Vulkan vive
Capítulo Diecisiete. El rostro en la sangre
Página 22 de 40
Capítulo Diecisiete. El rostro en la sangre
Capítulo Diecisiete
El rostro en la sangre
Cuando parpadeó, una fina costra de sangre seca se partió y se desprendió del párpado.
La espalda le dolía debido a la hora que había pasado tumbado en medio del frío y sobre aquella losa. Vagamente consciente de un recuerdo de dolor a lo largo del costado, alargó la mano para explorar la herida pero no encontró más que piel retejida y hueso.
—Otra vez no… —rezongó Grammaticus, y se incorporó con esfuerzo. Estaba sentado en una mesa de operaciones improvisada en alguna especie de enfermería. Así que lo habían trasladado. Al menos eso era una buena señal, supuso. Las luces estaban apagadas, pero penetraba un resplandor a través de la ventana redonda de la puerta procedente de una habitación mucho más grande situada más allá de la enfermería. A pesar de la penumbra, Grammaticus pudo ver que había sangre por todas partes, y el hedor era potente y desagradable. En especial estaba salpicaba una barra lateral de aspecto mugriento sobre la que habían abandonado una selección de herramientas toscas y vendajes desgarrados. No era el trabajo de un cirujano, entonces. No encontró puntos, pero seguía terriblemente magullado a pesar de la nueva funda de carne.
«Slau Dha, maldito cabrón alienígena…».
Un cuenco de metal a poca distancia, lleno de su sangre y envuelto con los restos medio cortados de los vendajes del carnicero, atrajo la atención de Grammaticus. El líquido estaba inmóvil por completo y su superficie era inusitadamente reflectante. Mientras relucía, el hombre comprendió lo que sucedía y combatió el impulso de volcar de una patada el recipiente y derramar todo el contenido sobre el suelo. No serviría de nada. Si se negaba a usar su «toque», ellos se limitarían a encontrar otro modo de establecer contacto. No le convenía rehusar.
Así que se inclinó al frente y aguardó a que apareciera el rostro.
Había estado esperando a Gahet, como antes, pero en su lugar las facciones altivas y severas del autarca empezaron a manifestarse. Por un instante, Grammaticus pensó que Slau Dha había «oído» de algún modo sus anteriores comentarios. Pero estaba equivocado, como también se equivocaba acerca de la identidad del rostro en la sangre.
—Tú no eres Slau Dha —dijo al eldar que lo contemplaba a través del tiempo y el espacio.
—Una observación astuta, John Grammaticus.
—¿Tienes sentido del humor? Me sorprendes. No creía que los de tu especie poseyeran tal cosa.
—¿Mi especie? ¿Tan hastiado estás, John Grammaticus?
—Soy el heraldo de la destrucción de toda mi raza —respondió él—. Hastiado ni siquiera empieza a describir mi estado.
El eldar no respondió a su sarcasmo. Era varón y tenía el oscuro pelo retirado hacia atrás en la frente para mostrar una runa tatuada en la piel. Únicamente rostro y hombros eran visibles, y aparecían en monocromático rojo; el resto desaparecía más allá de los bordes del cuenco.
—Parece que conoces mi nombre —dijo Grammaticus—. ¿Cuál es el tuyo? ¿Eres otro agente de la Cábala?
—Vuestra asociación es el modo por el que hemos llegado a estar en comunión, John Grammaticus. Y mi nombre carece de importancia. —No para mí. Me gusta saber quiénes son los que me manejan antes de que tiren de mis cuerdas.
El eldar frunció los labios.
—¡Hm! Detecto cierta amargura en tu tono.
—¡Qué sagaz! —se mofó el humano—. Y bien, ¿qué quieres?
—La cuestión es, John, ¿qué quieres tú?
—¿Quién eres?
—No estoy con la Cábala, y sé que deseas librarte de sus «cuerdas», ¿no es así?
Grammaticus no respondió.
—¿Por qué estás aquí, John Grammaticus? —prosiguió el eldar—. ¿Cuál es tu propósito?
—Pareces estar bien informado, más que yo al menos. ¿Por qué no me lo dices tú?
—Muy bien. Estás buscando un fragmento de poder, convertido en arma bajo la forma de una lanza de fulgurita. Tu misión también está relacionada con el primarca, Vulkan. Yo también tengo que ver con él, así como con la cuestión de la tierra. Vine a ti porque necesito tu ayuda, y tú estás en una situación única para darla.
—Y ¿qué te hace pensar que estaría dispuesto a cambiar a un titiritero por otro?
—Deseas que te liberen. Yo puedo concederte eso, o al menos mostrarte cómo puedes liberarte tú mismo. Eres… longevo, ¿no es cierto?
—Sospecho que ya conoces la respuesta a eso también. Aunque, creo que me has confundido con un amigo mío. Yo diría que he tenido muchas vidas, más que una especialmente larga.
—Sí, por supuesto. Vosotros los perpetuos sois todos diferentes, y tampoco sois todos humanos en el sentido más estricto de la palabra.
—¿Te refieres al Emperador?
—Te encontraste con él en una ocasión, ¿cierto?
—Sí, brevemente.
Grammaticus no sabía quién era ese ser, pero, cualesquiera que fueran sus otras pretensiones, no cabía duda de que era poderoso para ser capaz de contactar con él de ese modo y de que sabía mucho sobre las cosas más importantes que estaban en juego en la guerra. Tiempo atrás, durante las Guerras de Unificación, cuando formó parte de las Levas del Cáucaso, Grammaticus había aprendido a desconfiar de aquellos que sabían más cosas que él. En tales circunstancias, descubría que era mejor hablar poco y prestar atención.
El eldar siguió hablando:
—Hace muchos años, ¿verdad? Hace varias vidas, de hecho.
Grammaticus asintió.
—No —dijo el otro en tono categórico—, no me refiero a él, me refiero a Vulkan. Él tampoco puede morir, por así decirlo, pero tú ya lo sabías, ¿me equivoco? Mientras tú y yo hablamos, él corre un peligro terrible. Necesito tu ayuda para salvarle, si estás dispuesto.
—¿Si estoy dispuesto? —Grammaticus lanzó un resoplido burlón—. ¿Sabes siquiera por qué estoy aquí, qué me han encomendado hacer? Así pues, ¿me estás ofreciendo una elección? Suponiendo que me crea todo lo que me han dicho.
—Estoy seguro de que sabes que hablo con franqueza, del mismo modo que estoy seguro de que harás tuya esta causa.
—En ese caso, ¿por qué me preguntas, si está predeterminado?
—Por cortesía, por la ilusión del libre albedrío. Inventa cualquier razón de peso, la que prefieras, no importa.
—Hablas de elección, pero sigue pareciendo manipulación. Solo como hipótesis, dime qué quieres que haga.
—Coloca las manos sobre el conducto —ordenó el eldar.
Grammaticus estaba a punto de preguntarle qué quería decir con «el conducto» cuando adivinó que se trataba del cuenco, así que hizo lo que le pedían.
—Ahora prepárate —indicó el otro, sin necesitar que Grammaticus le confirmara que había hecho lo que había pedido.
—¿Por qué?
—Porque esto dolerá.