Vulkan vive
Capítulo Veintitrés. Penumbra
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Capítulo Veintitrés. Penumbra
Capítulo Veintitrés
Penumbra
Su respiración delató a mi hermano.
—Ferrus, déjame en paz…
Desde mi último encuentro con Curze, me había sumido en una profunda melancolía, mientras luchaba por recopilar lo que era real y lo que únicamente imaginaba. Cada vez que regresaba de la muerte, sentía cómo un pedazo de mi mente desaparecía igual que una escama mudada o una laminilla de ceniza. Y cuanto más me esforzaba por agarrarlo, más se fragmentaba. Me estaba viniendo abajo; no físicamente, sino mentalmente. Con todo, no era el único. También Curze me había mostrado algo de sus dudas internas, de su dolor. Lo que fuera que había presenciado en las visiones que describía había alterado su ya frágil mente. Las tendencias sádicas, su evidente nihilismo: eran ambos sintomáticos. No sabía si tenía intención de compartir su trauma para hacer que le compadeciera o de algún modo inducirme a confiar en él como parte de alguna tortura más prolongada, o si simplemente se le había caído la máscara y se me había ofrecido su auténtica imagen. Ambos habíamos visto nuestro reflejo en el cristal de obsidiana y a ninguno de nosotros le gustó lo que vio.
—Ferrus está muerto, hermano —contestó una voz, provocando que abriera los ojos.
La celda de cristal volcánico no había cambiado. En la paredes contemplé mi reflejo, pero no pude ver ningún otro, a pesar de que quienquiera que estuviera ahí dentro conmigo estaba lo bastante cerca como para que pudiera oírle susurrar.
—¿Quién eres? —exigí, incorporándome; noté los pies inestables pero me mantuve firme—. Ferrus, si esto es algún truco…
—Ferrus murió en Isstvan V, como en una ocasión creí que habías muerto tú.
Mis ojos se abrieron como platos, y me atreví a tener esperanza. Reconocía la voz de mi compañero invisible.
—¿Corvus?
Surgiendo de la oscuridad, vi una sombra que se desgajaba en una silueta antes de convertirse por fin en Corax, mi hermano. Era como si el señor de los cuervos vistiera un largo manto del que se hubiera despojado de improviso para revelar su presencia. A pesar de que estaba de pie delante de mí, seguía sin proyectar ningún reflejo en el cristal, y mientras le contemplaba me costaba ubicar con exactitud su posición en la estancia. Era una sombra, siempre dentro de la penumbra incluso bajo la luz diurna más cruda. Ese era su don.
Alargué la mano para tocar su rostro y musité, en parte para mí:
—¿Eres real?
Corax llevaba puesta una servoarmadura negra de aspecto aviar. Con dos guanteletes con garras, soltó los cierres que fijaban el casco de combate a la gorguera. El casco en forma de pico se soltó sin emitir el menor sonido. Incluso el generador de energía del que brotaban las increíbles alas de la mochila de salto del señor de los cuervos funcionaba casi silenciosamente. Era solo en virtud a mi capacidad auditiva de primarca que podía detectar el más quedo y residual zumbido de fondo.
—Soy tan real como tú, Vulkan —dijo, alzando el casco para dejar al descubierto un rostro levemente aguileño enmarcado por largos cabellos negros.
Había una sosegada sabiduría en los ojos que reconocí, así como la palidez grisácea común a los habitantes de Kiavahr. Un pellejo con plumas de cuervo rodeaba su cintura y había un gran cráneo que descansaba sobre la blindada pelvis, procedente de alguna enorme ave de presa que en una ocasión había acechado y matado.
—Sí que eres tú, Corvus.
Quise abrazarlo, abrazar la esperanza en la forma de mi hermano, pero Corax no era tan táctil como lo había sido Ferrus. Como el ave del que tomaba el nombre, a Corax no le gustaba que le tocaran las plumas. Le saludé en su lugar, apretando el puño cerrado sobre el pecho desnudo.
Corax saludó a su vez antes de volver a ponerse el casco.
—¿Cómo lo has hecho? —pregunté—. Estamos a bordo de la nave de Curze.
—Puedo explicar cómo te encontré más tarde. —Me dio una palmada en el hombro, una rara concesión en su caso, y por primera vez en lo que parecían años experimenté una perdida sensación de hermandad y camaradería—. Ahora necesito que vengas conmigo. Vamos a sacarte de este lugar.
