Vulkan vive
Capítulo Veinte. Inmortal
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Capítulo Veinte. Inmortal
Capítulo Veinte
Inmortal
Posees una magnífica mente, John. Deberíamos hablar y considerar las opciones de que disponen seres como nosotros».
—EL EMPERADOR, el Triunfo en Pash
Cuando oyó el grito, Numeon sacó su arma.
Procedía de la enfermería, un grito desgarrador de agonía que sacó violentamente al legionario de un siniestro ensueño. Había oído chillidos como aquel antes, en una planicie de arena negra. Y la simetría que halló en el recuerdo de uno al compararlo con la realidad del otro le produjo un escalofrío.
El grito de dolor atroz cesó casi tan pronto como empezó. Un hedor nocivo impregnó el aire; era difícil decir si era debido a lo que acababa de suceder en la enfermería o un falso vestigio sensorial de sus sombrías elucubraciones. Numeon permaneció inmóvil. Mantuvo los ojos fijos en la puerta de la enfermería, con el espadón apuntando al frente a la altura de la cintura con el volkite cebado.
Detrás de él, los rescoldos moribundos de la pira se extinguían entre chisporroteos. No les hizo ningún caso, tenía la atención puesta en otra cosa. Llegaron otros miembros del grupo, atraídos por el chillido. Numeon los mantuvo atrás con un ademán, antes de efectuar un gesto con la cabeza en dirección a la enfermería.
—¿Qué ha sido eso? —oyó sisear a Leodrakk, y captó el sonido del pasador del bólter del Pyre Guard al ser engranado.
—Venía de ahí dentro —murmuró Numeon, manteniendo la agresiva postura—. ¿Quién hay aquí, además de Leo? —preguntó.
Se había quitado el casco de combate, que descansaba junto a la pira veteado de hollín. Sin él, no tenía visibilidad de las posiciones de sus camaradas en relación a la suya propia.
—Domadus —indicó el Iron Hand.
—K’gosi —dijo el Salamander, justo por encima del quedo rumor del dispositivo de encendido de su lanzallamas.
—¿Shen? —inquirió Numeon, consciente de la presencia de cuatro legionarios en total, y jurando que podía percibir el retumbante trasfondo de los implantes cibernéticos del techmarine.
—Estaba muerto —respondió Shen’ra, anunciando su presencia al contestar—. Ningún hombre podría sobrevivir a esas heridas. Ningún hombre.
—Entonces, ¿cómo…? —dijo Leodrakk.
—Porque no es un hombre —masculló K’gosi a la vez que alzaba su guantelete lanzallamas.
—No os mováis —ordenó Numeon a todos ellos—. No os acerquéis más. Aquí fuera, a cierta distancia, tenemos ventaja sobre lo que sea que esté en esa habitación. Domadus —añadió—, trae a Hriak. Que no entre nadie más. Leodrakk, custodia la puerta.
Ambos legionarios hicieron lo que les ordenaban, dejando a Numeon de guardia.
—Esperaremos al bibliotecario, que averigüe con qué nos enfrentamos.
—¿Y luego, hermano capitán? —preguntó K’gosi.
—Luego —respondió Numeon—, lo matamos si es necesario.
Todos ellos habían oído rumores. Historias de guerra. Todo soldado las tenía. Eran una tradición oral, un modo de transmitir conocimientos y experiencia entre camaradas. Lo que proporcionaba crédito a esos relatos era que oficiales veteranos de las Legiones Astartes habían dado fe de los hechos y los habían expuesto, en detalle, en sus informes. Falsificar la descripción de una batalla o una misión en combate no era una infracción menor ni en la legión ni en el ejército. Todos los cuerpos militares se tomaban tales cosas con suma seriedad. Pero los hechos, explicables mediante medios científicos o no, no podían hacer referencia de un modo preciso y convincente a «abominaciones» o incluso a «posesión física» sin que resultaran sospechosos. Eran las palabras de hombres elogiados y de confianza. Capitanes, comandantes de batallón, incluso jefes de capítulo. Un testimonio así debería haber garantizado veracidad y credibilidad.
