Vulkan vive
Capítulo Veintidós. Egresión
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Capítulo Veintidós. Egresión
Capítulo Veintidós
Egresión
El aspecto del revestimiento del lado norte del manufactorum era ruinoso. En el exterior, había muertos y heridos esparcidos por las calles.
Narek había perdido ocho legionarios en el ataque frontal, sin incluir a Amaresh, que había sido abatido por el francotirador enemigo. A pesar de las bajas, apreció la simetría de la situación: un cazador enfrentado al otro. Decidió que se vería las caras con ese guerrero; vería hasta qué punto llegaba su propia agudeza y si, pese a sus terribles heridas, podía considerar que todavía servía para eso. Era una competencia honorable, no como la carnicería que había dejado atrás.
Aunque desagradable y excesiva, también era algo necesario. Descubierto en mitad de un avance furtivo hasta el portón de entrada, Narek no tuvo otra elección que lanzarse directamente sobre los leales al Imperio, sabiendo muy bien que disponían de un cañón montado sobre orugas y una posición defendible. Lo cierto es que no había previsto que abrieran fuego de buenas a primeras —el grueso de sus tropas estaban saltando aún las barricadas y corriendo agachados hasta el siguiente pedazo de algo que sirviera de protección cuando todo se tiñó de azul actínico—, pero había cumplido con su propósito. Dagon, Narlech e Infrik habían conseguido rodear el edificio hasta la salida posterior. Eso dejaba a Melach, Saarsk, Vogel y él mismo en los flancos; dos a la derecha, dos a la izquierda.
Con la cabeza gacha, y bien pegado al borde de la calle mientras el feroz tiroteo en la parte delantera proseguía, Narek siseó en el comunicador a su elite:
—Cerrad la trampa, encontrad al humano y traédmelo vivo.
—¿Y el resto? —transmitió Narlech.
Narek podía captar el deseo de matar en la voz del legionario.
—Matad a cualquiera que se interponga en vuestro camino. No quiero prisioneros, dadme cadáveres. —Cortó la comunicación.
No muy lejos pudo oír que sus enemigos habían conseguido salir por la parte posterior del edificio.
—¿Cómo nos han encontrado?
Leodrakk tuvo que gritar para hacerse oír, pues proyectiles explosivos y esquirlas de rococemento de la estructura en lenta desintegración del manufactorum llovían por todas partes alrededor del grupo.
Numeon sacudió la cabeza.
—Puede que por el humo de la pira o puede que ya nos estuvieran vigilando.
—Pero ¿por qué nos atacan así, cayendo directamente sobre nosotros?
—Pergellen les ha obligado a actuar.
—Carece de sentido. Podrían haberse puesto a cubierto, rodearnos y pedir refuerzos.
Numeon calló un momento, contemplando la penumbra más allá de las paredes. Detrás de él, oyó a Domadus gritando órdenes entre el martilleo de las detonaciones de su bólter pesado. En cuanto Pergellen informó de que la XVII los había localizado, todos los legionarios del interior del manufactorum habían formado en una línea de fuego. Únicamente Numeon, Leodrakk y dos vestidos con el color negro del cuervo recorrieron la parte posterior del edificio hacia la salida trasera del manufactorum. Aquello no era ninguna fortaleza, y no podían permanecer allí, pero lo que Leodrakk decía tenía sentido. ¿Por qué no montar un asedio y esperar hasta que pudieran atacar las barricadas en gran número?
—Es una distracción —decidió—. Para mantener nuestra atención en la parte delantera.
La salida trasera del edificio era un depósito repleto de carcasas medio reventadas de camiones de transporte. Había gran cantidad de lugares donde ponerse a cubierto, gran cantidad de lugares donde esconderse.
—¿Veis eso? —dijo Numeon, acurrucándose junto a la puerta trasera e indicando al exterior.
—Son tres —susurró Hriak, sujetando con firmeza el hombro del humano.
—No estarás considerando en serio salir ahí fuera —dijo Grammaticus.
Numeon no le hizo el menor caso. Volvió a captar el leve movimiento. Quienesquiera que fueran, utilizaban los camiones para acercarse.
—Van tras el humano —dijo—. Esta vez quieren capturarlo, no matarlo.
—¿Cómo puedes estar seguro? —inquirió Leodrakk.
