Vulkan vive
Capítulo Veintiuno. T ormento
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Capítulo Veintiuno. T ormento
Capítulo Veintiuno
T ormento
He visto la oscuridad, la he contemplado en mis sueños. Estoy de pie en el borde de una sima. No hay modo de escapar de ella, conozco mi destino. Pues es el futuro y nada puede impedir que suceda. Así que doy un paso hacia el vacío y abrazo la oscuridad».
—KONRAD CURZE el Acechante Nocturno
Volví a regresar de la oscuridad, solo que ahora poseía la información del cómo y el por qué. Para la mayoría de hombres, descubrir que eran inmortales habría sido motivo de euforia. Pues ¿no es la ambición de la humanidad el perdurar, el seguir viviendo, conseguir durar más años? Criogenia, rejuvenecimiento, clonación e incluso pactos con criaturas malignas… Mediante la ciencia o la superstición, la humanidad siempre ha buscado evitar el fin. Haciendo trampas de ser necesario, consagrando los recursos de toda su existencia a conseguir aunque solo sea un poco más.
No podían matarme. No por ningún medio que yo conociera, o que conociera mi despiadado hermano. Aquello no acabaría. Jamás.
Saber que eres inmortal era saber que el tiempo carece de significado, que toda ambición que alguna vez aspiraste a hacer realidad podría estar, un día, a tu alcance. Que no envejecerías. Que no te podían debilitar ni mutilar físicamente. Que jamás morirías.
Conocer la inmortalidad era, para algunos hombres, conocer el mayor de los dones.
Yo solo conocí la desesperación.
Al recuperar el conocimiento, el dolor imaginario en mi pecho me recordó que mi hermano me había clavado una arma. Curze no podía matarme. Lo había intentado, con todas sus fuerzas. Eso me llevaba a preguntarme qué haría él a continuación.
La respuesta a eso no tardaría en llegar.
Cuando intenté mover los brazos, descubrí que no podía. Desorientado, tardé en darme cuenta de que no estaba ni encadenado ni de vuelta en la temible estancia donde mi debilidad había mandado a tantos a la muerte; estaba en una trampa del todo distinta.
En un principio noté el peso sobre los hombros, pesado e hiriente. Habían clavado pernos y clavos en mi carne, inmovilizándome. El dispositivo de mi aparente crucifixión era alguna especie de armazón de metal, de forma humanoide pero acorazado con púas y pinchos que salían de él y penetraban en el que lo llevaba puesto. Un mecanismo tosco fijado en la mandíbula y la barbilla me obligaba a mantenerla alzada. Tenía los labios cosidos con alambre. Piernas y brazos estaban envueltos en metal, los últimos terminados en un par de cuchillos. Encorvado al frente, noté el primer tirón de mis cuerdas de marioneta y vi que la pierna izquierda ascendía y descendía en un único paso.
—Ehng… —intenté hablar pero la cuchilla de mi boca amortiguó cualquier protesta.
Estaba en un pasillo, cuyo techo era lo bastante bajo para que mi acorazado chasis lo arañara levemente. La mole metálica de la máquina letal que llevaba puesta ocupaba toda su amplitud. Delante de mí, ocultos parcialmente por la penumbra, vi sus ojos. Estaban abiertos de par en par, y se abrieron aún más cuando me vieron, a mí o a aquello en lo que me había convertido.
—¡Corre! —dijo un hombre que llevaba un uniforme del ejército sucio y andrajoso a otro.
Huyeron al interior de la oscuridad, y los perseguí, con el sonido de mi cráneo de metal rozando el techo. Mis zancadas fueron lentas al principio pero ganaron velocidad a un ritmo constante. Al doblar una esquina, distinguí a los hombres. Habían doblado por donde no debían y estaban atrapados en un callejón sin salida. Olí a amoníaco y comprendí que uno de los soldados se había hecho sus necesidades encima. El otro arrancaba una tubería de la pared, intentando convertirla en una arma improvisada y presentar batalla.
La balanceó experimentalmente, como un hombre de pie junto a una hoguera que empuña una antorcha encendida para rechazar a un depredador. Oí el quedo chasquido de metal de un interruptor pulsado remotamente. Una luz potente inundó de improviso el pasillo desde los focos de mi chasis, cegando a los dos hombres. Intenté resistirme pero la acorazada estructura en la que estaba me propulsó tras ellos, y los cuchillos serrados de los extremos de los brazos empezaron a moverse a toda velocidad con un rugido gutural.