Y, sin embargo…
Criaturas de la Vieja Noche y hechicería maligna habían sido confinadas a la categoría de mito. Estaba escrito, en libros antiguos, que podían dar nueva forma a hombres y asumir su aspecto. Hacia el final de la Gran Cruzada, pruebas que se habían ocultado en su momento —pero que más tarde salieron a la luz—, afirmaban que tales criaturas podían incluso volver el estado de ánimo de un legionario en contra de sus hermanos.
En las pesadillas más siniestras de Numeon, el nombre de Samus resonaba con pavorosa familiaridad. Ahí, en Ranos, le había visitado con mayor frecuencia. Lo mismo había sucedido en Viralis. No eran xenos, y había visto y exterminado a suficientes alienígenas para saber que eso era cierto. Numeon conocía un nombre antiguo para ellos, uno que de haberse pronunciado unos pocos años antes habría provocado desdén, pero que en la actualidad llevaba consigo un timbre de amarga y ominosa verdad.
Y, si había que dar crédito a aún más rumores, los Word Bearers buscaban y deseaban el patrocinio de tales seres. Habían hallado una fe diferente, los seguidores de Lorgar. En su interior, Numeon sabía que ese era el motivo de que estuvieran allí. Lo sentía.
—¡Algo viene! —siseó K’gosi.
Los Salamanders apuntaron con las armas cuando una figura con forma de hombre atravesó tambaleante la enfermería para alcanzar la puerta que conducía al manufactorum. Estaba oscuro en el interior, y la silueta solo era visible a través de la ventana.
—Si le dejamos hablar, podría ser nuestro fin —dijo Shen’ra.
—Estoy de acuerdo —dijo K’gosi.
—Aguardad… —repuso Numeon.
Pues, a pesar de aquellos recelos y la amenaza de algo desconocido royendo la determinación de todo legionario en esa guerra, aquello producía una sensación distinta.
Con un crujido quedo, la puerta se abrió y el hombre que conocían como John Grammaticus cruzó el umbral. Tenía las manos alzadas, y cuando apenas había avanzado un metro desde la puerta se paró.
—¿Quién eres? —exigió Numeon en tono beligerante.
—John Grammaticus, tal y como os dije.
Parecía tranquilo, resignado casi, a pesar de que tenía ante él a cuatro Space Marines listos para entrar en combate.
—No puedes estar vivo —le acusó Shen’ra—. Tus heridas… Te vi morir sobre esa mesa de operaciones de ahí dentro. No puedes seguir con vida.
—Y, sin embargo, aquí estoy.
—Precisamente ese es nuestro problema, Grammaticus —le dijo Numeon—. Vives cuando deberías estar muerto.
—No soy el único.
Una pausa apenas perceptible delató la duda de Numeon antes de que respondiera:
—Habla sin tapujos —advirtió—. No más juegos.
—No he sido totalmente sincero con vosotros —confesó el hombre.
—Deberíamos matarlo ahora —dijo K’gosi.
Grammaticus suspiró.
—No serviría de nada. Nunca sirve. ¿Puedo bajar los brazos ya?
—No —dijo Numeon—. Puedes hablar. Si considero que oigo la verdad, podrás bajar los brazos. Si no, te los bajaremos de un modo distinto. Bien, ¿cómo es que sigues vivo?
—Soy un perpetuo. Es decir, inmortal. Vuestro primarca también lo es. Numeon frunció el entrecejo.
—¿Qué?
—Mátalo, Numeon —instó K’gosi—, o lo convertiré en cenizas ahí donde está.
Numeon alargó la mano para mantener a raya al Piroclasta.
—¡Espera!
—Miente, hermano —murmuró Leodrakk, aproximándose despacio a Numeon.
—No miento —les contestó Grammaticus con calma—. Es la verdad. No puedo morir… Vulkan no puede morir. Sigue vivo pero necesita vuestra ayuda. También yo necesito vuestra ayuda.
Leodrakk sacudió la cabeza a la vez que decía en tono sombrío:
—Vulkan está muerto. Murió en Isstvan con Ska y los demás. Los muertos no regresan. No sin haber cambiado, en todo caso. Se convierten en simples cascarones, como en Viralis.
