Vulkan vive

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Capítulo Catorce. Recelos

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Capítulo Catorce. Recelos

Capítulo Catorce

Recelos

Me cuesta mucho imaginar qué movió a Horus a llevar a cabo esta locura. La verdad es que el hecho en sí me asusta. Pues, si incluso los mejores de nosotros podemos flaquear, ¿qué significa eso para el resto? Lord Manus nos dirigirá. Siete legiones contra sus cuatro. Horus lamentará esta rebelión».

—VULKAN, primarca de los Salamanders

Isstvan V

Nadie había visto a Vulkan desde que había regresado de la reunión con sus hermanos a bordo del Ferrum. Tras volver a acoplarse con el Forja de fuego, el primarca de los Salamanders se había retirado a sus aposentos privados sin dar ninguna explicación.

Artellus Numeon había esperado instrucciones, incluso una alocución. Algo. La forma de actuar de su primarca era tan inescrutable como la misma tierra a la que estaba ligado. Numeon deseaba encarecidamente poder comprender a Vulkan en esos momentos, y se preguntaba qué habría sucedido a bordo del Ferrum que hubiera sacado de quicio hasta tal punto al primarca. A menos de una hora para descender al planeta, con una auténtica flota de naves de desembarco de la legión atracada en la nave insignia preparándose para perforar la atmósfera superior de Isstvan V, al capitán de la Pyre le perturbaba que su señor se hubiera ausentado.

Mientras recorría a toda prisa los corredores obscurecidos del Forja de fuego, Numeon todavía no había tropezado con una sola persona. Vulkan había hecho marchar a los guardas de sus aposentos, a todos los siervos e incluso al encargado de hacerle las marcas al fuego. De modo que, cuando las puertas del solitorium de Vulkan aparecieron a través de la oscuridad anegada de hollín de la bodega más inferior de la nave, a excepción de las cubiertas de las salas de máquinas, Numeon no sabía qué esperar.

Aunque cerrada, la entrada a la cámara privada de Vulkan no estaba bloqueada. Fluctuantes antorchas de lumen proyectaban una neblina rojiza sobre las puertas, que se abrieron al acercarse el capitán, mostrando una oscuridad más profunda en el interior.

Mientras cruzaba el umbral para pasar al interior de la habitación, Numeon intentó apaciguar los violentos latidos del corazón mientras el hedor a pavesas y ceniza lo envolvía. Al igual que los pasillos del exterior, el solitorium estaba oscuro, pero de un modo abyecto. El guerrero percibió la presencia de Vulkan antes de verle, como un hombre percibe la presencia de un monstruo cuando lo introducen en su jaula.

La puerta se cerró herméticamente tras él, y la oscuridad pasó a ser absoluta.

—Entra… —indicó una profunda voz, abismal.

Provenía del centro de la habitación, una cripta circular construida de obsidiana. Alrededor de los bordes, Numeon oyó el crepitar de carbones, las ascuas en el interior de los braseros proyectando un resplandor tenue. En la luz pálida distinguió la forma de una figura enorme arrodillada, con la cabeza inclinada de modo que la barbilla estaba apoyada en el puño.

Incluso en la total oscuridad de la sala de marcar, Vulkan resplandecía. Vestido con todos sus atavíos de combate, una sublime servoarmadura forjada por él mismo, el señor de los dragones era inmenso. Tachonado de cuarzo, rubíes y gemas de todos los colores que habían sido excavadas del suelo de Nocturne, el equipo de combate del primarca centelleaba con fuego capturado. En una espaldera llevaba un enorme cráneo de dragón, en tanto que en la otra había adherida la piel color jade de una segunda bestia. Sin el casco, el cuero cabelludo glabro de Vulkan brillaba bajo la luz tenue de la fragua.

