Vulkan vive
Capítulo Dieciséis. Quemado
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Capítulo Dieciséis. Quemado
Capítulo Dieciséis
Quemado
Aunque notaba la punta de lanza ligera en la mano y fría al tacto, Elías conocía la gravedad del momento y la del arma que tenía delante.
Había regresado al púlpito, eligiendo despojarse de la armadura y acudir a su altar de sacrificios ataviado solo con las vestiduras sacerdotales.
Ocho suplicantes nuevos aguardaban de pie alrededor del foso, incluido el que esperaba de rodillas ante Elías sobre el púlpito de piedra. Detrás de ellos, siete de los discípulos más devotos del apóstol oscuro se erguían amenazadores. Esos hombres y mujeres no eran las víctimas propiciatorias de Ranos; eran seguidores del culto, auténticos creyentes. Se habían ofrecido voluntariamente, para pasar a ser parte de la magnífica urdimbre del Panteón. Ni uno de ellos temblaba o lloraba; simplemente oraban, y oírlo regocijaba el corazón de Elías.
—¡Mostrad vuestra devoción! —gritó a los ocho, instando a los sectarios a quitarse las túnicas y mostrar la carne llena de marcas.
Piel profanada con sigilos siniestros y malignos apareció debajo de la tela carmesí. Utilizando cuchillos rituales, los seguidores del culto se habían grabado una serpiente que se desenroscaba a través de todos sus cuerpos. El suplicante de Elías era el octavo y en el pecho lucía la cabeza de la serpiente, delineada con su sangre parcialmente coagulada.
—Estupendo —murmuró con arrobamiento.
El infierno acudiría a Traoris y él sería el guardián de la entrada, el que le permitiría la entrada al plano mortal.
Salmodiando los nombres de los No Nacidos, Elías inició el ritual. Sintió el tamborileo de poder en la punta de lanza, vio su fulgor resplandeciente entre sus arrebatos de éxtasis y supo que esa era la herramienta para su elevación. No sería Erebus, ni siquiera Lorgar, sino él.
Valdrekk Elías recibiría lo que siempre había ansiado. Ascensión.
Implorando a los demonios del éter que le escucharan, rezando para que fueran atraídos por la resonancia psíquica de la lanza, notó cómo el calor de la hoja se intensificaba. En un principio fue tan solo molesto, algo que era necesario soportar para obtener el premio más importante, pero luego se tornó doloroso. Al bajar la mirada hacia el arma que sostenía, Elías advirtió que esta llameaba, y su piel con ella.
Pronunció los versos malditos más de prisa, instando a los discípulos a salmodiar con mayor energía. El arma siguió ardiendo.
El resplandor era tan intenso que iluminó la zona del sacrificio, haciendo retroceder las sombras que habían estado surgiendo poco a poco de las antiguas ruinas igual que tinta derramada. Estas parecían retroceder, como lo hacían los suplicantes, cuyos cuerpos mutilados empezaban a desprender humo.
Una mujer chilló, y a Elías casi se le entrecortó la voz mientras recitaba su bien estudiado dogma antes de que un Word Bearer la sujetara para que no se moviera. Otros de los presentes mostraban también indicios de incomodidad, retorciéndose y tosiendo mientras sus figuras eran devoradas por llamas purificadoras. La luz abrasadora se extendió, reptando inexorable sobre los discípulos.
De súbito, Elías fue incapaz de recordar los nombres de los No Nacidos, tan cruciales para el ritual. El tormento del brazo era tal que lo sujetó con la otra mano. Convertido en carne ennegrecida, el clérigo retrocedió aterrado ante su repentina deformidad y comprendió que controlar el poder de la punta de lanza estaba fuera de su alcance. Al igual que un caballo desbocado, era incontenible. Pero también era vengativo.
—¡Matadlos! —gritó Elías, con más miedo del que quería mostrar, pero era demasiado tarde.
Libre de trabas, el poder contenido dentro de la fulgurita se liberó de sus ataduras y salió despedido en una riada de energía. Desde Elías saltó una tormenta que buscaba conectar con la tierra a través de un pararrayos. Encontró siete.
Cayendo de rodillas —olvidadas ya las dagas rituales—, los discípulos murieron de prisa y en medio de dolores atroces. El blindaje de las armaduras no los protegió.
Furcas se llevó las manos a la garganta y un grito de muerte brotó de la boca, en medio de una columna de humo. Dolmaroth, con las manos alzadas hacia la cabeza, quedó fundido en una masa sólida de carne y metal. Imarek consiguió arrancarse el casco antes de morir, pero la mitad del rostro salió con él al quedar pegado a su interior. Eligor se estremeció y se derritió como la cera a través de los conductos de ventilación de la armadura. El resto pereció de un modo parecido, provocando que los Word Bearers que observaban desde detrás de ellos retrocedieran por miedo a compartir el destino de sus hermanos.
Los suplicantes eran ya carne y hueso carbonizados antes de que cayera el primer discípulo, y una violenta oleada de fuego los redujo a cenizas. Al comprender el peligro que corría, con los dientes apretados con fuerza debido al dolor del brazo, Elías hundió con energía el arma en la tarima de piedra del púlpito y retrocedió al regresar el fuego.
El apóstol oscuro dio un traspié en un escalón, luego en otro, y acabó rodando al suelo hecho un guiñapo.
De su púlpito únicamente quedó un fragmento irregular de roca quemada, con la punta de lanza todavía resplandeciente alojada en su interior. Respirando con dificultad y con plena conciencia del trauma que había sufrido su cuerpo, Elías chilló con todas sus fuerzas. No de dolor, sino de rabia y frustración. Había esperado ascensión, revelación, no ver frustradas sus esperanzas.
Jadrekk fue el primero de sus seguidores en llegar junto a él.
—Apóstol oscuro… —empezó a decir, pero reculó ante la visión de las heridas de Elías.
Este tenía el brazo completamente abrasado, desde el hombro hasta las yemas de los dedos. Los huesos se habían fundido, y una extremidad torcida y deforme ocupaba el lugar de lo que hubo allí antes.
—Mi armadura —ordenó con brusquedad Elías, poniéndose en pie sin ayuda y respondiendo con gruñidos a cualquier intento de auxilio—. Tráeme mi armadura.
Jadrekk obedeció y marchó a toda velocidad hacia el campamento.
Elías ni lo advirtió. En cambio, dirigió una mirada furibunda a la punta de lanza todavía incrustada en la roca. La mirada pasó de ella a los legionarios, luego a su rebaño de seguidores del culto y por fin a los ciudadanos de Ranos que quedaban.
—Reunidlos a todos —dijo a sus guerreros, ardiendo de vergüenza y furia—. Los quiero ejecutados. Nada de cuchillos, ni rituales, simplemente matadlos.
Dio media vuelta, con el miembro maltrecho sujeto contra el pecho mientras la declaración era recibida primero con un silencio anonadado y luego con miedo, a medida que los mortales comprendían qué les esperaba. Gritos y gruñidos pidiendo orden compitieron con protestas lloriqueantes y súplicas.
Elías se mostró despectivo ante aquel ruido. Le asqueaba, como el hecho de que ahora tendría que presentarse ante Erebus y suplicar por su vida.
—Y que alguien me traiga esa lanza —dijo, casi como una idea tardía, antes de regresar a su tienda con paso tambaleante.