Mientras él hablaba, mis ojos fueron atraídos hacia la media luz que penetraba en la celda. A través de la puerta abierta, vi un pasillo iluminado con una luz tenue y un equipo de ataque de los Raven Guard rodeado de Night Lords muertos.
—¿Puedes pelear? —me preguntó Corax, echando una ojeada por encima del hombro mientras me conducía a la libertad.
—Sí —respondí, y sentí regresar algo de mis debilitadas fuerzas.
Llevaba mucho tiempo lejos de la tierra y, con las constantes palizas que recibía, mi capacidad combativa estaba muy lejos de su plenitud. Atrapé un bólter en pleno vuelo. Fue una sensación agradable cerrar la mano alrededor del gatillo, sentir su peso. Deslicé la corredera. Era el arma del propio Corax, no su armamento favorito sino un refuerzo. Me alegró recibirla.
Tenía preguntas, muchas, sobre la guerra y Horus. Pero no era el momento.
Cuando mi hermano alcanzó la entrada, dijo algo a su Raven Guard en kiavahriano que no comprendí, antes de desplegar su látigo de energía y dejar que las tres puntas de púas chisporrotearan al tocar el suelo. Cuatro garras de plata se extendieron desde la otra mano, las cuchillas envueltas en furia actínica.
—Nuestra nave está cerca, pero estos pasillos están plagados de la inmunda VIII Legión. Nosotros podemos evitarlos con bastante facilidad pero será necesario tomar una ruta diferente yendo contigo, hermano.
Corax estaba a punto de conducirnos fuera cuando le agarré del antebrazo.
—Casi había perdido la esperanza —dije en voz baja.
Corax asintió.
—También yo de llegar a encontrarte con vida. —Me sostuvo la mirada un segundo antes de volverse hacia el corredor—. Sígueme, hermano.
Abandonó veloz la celda y, aunque yo iba pegado a sus talones, los perdí casi al instante en la penumbra. El pasillo era ancho, pero bajo y estaba bastante bien iluminado; sin embargo, Corax y los suyos eran difíciles de localizar.
—No podemos esperar, Vulkan —susurró mi hermano.
—Apenas puedo veros.
—Ve hacia el final del pasillo. Kravex está allí.
Entorné los ojos y descubrí al legionario, justo tal y como Corax había descrito, aguardando al final del pasillo. Su aparición fue una sombra fugaz, pues cuando llegué al punto donde había estado, Kravex había vuelto a desaparecer.
Siguió así durante lo que parecieron horas, avanzando sin que nadie nos diera el alto ni advirtiera nuestra mientras recorríamos un millar de túneles, respiraderos y conductos. En ocasiones el camino nos hacía descender o reptar por algún conducto estrecho o escalar algún tiro de ventilación claustrofóbico. Corax estaba siempre cerca pero jamás lo suficiente para que diera realmente la impresión de que estaba allí. Era una sombra, en movimiento a través de la niebla más oscura, adherida a los bordes de la oscuridad y sin salir nunca del todo a la luz.
Los seguí lo mejor que pude, avistando brevemente a Kravex o a uno de los otros Raven Guards cuando mi sentido de la dirección flaqueaba y tenían que devolverme al sendero. Creo que eran cinco en total, sin incluir a Corax, pero no podía asegurarlo. Los de la XIX eran expertos en subterfugios. La emboscada y el combate subrepticio eran un arte para la Raven Guard, y me sentía deplorablemente lego en la materia.
En varias ocasiones me detuvieron de repente; mi hermano, aunque todavía oculto, me siseaba una advertencia para que me detuviera. Había legionarios buscándonos. Oíamos el sonido de sus botas, captábamos retazos de su paso, a través de los conductos de ventilación y rejillas de hierro de la enorme nave.
Más abajo aún, en sus entrañas, fuimos a parar a la sentina. Los efluvios discurrían como un río espeso y las paredes tenían una costra de mugre y de otra sustancia. Era una cloaca inmensa y ciclópea, forjada en metal oscuro, entrecruzado por vigas y cadenas que colgaban. Calor procedente de las cubiertas de las salas de máquinas flotaba hasta allí abajo a través de lentos ventiladores de turbinas, removiendo el inmundo hedor del lugar. El aire tóxico habría matado a hombres corrientes, y sospeché que el suelo irregular que pisaba era, en realidad, huesos.
—Por este canal —indicó Corax, entrando en un acueducto inclinado y sin apenas alzar la voz, mientras un equipo de búsqueda hacía vibrar la rejilla de la cubierta muy por encima de nuestras cabezas—, podemos esquivar una zona muy custodiada de la nave. Una escotilla situada al final da a una cubierta auxiliar, que es por donde entramos.