Al adentrarse más en la estancia, Numeon captó su propio reflejo en la negra superficie de obsidiana, envuelto en el resplandor espejado del fuego. Al igual que su señor, llevaba el equipo completo de combate. Un largo manto de piel de dragón le colgaba de los hombros y un casco con una máscara que mostraba un semblante enfurecido descansaba en el pliegue del codo. La otra mano sujetaba el mango de su espadón. El arma volkite colocada justo debajo de la hoja estaba cromada y activada.

—Pareces inquieto, capitán de la Pyre —⁠musitó Vulkan, intensificando la nube fuliginosa a su alrededor.

—El bombardeo orbital empezará en menos de una hora, mi señor.

—Y solicitas mi presencia en la cubierta de revista.

Respirando despacio y profundamente, Vulkan soltó otra potente exhalación, que renovó la fetidez volcánica que saturaba la atmósfera. Con semejante fuerza y ferocidad envueltas bajo carne y blindaje, Numeon casi podría creer que, bajo la piel negra como el ónice, Vulkan era en realidad un dragón, una bestia de mitos primigenios atrapada en un recipiente en forma de hombre de carne y huesos.

—He preparado a la Legión. Han hecho sus juramentos del momento y aguardan vuestra orden —⁠dijo el capitán, incapaz de ocultar su nerviosismo.

Vulkan lo percibió al instante.

—Habla con franqueza, Artellus. No quiero secretos entre nosotros.

Numeon carraspeó y dio un paso más al interior de la luz.

—¿Qué estáis haciendo aquí?

—Bien. —Vulkan sonrió, y Numeon lo detectó en el cambio de tono de la voz⁠—. Eso está mejor.

La piel de Kesare que colgaba del hombro blindado del primarca se desplegó cuando se puso en pie, creando la ilusión de que revivía. Kesare había sido una bestia monstruosa, uno de los dragones del piélago. Vulkan lo había matado como parte de una competición con otro guerrero, un extranjero en Nocturne, alguien que se había llamado a sí mismo el Forastero. No fue hasta más tarde que se desveló que este visitante desconocido era en realidad el Emperador de la Humanidad, un ser con un poder y sabiduría tan inmensos que desafiaban cualquier definición.

Todo había cambiado aquel día. Verdades que se habían ocultado a Vulkan fueron reveladas; su destino y propósito. Su padre había venido, su creador en el sentido más auténtico de la palabra, y a Vulkan lo lanzaron a las estrellas, donde se reunió con la legión que le tenían reservada.

El regreso del primarca había llenado de alegría a Numeon. Perdido en un mundo tan remoto y volátil, Vulkan había sido, sin embargo, de los primeros hijos del Emperador en ser localizados. Aun así, los Salamanders habían padecido en la Gran Cruzada antes de eso, ya que un deseo de demostrar su valía casi había resultado en su extinción.

—Crees que es un momento poco adecuado para la introspección —⁠comentó Vulkan.

No era una pregunta, pero el capitán dio la única respuesta que podía.

—Sí. Os necesitan. Estamos al borde de la guerra, a punto de enfrentarnos en combate con guerreros a cuyo lado hemos combatido…, guerreros que en el pasado consideramos aliados.

—Y ¿eso te inquieta, Artellus?

—Enormemente.

—Debería, pero no permitas que eso te conduzca a acciones precipitadas.

—No, por supuesto —contestó Numeon, efectuando una reverencia en respuesta a los comentarios aleccionadores del primarca.

—Levanta la cabeza, capitán. ¿Acaso no te enseñé a mirarme a los ojos?

Numeon alzó la barbilla.

—Lo recuerdo, mi señor. Nos rehicisteis, nos aleasteis justo cuando contemplábamos el abismo mismo de la autoaniquilación. Sin vos no habríamos sobrevivido.

