Vulkan vive

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Capítulo Diecinueve. Guerra de trincheras

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Capítulo Diecinueve. Guerra de trincheras

Capítulo Diecinueve

Guerra de trincheras

Decid lo que queráis sobre la XIV Legión. Son unos cabrones mezquinos y desagradables pero son tenaces. No existe ningún otro guerrero que prefiriera tener a mi lado en una guerra de desgaste, y casi a ningún otro en mi contra».

—FERRUS MANUS, tras la sumisión de Uno-Cinco-Cuatro Cuatro

Isstvan V

Los cráteres abiertos en la arena negra por el fuego de artillería no ayudaban a mantener el equilibrio, y, cuando los vastos ejércitos de los tres primarcas leales salieron a la carrera de las bodegas de las naves o emergieron a través de la diluida nube de aire a presión de las cápsulas de desembarco que se abrían, varios legionarios trastabillaron y resbalaron.

Un fuego sostenido de bólter les recibió nada más pisar el planeta, y cientos de entre los primeros en aterrizar fueron abatidos antes de que pudiera establecerse cualquier clase de cabeza de playa. El fuego fue recibido con fuego, el tamborileo entrecortado de miles de armas disparando al mismo tiempo, los fogonazos de sus cañones fusionados en un vasto e interminable rugido de llamas. Densas diseminaciones de misiles gemían en las alturas para acompañar las andanadas, y los cohetes dejaban veloces estelas de condensación. Secciones de terraplenes estallaban en brillantes explosiones que arrojaban columnas de tierra y hombres con armaduras por los aires. Ráfagas de armas láser iluminaban la oscuridad que hacía acto de presencia a continuación, alanceando tanques y dreadnoughts que se alzaban amenazadores tras las primeras filas de la defensa enemiga, siendo recibidas a su vez con disparos. Los lanzallamas inundaban el aire de humo y del hedor a carne abrasada, a medida que más armas esotéricas aullaban y emitían sus impulsos de energía.

Era una disonancia letal, pero la canción apenas si había iniciado su primera estrofa.

El flanco derecho estaba henchido de guerreros de la XVIII.

Salamanders salían en tropel de sus transportes y formaban a toda velocidad para avanzar decididos. La arena negra bajo sus pies quedó oculta, a medida que un mar verde la inundaba. Los portaestandartes sostenían en alto sus banderas en un intento de imponer un cierto orden en los batallones que emergían.

Metódica y obstinada, la XVIII Legión encontró su configuración y acometió a través de las oscuras dunas.

Al frente de esa oleada vengadora estaba Vulkan, flanqueado por los Dracos de Fuego. Avanzando pesadamente desde las metálicas puntas de lanza de cápsulas de desembarco, los exterminadores se reunieron en dos grandes batallones. Eran arrojados, dominantes, los guerreros más implacables en el arsenal de los Salamanders.

Los Contemptor, que avanzaban a grandes zancadas a través del humo, reivindicaban ese honor. Máquinas de guerra enormes e imponentes, los dreadnoughts avanzaban a sacudidas con el violento retroceso de armas gravitatorias y cañones automáticos. Sin detenerse a contemplar la carnicería causada, seguían adelante pesadamente tras las compañías de legionarios en pequeñas cohortes, con un gran estruendo de sus trompas de ataque. El discordante sonido simulaba los gritos de guerra de los dragones del piélago y lo emitían a través de altavoces para amplificar el volumen.

Vomitados por los transportes Tunderhawk, Spartan, Predator-Infernus y Vindicator desembarcaron a velocidad de combate, con las orugas rodando. Los tanques iban en la retaguardia de la línea de ataque con una empinada cresta detrás de ellos, asegurando la zona de desembarco con su poderío blindado.

Tres puntas de lanza fueron arrojadas contra el corazón del traidor, dos negras y una verde, todas decididas a derribar la fortaleza aposentada en la cima de las colinas de Urgall que dominaba la extensa depresión.

En cuestión de segundos, la movediza arena quedó convertida en algo parecido al cristal, vitrificada por el calor de decenas de miles de armas, y se resquebrajaba al pisarla.