K’gosi asintió.
—El fuego purifica esta porquería, aunque…
Avanzó un paso, casi a punto de tocar la mano extendida de Numeon con el peto.
—Retírate.
Numeon veía al Piroclasta en su visión periférica, y la máscara de malla y el sobretodo de escamas le proporcionaban el aspecto de un verdugo. Puede que ese acabara siendo su papel.
—Quiero creerle tanto como tú —dijo Leodrakk, cambiando a la lengua de Nocturne—, pero ¿acaso podemos? ¿Vulkan vive? ¿Cómo podría él saberlo? Ya hemos perdido demasiado por culpa de la traición.
—Todos deseamos que el primarca estuviera aún con nosotros —añadió K’gosi—, pero se ha ido, capitán. Cayó igual que Ferrus Manus. Deja estar esto de una vez.
—¿Y tú, Shen? —preguntó Numeon—. No has dicho gran cosa. ¿Me dejo engañar, soy un demente al creer que nuestro señor primarca todavía vive? —Arriesgó dedicar una mirada de soslayo y vio que el rostro del techmarine estaba pensativo.
—No puedo decir cuál es el destino de Vulkan. Solo sé que combatimos duro y perdimos a muchos en Isstvan. Si alguien podía haber sobrevivido, es él.
—Hermano… —gruñó Leodrakk, descontento ante lo que veía como la capitulación de Shen’ra.
—Es cierto —dijo el techmarine—. Vulkan podría estar vivo. No lo sé. Pero este hombre estaba muerto. Estaba muerto, Numeon, y los muertos no hablan. Eres nuestro capitán y seguiremos tus órdenes, todos nosotros. Pero no confíes en él.
Antes de que el capitán pudiera responder, Leodrakk efectuó una última súplica.
—Es probable que muramos aquí. Pero no quiero que nos maten porque fuimos demasiado crédulos para actuar contra el peligro que teníamos entre nosotros.
—Yo no soy el único que está en peligro —dijo Grammaticus, en perfecto nocturneano.
Los legionarios disimularon el sobresalto que aquello les provocó pero aun así resultó perceptible.
—¿Cómo conoces nuestro idioma? —preguntó Numeon.
—Es un don.
—¿Como regresar de entre los muertos?
—No es mío per se, pero sí.
Hriak entró en la habitación. Tras sus lentes retinales, los relámpagos cruzaron raudos por la pálida esclerótica de los ojos y conformaron una oscura tempestad.
—Bajad las armas —dijo con voz ronca, a la vez que penetraba en la línea de visión de Numeon y se colocaba frente a él.
Nadie discutió la orden. Todos bajaron las armas.
Domadus entró justo después, y fue a colocarse ante la puerta. Su bólter no apuntaba al humano pero lo tenía en la mano, listo para entrar en acción.
—¿Vas a intentar hurgar en mi cabeza de nuevo? —preguntó Grammaticus, observando con desconfianza al bibliotecario que se le aproximaba.
Hriak contempló al humano en silencio durante un segundo.
—Para ser un hombre, resultas… inusual. Y no tan solo por tu habilidad para aferrarte con tenacidad a la vida.
—Un modo interesante de expresarlo. Pero no eres el primer legionario que efectúa ese comentario —respondió Grammaticus.
Sin hacer el menor caso al intento de agudeza, Hriak prosiguió:
—He oído hablar de biomancia que puede tejer piel y reparar huesos. —Alargó la mano para tocar el cuerpo curado de Grammaticus—. Pero nada como esto. No podía traer hombres de vuelta de la muerte.
—No fui yo —respondió Grammaticus—. Sirvo a un poder superior que se llaman a sí mismo la Cábala.
—¿Un poder superior? —preguntó K’gosi—. ¿Crees en dioses entonces, humano?
Grammaticus enarcó las cejas.
—¿Vosotros no, incluso después de todo lo que habéis visto? —preguntó. Continuó—: Ellos me concedieron vida eterna. Es a ellos a quienes sirvo.
