.

—Hermano —llamó Dagon—, ¿por qué te has detenido? ¿Estás herido?

Narek soltó el asta al momento, volviéndose a medias hacia su compañero a la vez que apretaba la mano sobre la pierna.

—Viejas heridas, que hacen ir más despacio a un viejo soldado —⁠mintió.

Dagon se aproximó, estaba solo a unos pocos metros de distancia cuando le había llamado, y señaló en dirección a la tormenta.

—Puedo percibirlo, hermano.

Los ojos de Narek se entornaron tras el visor del casco.

—¿Percibir el qué?

—El contacto de los No Nacidos, la susurrada promesa del Panteón…

A la mente de Narek regresaron las voces, y comprendió que no eran una jugarreta del viento. Elías estaba literalmente remodelando la realidad, doblegándola a su voluntad en su intento de moldear algo similar a un portal. Narek se preguntó por un momento si, al abrirse tal portal, lo que hubiera al otro lado distinguiría entre amigos y comida.

—Posees un don mayor que el mío, Dagon —⁠respondió, aunque sentía la ondulación de la presencia de la disformidad bajo la carne, como la había sentido siempre. Era una picazón, un recordatorio de lo que todos habían entregado en pos de la denominada «verdad».

Dagon dio una palmadita a su camarada en el hombro, provocando una mueca invisible de desagrado en el veterano cazador.

—Todos nos beneficiaremos de los favores de los dioses cuando haya finalizado esta noche. —⁠Sonrió y siguió adelante⁠—. Yo iré por delante, hermano. Descansa la pierna, sabiendo que tu espíritu pronto recibirá su alimento.

«Es muy probable que mi espíritu se convierta en alimento, no que reciba alimento», pensó Narek.

Echando una nueva ojeada a la lanza, aguardó a que el otro se hubiera perdido de vista y lo siguió en silencio. El calorcillo de su costado no amainó, sino que siguió con su vibración, recordándole todas sus dudas.

Su número había crecido desde que efectuaron el primer descenso al planeta. Casi cien legionarios y el doble de ese número de sectarios bobalicones estaban dispuestos ante el gran pozo ritual donde Elías sermoneaba y llevaba a cabo su proselitismo. Sus ripios grandilocuentes no conmovían precisamente a Narek, que había sido el último en unirse a la reunión después de seguir a Dagon, que ya había ocupado su puesto junto a los devotos.

Tras recibir una túnica y una capucha de manos de un mortal que lucía una máscara tallada e iba ataviado con las mismas vestiduras sacerdotales, Narek fue a colocarse entre la multitud, desde donde observó con muda fascinación y repugnancia cómo Elías predicaba su dogma desde las alturas, de pie en un lugar elevado como un diácono del viejo Colchis. Narek le consideraba un demagogo despreciable, carente de honor o auténtico propósito. Era el títere de Erebus, pero bien mirado Narek suponía que eso le convertía a él en el sabueso de Elías.

«Una vida entregada por una vida salvada», se recordó, y apenas si reparó en los humanos con las gargantas seccionadas que caían en tropel al interior del oscuro matadero que aguardaba su carne. Sus almas… Bueno, eso era otra cuestión.

Mucho más ganado temblaba en sus corrales, aguardando ser ejecutados por la mano «divina» de Elías. Los esfuerzos de los otros legionarios habían proporcionado una cosecha magnífica. Narek podía oler el miedo de los mortales, tal y como podía detectar la codicia y ambición del apóstol oscuro. Ambas cosas le producían ganas de vomitar.

En Monarchia, había alzado monumentos, grandes ciudadelas de culto. Fue un empeño digno; fue algo refulgente y glorioso. Esto era repugnante y abyecto. La XVII había caído muy bajo, reptando sobre sus vientres, apenas mucho mejores que las alimañas de las que se alimentaban. Con todo, no podía negar la sensación de poder. Todos lo sentían: los guerreros de la legión, los sectarios, los otros humanos que tenían bajo su poder. Era potente y también inminente.

El ritual finalizó. Elías descendió del púlpito, como un profeta para sus devotos seguidores; su comunión con los dioses había terminado por el momento.

—Narek —dijo Elías, localizando con la vista al cazador entre la multitud, en tanto que los guerreros le abrían paso con murmuradas bendiciones mientras él se aproximaba al legionario a través del gentío⁠—. ¿Lo tienes? —⁠preguntó. Los ojos aún brillaban por el poder prestado que había extraído mediante el ritual.

Narek asintió, aunque tuvo que combatir una repentina reluctancia a ceder la posesión de la lanza.

—Ven.