El sordo martilleo de morteros sonó en las alturas, y al cabo de unos instantes una hilera de explosiones cosió el flanco derecho, con cuerpos vestidos de verde saltando por los aires en medio de nubes de tierra oscura y humo. La explosiva exhalación de un cañón de asedio montado sobre orugas respondió a ese ataque. Parte del muro de contención quedó hecho pedazos por el enorme obús, y la batería de morteros quedó destruida junto con él.

En el lado opuesto, una bocanada de fuego de un Infernus azotó una escuadra enemiga que acechaba en un puñado de hoyos de trincheras con granadas cebadas. Los pequeños explosivos estallaron antes de que pudieran lanzarlos, su furia vuelta contra quienes los empuñaban, a los que despedazaron. Desde un nivel superior, un misil solitario surcó el terreno anegado de humo y colisionó contra el casco del Infernus. La torreta se partió, y un segundo chorro de fuego empezó ya a formarse cuando los estabilizadores laterales tabletearon y las orugas traquetearon. La explosión del tanque mató también a una hilera de legionarios que avanzaban junto a él e hizo tambalear a un segundo vehículo del escuadrón.

Todo eso Numeon lo percibía en su visión periférica y en la entrada frenética de información desde el monitor retinal. Al igual que todos los demás.

Artellus Numeon lidera a sus guerreros en Isstvan V

Un fuego calcinador llovió sobre ellos desde las alturas, resoplando desde búnkers y hendiduras abiertas en la tierra. Había fortificaciones de mayor tamaño construidas más arriba del talud, donde la pendiente aumentaba y estaba repleta de pinchos de hierro pensados para destripar tanques. Delante de eso estaba la primera línea de trincheras, revestidas de sacos de arena y sostenidas mediante dentados muros de contención coronados con rollos de alambre de cuchillas.

Con obuses chocando contra su armadura, el primarca ocupó la posición de vanguardia, mientras la Pyre Guard que iba tras él intentaba mantener su ritmo. Numeon no deseaba en absoluto verle la espalda a Vulkan y habría preferido actuar como escudo del primarca en lugar de cubrirle la retaguardia. Rugiéndoles, instó a sus seis hermanos a realizar un mayor esfuerzo y cargar a mayor velocidad. Aparte de soportar el fuego de los cañones, aún tenían que medirse con la furia de esa batalla, y Numeon quería enfrentarse con sus enemigos antes de que quedaran convertidos en simples manchas sobre la arena negra.

Detrás de la Pyre Guard, el estoico avance de los Piroclastas pugnaba por mantener el ritmo mientras descargaban cortinas de promethium abrasador al frente y a los flancos. Los Dracos de Fuego con blindaje de exterminador también iban quedando rezagados, incapaces de competir con la velocidad del primarca, y Numeon empezó a ver que existía un peligro real de quedar separados del resto de la legión.

No obstante, más que sugerir prudencia, en su lugar pidió refuerzos para llenar la brecha.

—Capitán Nemetor —chirrió en el comunicador, con la voz ronca de tanto gritar órdenes.

En lo alto, la constante cascada de fuego prosiguió incesante.

Transcurrieron dos segundos de estática susurrante antes de que Numeon obtuviera una respuesta.

Comandante…

—Lord Vulkan va hacia la línea de la cresta resuelto a limpiar estas trincheras antes de la llegada de nuestras tardías legiones hermanas. Quiero que reciba refuerzos.

Entendido.

Añadiendo su potencial a la punta de lanza que el primarca forjaba, la 15.ª Compañía de reconocimiento cambió a una posición nueva. Su avance los llevaría junto a la Pyre Guard, y serían capaces de mantener el ritmo allí donde los Dracos de Fuego y los Piroclastas que eran más voluminosos no podían.

Numeon abrió un canal de comunicación distinto.

—Capitán K’gosi, ábrenos camino con fuego hasta esa primera línea de trincheras. La quiero en llamas antes de que la franqueemos.

Si os acercáis más seréis vosotros los que acabaréis en llamas —⁠respondió K’gosi, pero dio la orden.

—¡Fuego en lo alto! —gritó a voz en cuello Numeon, provocando que la Pyre Guard y la compañía de Nemetor se agacharan, sin dejar de correr, al mismo tiempo que una llamarada pasaba rauda por encima de sus cabezas y se derramaba al interior de los extremos de la primera línea de zanjas. Los muros de contención que impedían el paso ardieron, los pinchos quedaron reducidos a escoria fundida junto con la alambrada de cuchillas.