Intenté detenerlo. Di tirones y me revolví, pero apenas pude moverme. Era u simple pasajero de la máquina, no podía hacer más que observar mientras convertía a los hombres en despojos y escuchaba sus alaridos. Misericordiosamente, acabó con rapidez y el aire volvió a quedar en silencio. Tan solo el sonido de mi respiración desesperada y de las vísceras goteando de mi salpicado armazón en gruesos pedazos alteraban la quietud.
Algo pasó a toda velocidad por detrás de mí y mi mortífera armadura se volvió como si oliera a una presa. Empecé a moverme de nuevo, descendiendo a grandes zancadas por el pasillo a la caza de nuevas víctimas. Forcejeé pero no pude detener ni aminorar la velocidad de la máquina. A lo largo del siguiente tramo de túnel, vi tres figuras. Más esclavos de mi hermano. Me habían soltado sobre ellos en ese foso, vestido de muerte. Curze me estaba obligando a matarlos.
Mis andares pesados se transformaron en una carrera frenética en la que las pisadas metálicas sonaban como sentencias de muerte en mis oídos. Los focos volvieron a encenderse, abrasadores y zumbando junto a mi rostro, y vi a tres hombres. Sin afeitar, musculosos, eran veteranos. Mientras caía sobre ellos, decidieron mantenerse firmes a pesar de todo. Uno había fabricado una hacha a partir de un trozo de blindaje, con un trapo sujeto con cinta adhesiva alrededor del extremo estrecho que hacía de mango; otro había improvisado un garrote igual que mi última víctima; el tercero simplemente apretó los puños.
Semejante desafío y valor insensatos no iban a servirles de nada.
—¡Vamos! —me chilló el que tenía el hacha—. ¡Vamos!
Mi armazón blindado le complació y respondió a la incitación haciendo girar a toda velocidad los cuchillos sierra.
Cuando pasé ante un pasillo perpendicular al mío, me di cuenta de lo que los veteranos habían hecho. Mi titiritero, no.
Cuando llegué al cruce, dirigiéndome ciegamente hacia los tres hombres que gritaban y lanzaban pullas unos pocos metros más allá de la intersección, un segundo grupo de prisioneros hizo saltar la trampa. Un lanzazo me rozó las costillas e hice una mueca. El arma siguió adelante y penetró en el avambrazo que recubría mi brazo izquierdo, seccionando algunos cables. Aceite y fluidos empezaron a salir a chorros.
Justo cuando me daba la vuelta para enfrentarme al primer atacante, una segunda hacha intervino y se incrustó en la cadera derecha. Se clavó en mi flanco, pero la armadura fue la más castigada. Mi cuchillo sierra intentó atacar pero los cables se partieron y el armazón del brazo quedó inerte.
Un legionario de rostro adusto me miró a la cara, echando la lanza atrás para asestar otro golpe. Vestía el negro y el blanco de la Raven Guard, aunque tanto la armadura como su iconografía habían visto tiempos mejores. El brazo derecho que seguía en funcionamiento describió un veloz arco y seccionó la cabeza del guerrero antes de que pudiera volver a atacar.
Al mismo tiempo que se perdía el casco negro con un pico por nariz, rebotando en la oscuridad, mis focos parpadearon y todos los emboscados me atacaron a la vez. Giré en redondo y abrí en canal a dos de los veteranos soldados, cuyos restos esparcí sobre la cubierta de metal. El tercero se encorvó para recoger el garrote que había soltado su camarada, pero mi pierna salió disparada al frente antes de que pudiera agarrarlo. El impacto le alcanzó de pleno en el pecho. Oí partirse costillas y le vi alejarse por el pasillo medio girando sobre sí mismo antes de caer sin vida hecho un ovillo.
Mi último oponente volvió a atacar, concentrando la atención en el brazo dañado, que escupía chispas y chorros de aceite. Otro legionario apareció amenazador en mi línea de visión. Se me cayó el alma a los pies al ver el color de su armadura.
Verde esmeralda.
Tenía una espalda ancha, y la descolorida insignia de la 15.ª Compañía estampada en la abollada hombrera.
«Nemetor»…
Le había creído muerto. Curze lo había salvado. Lo había hecho para que fuera yo quien lo matara.
Sepultado en la máquina, resultaba irreconocible para mi hijo. Tras eludir un optimista mandoble de la cuchilla sierra que me quedaba, el guerrero descargó un hachazo sobre mi brazo izquierdo y el golpe soltó algunas de las clavijas que atravesaban mis nervios. Recuperé algo de sensibilidad y descubrí que podía volver a mover el brazo. Mientras contemplaba cómo la esperanza de Nemetor se transformaba en horror cuando el arma que pensaba haber destruido empezaba a moverse al alzarla yo, volví la chirriante cuchilla sierra contra mí. El impulso de los frenéticos ataques de la máquina hundió la sierra en el cuerpo, cortando primero metal y luego carne.
