Vulkan vive
Capítulo Trece. Ritual
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Capítulo Trece. Ritual
Capítulo Trece
Ritual
El suelo de baldosas blancas tenía un tono cada vez más grisáceo debido a la mugre acumulada por el abandono. También estaba cubierto de sangre. Lo habían trasladado de la fábrica a una enfermería, que probablemente había sido utilizada para atender a operarios heridos en accidentes de trabajo. Era de tamaño modesto, abastecida también modestamente. Un banco de carpintero hacía las veces de mesa de operaciones. Habían saqueado el botiquín pero habían dejado vendas y gasas.
Shen’ra las estaba utilizando para intentar contener la hemorragia.
Al hombre, Grammaticus —si es que esa era su identidad—, no le había sentado nada bien el veloz traslado a ese escondite secundario. A pesar de las protestas de Leodrakk, y de que incluso Domadus musitara que poner fin a sus padecimientos no le parecía tan solo lo más lógico sino también lo más humano, Numeon había insistido en que llevaran a Grammaticus con ellos.
Helon, Uzak y Shaka también les habían acompañado. Sus cadáveres, al menos.
Leodrakk no quiso abandonarlos, ni tampoco Avus, que había cargado con el peso de su hermano de legión todo el trayecto desde la imprenta. El Raven Guard había rechazado todas las ofertas de ayuda, incluso de Hriak, que era una figura distante para Avus, de todos modos. Helon y Uzak tuvieron muchos voluntarios para cargar con ellos y fueron transportados a toda prisa entre dos de los nacidos del fuego.
Numeon había transportado al humano, permitiendo a Pergellen liderar la compañía en su lugar.
—Yo no soy Helon, no soy apotecario —refunfuñó Shen’ra, cubierto de sangre hasta los avambrazos.
—Tampoco lo era Helon, hermano —repuso Numeon, mirando de soslayo la pira que sus hermanos habían alzado fuera en el suelo de la fábrica—. Se adaptó a ello, como todos debemos hacer.
—Los signos vitales son más que débiles. Apenas respira —indicó el techmarine—. Si fuera un servidor, me ocuparía de que sus partes se fundieran para ser reutilizadas. Eso es lo que queda ahora.
—Pero él es de carne y hueso —insistió Numeon—. Y quisiera verlo recuperado si ello entra dentro de tus considerables habilidades, hermano.
—Unas débiles alabanzas no alterarán el curso de los acontecimientos en este caso —recordó Shen’ra al capitán.
—Solo haz todo lo que puedas —contestó este, y dejó al techmarine para que siguiera con sus refunfuños sin ser molestado.
Leodrakk aguardaba fuera.
—¿Se apaga? —preguntó.
—¿Lo llevaba pintado en el rostro?
—Si quieres oír la verdad, sí. Sobre todo teniendo en cuenta que cuando entró ahí, el humano estaba casi partido en dos por culpa de ese proyectil desviado.
—El pronóstico no es nada bueno —murmuró Numeon, empezando a caminar—. Aunque Helon hubiera vivido… —Los ojos se desviaron hacia la pira—, dudo que hubiéramos tenido más posibilidades de salvar al humano.
—¿Es prudente? —preguntó Leodrakk, siguiendo la mirada de su capitán—. El humo podría indicar nuestra posición al enemigo.
—No vamos a quedarnos mucho tiempo —respondió Numeon—, y, además, hay fuegos ardiendo por toda la ciudad. ¿Cómo van a distinguir uno de otro?
Leodrakk le dio la razón, antes de que su expresión se ensombreciera.
—¿Puedo decir lo que pienso? —preguntó, caminando al mismo paso que su capitán.
—Sospecho que lo harás de todos modos.
Leodrakk no picó el anzuelo, tenía la mente puesta en otra parte. Cuando Numeon asintió, expresó en voz alta sus pensamientos.
—¿Realmente es tan importante? El humano… Este tal Grammaticus, o como dice llamarse.
—Me gustaría muchísimo tener la respuesta a esa pregunta, pero a menos que consiga salir de esta me temo que jamás la tendremos.
—No comprendo. ¿Por qué significa tanto para ti este mortal?
—No lo sé. Siento algo… —Numeon presionó la mano sobre el estómago—, en las tripas. Un instinto.
—¿Una convicción? —asumió el otro.
Numeon recibió su mirada interrogante con una de determinación.
—Sí. La misma convicción. Que Vulkan vive y que este hombre, por insignificante que sea, parece saber algo sobre ello.
Leodrakk frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Me dijo que Vulkan está vivo.