Por delante de los legionarios que cargaban, Vulkan desenvainó por fin la espada. Brilló bajo la luz sanguinolenta que había manchado las nubes, con una lengua de fuego retorciéndose a lo largo del filo. Como si percibiera que su legión le estaba perdiendo, aminoró el paso —⁠solo mínimamente⁠— cuando tuvo cerca el borde ennegrecido por las llamas de la zanja más exterior.

Acurrucados en el interior de las defensas parcialmente resquebrajadas, los legionarios de la Death Guard apuntaron sus armas.

—Sumerjámonos en el ardor de la batalla —⁠exclamó Vulkan mientras una segunda andanada de llamas surgía de los Piroclastas que avanzaban⁠—. ¡En el yunque de la guerra! —⁠concluyó, atrapado en la estela de la tormenta de fuego y abriéndose paso a toda velocidad a través de ella y al interior de la trinchera.

Con las palabras de Vulkan todavía resonando en sus oídos y hallando eco en su propia boca, Numeon vio a un jefe de sección de la Death Guard alzarse para dar el alto al señor de los dragones. Un pesado mazo de energía chisporroteaba en la mano izquierda del formidable guerrero.

Vulkan lo partió en dos antes de que pudiera descargar el golpe y aplastó el cuerpo aún convulsionado en su avance hacia el siguiente adversario. Otros tres guerreros de la Death Guard hallaron un final similar antes de que la Pyre Guard irrumpiera en la trinchera al lado de su señor.

La XIV Legión la componían luchadores audaces; los Salamanders habían combatido a su lado en Ibsen, pero esos días eran cosa del pasado y en la actualidad los aliados habían pasado a ser enemigos.

La tormenta de fuego y la ferocidad del ataque de Vulkan habían desperdigado a los defensores pero estos volvían a formar con rapidez y ahora contraatacaban desde tres canales distintos. Aunque la red de trincheras era lo bastante amplia para que tres legionarios permanecieran uno al lado del otro, el combate era reñido y feroz. El mandoble de un espadón le cercenó la cabeza a un legionario, el casco modelo Maximus de un blanco sucio salió dando vueltas por los aires y desapareció en el revoltijo de polvo y humo. Otros más avanzaron a través de la penumbra y Numeon orientó su arma para liberar un haz concentrado de energía desde el volkite que se abrió paso por entre las filas de los traidores.

Durante unos pocos segundos, su sección del túnel quedó despejada. Sobre su cabeza, la batalla seguía sonando. Bajo sus pies, la tierra temblaba con cada andanada de los titanes. Pero todo había quedado amortiguado y a cierta distancia, a medida que una extraña sensación de apagada inmersión descendía sobre Numeon. Aquello proporcionó al capitán de la Pyre la oportunidad de evaluar la categoría de sus hermanos.

Atanarius avanzaba por el canal de la derecha, segando extremidades y rajando cuerpos con su espada de energía para dos manos, tan letal como cualquiera de los pretorianos de Dorn. Varrun iba a unos pocos pasos por detrás del espadachín, descargando fuego de cobertura con su bólter. Igataron y Ganne descendían por el ramal izquierdo, con los escudos de asalto trabados en una cuña impenetrable y los martillos de trueno oscilando. Leodrakk y Skatar’var permanecían pegados a Numeon, y los tres defendían la brecha.

—Tanta muerte… —musitó Skatar’var, horrorizado ante la carnicería.

—No la nuestra, hermano —le tranquilizó Leodrakk.

Numeon envidió el vínculo que tenían entre ellos, uno que jamás había conocido personalmente, pero no era el momento para tales pensamientos.

A medida que seguían llegando más tropas de la Death Guard procedentes de otras partes de las trincheras, la sobrenatural solemnidad se hizo añicos y la batalla continuó.

—¿Deberíamos seguirle? —preguntó Leodrakk, indicando la trinchera del centro por la que Vulkan arremetía enfurecido.

Amilanados ante su carga, los defensores, muy sensatamente, preferían mantenerse atrás y hostigar al primarca con una profusión de fuego de bólter. Recibiéndolo de frente, Vulkan hacía caso omiso de los daños causados por los proyectiles mientras los casquillos de latón se hacían añicos contra su casi inviolable armadura.