—El ataque frontal fue para hacernos salir. Sabían que intentaríamos huir con el humano. Porque, si de verdad nos han estado observando, es probable que vieran lo que mismo que nosotros.
Hriak bajó la mirada hacia Grammaticus.
—Tu apoteosis…
—No hacía falta ninguna explicación —respondió el hombre con rencor—. No importa lo que diga, ¿verdad? Vais a seguir adelante así a ciegas, sin tener en cuenta las consecuencias, ¿me equivoco? Habéis perdido vuestra fe en todo.
—Hemos perdido mucho más que eso —gruñó Leodrakk.
—Tranquilízate —le dijo Numeon, lanzando a Grammaticus una veloz mirada para que callara, y añadió—: Estamos perdiendo el tiempo. Sacadlo de aquí. Podemos atraer a estos tres.
Miró a Avus agachado junto a él, con las láminas de su mochila de salto plegadas hacia atrás por el momento. El legionario se había reservado su opinión hasta aquel momento.
—Obtendré mi compensación por Shaka, medida en sangre. Y cuando mi corvidae penda en memoria del sacrificio que hice, y me convierta en parte del banquete del cuervo, solo entonces conoceré la paz —juró—. Victorus aut mortis.
Hriak inclinó la cabeza en solemne respeto.
—Victorus aut mortis, hermano.
Numeon hizo una seña con la cabeza a los tres.
—Nos encontraremos en los túneles. Todos nosotros. Que el Emperador os acompañe.
Elías estaba inquieto, y no tan solo debido al terrible dolor sordo del brazo. Fuera de la tienda de campaña, el foso sacrificial estaba en silencio, aunque el aire todavía temblaba con la furia apremiante de los No Nacidos. Percibía su enfado. Era un reflejo del suyo propio. Verse frustrado estando tan cerca de su objetivo, y ¿por qué? Por un humano que había permitido que se le escapara de las manos.
«La mano excesivamente ansiosa se cierra en el aire, mientras que la considerada se aferra a la sustancia».
Había oído a Erebus usar esas palabras en el pasado, y ahora su eco burlón regresaba a él a través de los años.
Ranos estaba muerta. Sus Word Bearers habían despojado eficazmente a la ciudad de toda vida, y únicamente quedaba la escoria leal al imperio y su prisionero. Armas, le había dicho Erebus. Medio muerto, con el rostro convertido en una sanguinolenta masa desfigurada, había pronunciado aquella verdad. Elías estaba seguro de que la punta de lanza era una de aquellas armas que su señor había mencionado. Era poder en bruto encarnado en una fulgurita. Cualquier duda que hubiera podido tener había muerto junto con su brazo y siete acólitos, que habían ardido un poco antes hasta quedar convertidos en cenizas.
Con suma cautela, alargó la mano para tocar la lanza. Estaba sorprendentemente fría y sin lugar a dudas inactiva; cualquier reacción pasada que pudiera haber sufrido estaba ahora en letargo, pero no se había agotado. Zumbaba con una vibración tenue, y la hoja todavía despedía una luz pálida que sugería su procedencia divina.
Monarchia… Sí, Elías también la recordaba bien. Había llorado aquel día, primero lágrimas de júbilo entusiasta cuando la catedral se había alzado hacia el cielo, y luego con una cólera justificada cuando la XIII había avergonzado a su legión y a su primarca. Apenas recordaba a los muertos humanos, y lo que más profundamente le hería era el desaire del Emperador. Erebus le había aconsejado aquel día. Había ofrecido consejo a muchos. Su señor había parecido singularmente optimista, como si supiera algo de lo que iba a suceder antes de que ocurriera de verdad. Eso sí era poder. Ver destinos, doblegarlos y moldearlos a voluntad, con el beneficio que pudieran deparar. Por qué Erebus siempre había permanecido merodeando en las sombras —el poder tras el trono en lugar de su rey titular— era algo que Elías jamás comprendería.
—¿Qué sabe Erebus que yo no…?
El pensamiento quedó interrumpido por la activación de su frasco de disformidad.
Incluso en el fuego sobrenatural del frasco, Erebus tenía un aspecto encorvado y maltrecho. Vestía ropajes oscuros con una gran capucha que le ocultaba rostro y cabeza.