Dejé que me mutilara hasta que la oscuridad empezó a asomar por el límite de mi visión, hasta que la muerte, por breve que fuera, me reclamó.
—Muy hábil —oí; era la voz de mi hermano.
Parpadeé, abrí los ojos y vi que habían retirado la mortífera máquina y que volvía a estar en mi celda.
—Estoy a la vez impresionado y decepcionado —dijo.
En un principio vi una armadura azul cobalto, con adornos dorados; un semblante resuelto y noble, enmarcado por unos cabellos rubios muy cortos; un guerrero, un estadista, mi hermano el forjador de imperios.
—¿Guilliman? —musité, esperanzado, con el sentido de la realidad abandonándome por un instante.
Entonces lo supe, y una mueca de desprecio apareció en mi rostro.
—No…, eres tú.
Me hallaba sentado con la espalda contra la pared, mirando con expresión asesina a mi hermano.
Curze rio al advertir mi expresión.
—Nos estamos acercando ya, ¿verdad?
—¿Cuánto tiempo? —pregunté con voz ronca, notando un sabor a cenizas en la boca y la presencia de una nueva marca al fuego en la espalda.
—Unas pocas horas. Cada vez va más de prisa.
Intenté ponerme en pie, pero todavía estaba débil. Me desplomé hacia atrás.
—¿Cuántas?
Curze entornó los ojos.
Aclaré la pregunta.
—¿Cuántas veces has intentado matarme?
Mi hermano se acuclilló frente a mí, al alcance de mi mano pero sin delatar la menor preocupación por una represalia por lo que me había hecho, por lo que seguía haciéndome. Señaló con la cabeza la pared a mi espalda.
Volví la cabeza y me vi reflejado en obsidiana. También vi a Curze, y a Ferrus Manus, ahora apenas un cadáver ambulante en su armadura de primarca, de pie justo detrás de él.
—¿Las ves?
Señaló las numerosas cicatrices honoríficas marcadas a fuego en mi espalda. Algunas destacaban sobre las demás, eran un grupo de marcas más recientes que no recordaba y a las que no podía atribuir ningún juramento.
Curze se inclinó al frente y me susurró al oído.
—Una marca nueva cada vez, hermano…
Había docenas.
—Cada vez, has regresado a atormentarme —dijo.
Volví el rostro hacia él.
—¿Atormentarte yo a ti?
Curze se puso en pie; su acorazada figura proyectó una sombra sobre mi persona, debido a la luz baja de la celda. Casi parecía triste.
—Me siento perdido, Vulkan. No sé qué hacer contigo.
—Entonces, ponme en libertad. ¿Qué sentido tiene matarme una y otra vez si no puedo morir?
—Porque disfruto con ello. Cada intento trae con él la esperanza de que permanezcas muerto, pero también el temor de que nos veamos separados para siempre.
—Son los sentimientos de un loco —escupí.
Los ojos de Curze tenían una expresión curiosamente compasiva.
—Creo que puede que no sea el único demente. ¿Nos acompaña aún nuestro difunto hermano? ¿Está Ferrus aquí?
Ante la mención de su nombre, el cadáver abrió la boca de par en par como si le hiciera gracia. Sin ojos ni demasiada carne, era difícil estar seguro.
Asentí, pues no veía motivo para ocultar el hecho de que veía la efigie imperecedera de Ferrus Manus.
—Eso pensaba —contestó Curze, incapaz de deshacerse de su melancolía—. Nuestro padre te concedió vida eterna. ¿Sabes qué me concedió a mí? Pesadillas.
Su estado de ánimo se ensombreció más, su rostro mostraba una expresión de auténtica angustia. Por un momento vislumbré el auténtico yo de mi hermano y, a pesar de todo lo que había hecho o afirmaba haber hecho, lo compadecí.
—Me acosan, Vulkan.
Curze ya no me miraba. En su lugar, contemplaba su reflejo en la obsidiana. Parecía ser algo que había hecho antes, y le imaginé en esas ocasiones, gritando en la oscuridad sin nadie que escuchara su terror.
El señor del miedo estaba asustado. Era una ironía que pensé que Fulgrim apreciaría, retorcido como era.
—¿Cómo puedo escapar de la oscuridad si la oscuridad es parte de lo que soy?
—Konrad —dije—. Dime qué ves.