Profiriendo un nuevo desafío, Vulkan se abalanzó sobre ellos.

Numeon negó con la cabeza en respuesta a Leodrakk.

—Defendemos esta posición y mantenemos la brecha abierta.

A la derecha y a la izquierda, los demás efectuaban ya una retirada escalonada. Desaparecidos el pavor y la conmoción iniciales del asalto, los Death Guards mostraban señales de recuperación y temple. Numeon sabía que lo poseían en abundancia. Montones de ellos descendían de las laderas superiores, entrando en fila en las trincheras con armas de mayor envergadura que los bólters.

Ganne recibió el impacto de la ráfaga de una pistola de plasma en su escudo de asalto y trastabilló, hasta que Igataron lo levantó de su posición medio arrodillada. Atanarius parecía en apuros mientras asestaba mandobles en un amplio arco para evitar ser arrollado. Varrun retrocedía e instaba a su hermano a hacer lo mismo cuando el espadachín finalmente se dignó a ceder. Tan solo Vulkan siguió impertérrito y arrojó un chorro de llamas desde su guantelete para limpiar el canal del centro durante unos segundos.

Tras ver las posiciones relativas de sus fuerzas en el monitor retinal, Numeon ordenó a los demás que se reagruparan y fueran a reunirse con el primarca. Tras ellos llegó Nemetor y la 15.ª, que habían mantenido la posición justo en el exterior de la zanja para proporcionar más apoyo. Detrás de ellos iban los Piroclastas, avanzando en tropel a izquierda y derecha mientras la compañía de reconocimiento arremetía por el centro e iba tras la Pyre Guard, que era donde estaba acumulándose más resistencia.

Tras una empalizada de placas antibalas, un equipo de artillería se apresuraba a colocar una Tarántula en posición de disparo.

Saltando por encima de la barricada, Atanarius atravesó de parte a parte al primer artillero. Un segundo guerrero sacó un cuchillo, pero Atanarius atajó el movimiento y asestó tal puñetazo al adversario que le resquebrajó el visor. A un tercero lo decapitó, con un movimiento circular del arma que finalizó en una estocada descendente para acabar con el guerrero al que solo había dejado aturdido. Todo finalizó con rapidez, y el cañón y el equipo quedaron acallados antes de que pudieran actuar. Igataron y Ganne repelieron una segunda escuadra que se desplazaba hacia una posición de enfilada desde una estrecha zanja tributaria que surgía de la ruta principal. Tras detener una ráfaga de disparos con los escudos, arremetieron a continuación contra los guerreros y los destrozaron con sus martillos.

Las victorias eran sangrientas, pero pequeñas e insignificantes al compararlas con el conflicto de mayor envergadura.

Por toda la depresión de Urgall, estaban librándose cientos de batallas entre legionarios. Algunas eran entre compañías completas, otras entre escuadras o incluso individuos. No existía un esquema, tan solo masas de guerreros que intentaban matarse unos a otros. La mayor parte de las tropas leales habían avanzado desde la zona de desembarco y combatían a los rebeldes de Horus a los pies de sus fortificaciones, pero unas pocas todavía ocupaban esa cabeza de playa. Grupos dispersos de traidores habían conseguido llegar hasta la zona de desembarco pero fueron destruidos rápidamente por las tropas que la defendían. Estas eran escaramuzas, sin embargo, y en nada se podían comparar con la batalla principal.

En aquellos momentos, efectivos de la Death Guard empezaban a salir en tropel de sus túneles, y descendían por las laderas con un repiqueteo de bólters. Un miembro de la compañía de reconocimiento que hizo una pausa para apuntar con un rifle de francotirador fue alcanzado en el cuello por un proyectil afortunado y cayó violentamente de espaldas dentro de una zanja. Los apotecarios que acompañaban al ejército tenían ya tanto que hacer que el solitario soldado se perdió en toda aquella confusión antes de que pudiera llegarle ayuda.

Consciente de que estaban disparando a sus hombres, Nemetor hizo que la compañía ascendiera para enfrentarse a los Death Guard que contraatacaban, y la parte inferior de la colina quedó anegada al instante de cuerpos cubiertos con armaduras que combatían. Los combates cuerpo a cuerpo y los tiroteos de corto alcance estallaron a centenares y la cresta onduló prácticamente con el enfurecido flujo y el reflujo del enfrentamiento.