Numeon detectó amargura en la respuesta y, yendo a colocarse junto a Hriak, preguntó:
—¿Con qué finalidad, John Grammaticus? Es evidente que no eres ninguna criatura de la Vieja Noche, de lo contrario mi hermano aquí presente nos habría instado a destruirte de inmediato. Ni tampoco creo que seas un alienígena. Así pues, si no es para alguna actividad ilícita, ¿cuál es tu propósito?
El humano trabó la mirada con el Salamander.
—Salvar a Vulkan.
La tensión en el manufactorum ascendió de improviso varios puntos.
—Eso es lo que has dicho —respondió Numeon—. Pero pensaba que se suponía que era inmortal, como tú. ¿Qué necesidad tendría nuestro primarca de que lo salvaran?
—He dicho que debemos salvarlo a él, no salvar su vida.
Leodrakk efectuó una mueca despectiva, dejando su desagrado ante esa conversación bien patente.
—Y ¿qué te hace pensar que puedes tener éxito allí donde nosotros, su legión, fracasamos?
Numeon contuvo el impulso de decir a su hermano que ellos no habían «fracasado», y dejó que Grammaticus siguiera hablando.
—Debido a la lanza. La necesito, necesito el artefacto que vuestro enemigo me quitó. Son mi enemigo también. Con ella puedo salvarlo. —Grammaticus volvió la cabeza hacia el bibliotecario—. Echa un vistazo si no me crees. Descubrirás que digo la verdad.
Hriak dedicó a Numeon un casi imperceptible asentimiento.
Grammaticus también lo vio.
—En ese caso, ayudadme. Tenemos un adversario en común en esto, así como un objetivo común.
—¿Una alianza?
—He estado proponiendo una desde el mismo momento en que me capturasteis.
—¿Dónde está él, entonces? —quiso saber Numeon—. ¿Dónde está nuestro primarca para que podamos salvarlo? Y ¿cómo puede un simple humano, aunque sea inmortal, esperar conseguir tal proeza? Dices que necesitas la lanza para hacerlo, pero ¿cómo? ¿Qué poder posee?
—Él está lejos de aquí, eso es todo lo que sé. El resto es todavía un misterio, incluso para mí.
—Que Hriak le desguace la cabeza —soltó Leodrakk—. Él desentrañará todo lo que el humano sabe.
—Por favor… Ayudadme a conseguir la lanza y a salir de Ranos. Puedo llegar hasta él.
Numeon lo consideró pero luego hizo una seña a Hriak.
—Dinos qué es lo que sabe —indicó en tono siniestro.
El bibliotecario dio un paso al frente para poder presionar la palma de la mano derecha sobre la frente del hombre.
—No lo hagas… —murmuró Grammaticus—. No sabes lo que…
Sufrió una violenta convulsión al experimentar el dolor de la intrusión mental. Luego fue Hriak quien convulsionó, y un gruñido de intenso dolor escapó por la rejilla de su comunicador.
Numeon alargó el brazo hacia él.
—¿Hermano?…
El Raven Guard le rechazó con una mano extendida.
Era incapaz de hablar y respiraba con dificultad, su respiración sonaba raspada y afectada por el esfuerzo a medida que ponían a prueba sus poderes. Dobló una rodilla en tierra pero mantuvo el contacto visual y sostuvo la mano en alto para mostrar al resto que estaba bien. La dejó caer hasta la gorguera y luego soltó los cierres del casco, liberando una pequeña columna de gas a presión en el aire. A continuación retiró el casco. Debajo de él, la piel era pálida, casi marfileña. Desfigurado por una herida, la mitad del rostro del Raven Guard estaba tensado hacia arriba en una mueca permanente. El cuello lucía la cicatriz de un grave corte en la garganta. Era profundo y tenía un aspecto gris y desagradable ahora que había cicatrizado. Grammaticus se echó hacia atrás ante la repulsiva visión. Desde el inicio del malestar de Hriak, su propio dolor había disminuido visiblemente.
Hriak le soltó, aliviado al dejar de estar en contacto.
