Vulkan vive
Capítulo Dieciocho. Zona de desembarco
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Capítulo Dieciocho. Zona de desembarco
Capítulo Dieciocho
Zona de desembarco
Cuando la mano del traidor golpea, golpea con la fuerza de una legión».
—Señor de la guerra HORUS, tras la masacre de Isstvan V
Las nubes se arremolinaban en el cielo, presagiando la llegada de una tormenta. Eran una mezcla de rojo intenso y ocre oscuro, el color proporcionado por el bombardeo planetario lanzado desde naves de guerra ancladas en la atmósfera superior, tan espesas que se aferraban a las naves que las surcaban a gran velocidad en ondulantes cintas.
Con los propulsores llameando, las fuerzas conjuntas leales al gobierno lideradas por Ferrus Manus salieron en tropel de la niebla, dispuestas a tomar represalias. La cápsula de desembarco de la Gorgona se unió a miles de otras, justo al mismo tiempo que el Stormbird de Vulkan volaba en la punta de lanza de una enorme bandada de navíos.
Segundos después de que la primera nave de desembarco atravesara la capa de nubes, baterías de emplazamientos de artillería vomitaron fuego desde el otro lado de metros de terraplenes excavados a lo largo de la depresión de Urgall.
El fuego antiaéreo inundó el cielo como una lluvia que cayera hacia arriba, triturando alas y fuselaje a la vez que detonaba cápsulas de metal en forma de punta de flecha y desperdigaba sus letales cargas explosivas en el aire.
Aquello apenas si hizo mella en el ataque, y cuando los leales al Imperio pusieron por fin el pie en el planeta, más de cuarenta mil legionarios avanzaron pesadamente por el terreno abrasado.
Numeon, sujeto magnéticamente a su asiento del Stormbird, intentaba seguirle la pista a la carnicería que tenía lugar. El casco de combate estaba bien encajado y el guerrero revisaba imágenes de los distintos comandantes del ejército en su visor retinal mientras la nave daba sacudidas y bandazos al efectuar movimientos evasivos.
Un impacto a poca distancia propició una veloz corrección de rumbo, y sintió el repentino tirón de la gravedad cuando cabecearon. Impertérrito, el capitán de la Pyre Guard continuó con el seguimiento de los oficiales Salamanders, consignando sus posiciones y estatus en su memoria eidética.
Heka’tan, 14.ª Compañía de Nacidos del Fuego…
Gravius, 5.ª Compañía de Nacidos del Fuego…
K’gosi, 21.ª Compañía de Piroclastas…
Usabius, 33.ª Compañía de Nacidos del Fuego…
Krysan, 40.ª Compañía Infernus…
Nemetor, 15.ª Compañía de Reconocimiento…
Ral’stan, 1.ª Compañía de Dracos de Fuego…
Gaur’ach, 4.ª Cohorte de Contemptor…
Señores de capítulos, capitanes de corbeta, capitanes de compañía.
Y no paró allí.
Más de un centenar de nombres y rostros pasaron ante la vista de Numeon mientras este intentaba seguir los siempre cambiantes enfrentamientos. Hasta el momento, solo habían perdido una docena de naves y ocho cápsulas de desembarco. En su imaginación, las formaciones se adaptaban, los planes de batalla eran modificados sutilmente, todo para dar cabida al violento paisaje que iba desplegándose gradualmente por encima y por debajo de él.
