Vulkan vive
Capítulo Quince. El festín espantoso
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Capítulo Quince. El festín espantoso
Capítulo Quince
El festín espantoso
Si la música es el alimento del alma, ¿qué hay de los gritos?».
—KONRAD CURZE el Acechante Nocturno
Tras la vergüenza de mi derrota, estuve como perdido durante un tiempo. Curze no me visitó, la presencia maligna de Ferrus fue conspicua por su ausencia, e incluso empecé a echar en falta la sombra de mi hermano muerto. No había otra cosa que el hedor de los muertos, ascendiendo a lo largo de las horas y los días hasta convertirse en un gas maloliente que inundaba mis sentidos con la fetidez del fracaso.
Ferrus había tenido razón sobre mí: era débil. No pude salvar a los mortales de su destino funesto, no pude superar la trampa mortal fabricada por Perturabo. Curze había cambiado de táctica, pero yo no tenía ni idea de por qué. En lugar de intentar castigar mi cuerpo, había decidido castigar mi conciencia.
Los efectos eran enervantes.
A la deriva entre mis quebrantados pensamientos, permanecí sentado totalmente inmóvil en la oscuridad de mi celda y en ese momento, aunque no me enorgullece demasiado admitirlo, por vez primera supe de verdad lo que era la desesperación.
Soles ascendieron y cayeron, estrellas nacieron y volvieron a morir. El cosmos se desplazó a mi alrededor y, al cabo de un tiempo, cesó de tener sentido. Yo era una estatua de ónice, con los brazos colgando a los costados mientras mi frente tocaba el suelo. Con la espalada encorvada, demasiado herido para hacer otra cosa que respirar, noté la lenta atrofia de las extremidades y el hambre en el pecho. El vigor me abandonaba, tal y como el vapor escapa del metal que se enfría, y lo agradecí.
Morir sería una bendición.
Un legionario puede vivir durante muchos días sin alimento. Tiene la fisiología mejorada hasta tal punto que puede estar prácticamente muerto de inanición y, aun así, marchar, pelear y matar. Nuestro padre hizo a Sus hijos aún más fuertes, pero yo sabía, como un hombre que sabe que se está muriendo de cáncer, que yo no era yo mismo. Mi estado de ánimo estaba desequilibrado; los innumerables agravios a los que Curze me había sometido, las torturas mentales, empezaban a dejarse sentir. En mi momento más bajo, cuando incluso mi fuerza de voluntad desaparecía, me sumí en un bendito olvido y dejé que este me envolviera.
Mi paz no iba a durar.
Un sonido parecido a un arroyo lejano goteando junto a mi oído me devolvió a la consciencia. Me di cuenta en cuanto abrí los ojos de que seguía en la mortífera sala, pero ahora estaba llena de agua. Me heló el rostro, lamiéndome la mejilla. Con los labios resecos y la lengua igual que un pedazo de cuero, intenté beber pero descubrí que el agua tenía un sabor salobre y metálico. Mis tripas se retorcieron, el hambre me corroyó y amenazó con devorarme desde el interior. Demasiado débil para ponerme en pie, para alzar el cuerpo siquiera, no pude hacer otra cosa que observar, y ver cómo las compuertas abiertas en la base de las paredes admitían ese lánguido torrente.
Vi el chisporroteo eléctrico al cabo de un momento y solo dispuse de unos pocos segundos de comprensión antes de que la descarga me alcanzara y me despegara del suelo en un espasmo desgarrador. Mi cuerpo maltrecho, enflaquecido por la falta de comida y agua, gimió; los músculos, atrofiados en parte por falta de uso, ardieron. La garganta, seca como ceniza del desierto, apenas si tuvo fuerzas para chillar.
—Vulkan…
Como si estuviera atrapado en un pozo profundo y mi salvador me llamara desde lo alto, oí pronunciar mi nombre.
—Vulkan… —repitió, solo que esta vez la voz era más nítida.
Yo intentaba alcanzar la luz, pateando con energía para salir a la superficie y poner fin a mi sumersión.
—Vulkan, debes comer.
Cuando abrí violentamente los párpados, descubrí que debía de haberme desmayado, y que había recuperado el conocimiento en una zona distinta de la nave.
Estaba sentado; tenía las manos y los pies atados.
Enfrente, sentado al otro lado de una amplia mesa de banquetes, mi difunto hermano me dedicó una mueca.
—Come hasta hartarte —dijo, señalando con las cuencas vacías de los ojos el banquete dispuesto ante nosotros—. Debes comer.
Estábamos sentados en una larga galería. Candelabros muy ornamentados, impregnados de polvo, proporcionaban una luminiscencia parpadeante. Por encima de nuestras cabezas, arañas de luces de plata oscilaban levemente en una brisa estancada. Filamentos finos como la gasa los unían igual que las telarañas de algún arácnido antiguo y muerto hacía mucho. De un modo similar, el banquete en sí estaba envuelto en una fina y pastosa pátina de un gris blancuzco.