Antes de Vulkan, como todas las legiones, los Salamanders habían procedido de Terra, y precisamente el hecho de que quedaran con vida tan pocos Salamanders terranos daba testimonio de lo cerca que había estado la XVIII de la destrucción. El reencuentro con su primarca los había salvado, y con los audaces habitantes de Nocturne siendo ya alumnos de las enseñanzas de Vulkan, no transcurrió mucho tiempo antes de que los Salamanders vieran cómo volvía a aumentar su número.

Numeon era terrano de nacimiento, como todos los de la Pyre Guard. Eran los pocos, los escogidos, y recordaban muy bien el desastre que había estado a punto de acaecerles. Con qué facilidad podría haber finalizado de golpe su legado, como los otros de los que nadie hablaba ya.

—Os salvé porque en vosotros vi un gran potencial. Mi padre sabía que yo era el hijo perfecto para templar esta Legión y volver a forjarla fuerte. Así pues, ten por seguro que no hay mejor momento para reflexionar que cuando efectuamos nuestros juramentos y los marcamos a fuego en la carne antes de la batalla, Artellus. La templanza ante la guerra no es solo prudente, también salva vidas. En mi opinión, es una práctica que a mi hermano Ferrus le resultaría muy beneficiosa.

La mirada de Vulkan se perdió de improviso a lo lejos, como recordando.

Numeon frunció el entrecejo.

—¿No fue del todo bien a bordo del Ferrum? Tengo entendido que se estaba trazando un plan de ataque.

—Así era.

El primarca devolvió la mirada al capitán de la Pyre. A Numeon le dio la impresión de que parecía casi apenado.

Vulkan prosiguió:

—La Gorgona siempre ha sido volátil, pero las palabras que pronunció contra Fulgrim a bordo del Ferrum estaban llenas de rencor e ira. Como el magma que se agita bajo las superficies de nuestros dos mundos, Ferrus está al borde de una erupción violenta.

—Su ira está justificada —afirmó Numeon⁠—. Sean o no antiguos aliados, hay que detener esta rebelión.

—Sí, debe hacerse. Pero me temo que la cólera de Ferrus no augura nada bueno para el futuro. Corvus también lo percibió, estoy seguro, pero el señor de los cuervos disimula sus emociones con el mismo cuidado que su presencia. No dijo nada sobre sus propios recelos durante la apasionada sesión informativa de nuestro hermano. —⁠Vulkan suspiró, afectado por un cierto cansancio⁠—. Abalanzarnos contra un adversario como Horus… huele a locura y cólera.

La frente de Numeon se arrugó.

—¿Locura?

Vulkan sacudió lentamente la cabeza.

—Pensar siquiera en Horus como un enemigo parece demencial. «Rebelión», lo llaman. Y no son solo los Sons of Horus, sino también otras tres legiones que habían sido leales. Me disculpo por mi franqueza, Artellus; tú no deberías cargar con estas cosas. Soy yo quien debe soportarlas solo, pero ¿qué otra palabra hay para ello, excepto locura?

Numeon no supo qué responder en un principio. No faltaba mucho para que empezara el bombardeo y la legión embarcara en naves de desembarco para efectuar un despliegue inmediato y agresivo. Si era una locura, habían llegado demasiado lejos para dar media vuelta ahora.

—No se me ocurre ninguna otra palabra. Sin embargo, ¿qué podemos hacer aparte de seguir a lord Ferrus a la batalla? Es aquí donde le pondremos fin. Siete legiones contras las cuatro que él tiene. Someteremos a Horus y haremos que responda de su sedición.

Vulkan lanzó una carcajada, pero fue un sonido triste, desprovisto de alegría.

—Me recuerdas a Ferrus. Cuánta belicosidad.

—¿De qué otro modo nos enfrentamos a nuestros enemigos si no es así? —⁠preguntó el capitán.

Vulkan lo meditó, antes de volver a bajar la mirada.

—¿Ves esto? —dijo, indicando un martillo que sostenía en la mano enfundada en el guantelete.

El primarca no sujetaba el arma, sino que más bien permitía que descansara allí, con los dedos apenas rodeando el mango y el cuello.