Pisoteando los restos abrasados de los Death Guards abatidos por el infierno desatado desde el guantelete de Vulkan, Numeon y sus hermanos se mantuvieron en la zanja del centro y no tardaron en volver a reunirse con su primarca.

En un breve momento de respiro, Vulkan clavó la mirada a su izquierda en dirección a una lejana batalla en la que los morlocks peleaban y morían.

—Ferrus avanza con ferocidad por el centro —⁠dijo al colocarse Numeon junto a él.

El capitán siguió la dirección de la mirada de su primarca pero no consiguió distinguir a lord Manus entre los guerreros que combatían.

—Es como yo temía, Artellus —⁠prosiguió Vulkan, sumido brevemente en la remembranza⁠—. Actúa sin pensar ni tener nada en cuenta.

Varrun dedicó a Numeon una mirada interrogante.

—Es un asunto privado —siseó este en tono tajante, dejando claro que ahí acababa el tema.

—Preferiría que no tuviera que pelear por su cuenta —⁠dijo Vulkan⁠—, pero tampoco deberíamos abandonar lo que nos ha costado tanta sangre obtener. Que K’gosi mantenga la posición aquí. Los Piroclastas defenderán la brecha y esta sección de la trinchera. La ayuda está en camino y debemos estar preparados para dejarle paso cuando llegue.

El capitán efectuó un veloz asentimiento y se ocupó de hacer cumplir la orden. También vio cómo Nemetor subía tras la 15.ª por la cresta, formando una fila cada vez más alargada. En aquellos momentos, el grueso de los Dracos de Fuego estaba en lo más profundo de las zanjas y ascendía para proporcionar apoyo.

—Nemetor —transmitió Numeon—, estás sacando a tu compañía de la posición. Reagrupaos y regresad al batallón de mando. Los Dracos de Fuego vienen hacia aquí.

Nemetor respondió con rapidez:

Los Death Guards huyen. Hemos pasado a miras cortas y espadas. Si los perseguimos ahora podemos destruirlos de modo que no puedan reagruparse.

—Negativo, capitán. Haz retroceder a tus efectivos.

Puedo sacar provecho de la ventaja, hermano.

Nemetor siempre había sido un guerrero feroz. Hizo que sus tropas atacaran con dureza, predicando con el ejemplo, y arremetió contra los primeros defensores que huían con un ímpetu irresistible. Con la mira corta, el rifle de francotirador del legionario era letal y poseía una potencia increíble. Decía mucho de la compañía de Nemetor que sus hombres pudieran adaptar las tácticas con tanta facilidad según las posibilidades del momento. Tanto a corto como a largo alcance, los marines de reconocimiento eran los mejores, pero si seguían adelante con aquello acabarían todos muertos o avasallados.

Numeon estaba a punto de dar al capitán una orden directa de replegarse y reagruparse cuando vio algo a lo lejos que provocó que las palabras murieran antes de salir de sus labios.

Descendiendo a toda velocidad por la ladera había una nube de aspecto sucio, demasiado espesa y baja para ser niebla, que penetró en las miles de zanjas, encauzada por los conductos de tierra cavada.

Y era veloz. En cuestión de segundos había dejado atrás el trecho de tierra de nadie entre la zanja anterior y el siguiente terraplén de fortificaciones y volaba a toda velocidad hacia Nemetor y sus guerreros. Adelantó a los Death Guard primero, los cuales ajustaron respiradores antes de que el miasma los alcanzara, como si supieran que venía.

Numeon comprendió que sí lo sabían. La retirada era una maniobra, una trampa, y la compañía de Nemetor había caído en ella.

—¡Gas! —chilló Numeon, pero para entonces era demasiado tarde.

Aunque los otros legionarios activaron sus respiradores al máximo de filtración, Nemetor y el grueso de la compañía fueron engullidos antes de que pudieran actuar. Dando caza aún a los guerreros que retrocedían, se vieron envueltos de improviso por una nube venenosa y rodeados por una Death Guard que se reagrupaba a toda velocidad.