—Soy el Acechante Nocturno. Soy la muerte que acecha en la oscuridad… —respondió, aunque voz y mente estaban muy lejos—. Konrad Curze está muerto.
—Lo tengo delante —insistí—. ¿Qué ves?
—Oscuridad. Interminable y eterna. Todo ello para nada, hermano. Todo lo que hacemos, todo lo que se ha hecho o se hará… No importa. Nada importa. Soy miedo. ¿De qué clase de hilo pendo?, pregunto yo.
—Tienes elección —repuse, con la esperanza de que algún vínculo fraternal, algún vestigio de razón existiera todavía en mi hermano. Estaría enterrado profundamente, pero yo podía sacarlo a la luz.
Volvió la mirada hacia mí; tan perdido, tan huérfano de esperanza. Curze era un sabueso sarnoso al que habían pateado demasiadas veces.
—¿No lo ves, Vulkan? No hay elección. Están decididos de antemano para nosotros, mi destino y el tuyo. De modo que efectúo la única elección que puedo: anarquía y terror.
En ese momento lo vi, lo que se había quebrado dentro de mi hermano. Sus tácticas, sus estados de ánimo erráticos, todo lo provocaba ese defecto, que le había llevado a destruir su mundo natal.
Dorn había visto la locura que acechaba en su interior. Supongo que, estando en Kharataan, yo también había sabido que estaba allí.
—Deja que te ayude, Konrad… —empecé a decir.
Pálido como el alabastro, con ojos oscuros como esquirlas de azabache con más o menos la misma calidez, el rostro de Curze cambió. Mientras la fina sonrisa viperina aparecía poco a poco en sus labios, supe que le había perdido, y también mi oportunidad de apelar a la poca humanidad que todavía pudiera quedarle.
—Eso te gustaría. Una oportunidad de demostrar tu nobleza. Vulkan, adalid del hombre corriente, el que más contacto tiene con el día a día de todos nosotros. Pero no estás en tierra firme, ¿verdad, hermano? Estás muy lejos de tu amada tierra. ¿Hace más frío, aquí conmigo en la oscuridad? —inquirió con amargura—. No eres mejor que yo, Vulkan. Eres un asesino igualmente. ¿Recuerdas Kharaatan? —me aguijoneó.
Lo recordaba, y bajé la cabeza ante el recuerdo de lo que había hecho, de lo que casi hice.
—No eras tú mismo, hermano —siseó Ferrus, con el aliento a cementerio silbando a través de mejillas esqueléticas—. Tenías firmeza moral.
Curze no pareció advertirlo.
—Los dones de nuestro padre se desperdician en ti —dijo—. Vida eterna, y ¿qué harías tú con ella? Labrar un campo, cosechar algo, construir una forja para fabricar rejas de arado y azadas. ¡Vulkan el agricultor! ¡Me asqueas! Guilliman es soso pero, al menos, tiene ambición. Al menos tenía un imperio.
—¿Lo tenía?
—Vaya. —Curze sonrió—. No lo sabes, ¿verdad?
—¿Qué le ha sucedido a Ultramar?
—No importa. Jamás lo verás.
De improviso temí por Roboute y todos mis leales hermanos sobre los que Curze tenía puesta la atención. Si me había hecho eso a mí, ¿qué les habría hecho al resto?
—Nemetor… —dije, cuando partes de mi suplicio más reciente regresaron a mí, incluida la aparición de un hijo que había creído muerto. ¿Era…?
—¿Real? —sugirió mi hermano, sonriendo con sorna.
—¿Lo mataste? —insistí.
—Te mueres por saberlo, ¿no es cierto, hermano? —Alzó la mano—. Lo siento, una desafortunada elección de palabras. Volverás a verlo, antes del fin.
—¿De modo que esto tiene fin?
—De un modo u otro, Vulkan. Sí, sinceramente espero que acabe.
Entonces me dejó, retrocediendo al interior de las sombras. Le observé con atención hasta que llegó a la puerta de la celda. Cuando esta se abrió, vi un levísimo haz de luz y me pregunté a qué profundidad estaba mi prisión. También capté en parte una conversación apresurada y sentí cierta agitación en el exterior. Aunque no oí las palabras que farfulló, Curze parecía irritado al dar sus secas respuestas. Pies calzados con botas se movieron con rapidez, martilleando la cubierta, antes de que la puerta de la celda se cerrara y dejara de oírlos.
Las esferas de lumen que brillaban en los nichos de las paredes laterales se apagaron, la oscuridad regresó y con ella la tenue risa burlona de mi hermano muerto.
—Cállate, Ferrus —dije.
Pero solo conseguí que riera más fuerte.