—¿Dónde? ¿En Isstvan? —Algo tan peligroso como la esperanza afectó al tono del legionario.
—No lo dijo. O, al menos, todavía no he tenido una oportunidad de preguntarle.
El estado de ánimo del otro Salamander se agrió con rapidez.
—Y ¿cuándo dijo eso?
—Durante el interrogatorio, después de que salieras.
—No puedes creértelo —se mofó, con la incredulidad bien patente en el rostro.
Numeon mantuvo su sinceridad.
—Lo creo —respondió, lleno de certeza.
Leodrakk no quedó convencido.
—Es un acto de desesperación, hermano.
—También pensé eso, al principio, y lo desestimé. Repasé el modo en que lo dijo una y otra vez. Puedo distinguir una mentira de la verdad, Leo. Los humanos en presencia de legionarios acostumbran a no ser muy buenos mintiendo.
—En ese caso es un bicho raro, el tal Grammaticus. Probablemente ha recibido adiestramiento. Eso no convierte lo que dijo en verdad.
—Entonces, ¿por qué decirlo? ¿Por qué eso en concreto? Lo he repasado mentalmente y no consigo hallar un motivo justificado para una mentira de esta naturaleza. Una docena de historias distintas habrían sido igual de efectivas para cualquier otro legionario, pero él eligió contarme esto en particular, como si supiera que era lo que yo, y solo yo, querría oír.
—En ese caso ahí tienes tu respuesta. Es un psíquico. Incluso a nosotros nos pueden leer la mente los telépatas. Es obvio que posee mucho poder.
—Hriak estuvo allí todo el tiempo. Si hubieran estado leyendo mis pensamientos, él lo habría sabido. Así que me pregunto: ¿cómo?
—No lo sé. Pero ¿importa? Sé que no has olvidado lo sucedido en la zona de desembarco; nuestros hermanos perecieron. Los únicos supervivientes son aquellos guerreros que embarcaron en las naves. Vi a Vulkan sepultado en la conflagración. Esta mató a Ska, y con toda probabilidad mató también al resto de los nuestros. Este mortal sabe que está en problemas. Es probable que pertenezca a uno de los cultos, que sea un desertor o un suplicante. Quería salvar su vida. Habría dicho cualquier cosa para impedir que acabáramos con él.
—¿Es eso lo que somos ahora? ¿Asesinos?
—Somos guerreros, Artellus. Tú y yo, sin igual entre ellos. Pero no somos una legión, ya no, y hacemos lo que haga falta para sobrevivir, para nuestra propia protección.
—Pero ¿con qué finalidad, si no hay esperanza? —le instó Numeon.
—Con la única finalidad que nos queda, hermano. La venganza.
—No; necesito creer que hay más que eso. Y lo creo.
Leodrakk sonrió, pero su estado de ánimo era melancólico.
—Siempre fuiste el más devoto de nosotros. Creo que es por eso que te nombró capitán, Artellus. Por tu espíritu. Jamás flaquea.
Una discusión más extensa tendría que esperar a otro momento. Habían llegado al borde de la pira donde el resto de la compañía, salvo Hriak, Pergellen y Shen’ra, estaban reunidos en un círculo incompleto. Numeon se quedó solo para reflexionar sobre las últimas palabras que le había dicho Leodrakk mientras el otro Salamander ocupaba su lugar en otra parte del círculo. Pero no le convencía ninguno de los argumentos que había oído, y esperaba que el humano sobreviviera, para así poder comprender toda la verdad de lo que Grammaticus sabía. Cuando K’gosi encendió una antorcha con el fuego de su guantelete lanzallamas, sus pensamientos se dirigieron a la inminente cremación.
No tan solo Uzak y Helon, sino también Shaka yacía en silencioso reposo en la parte superior de la pira. Todos arderían, morirían como guerreros. Para los hijos de Corax, la tradición exigía que fueran despojados de todos sus adornos y abandonados para que los pájaros devoraran los restos, pero seguir la tradición no era demasiado factible y el fuego sí estaba disponible. Se llegó a un compromiso equitativo, de modo que los tres se convertirían en cenizas juntos.
Mientras se arrodillaba para encender la base de la pira, K’gosi empezó a conjurar palabras del ritual prometeano tal y como Vulkan describió que era en tiempos remotos y lo adoptó de los primeros reyes tribales de Nocturne. El recitado hablaba del final y del regreso a la tierra, del círculo de fuego y de la creencia de todos los Salamanders nacidos en Nocturne en la resurrección y la reencarnación.