El arsenal de la legión eran amplísimo, y no todas sus armas eran tan obvias como un bólter ni tan nobles como una espada. Había quienes blandían artefactos de una potencia mucho más insidiosa: los de efectos lentos y atroces, las armas que desfiguraban para siempre tanto al portador como a la víctima. No discriminaban y no hacían concesiones ni siquiera al blindaje más potente. Desde el adalid más elogiado al mortal de más baja estofa, ellas eran las grandes niveladoras y su acción constituía un espectáculo atroz.

Numeon las vio y juró que mataría al que había desatado tal terror sobre otro legionario.

Fuera cual fuera la plaga que los Death Guards habían usado, era potente. Además, había sido diseñada para ser específicamente efectiva contra las Legiones Astartes. Por entre los huecos en la nube, allí donde la inmunda neblina se diluía hasta mostrar un enfermizo tono amarillo sulfúreo, Numeon vio morir a sus hermanos. La servoarmadura no servía de gran cosa contra aquello. Los pocos que habían conseguido activar los respiradores durarían tal vez un minuto, puede que más, pero el resto eran hombres muertos. El metal se corroía con el contacto necrótico de la nube, el caucho se descomponía y partía, y la carne y el pelo ardían. Más de un centenar de miembros de la compañía de reconocimiento cayeron en redondo, asfixiados y escupiendo sangre. Docenas de otros fueron despedazados o abatidos a tiros por una renacida Death Guard que atacaba en medio de la confusión.

Igataron hizo ademán de arremeter contra ellos, mientras la nube seguía reptando ladera abajo y a menos de cincuenta metros de distancia, pero Numeon le detuvo.

—No conseguimos nada condenándonos también nosotros —⁠dijo, y luego comunicó con uno de los pilotos que efectuaban vuelos rasantes ametrallando el campo de batalla⁠—. R’kargan, trae tu pájaro a nuestra posición y llévate por delante algo de esta porquería.

R’kargan respondió con un escueto «afirmativo», y segundos más tarde el sonido vibrante de un motor sonó con claridad en lo alto. Varios miembros de la compañía de reconocimiento alzaron los ojos hacia su salvación mientras R’kargan hacía descender la cañonera. Con un zumbido de turbinas, la corriente descendente de la Tunderhwak golpeó la nube y la diseminó, reduciendo su potencia, aunque sin dispersarla por completo.

La cañonera recuperó altura para regresar a altitud de bombardeo, cuando un mísil alcanzó su ala izquierda y la hizo bambolearse.

Una fina columna de humo negro surgió del motor dañado, enroscándose hacia el cielo y luego de vuelta sobre sí misma cuando R’kargan no tuvo más remedio que ladear la nave. Se estrelló en la ladera de la cresta a los pocos instantes, con el fuselaje destrozado y ardiendo. Saliendo disparados de sus agujeros, los traidores cayeron a toda prisa sobre ella.

No había tiempo para lamentaciones. R’kargan había efectuado su sacrificio y salvado lo que quedaba de la compañía de reconocimiento. Ahora los que aún vivían tenían que hacer que aquello tuviera algún valor.

—¡Por vuestros hermanos! —rugió Vulkan y ascendió la cresta a la carrera.

Disparaba algunos goterones de fuego desde el guantelete, incinerando la pestilencia que quedaba para debilitar aún más sus efectos. Los Pyre Guards le siguieron, avanzando penosamente al interior de la nube que iba disipándose poco a poco, a la vez que volvían a inclinar la balanza en favor de los Salamanders y sacaban de la trampa a los hermanos sitiados de la compañía.

Muchos de los miembros de la 15.ª no llevaban cascos de combate, prefiriendo verse libres de trabas para llevar a cabo el trabajo furtivo en el que sobresalían. Estos guerreros habían sufrido la peor parte. Con la piel desprendida por ácidos virulentos, desfigurados por pústulas y ahogados en el propio vómito, con los ojos anegados de pus debido a la bomba sucia, apenas quedaba otra cosa de ellos que carcasas medio blindadas. Mientras embestía violentamente a los pocos Death Guards que quedaban de los que habían atacado en el interior de la nube, Numeon oyó que algo le arañaba la pierna. Se volvió con el espadón inclinado para lanzar una estocada descendente, esperando encontrarse a un enemigo desesperado, pero en su lugar vio a un marine de reconocimiento agonizante. Un hilillo de sangre brotaba de la boca destrozada del legionario y se pegaba a la barbilla y el cuello en una película viscosa. El moribundo agarraba sin fuerzas la espinillera de Numeon. Los dedos habían sido reducidos a muñones, tenía las puntas de los guanteletes corroídas, que dejaban marcas rojizas sobre el metal. Trataba de decir algo pero tenía las cuerdas vocales casi licuadas de modo que el sonido que surgía de la boca era un gorgoteo agónico.