—¿Y si ya han descubierto vuestra nave? —pregunté, siguiendo a mi hermano y a sus guerreros cuando empezaron a vadear por la oscura cloaca. El túnel estaba oscuro, iluminado tan solo por el resplandor sibilante de lámparas de fósforo.
—Es improbable —respondió Corax—. El sensorium de esta nave es incapaz de detectar su camuflaje. Vamos.
Sus guerreros desfilaban ya por delante de nosotros y no tardé en perderlos de vista en la penumbra.
Continuamos el pesado avance a través de la porquería en silencio, con las agitadas aguas contribuyendo a que los gases resultaran aún más malolientes. Igual que sucedía arriba, la parte inferior era un laberinto y yo tenía la clara sensación de que descendíamos en dirección a su núcleo. Una parte de mí ansiaba encontrar a Curze aguardando allí, de modo que pudiera infligirle todos aquellos castigos en los que había soñado desde el momento en que me habían encarcelado para diversión de mi demente hermano.
Sería tan fácil… Su cráneo en mis manos, el hueso quebrándose mientras lo aplastaba poco a poco.
El largo tramo de tubería recta de sentina empezaba a dar paso finalmente a una curva cerrada cuando distinguí el brillante fogonazo de un disparo en mi línea de visión y oí mascullar que nos habían descubierto. Corax estaba ya en movimiento, varios metros por delante de mí, con el látigo de energía chisporroteando en el puño enguantado.
—¡Nos han localizado!
Oí caer a uno de los Raven Guards, pero no lo vi. Nuestra vanguardia estaba al otro lado del recodo; también estaba allí Corax, y yo solo podía oír la batalla. Sonó un fuerte chapoteo y supuse que el guerrero había caído al agua.
Llegué a la curva pero no encontré más que oscuridad ante mí. Incluso con las lámparas de fósforo, siseando y titilando en el fétido aire, no conseguí ver ni amigo ni enemigo.
Otro fogonazo me proporcionó un objetivo; en mi retina se alojó una imagen efímera de monocromático gris de dos legionarios luchando con espadas. Erré hacia ellos, hallando lodo bajo los pies y un avance lento. La siguiente sección de tubería tenía la misma longitud que la primera y mis aliados peleaban algo más abajo, lejos de mi ayuda.
Paré, tratando de determinar a cuántos enemigos nos enfrentábamos dónde intentando ubicarme. Sin los fogonazos me era mucho más difícil distinguir nada. Coloqué el bólter que me habían dado bajo la barbilla, apoyando la culata en la mejilla a la vez que lo hacía girar despacio enfocando la cloaca. El fuego de armas rebotaba en el techo abovedado con un fuerte eco, lo que dificultaba poder fijar su posición. Advertí que la tubería en esa parte de la cloaca distaba mucho de ser recta. La sostenían columnas, cuyos cimientos estaban bajo la repugnante cota del agua. Había huecos y conductos secundarios, repisas de mantenimiento y antecámaras. Sin un punto de referencia podía perderme con rapidez y perder a mis rescatadores.
En algún lugar a lo lejos, Corax combatía. Oí el chasquido de su látigo de energía y pude oler el hedor a ozono de sus garras de rayos incluso por encima del rancio fluido que me llegaba hasta la cintura. Me abrí paso a través de la viscosa película que había empezado a rodearme, vadeando con rapidez por la ciénaga mientras pugnaba por llegar hasta mi hermano. En forma de silueta estremecida, vi morir a otro Raven, con las alas dobladas hacia afuera mientras un proyectil lo atravesaba.
—¡Corax! —llamé, sin dejar de apuntar a todas partes con mi bólter, preocupado por que algún disparo pudiera alcanzar a mi hermano o a alguno de sus hijos.
Oí el entrechocar de acero, un estampido de fuego de bólter, pero no recibí respuesta.
—¡Corax!
Todavía nada. El túnel se abría desmesuradamente ante mí, como unas fauces enormes y enfermizas, y la oscuridad me envolvía como una tormenta. Distinguí destellos, fogonazos y la llamarada fugaz de armas de energía. Tan solo siluetas me saludaban, la postimagen de un golpe ya dado, de una muerte que ya había sucedido.