El estado de ánimo era sombrío, las cabezas permanecieron inclinadas durante todo el ritual, los cascos sujetos bajo los brazos, los ojos de los hijos de Vulkan llameando con sobria intensidad.
A medida que el fuego crecía, ardiendo con rapidez a través de montones de plataformas de carga, vigas de madera y mobiliario roto que el grupo había conseguido reunir para el rito, también aumentaba en volumen y vehemencia la voz de K’gosi. Las estrofas finales fueron pronunciadas por todo el grupo y se entremezclaron con palabras que solo Avus articulaba, sobre cómo el cuervo alza el vuelo y sobre la gran muerte en el cielo que era el derecho sagrado de todos los hijos de Corax.
La hoguera engulló con rapidez a los guerreros, ardiendo con avidez por entre aberturas en sus blindajes, y con mayor intensidad gracias a la cantidad de promethium con que habían empapado la pira antes de encenderla. Esto último fue un sacrificio; significaría que K’gosi y los otros Piroclastas tendrían que compartir la munición restante, pero todos lo consideraron una causa digna.
Hasta el momento en que finalizó el ritual, Domadus permaneció apartado del círculo y lo observó todo con estoicismo. Cuando se empezó a hablar de vínculos más profundos que la sangre, forjados a través del padecimiento mutuo y el deseo compartido de castigar, entonces se reunió con el resto.
La pira osciló y chisporroteó, haciéndose pedazos bajo el peso de las armaduras de la parte superior y la lenta desintegración de la madera situada bajo ellas. Al cabo de unos segundos se desmoronó en un frenesí de chispas desperdigadas, mientras las llamas titilaban melodiosamente a medida que una estrecha cortina de humo ascendía hacia el aire. Caía ceniza, y esta cubrió a todos los legionarios allí presentes con un delicado barniz gris a modo de mortaja funeraria.
—Y así finaliza —recitó K’gosi y permaneció un momento de silenciosa reflexión.
El silencio quedó roto por Shen’ra, que salía de la enfermería. El techmarine daba más la impresión de haber estado enzarzado en una batalla que de haber estado operando. De hecho, ambas cosas eran ciertas.
Desde su lugar en el círculo, Numeon se volvió, con una mirada intensa en los ojos, que pedían a gritos una respuesta.
Shen’ra se la dio, con solemnidad:
—Está muerto. El humano no ha sobrevivido.
El sordo golpeteo de turbinas a una rotación mínima era como un bálsamo para los pensamientos atribulados de Narek. Estaba acuclillado en el compartimento para la tropa de una Tunderhawk, inclinado al exterior desde una de sus escotillas laterales abiertas, e inspeccionaba Ranos a través de unos magnoculares. Otras dos cañoneras le seguían, y el ruido de los motores sonaba igual de amortiguado.
—¿Alguna señal? —chirrió Amaresh.
El Word Bearer estaba sentado con el largo cuchillo de desollar en el regazo, afilándolo.
Amaresh era un animal, literalmente, con cuernos que le brotaban del cráneo y a través del casco de combate. Era uno de los que habían sido tocados. Un Sin Conciencia en ciernes.
—Muchas —respondió Narek, bajando los binoculares para hacer una seña a Dagon, que estaba inclinado al exterior en el lado opuesto del transporte, observando por la mira de su rifle.
El otro cazador negó lentamente con la cabeza.
—¿Alguna de nuestras presas? —insistió Amaresh, irritado por los jueguecitos de Narek.
—Tengo su rastro. No tardaremos.
Transmitió coordenadas nuevas al piloto y hubo un ligero cambio en el tono agudo del motor cuando la Tunderhawk alteró el curso.
Narek había cogido la cañonera junto con los hombres.
Amaresh, Narlech, Vogel y Saarsk eran todos guerreros brutales, especialistas en el uso de cuchillos y espadas todos ellos. Algunos habían combatido en los fosos con la XII, trabado espadas con legionarios como Kargos y Delvarus. Eso dejaba a Dagon, Melach e Infrik como tiradores, junto con él mismo. Infrik se había cortado la propia lengua, convencido de que le balbuceaba secretos siniestros durante las horas nocturnas y mientras combatía, en tanto que a Melach le costaba hablar debido a la excrecencia de piel que colonizaba su cuello y se iba endureciendo poco a poco hasta convertirse en un caparazón marrón, de modo que no decía gran cosa.
El resto, los que les seguían en las otras dos cañoneras, eran menos importantes para los planes de Narek.