—Es magnífico —repuso Numeon, confuso respecto a lo que quería decir su señor.

El martillo de combate poseía una inmensa cabeza doble. Cada una estaba basada en tres cuñas cuadradas, giradas en ángulos para producir un acabado casi rebordeado. Divididas por un largo mango de metal, con un sombreado en el asa y acabado con un pomo tachonado de gemas, el extremo letal del arma parecía muy pesado, pero Vulkan la sostenía como si no pesara nada. En apariencia era un martillo de energía forjado por un maestro artesano y muy mejorado, que poseía tanto un generador de energía en la parte superior del mango como otro dispositivo justo debajo que Numeon no reconoció.

—Rivaliza con el Yunque del Trueno —⁠le explicó Vulkan, haciendo girar con cuidado el martillo en la floja mano⁠—. No estaba pensado para reemplazarlo, sino para ser un regalo. E incluso en este momento, mientras vamos tras la estela de la tormenta de mi hermano, me admira la trascendencia de la decisión de mantenerlo conmigo.

—Un regalo… —repitió Numeon, combatiendo la sensación de desasosiego que crecía en su interior⁠— ¿para quién?

—Siempre me has servido fielmente como mi palafrenero, Artellus. Confío en tu parecer, y me gustaría tenerlo ahora.

Numeon se golpeó el peto con el puño en un saludo.

—Me honráis, mi señor. Estoy a vuestra disposición.

Los ojos de Vulkan se entornaron, el fuego que ardía en su interior quedó reducido a ardientes rendijas rojas como si evaluara a su palafrenero y lo considerara digno de lo que estaba a punto de decir a continuación.

—Lo que te cuento no se lo he contado a nadie hasta ahora.

—Comprendo.

—No —dijo Vulkan con tristeza—, no lo comprendes. Aún no. Tras Ullanor, empecé a forjar una arma para honrar el logro de Horus y el hecho de que nuestro padre lo nombrara señor de la guerra. Esto —⁠siguió, sosteniendo entonces el martillo con firmeza y alzándolo bien alto en una mano⁠— es el Portador del Amanecer. Iba a ser un regalo mío para mi hermano.

—Pero elegisteis no dárselo. ¿Por qué, mi señor?

Vulkan bajó el arma y contempló el exquisito resultado de todo su trabajo antes de proseguir.

—Eso es lo que me irrita, Artellus. Horus y yo hablamos en privado solo en dos ocasiones después de que reemplazara a nuestro padre en la jefatura de la Cruzada.

—Lo recuerdo, mi señor. Después de Kharaatan, consultasteis tanto con lord Dorn como con lord Horus.

—Sí. El… comportamiento de Konrad me inquietó enormemente y necesitaba orientación. Por aquel entonces, la forja del Portador del Amanecer no estaba finalizada. Yo quería que el regalo fuera una sorpresa, una muestra de nuestro hermanazgo y de mi respeto, de modo que no lo mencioné.

—Sigo sin tener claro por qué pensáis en esto ahora, mi señor.

—Porque cuando el martillo estuvo terminado, hablé con Horus por segunda vez. Su ascenso a Señor de la Guerra había puesto una gran presión sobre su tiempo y atención, de modo que quise fijar una reunión en la que pudiera entregarle mi regalo. —⁠Vulkan hizo una pausa; su expresión fue ensombreciéndose mientras rememoraba la conversación.

—¿Mi señor? —dijo Numeon, cuando el mismo nubarrón proyectó también su sombra sobre él.

Vulkan mantuvo los ojos bajos mientras recordaba, y no los alzó para concluir el relato.

—Horus era muy distinto del hermano que conocía, y al que había respetado. Incluso a través de nuestra conexión hololítica, lo percibí… Una presencia que no había estado allí antes.

—¿Qué clase de presencia?