Olía a carne, pero me llegaba cierto hedor de aquí y de allá, como si parte del género estuviera estropeado o crudo. Había frutas y pan que mostraban una insinuación de moho, a pesar de su ostensible frescura. Por toda la mesa abundaban las garrafas de vino pero en algunas las uvas eran malas, la cosecha estaba picada y poseía un sabor desagradable.
A pesar del mal estado del banquete, se me hizo la boca agua ante la perspectiva y forcejeé impotente contra mis ataduras para saborearla.
—Come, Vulkan —instó Ferrus—. Te estás consumiendo, hermano. Traté de hablar, pero tenía la garganta tan en carne viva que apenas conseguí emitir un gruñido ronco.
—Habla claro —contestó Ferrus, abriendo y cerrando una boca sin labios, oscuridad y sin lengua, como un enorme agujero negro que de algún modo seguía siendo capaz de formar palabras. Con una mano esquelética efectuó un amplio gesto para abarcarlo todo—. Todos queremos oír lo que tienes que decir.
Hasta aquel momento, no había advertido la presencia de los otros invitados.
Diecisiete hombres y mujeres estaban sentados alrededor de la mesa de banquetes. Al igual que los otros prisioneros que Curze me había mostrado, esos humanos eran tanto miembros del ejército como ciudadanos imperiales. Incluso vi a algunos rememoradores entre el grupo, y uno que tenía un cierto parecido con Verace. De todos los invitados, él era único que parecía tranquilo e impasible ante todo ello. No podía ser el rememorador, por supuesto, ya que Verace no era un hombre en el sentido estricto de la palabra. Era simplemente una tapadera, un manto echado sobre los hombros de un ser para ocultar su identidad.
Con la piel muy tirante sobre los huesos cual fino pergamino, los labios tensados hacia atrás sobre las encías y los ojos rodeados de oscuros círculos de fatiga… era evidente que a los mortales también los estaban matando de inanición.
A diferencia de mí, sin embargo, ellos no estaban atados.
En lugar de ello, advertí que les habían extirpado las manos a la altura de las muñecas y que, empalados en los muñones cauterizados había largos cuchillos serrados y tenedores en forma de tridentes. Unos cuantos de los humanos habían conseguido pinchar pedazos de carne o hundir el cuchillo en porciones de pan pero no podían llevarse las vituallas a la boca pues la longitud de los utensilios correspondientes lo impedía.
Tenían ese gran banquete dispuesto ante ellos y no podían hacer otra cosa que observar cómo se descomponía y pudría mientras ellos se morían de hambre.
Ferrus atrajo mi atención alzando una copa.
—¿Debería hacer un brindis, hermano? Parece lo indicado, antes de que esta chusma voraz lo devore todo.
Una vez más, intenté hablar, pero sentía la garganta como si unas cuchillas la hubieran dejado en carne viva y todo lo que conseguí fue emitir un chirrido exasperado. Abrí y cerré los puños, esforzándome por escapar de las ligaduras. Di patadas, sintiendo cómo el hueso se magullaba y quebraba.
—Por ti, querido Vulkan —dijo Ferrus, llevándose la copa a los labios y vaciándola.
El oscuro vino tinto cayó en cascada por su garganta, a través del cuello destrozado, y volvió a salir por las rendijas de la caja torácica allí donde la armadura y la carne habían empezado a desmoronarse con el inicio de la descomposición.
Como si estuviera desconcertado, Ferrus paseó la mirada por los demás comensales.
—¿Tal vez te están esperando a ti, hermano? —sugirió—. Todavía no han tomado ni un bocado.
Las ligaduras alrededor de mis muñecas empezaban a clavarse ya en la carne. Hice caso omiso del dolor, con las mandíbulas apretadas con rabia y todo el cuerpo temblando.
—Al… —chirrié—. Ali…
Ferrus volvió la cabeza como intentando escuchar, pero sus orejas habían encogido hasta quedar convertidas en protuberancias podridas.
—Habla con claridad, Vulkan. Que todos oigan lo que tienes que decir.
—Ali… men… taos… Alimentaos. ¡Alimentaos! ¡Alimentaos unos a otros!
Rugí y me debatí, pero seguí sin poderme soltar.
Muy despacio, con seguridad, Ferrus negó con la cabeza.
—No, Vulkan. Lo siento, pero no pueden oírte.
Señaló con un dedo huesudo a un individuo que se retorcía: un hilillo seco de sangre había formado una costra en la oreja y le descendía por todo el lado de la cabeza.
«Está sordo».
Cuando el desgraciado se volvió de cara a mí, advertí la lechosa consistencia de su iris.
«Y ciego».
Solo les quedaban el olfato, el tacto y el gusto. Era tan cruel estar tan cerca de lo que el cuerpo ansiaba y la mente imaginaba, y que te lo negaran.