Sabía que eran individuos desequilibrados, los siete que había elegido, pero la estabilidad mental no formaba parte de su criterio para seleccionarlos. Quería asesinos, en particular a guerreros que hubieran matado a otros legionarios. La cuenta entre ese grupo concreto rayaba el centenar. Eso los convertía en singularmente apropiados para la misión.
Con la excepción de Dagon, a quien podía tolerar, Narek odiaba a cada uno de esos cabrones. Elías había cultivado un plantel de legionarios vergonzosos y detestables. Se acabaron los días en que existía un propósito noble y un servicio sagrado; una mutación lenta hacia la perversidad y la aberración era todo lo que quedaba en la actualidad.
Narek tenía intención de liberarse de aquello en cuanto hubiera finalizado esa misión. Ni una sola vez, ni siquiera cuando su pierna no era más que unos jirones sanguinolentos, había renegado de un juramento. Eso estaba a punto de cambiar.
Mientras sujetaba con firmeza al riel guía del interior de la bodega, inclinándose al exterior un poco más y permitiendo que el viento que pasaba veloz le abofeteara y aullara alrededor del casco, notó que echaba en falta la presencia de la fulgurita y se preguntó cómo subvertiría exactamente su poder el apóstol oscuro.
Donde en una ocasión hubo calidez en su costado, un recordatorio de la existencia de lo divino, ahora no había más que frío. Narek podía sentirlo adentrándose más en su cuerpo, fijando las garras alrededor de su alma. Y sin embargo, hasta el momento él había resistido a la condenación.
Algo en el oscurecido perfil de la ciudad llamó su atención y volvió a tomar a toda prisa los binoculares para ver mejor.
—Ahí —dijo, señalando.
Vogel se puso en pie y fue a colocarse junto a él.
—No lo veo.
—Mira con más atención.
Vogel entornó los ojos. Uno era distinto del otro. Era una rendija llameante en una retina totalmente negra, ciego a un mundo pero no al otro.
—¿Una columna de humo? Hay fuegos ardiendo por todas partes en esta ciudad.
—Son ellos —le aseguró Narek, volviendo a activar el comunicador para conversar con el piloto—. Saarsk, encuéntranos un lugar donde aterrizar que esté cerca.
—¿Por qué no nos limitamos a bombardear su nuevo bastión —sugirió Narlech— y luego ametrallamos los escombros para acabar con ellos? Narek negó con la cabeza.
—No. Quiero estar seguro de que están todos presentes. Además, dar más potencia a nuestros motores para tener velocidad de ataque les alertaría de nuestra presencia. Tienen una arma montada en un trípode que destruyó dos edificios. No tendría la menor dificultad en derribarnos, y, entonces, seríamos nosotros a quienes buscarían entre los restos. Vamos a posarnos cerca de aquí —decidió—. Entraremos despacio y en silencio, a pie.
Narlech farfulló su acuerdo. Vogel volvió a sentarse.
—A mí no me importa —manifestó Amaresh, que no había dejado de afilar su cuchillo ritual desde que habían despegado—. Siempre que podamos abrirlos en canal y derramar sus miedos a sus pies, un banquete para el Panteón.
Dagon emitió un gruñido de placer ante la idea. También los demás mostraron su gozo ante tal perspectiva.
Solo Narek desvió la mirada, para clavarla en la oscuridad, y se preguntó qué les esperaría cuando llegaran.
Numeon estaba sentado en silencio junto a las moribundas brasas de la pira. Hilillos de humo ascendían en volutas desde el interior de los blindados cascarones de sus antiguos hermanos. Se preguntó cuánto faltaba para que fuera él quien yaciera entre las llamas, ardiendo y poniendo fin a su existencia.
Estaba solo y el suelo del manufactorum estaba oscuro, a excepción del resplandor que permanecía en las cenizas y los trozos carbonizados de madera. Haciendo una pausa únicamente para enterrar a sus muertos, el resto de legionarios se preparaba para cambiar de lugar.
La noticia de la muerte del humano no había afectado en gran medida a la compañía. La mayoría estaba de acuerdo en privado con Leodrakk. Ahora, ese hombre, John Grammaticus, permanecería atrás con el resto. Y sus secretos morirían con él.
Numeon sujetó con firmeza un icono de un martillo pequeño en el puño. Estaba parcialmente ennegrecido por el fuego, y el trozo de cadena que lo había sujetado a una armadura estaba roto.
—Sigo teniendo esperanza. Todavía creo que vivís… —dijo a las sombras.
Sus ojos deambularon entonces hacia el fuego que llenaba el aire a su alrededor con su chisporroteo y le recordaba el día en que los habían separado violentamente.