Elías le hizo una seña para que lo siguiera, ansioso por estar lejos de los demás cuando le entregaran su trofeo.

Habían montado un pequeño campamento en las inmediaciones del foso; tiendas de campaña, una capilla en la que rendir culto, rediles en los que sujetar el ganado. Elías había considerado necesario levantar una comuna. Narek se reunió con él en el interior de una de las tiendas. Tras hacer salir a un par de sectarios encapuchados, quedaron a solas.

—Tiene aspecto de ser algo más permanente de lo que pensaba que haría falta para esto —⁠comentó Narek, refiriéndose al campamento.

—La sangre engendra sangre, hermano, pero hay que derramar mucha para poder corromper este lugar.

—Y ¿hay suficiente, entre tu ganado y tus esclavos?

Elías puso cara de pocos amigos, poco acostumbrado a que sus discípulos le cuestionaran de aquel modo.

—Y ¿a ti qué te ha importado eso nunca, Narek? Eres un soldado, ¿no es así? Un guerrero incondicional, consagrado a la Palabra. Yo soy la Palabra en este lugar, de modo que me debes lealtad a mí. ¿No es cierto?

La atmósfera se había agriado con rapidez; a Elías le habían arrancado su euforia para verse las caras con el cáncer de la desconfianza y la duda.

—Te sirvo como siempre, apóstol oscuro. —⁠Narek, muy sensatamente, efectuó una reverencia.

En la parte posterior de la estancia de lona había un pequeño cuenco oscuro que colocaban para que Elías efectuara sus abluciones después de haber derramado sangre sacrificial. El clérigo fue hasta él entonces y empezó a limpiarse las manos para así poder iniciar el siguiente círculo del octeto sin estar mancillado por el anterior.

Carecía de un cómputo preciso, pero Narek calculaba que varios cientos de mortales aguardaban a ser sacrificados en los rediles. Encerrados tras afiladas estacas y bobinas de alambre de cuchillas, recordaban al cazador cerdos de ojos muy abiertos, asustados ante la matanza que se avecinaba.

—Pura, tiene que ser pura, Narek —⁠murmuró Elías, de espaldas al cazador⁠—. Bien —⁠añadió, limpiándose meticulosamente las yemas de los dedos, los dedos, las palmas y los nudillos⁠—. Me gustaría ver el arma.

Tras sacudir las manos y secarlas con una tela, Elías se volvió con las manos abiertas y listas para recibir el objeto.

Narek vaciló un segundo, no tanto como para que el apóstol oscuro se inquietara pero lo suficiente para comprender que le molestaba entregar la lanza. Con un movimiento fluido, la extrajo de la vaina de la espada y contempló cómo los ojos de Elías se abrían de par en par al verla.

—Divina —musitó, («esa palabra otra vez»)⁠—, no exagerabas.

Narek la depositó con gesto reverencial en las manos del apóstol oscuro, donde este podría examinarla con más atención.

—¿De modo que esto es lo que sacaron de las ruinas? —⁠Exhaló profundamente, dejando el ansia por el poder contenido en el interior del fragmento bien patente⁠—. Puedo percibir su energía.

—Es celestial… —murmuró Narek, olvidando por un instante dónde estaba y con quién estaba.

Elías alzó los ojos con brusquedad.

—El Panteón es celestial; esto no es más que un medio a través del cual manifiestan su beneficencia. Debo profanarlo, controlar su potencia para que sirva a mis propios fines.

—¿Tus propios fines? —inquirió Narek cuando Elías hubo devuelto la mirada a la lanza.

—Por supuesto.

De modo que era eso. El apóstol oscuro pensaba intentar sojuzgar el poder capturado en la lanza para su propio uso, bien como un modo de aumentar su prestigio ante lord Erebus o tal vez incluso para usurpar su puesto. No había la menor duda de que Elías era ambicioso, pero algo así era audaz incluso para él.

—¿Tienes intención de controlarla, entonces? —⁠preguntó el legionario, eligiendo no dar voz a sus sospechas.

Elías volvió a contemplarlo con severidad.

—Eres… excesivamente curioso, Narek. —⁠Entornó los ojos⁠—. ¿Hay algún problema?

—Bueno… —empezó a decir el otro⁠—. Lo cierto es que esta cosa es divina. —⁠Señaló la lanza, con los ojos atraídos hacia su fulgurante resplandor, que en aquellos mismos instantes hacía retroceder las sombras en el interior de la tienda⁠—. ¿No te hace…?

Elías no había bajado la vista, y escuchaba con suma atención a su cazador.

—¿No me hace qué, Narek?

Cuestionarte. —Apenas lo susurró, por temor a que pronunciarlo en voz alta fuera parte de alguna blasfemia.