Elías efectuó una reverencia al instante.
—Maestro… ¿Estás recuperado?
—Es evidente que no —respondió Erebus, indicando con un ademán su encorvada figura—, pero me estoy curando.
—Es maravilloso contemplarte, mi señor. Cuando te dejé en el apotecarion…
Erebus le interrumpió.
—Cuéntame qué está sucediendo en Ranos.
—Desde luego —dijo Elías, efectuando una nueva reverencia para poder aflojar las apretadas mandíbulas sin que se viera su ira. Sostuvo la lanza en alto—. El arma —anunció con orgullo— está en mi poder. Erebus le contempló en silencio, con incredulidad.
Elías fue incapaz de ocultar su confusión y dijo:
—Para ganar la guerra. Las últimas palabras que me dijiste antes de que partiera con mis guerreros.
—¿Tus guerreros, Elías?
—Tuyos, mi señor, de los que me apropié humildemente para llevar a cabo la tarea que me encomendaste.
—No tienes nada salvo una lanza, Elías. Yo me refiero a armas, con las que ganaremos esta guerra para Horus y el Panteón. —Hubo un leve temblor irritado en la voz de Erebus al mencionar el nombre del señor de la guerra, y Elías se preguntó por un momento qué había sucedido entre ellos—. Afila las nuestras, embota las suyas —dijo Erebus—. Quién tenga más cantidad de armas gana. ¿Todavía no entiendes eso?
Elías estaba confuso. Había hecho todo lo que le habían pedido y, con todo, su señor estaba evidentemente descontento. Erebus también había omitido mencionar su herida, como si tal vez ya estuviera al tanto de ella…
—Yo… ¿Mi señor?… —empezó a decir.
Erebus no respondió al principio. Murmuraba algo, como si hablara con alguien que Elías no podía ver, pero la imagen del frasco mostraba una estancia vacía a excepción de Erebus.
—¿Dónde está John Grammaticus? —dijo por fin.
—¿Quién? ¿Te refieres al humano?
—¿Dónde está, Elías? Le necesitas.
—Tengo a hombres yendo tras él en estos mismos instantes. Van a traérmelo.
—No —replicó Erebus—. Hazlo tú mismo. Encuentra a John Grammaticus y retenlo para mí. No le mancilles en modo alguno, esa es la única advertencia que te hago.
Elías enarcó una ceja y trató de mantener el miedo al margen de su voz.
—¿Vas a venir aquí?
Erebus asintió.
—He visto la chapuza que has hecho en Ranos.
El miedo se transformó en cólera.
—No podía haber previsto la presencia de los otros legionarios. Ni tampoco puedo abandonar el lugar del ritual. Los No Nacidos están… Erebus le hizo callar por tercera vez con un veloz movimiento de mano. Elías reparó en que era biónica y estaba fijada al muñón de la muñeca seccionada de su señor.
—Como de costumbre, no has conseguido captar las sutilezas de la disformidad. Ni más sangre ni más ruegos te concederán lo que quieres, Elías. —Me limito a servirte, mi señor.
Erebus lanzó una risa burlona. Fue un sonido ronco y desagradable, como si fuera víctima de algún cáncer invasivo y le quedaran solo horas de vida.
—Tengo asuntos de los que ocuparme aquí, pero debes estar preparado para mi llegada. Asegúrate de tener a Grammaticus en tus manos para cuando yo llegue, o una extremidad ennegrecida por el fuego será la más nimia de tus preocupaciones…
La llama de la disformidad se evaporó con la misma rapidez con que se había manifestado, dejando a Elías a solas. A pesar del dolor del brazo, todo su cuerpo estaba en tensión con una furia apenas contenida.
—Soy tu discípulo… —jadeó al indiferente aire—. Tu seguidor. Te salvé, te saqué de esa estancia donde habrías muerto de no recibir mi ayuda.
Apretó las mandíbulas, con tanta fuerza que ya no pudo pronunciar palabra. Todo lo que surgió de la boca del apóstol oscuro fue un gruñido acompañado de espumarajos. Pugnó por recuperar la calma, y la halló en el oscuro foso de su podrida alma.
Elías alzó la voz para llamar a su palafrenero.
—Jadrekk…
El guerrero apareció en la entrada de la tienda casi al instante, efectuando una profunda reverencia.