—¿Lo ves ahora? —dijo Numeon—. Hemos padecido mucho y tenemos poco que perder, salvo nuestro honor —explicó a Grammaticus—. No tendría el menor escrúpulo en matarte ahora o más tarde si nos mientes u ofuscas la verdad otra vez.
—No estoy mintiendo. Vulkan vive —respondió con sencillez Grammaticus.
—No sabe nada más —indicó Hriak con voz ronca, tomando el brazo que Numeon le ofrecía para volver a incorporarse. Todavía no se puso de nuevo el casco, aun cuando estaba claro que le incomodaba que sus camaradas vieran su rostro dañado. No obstante, respirar era evidentemente más fácil sin él puesto—. O al menos, no aún —siguió—. Sus instrucciones se transmitieron psíquicamente. Algunas están selladas y no puedo llegar hasta ellas.
—¿Te lo impide él?
—Alguien me lo impide.
—¿La Cábala, sus amos?
Grammaticus les interrumpió.
—Guardan bien lo que saben. Por mucho que hurguéis en mi cabeza no vais a desenterrar lo que buscáis.
—Estoy de acuerdo con él —concedió Hriak, alargando la mano para coger el casco.
—Entonces, ayudadme o dejadme marchar —repuso Grammaticus—. No sacaremos nada de este punto muerto. Dejadme salvarle.
—¿Cómo? —preguntó Numeon, repentinamente enojado—. Necesito saberlo. Tengo que saberlo.
Grammaticus hundió los hombros, vencido.
—No lo sé. ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Solo sé que tiene que ver con la lanza.
Numeon se tranquilizó, pero la frustración que sentía siguió hirviendo bajo la superficie. Se volvió hacia los demás.
—Es probable que el clérigo tenga la lanza —dijo—. Se la quitaremos.
—De su mano sin vida —terció Leodrakk al ver la posibilidad de una mínima venganza.
—De un modo u otro —respondió el capitán, y echó una veloz mirada a Grammaticus—. Atadlo. No quiero que intente escapar.
Domadus asintió y empezó a desenrollar un trozo de cable para rapel del cinturón.
—Esto es un error —protestó Grammaticus.
—Es posible. En cualquier caso, no vas a abandonarnos por el momento. Quiero ver qué sucede cuando te reencuentres con la lanza, ver qué nuevos secretos brotan de tu mente. Entonces haré que Hriak te abra el cráneo y extraiga lo que sea que esté oculto en su interior.
Grammaticus inclinó la cabeza, dejó que los brazos cayeran a los costados y maldijo a aquellos hados que lo habían entregado a los Salamanders.
A ochenta metros del manufactorum, Narek se acurrucó detrás de una pared medio desplomada y atisbó con asombro por la mira del rifle.
—Es imposible… —musitó, ajustando el foco para ampliar la imagen que veía a través del cristal roto de la ventana.
Eran seis legionarios, los combatientes de la guerrilla que había visto antes, tal y como había pronosticado. Lo que le sorprendía era la visión del hombre que había matado, el que no podía haber sobrevivido a sus heridas y que, sin embargo, estaba allí de pie indemne, en mitad del suelo del manufactorum. De pie. Respirando. Vivo.
Narek activó la comunicación con Elías, vagamente consciente de la presencia de sus compañeros a su alrededor y sabiendo que el resto convergía en aquellos momentos desde ángulos distintos en el manufactorum.
—Apóstol… —empezó a decir.
Las cosas estaban a punto de cambiar.
A pesar de las atenciones de su apotecario, Elías padecía unos dolores atroces. No sin grandes dificultades, dos legionarios habían conseguido volver a meterlo en su servoarmadura, pero el brazo quemado seguía desvestido. Estaba negro y era casi inútil. Las heridas del fuego divino que lo había abrasado parecían inmunes a su potenciada fisiología y a cualquier habilidad sanadora que poseyera su legión. Únicamente un patrón rival podía curarlo, y mientras permanecía sentado en su tienda, agarrotado de dolor, Elías pensaba con amargura en el fallido ritual.