El Stormbird en el que viajaban era un Warhawk IV. Podía transportar hasta sesenta legionarios y también algunos blindados. Durante el punto culminante de la Gran Cruzada, el Stormbird había sido tan omnipresente como las estrellas en el firmamento nocturno pero su aceptación empezaba a decaer. Este en concreto era una antigüedad, y su puesto lo había ocupado la más pequeña y ágil Tunderhawk. A Numeon le gustaba la solidez del Warhawk IV, igual que le gustaba encontrarse junto a cincuenta Piroclastas bajo el mando del teniente Vort’an. Con máscaras de malla que colgaban por debajo de las rendijas oculares de sus cascos de combate y largos sobretodos de escamas de dragón, ofrecían un aspecto severo en la bodega. A diferencia de las tropas de asalto del frente, los Piroclastas siempre llevaban un par de guanteletes lanzallamas, conectados a una reserva de promethium guardada en bombonas sujetas al generador de sus armaduras. Pocos guerreros eran tan implacables, tan vengativos. En la antigua lengua gótica, su nombre significaba literalmente «romper con fuego». En los campos de muerte de Isstvan eso era exactamente lo que harían.
Numeon podía percibir su avidez; los soldados que escupían fuego estaban ansiosos por combatir.
En contraposición, los Pyre Guards estaba estaban silenciosos y en calma como su señor. Vulkan tenía los ojos cerrados, las lentes retinales del casco apagadas, mientras meditaba sobre lo que iba a suceder. Eso trajo a la memoria de Numeon la conversación que habían tenido a bordo del Forja de fuego momentos antes de que fueran a la plataforma de revista y el primarca dirigiera una alocución a sus guerreros. Fue un discurso breve pero conmovedor. Habló de hermandad y lealtad, también hizo referencia a la traición y a una lucha como la legión no había conocido desde los tempranos tiempos de su formación. Entrarían en una caldera volcánica en mitad de una erupción violenta, y ninguno de ellos emergería de allí indemne.
Sirenas de alerta entraron en actividad, aullando y sumergiendo el interior del lúgubre compartimento en estroboscópica luz ámbar.
—Un minuto para aterrizar en el planeta —informó la voz del piloto a través del comunicador.
De su dotación original, únicamente quince naves y once cápsulas de desembarco no conseguirían llegar intactas a la superficie. Casi todo el contingente de la legión sería lanzada contra Horus y sus rebeldes.
Los Salamanders atacarían el flanco izquierdo, los Raven Guards el derecho, y Ferrus Manus y sus morlocks se encargarían del centro.
En la pantalla retinal de Numeon, la lista de oficiales Salamanders fue reemplazada por una entrada de datos procedentes de las otras dos legiones que transmitió de inmediato a Vulkan.
—La XIX y la X confirman vectores de ataque y un aterrizaje inminente —dijo Numeon.
—¿Alguna noticia procedente de las otras cuatro legiones? —preguntó el primarca.
Se refería a los Word Bearers, los Iron Warriors, la Alpha Legion y los Night Lords. Desde Kharaatan, las relaciones con la VIII habían sido tensas, pero Numeon prefería pelear junto a ellos, no contra ellos.
Estas legiones, dirigidas por sus primarcas, formarían una segunda oleada que relevaría a los que efectuaban el aterrizaje en primer lugar. Según sus últimas comunicaciones, que habían tenido lugar mucho antes del inicio del bombardeo planetario, las otras flotas de la legión iban de camino. Sin ellas, la balanza estaría muy igualada entre Horus y los leales al gobierno. Con ellas, sería una masacre para el descarriado señor de la guerra y sus rebeldes.
—Ninguna, mi señor.
Cualquier respuesta a eso de Vulkan fue interrumpida por el sonido de una segunda alerta, que sonó mucho más aguda que la primera.
—Treinta segundos.
—Preparaos —masculló el primarca, abriendo por fin los ojos.
Por toda la bodega, las armas se activaron, los cargadores de los bólters se montaron y los deflagradores en los cañones de los guanteletes lanzallamas se encendieron con un silbido conjunto.
Aullantes retropropulsores entraron en acción, sacudiendo con violencia el Stormbird. Los arneses magnéticos se soltaron pero los legionarios permanecieron firmes, fijados al suelo mediante las botas.
—¡Ojo con ojo! —gritó Vulkan cuando la nave tomó tierra, con un fuerte golpe.
—¡Diente con diente! —rugieron los Salamanders como uno solo, cuando la rampa de embarque se abrió para darles acceso a Isstvan.