—¿Tienes dudas?

—Simplemente veo lo que tengo ante los ojos. Aquí, en tus manos, descansa un pedazo de la voluntad del Emperador. Es un rayo, proyectado por las yemas de Sus dedos y forjado en forma de arma.

Elías asentía.

—Desde luego que es una arma, una que tengo intención de empuñar. Ahora veo que ese fue el plan de lord Erebus para nosotros desde el principio.

—Cuando alzamos esas catedrales en Su honor y gloria, todos los años que pasamos ensalzando Su sagrada iglesia y divino derecho a gobernar a la humanidad, ¿pensabas que servíamos a las necesidades de un falso profeta? —⁠preguntó Narek⁠—. Hablo de fe, Elías.

—Él la ha repudiado, nos ha denegado nuestra veneración y fe. Es él quien escupe sobre nosotros, y al hacerlo nos son revelados los dioses auténticos del universo. Y tus palabras rozan peligrosamente la sedición, no la revelación.

—La revelación está ante nosotros, hermano. El Gal Vorbak, ya no son hombres.

—¡Ascienden!

—¡No! Solo albergan sustento para los monstruos que residen en su interior y visten su carne.

—Yo agradecería una unión así, verme bendecido de ese modo. Esto de aquí… —⁠Blandió la lanza como si estuviera pensando en hundirla en el corazón del otro⁠— es mi camino a esa gloria.

—Yo veo solo condenación, pero estoy destinado a ella, como lo estás tú. Y no me amenaces con sedición. Tus palabras tienen más apariencia de traición que las mías.

Elías, comprendiendo que había revelado demasiado su ambición, dio marcha atrás.

—Es… solo una sugerencia, nada más que eso.

—¿Para hacer qué, exactamente?

—Elevarnos, a ti y a mí, Narek —⁠respondió, en voz lo bastante baja como para ser confundida con un susurro conspirador⁠—. Erebus habló de ello. Armas para ganar la guerra. Esto es a todas luces a lo que se refería, y es evidente que posee poder. Únicamente necesito controlarlo.

—¿Puedes hacer eso?

Elías confundió la incredulidad de Narek por entusiasmo.

—Sí, hermano —siseó—. Volverás a ser como antes, mejor que antes. Yo… —⁠Mostró una sonrisa viperina⁠—. Yo tendré lo que siempre busqué, un patrono en el Panteón.

Con la sonrisa ensanchándose hasta ser una mueca salvaje, aguardó a que Narek viera esa visión como él la veía.

Quedaría decepcionado.

—Estás buscando tu propia destrucción, Elías.

E igual que una víbora que se siente de pronto amenazada y se prepara para defenderse, Elías reculó.

—Recuerda la deuda que tienes conmigo, Narek —⁠advirtió, apelando al sentido del honor del cazador.

—Como digo, estoy ligado a este destino tal y como estoy ligado a ti. No te preocupes, no tengo ganas de mejorar mi posición. Simplemente deseo combatir y morir en esta guerra. Pero al hacer la vista gorda, mi deuda queda pagada por completo. ¿Estamos de acuerdo? —⁠Extendió la mano para que Elías la estrechara.

En su lugar, el apóstol oscuro simplemente asintió.

—Bien —dijo Narek—. Una vez esto haya acabado, tú y yo nos separaremos, nuestra alianza habrá finalizado.

—De acuerdo —convino el otro—, lo que nos deja desde ahora hasta entonces.

—Los legionarios derrotados se han juntado para desbaratar nuestros planes aquí. El humano que estaba con ellos es muy probable que esté muerto, alcanzado por un proyectil desviado de Dagon, de modo que vendrán, de un modo u otro.

—¿Necesitas hombres? —preguntó Elías.

—Todos seleccionados por mí. Nada de encapuchados. —⁠Se refería a los miembros de las sectas⁠—. Solo gente de la Legión. Siete serán suficientes.

—Sumándote a ti, es un número propicio.

—En realidad, no. Necesito a otros veinte, dos escuadras más. A cualquiera del que puedas prescindir en los rituales. Esa es la cantidad que necesitaré para detenerlos. Y al decir detenerlos, me refiero a matar a cada uno de nuestros enemigos.

Elías le dedicó una sonrisita de suficiencia, como si le divirtiera la retórica de su soldado, y le dio la espalda con gesto displicente.

—Coge lo que necesites de las filas, incluidos tus siete. Acaba con esto.

—Esta es mi última cacería, Elías —⁠advirtió Narek.

—La verdad es que creo que podría serlo, hermano —⁠respondió él, pero cuando se dio la vuelta estaba solo.

Narek había desaparecido.

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