La lanza estaba a poca distancia, descansando sobre una mesa cercana. Ya no resplandecía ni quemaba. Simplemente parecía una punta de lanza hecha de roca y mineral. Pero aquel sencillo cascarón contenía algo mucho más potente.
Elías estaba sopesando hasta dónde poner al tanto a Erebus de sus progresos, pero quería poder pensar con claridad primero. Su señor tendría preguntas, preguntas para las que Elías no estaba seguro de tener las respuestas todavía. De modo que, cuando el transmisor se activó con un crepitar, su estado de ánimo era particularmente quisquilloso.
—¿Qué sucede? —profirió, haciendo una mueca debido al dolor del brazo.
Era Narek.
En un principio Elías se enojó. ¿Cuántas veces tendría que repetir al cazador lo que se requería de él? Era una tarea sencilla, y cualquier perro bien adiestrado podría hacerlo. Estaba considerando de qué modo cortar sus vínculos con Narek cuando lo que oyó le hizo cambiar de idea sobre el tema. La expresión contorsionada del apóstol oscuro, una mueca de dolor combinada con un gruñido de ira, pasó a mostrar interés y maquinaciones.
De pronto el dolor pareció disminuir, la mutilación perdió importancia.
El ritual había fracasado. No debido a la lanza, ni a las palabras. Era en el sacrificio donde se había equivocado. Ahora sabía por qué.
Se levantó del asiento y alargó la mano para coger el casco de combate.
—Tráemelo. Vivo, para que pueda matarlo.
El destino y el Panteón no lo habían abandonado después de todo. Sonrió. Erebus tendría que esperar.
Algo había sucedido. Narek pudo advertirlo en el tono de voz de Elías. Sonaba dolorido, y el cazador se preguntó qué había intentado hacer el apóstol oscuro con la lanza. Algo estúpido, motivado por el engreimiento.
Lo desterró de su mente. Amaresh esperaba. Casi podía oír el ansioso fluir de la sangre en las venas del otro Word Bearer.
—¿A qué estamos esperando? —refunfuñó este.
Narek no se molestó en establecer contacto visual. Bajó la mira.
—El plan ha cambiado —dijo, retrasmitiendo sus órdenes por radio a los hombres—. Nuestras órdenes son llevarnos de ahí al humano. Vivo.
—No hablas en serio —rezongó Amaresh, agarrando la espaldera de Narek.
En un único movimiento, el cazador retorció la muñeca blindada del otro Word Bearer y lo arrojó contra el suelo. Lo hizo tan de prisa que los demás apenas lo advirtieron. Amaresh hizo ademán de alzarse pero se encontró la hoja del cuchillo de Narek apretada contra la garganta. Un empujón, y le perforaría gorguera, cuello y hueso.
—Hablo muy en serio —le aseguró—. Dagon —empezó a decir al cabo de unos segundos, una vez que tuvo la seguridad de que Amaresh seguiría las órdenes—. Mantén vigiladas todas las salidas.
Dagon respondió con una escueta afirmación.
—Infrik, colócate en la parte delantera y… Aguarda, he visto algo… —Narek había alzado la vista para evaluar las posiciones relativas de sus hombres, y fue entonces cuando vio el apenas perceptible destello de metal, reflejado desde la lente de una mira—. Muy inteligente…
Amaresh acababa de ponerse en pie cuando el proyectil entró por la parte posterior de su casco, atravesó en la cabeza, y salió por la lente retinal izquierda en medio de un mar de sangre y hueso. Ni siquiera un legionario tan dotado como Amaresh podía sobrevivir a eso.
Narek se dejó caer al suelo.
Dudaba que el francotirador volviera a efectuar otro disparo, al menos no uno significativo. Conocía al tirador. Era el de la torre de refrigeración, el legionario que los había visto a Dagon y a él antes. Amaresh era un cadáver convulsionado, mientras los últimos vestigios de espasmos nerviosos lo abandonaban. Narek descubrió que le gustaba aquel adversario.
El plan volvió a cambiar.
Abrió de nuevo las comunicaciones para transmitir con calma:
—Atacad con todo.