—Nos vamos. Reúne a todo el mundo pero deja a dos escuadras velando el foso. Vamos a reunirnos con Narek y el resto.
Jadrekk volvió a realizar una reverencia y fue a cumplir las órdenes recibidas.
Treinta y siete legionarios aguardaban a Elías más allá de los confines de su sanctasanctórum. Veinte de ellos permanecerían ahí, mientras que el resto reforzaría a Narek. Su misión no había sido nunca la de actuar como fuerza de combate. Eran una guardia de honor, la secta personal de Elías. Los mortales no eran más que corderos que sacrificar en nombre del Panteón. Los legionarios exigían una atención más severa. Elías había pensado que los fieles al Imperio no serían más que una pequeña molestia, sustento para los No Nacidos cuando los soltara sobre ese mundo y lo contaminaran para siempre para el Caos. Ahora se interponían en el camino de su merecida gloria. Habían demostrado estar llenos de recursos hasta el momento, pero su resistencia estaba a punto de finalizar. Guardando la lanza de fulgurita en la vaina de su espada, alzó su maza con el brazo sano. Era pesada, pero cerrar el puño alrededor del mango revestido de piel humana proporcionaba una sensación agradable.
La sensación sería aún mejor cuando estuviera partiendo cráneos, cuando cada golpe fuera un paso hacía su eventual apoteosis.
Erebus cortó la comunicación psíquica con su discípulo y se tambaleó. Alargando los brazos, se apoyó en la pared de la celda y exhaló una estremecida bocanada de aire. Incluso imbuido del poder de la disformidad, su regeneración era lenta. Bajó la vista hacia el metal desnudo de su mano biónica. Estaba apretada ya en un puño, como si su voluntad por sí sola pudiera sustentarlo y devolverlo a como estaba antes. La mueca del rostro de Erebus pasó a ser una sonrisa. La vio reflejada en el suelo de metal de su sanctasanctórum, del mismo modo en que vio el lento avance de la carne empezando a colonizar su rostro despellejado. Era más dura, más oscura que antes. Diminutas protuberancias óseas le sobresalían del cráneo. Los ojos asumieron un tinte visceral. Era el favor de los dioses, Erebus lo sabía. Lorgar y Horus podrían haberle abandonado por el momento, pero el Panteón no lo había hecho. Podía percibir su agitación, no obstante. A pesar de los conocimientos del apóstol oscuro y su manipulación de los destinos, Horus no era el peón que Erebus había afirmado que era.
En los primeros tiempos, cuando se hablaba de sedición en susurros y las logias de guerreros estaban en pañales, habían existido otras opciones. No tendría por qué haber sido Horus. Nada de eso importaba ya. Erebus era, por encima de todo, un superviviente. Su rostro y cuerpo devastados daban testimonio de ello.
—Todavía soy el arquitecto de esta herejía… —siseó a la oscuridad, que había estado escuchando con avidez desde el momento de su llegada.
Donde se equivocó fue en Signus. De haberlo sabido, de haber captado el más ligero indicio de los celos de Horus… Se suponía que Sanguinius se había convertido y transformado en un Ángel Rojo. En lugar de eso, vivió, y ni Horus ni Erebus habían conseguido lo que querían. Tendría que ser más sutil la próxima vez. Pero necesitaba respuestas. El Ángel y el señor de la guerra no eran asunto suyo ahora. La mirada de Erebus había caído sobre otro.
Significó un cierto esfuerzo, pero alzó la cabeza para encontrarse con la mirada del otro ser de la habitación.
—¿Puede eso matarlo? —preguntó.
La criatura manifestada en una cortina de humo arremolinado, situada enfrente, asintió con sus cabezas emplumadas. Los picos parlotearon, farfullando sin parar. Erebus obligó a su mente a mantener a raya esas palabras, pues eran demenciales y oírlas significaba ser condenado al mismo destino.
Hizo una reverencia mientras el humo desaparecía, llevándose al demonio con él. La gran presión sobre Erebus perdió intensidad, y pudo erguir la espalda. Respiró por primera vez en mucho tiempo sin tener la sensación de que una sierra le desgarraba el pecho.
—Entonces, se hará, Oráculo —dijo al humo cada vez más tenue, y abandonó el sanctasanctórum.