—Te concederé la paz —murmuró Numeon y le clavó el espadón para poner fin a su padecimiento.

—Tales horrores… —dijo Varrun tras eliminar a un enemigo que todavía se retorcía, moviendo la mano para indicar a sus hermanos de batalla devorados por aquella pestilencia⁠—. Dime que armas así no existen en nuestros arsenales.

Vulkan no contestó. Numeon trató de no cruzar la mirada con ninguno de los dos.

—Todavía no hemos acabado con esto —⁠dijo, señalando con la blindada barbilla ladera arriba, donde un segundo batallón de la Death Guard había convergido en la debilitada compañía de reconocimiento.

En medio de la carnicería, varias escuadras, incluida la sección de mando de Nemetor, habían quedado separadas del batallón principal y se enfrentaban a una fuerza superior.

A pesar del castigo recibido por su compañía, Nemetor seguía en pie. Tenía la armadura muy dañada por el ataque del gas, con secciones enteras corroídas y que dejaban al descubierto la malla abrasada situada debajo. Eso no le detenía. Pensando únicamente en la venganza, Nemetor y los supervivientes cargaron contra los Death Guard que empezaban a aparecer.

Numeon y los demás estaban ocupados acabando con los restos de los emboscados. Los Dracos de Fuego estaban cerca pero no podrían intervenir. Ni siquiera Vulkan podía alcanzar a los vengativos Salamanders a tiempo.

Un intercambio de disparos iluminó la ladera, sumiendo a los cadáveres destrozados por el ácido en una sombría tonalidad monocromática. Allí donde la Death Guard lanzaba una lluvia indiscriminada de fuego de bólter, los marines de reconocimiento avanzaban siguiendo un patrón escalonado, parando y apuntando con los rifles, para luego disparar y seguir adelante. Eran eficientes, coherentes, pero recibían un duro castigo.

Un Salamander cayó con las manos sujetando la gorguera hecha añicos. Otro giró sobre sí mismo, con una enorme raja en el torso. La cabeza de un tercero efectuó una violenta sacudida hacia atrás, y la rendija ocular del casco soltó aire a presión y una nube de materia orgánica salió disparada por la parte posterior.

Uno de los Death Guards que se aproximaban recibió un impacto en el hombro que le arrancó la espaldera. Un segundo proyectil le perforó el pecho, un tercero la greba de la pierna derecha. Gruñó y trastabilló pero siguió avanzando.

—¡Espadas! —aulló Nemetor, guardando el rifle para sacar una espada sierra al advertir que estaban a punto de enfrentarse mano a mano, y vio que sus hombres le imitaban.

Una falange bien entrenada descendió sobre ellos, aproximadamente noventa guerreros contra cuarenta, extrayendo hachas y mazos de energía de los cintos. Hubo tiempo suficiente para rugir un desafío antes del enfrentamiento. Nemetor arremetió como un bólido contra su primer oponente, utilizando su mole para derribar al legionario. Un segundo cayó bajo un potente golpe de la espada sierra del Salamander. A un tercero le asestó un cabezazo, haciendo que el enemigo cayera hecho un ovillo. Ni siquiera los Death Guards nacidos en Barbarus podían resistir la tremenda fuerza física de Nemetor.

A Numeon se le ocurrió mientras observaba que el sobrenombre honorífico de «Tanque» era muy merecido. Pero muy bien podría resultar ser el epitafio del capitán, ya que la numéricamente superior Death Guard había sobrepasado ya a la menguada compañía de reconocimiento e intentaban rodearles.

Vulkan por si solo lo impidió, golpeando a los guerreros que se superponían y haciéndolos pedazos con su espada flamígera. Numeon y la Pyre Guard se le unieron poco después, y estalló una refriega densa y caótica.