—Estos glotones no son capaces de escuchar, no quieren escuchar —dijo Ferrus—. Ni tampoco puedes obligarlos. La codicia de la humanidad acabará por destruirla, Vulkan. Al ayudarles no haces más que prolongar lo inevitable.
Dejé de escuchar e hice caso omiso de los parloteos de mi difunto hermano. En vez de eso, rugí. Maldije el nombre de Curze hasta que me quedé sin voz para pronunciarlo.
Y luego me quedé allí sentado, como un rey presidiendo su espantoso festín mientras los invitados van muriendo poco a poco de inanición. Mi constitución, por débil que estuviera, me mantuvo con vida. Curze sabía que yo sobreviviría más tiempo que los humanos, y cuando el último de ellos exhaló su último suspiro, me quedé solo.
Lloré mientras las velas se derretían hasta convertirse en diminutos cabos y el polvo acumulado las apagaba igual que a las arañas de luces del techo, sumiendo la sala en la oscuridad.
—Curze… —sollocé—. ¡Curze! —Con mayor vigor esta vez, pues la ira me proporcionaba unas muy necesarias energías—. Curze, eres un cobarde. ¡Da la cara! Acaba conmigo si puedes. Incluso de ese modo, no me rendiré.
Un lento suspiro me sobresaltó, sonó tan cerca que supe que provenía del asiento situado junto al mío.
—Estoy aquí, hermano —dijo Curze, sentado a mi lado—. Siempre he estado aquí, observando, esperando.
—¿Esperando a qué? —siseé, haciendo un gran esfuerzo para poder hablar tras mi arrebato.
—A ver lo que sucede a continuación.
—Corta mis ataduras y descúbrelo, hermano…
Curze rio.
—¿Todavía estás lleno de ferocidad, eh, Vulkan? El monstruo interior todavía no está amedrentado por completo, ¿verdad?
—Mátame o pelea conmigo, acaba con esto de una vez —gruñí.
Curze negó con la cabeza.
—No quería que suplicaras. No quiero que supliques. No querría hacerte caer tan bajo. Eres mejor que eso, Vulkan. Mejor que yo al menos. O eso crees.
—No estoy suplicando, te estoy ofreciendo una elección. De un modo u otro, tendrás que matarme. Como a un perro o como a tu igual.
—¿Igual? —le espetó el otro en un repentino estallido de furia—. ¿Somos iguales, entonces, tú y yo? ¿Somos príncipes del universo, ligados por una causa común y la sangre?
—Somos guerreros y seguimos siendo hermanos, a pesar de lo bajo que has caído.
—No he caído a ninguna parte. Mi posición es tan elevada como lo fue siempre. Eres tú. Tú eres el que ha caído en desgracia. No eres tan noble en las sombras, ¿verdad? Dime, Vulkan, ahora resides en las alcantarillas como yo, ¿qué ves en el negro espejo que tienes delante? ¿Somos todos hijos de nuestro padre, o somos algunos solo un poquitín mejores que los demás? ¿Crees que nos creó a los veinte creyendo que cada uno tendría un propósito más allá de hacer que sus favoritos brillaran ese poquitín más?
—¿Envidia? ¿Sigue siendo eso? ¿Es por eso que estoy aquí?
—No, Vulkan. Estás aquí para mi diversión. No puedo estar celoso de alguien que es solo tan magnífico o débil como lo soy yo.
—Suéltame, enfréntate a mí sin estos jueguecitos, y veremos quién es débil.
—Debería acabar contigo ahí donde estás, hermano. ¿Te has visto, últimamente? Ya no tienes un aspecto tan formidable.
—En ese caso, ¿cuál es el propósito de toda esta locura y muerte? Si quieres matarme, hazlo. Acaba con ello. ¿Por qué no te limitas a…?
Veloz como una sombra, Curze arrancó el tenedor de la muñeca de uno de los humanos muertos y me lo incrustó profundamente en el pecho.
Sentí cómo el sucio metal empujado al interior de mi corazón para empalarlo me perforaba el esternón. Agachándose sobre mí, Curze procedió a arrastrar el romo utensilio hacia arriba a través de mi caja torácica, desgarrando pecho y cuello mientras yo proyectaba un chorro de sangre sobre su peto.
—Lo he intentado —me dijo, gruñendo a través de su furia mientras el tenedor alcanzaba mi barbilla y la oscuridad empezaba a penetrar en mi visión periférica—. Te he cortado la cabeza, te he perforado el corazón, te he aplastado el cráneo, he empalado todos los órganos principales de tu cuerpo. Incluso te he quemado y desmembrado. Y has regresado, hermano. Todas… y cada una… de las veces. No puedes morir.
Horrorizado, con la mente convertida en un torbellino ante la confesión de mi hermano, morí.
Curze había hecho lo que le pedí, lo que le supliqué, y me mató.