—Es difícil de describir. Él parecía… distraído, y al principio pensé que eran simplemente cuestiones relacionadas con la Gran Cruzada que lo preocupaban pero, a medida que nuestra conversación avanzaba, comprendí que había algo más.

—¿Creéis que planeaba esta rebelión ya entonces?

—Es posible. Ahora me pregunto si estuvo siempre en el corazón de mi hermano y sencillamente había que hacerlo salir de su interior para que floreciera y diera frutos. En cualquier caso, supe que había algo purulento en el interior de Horus que no había estado allí antes, una sombra sobre su alma que era como un cáncer. Y crecía, Numeon: el anfitrión abrazaba al parásito delante de mis ojos. No poseo la presciencia de Sanguinius, ni la agudeza mental de Guilliman, ni tampoco los dones psíquicos de Magnus, pero conozco mis instintos, y en aquel momento me gritaban. «Horus ha caído», me decían. De algún modo, había resbalado y el abismo se había hecho con él. Aun cuando no podía darle un significado ni mostrar pruebas de nada de ello, me trastornó. De modo que decidí no hablarle del regalo que había creado y, en su lugar, me lo quedé. Y todavía me preocupa —⁠dijo a Numeon, volviendo a alzar la vista⁠—. Porque los mismos recelos que tuve aquel día, los siento ahora. Me advierten que sea cauto, que haga caso del desasosiego de mi alma.

—Estaré aún más alerta —contestó Numeon, aunque todavía no sabía frente a qué debía estarlo.

Vulkan asintió.

—Estate atento, Artellus. En las arenas oscuras de Isstvan ahí abajo, nos enfrentamos a un adversario que no se parece a ningún otro. Pero es un enemigo, y uno al que no podemos permitirnos dar cuartel. Cualesquiera que sean los vínculos de lealtad que hayas sentido en el pasado por estos guerreros, olvídalos. Ahora son traidores, liderados por un guerrero al que ya no reconozco como mi hermano. ¿Crees que tenemos la razón en esto, y que nuestra causa es justa?

A pesar del regusto amargo que la traición de las otras legiones había dejado en su boca, Numeon nunca había estado más seguro de nada.

—Estoy seguro de ello. Sea cual sea la enfermedad que ha caído sobre nuestros antiguos aliados, los convertiremos en cenizas.

—Entonces, somos como uno solo. Gracias, Artellus.

—No he hecho nada, mi señor.

—Me has prestado atención cuando mi mente estaba inquieta. Has hecho más de lo que crees. —⁠Vulkan mostró una amplia sonrisa, con sus recelos transformados y forjados de nuevo en forma de propósito⁠—. Ojo con ojo, capitán de la Pyre.

—Diente con diente, mi señor.

—¿El bombardeo será pronto? —⁠preguntó el primarca.

—Inminente —respondió Numeon, tranquilizado y electrizado por el comportamiento revivificado de Vulkan.

Comprendió, mientras Vulkan sujetaba el Portador del Amanecer a su cinto, que no fue debilidad lo que había visto en su primarca, sino humanidad. Era la genuina preocupación por el hecho de que sus hermanos hubieran caído en la oscuridad, y el afloramiento de la determinación que necesitaría para luchar contra ellos. Estaba en su derecho al dudar de lo justificado de esta lucha, y también al pararse a considerar las consecuencias de todo ello. Únicamente haciendo eso podía un guerrero estar seguro de que sacaba bólter y espada por una buena causa y contra un auténtico enemigo.

Esa era la enseñanza de Vulkan, comprendió el capitán.

Moralidad, conciencia, humanidad: no eran defectos, eran puntos fuertes.

—Llévame a la cubierta de revista —⁠dijo Vulkan, colocándose el casco de combate⁠—. Cuando pongamos pie en el planeta, miraré a mi hermano a los ojos y le preguntaré por qué ha hecho esto, antes de llevarlo a Terra encadenado.

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