Más refuerzos de la Death Guard tomaban ya parte en el combate. Estaban bien adiestrados y los lideraba un guerrero enorme con una armadura pesada. Numeon avistó al jefe de sección descendiendo la ladera a grandes zancadas. Placas blindadas muy gruesas ribeteaban los hombros del exterminador y un casco de combate descansaba como un perno entre ellos. Una falda metálica de tablillas horizontales protegía el abdomen del guerrero, que en un puño enguantado aferraba una vara con una cuchilla en forma de medialuna en la parte superior.

Los hombres se mantenían a bastante distancia de su comandante, invitando a un grupo de Salamanders a atacarlo. El brutal guerrero arremetió con la guadaña de energía, y cuatro legionarios cayeron con miembros y cabezas seccionados. El guerrero avanzó, y un mandoble ascendente dividió en dos a su siguiente adversario. Mientras seguía adelante aplastó la cabeza del Salamander abatido con los pies y dejó una mancha oscura tras él.

Era uno de los elegidos de Mortarion, su cuadro de élite. Los Salamanders habían topado con ellos antes, durante la Gran Cruzada, en la campaña conjunta para poner orden en el mundo de Ibsen. Eran los Deathshrouds, y no tenían igual entre la XIV Legión.

Con la espada sierra rugiendo, Nemetor se enfrentó al formidable guerrero en combate singular.

Era una pelea que era muy poco probable que el valeroso capitán ganara.

—¡Nemetor! —rugió Numeon, peleando con más energía aún mientras pugnaba por alcanzar a su hermano capitán.

Death Guards y Salamanders intercambiaron golpes, y el combate duraba ya mucho más que cualquiera de los enfrentamientos anteriores del guerrero elegido por Mortarion. El Deathshroud necesitó ocho segundos para abatir a Nemetor. Su guadaña partió por la mitad la espada sierra del Salamander, con los dientes estallando desde la cinta aún en movimiento e incrustándose en la armadura de Nemetor. El mandoble del revés le arañó el pecho, hendiendo ceramita a la vez que derribaba al legionario. Estaba a punto de ser sometido al mismo final deprimente que su hermano de batalla con el cráneo triturado cuando Vulkan intervino.

El primarca paró el golpe de la guadaña con la hoja de su espada antes de penetrar en la guardia del Deathshroud para asestarle un golpe con el guantelete. Una de las lentes retinales del guerrero se quebró con el impacto, dejando al descubierto un ojo inyectado en sangre, que ardía lleno de odio. La mitad del casco del legionario estaba sumamente abollado y un fluido oscuro rezumaba por debajo de la gorguera.

El brutal guerrero rugió, poniendo su ira en un mandoble a dos manos que Vulkan esquivó saltando a un lado antes de efectuar un tajo horizontal con la espada y rebanar limpiamente la cintura de su adversario. Tosiendo sangre contra el interior del casco medio aplastado, el moribundo guerrero alargó la mano hacia un bote sujeto magnéticamente al cinto. Era otra de las bombas sucias que había lanzado sobre Nemetor y su compañía. Vulkan le trituró los dedos bajo su bota; luego, enfundó la espada y arrebató al legionario la guadaña de energía de la mano para partirla a continuación sobre una rodilla en medio de una ráfaga de chispas.

Fue suficiente para desanimar a los Death Guards, que estaban siendo atacados en aquellos momentos por Dracos de Fuego y retrocedían ordenadamente. Los Pyre Guards pasaban a cuchillo al resto cuando Numeon se inclinó para arrancarle el casco al Deathshroud.

Un rostro machacado de tez pálida le saludó, pero ante la sorpresa de Numeon el guerrero no escupió ni maldijo; sonrió burlón, mostrando un montón de dientes rotos. Luego empezó a reír.

—Sois todos hombres muertos —⁠susurró.

—No antes que tú —respondió Numeon, y acabó con él.

Volvió a alzar la mirada al oír gritos. No de los moribundos, sino gritos de guerra salvajes y guturales. Una rojiza niebla tóxica avanzaba por el campo de batalla, creada a partir de neblina empapada de sangre y el humo generado por miles de incendios. Atrapada en un viento de través, penetraba cortante del este y traía con ella el desafío brutal de una legión que disfrutaba con la guerra. Era como el aire para ellos, el sustento.

World Eaters.

Sus siluetas de un rojo parduzco se materializaron en la niebla tóxica como fantasmas, junto con algo más.

Algo enorme.

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