En la porquería que se agitaba alrededor de mi cintura, capté una breve visión de un cadáver con armadura. En la oscuridad, con el rostro hacia abajo, era difícil distinguir a quién pertenecía. Avancé con denuedo hacia él por entre el lodo pero fui demasiado lento. Con el aire escapando por brechas en la armadura, el cuerpo se hundió sin dejar rastro. Sumergí la mano en la mugre, alargando el brazo para intentar atraparlo. Era necesario que lo viera, que tocara algo innegablemente real. Algo arañó las puntas de los dedos. Ahondando más, con las hediondas aguas lamiéndome el rostro, aferré el objeto. Al sacarlo a la luz, vi un cráneo. La porquería de la cloaca se desprendió del hueso blanqueado como una muda de piel. Sonreía burlón, como hacen todos los cráneos, pero hallé alguna familiaridad en su rostro macabro.
La cabeza hendida de Ferrus Manus me contempló.
Reculando con repugnancia, dejé caer el cráneo y estaba a punto de volver a alargar el brazo para recuperarlo cuando oí que Corax gritaba:
—¡Vulkan!
Un pequeño objeto esférico, con el husillo de activación centelleando, trazó un arco por encima de mi cabeza. La parábola que describió lo hizo caer al agua, casi sobre mí.
Me di la vuelta, inspiré con energía y cerré los ojos al mismo tiempo que el violento estallido me empujaba al interior del cenagal. Sintiendo un fuerte escozor debido a toda la metralla incrustada en la espalda, toqué el suelo del túnel, y cabeza y hombros se sumergieron por completo. La punta afilada de una costilla, un fémur que sobresalía, la línea acaballonada de una columna vertebral; arañé el cementerio de huesos submarino en un intento desesperado de encontrar un punto de apoyo y salir del agua.
A continuación empecé a emerger, arrastrado por el repentino oleaje provocado por la explosión, antes de conseguir salir a la superficie. Arrojado al aire, perseguido por un chorro de porquería, con hilillos de mugre adheridos al cuerpo, choqué contra la pared y resbalé por ella. Había perdido el bólter, que se me había escapado de la mano durante la caída. Dando arcadas, expulsando agua sucia de los pulmones, oí el chapoteo de pisadas que se acercaban a través del lodo.
Aturdido, con la visión borrosa, alcé la mirada y vi que me tendían una mano.
—Se acabó —dijo Corax.
—Ni siquiera los he visto —jadeé.
—Confía en mí, hermano, están muertos, pero vendrán más después de esa explosión. Tenemos que movernos.
Con la ayuda de Corax, me puse en pie y juntos llegamos al final del túnel de alcantarillado, donde una escalera de mantenimiento conducía hacia arriba y fuera de él.
—¿Dónde están los demás? —pregunté, al no ver a Kravex ni a ninguno de los otros Raven Guards.
—Muertos —respondió Corax en tono sombrío, y mantuvo la vista al frente—. Aquí —dijo, señalando la escalera—. Yo iré primero. Sígueme de cerca.
Asentí e intenté no pensar en lo que mi hermano estaría sintiendo en ese momento.
Íbamos por la mitad de la escalerilla cuando Corax dijo:
—Conocían la naturaleza de la misión, y aceptaron los riesgos.
No respondí, limitándome a seguirlo en silencio.
Aunque plagado de vapores que emanaban de las cubiertas de las salas de máquinas, el aire fuera de la cloaca era casi purificador en comparación.
Otra estancia enorme se extendió ante nosotros. Estaba atestada de maquinaria y cajones de embalaje. Unas grúas se alzaban en lo alto, y la pasarela pórtico de una de ellas dominaba el espacio en un lado. El lugar parecía estar vacío.
—Es la cubierta auxiliar —explicó Corax, iniciando una carrerilla—, usada principalmente para almacenaje y reparaciones. Relativamente pequeña. De acceso difícil desde fuera.
—¿Tu nave está cerca? —pregunté, manteniendo su paso.
—Por aquí…
Corax llegó a la intersección primero. Al ver que frenaba en seco, supe que algo iba mal. Cuando le alcancé, comprendí qué era.
Aire a presión salía a chorros de un desgarrón en el fuselaje de la Tunderhawk. Había un agujero irregular, perforado hacia dentro, con marcas de quemaduras irradiando de la brecha. Seguía agarrado a las abrazaderas de sujeción, aunque uno de los puntales estaba retorcido. El blindaje del cono del morro estaba hecho pedazos, los cañones montados en la proa destrozados.
—Parece que vuestra huida tendrá que abortarse —declaró una voz queda desde las sombras.
Las tiras de lumen de lo alto se apagaron con el agudo chasquido de un interruptor.
Reinó la oscuridad durante unos instantes, hasta que dos óvalos de luz carmesí procedentes de las lentes retinales de un guerrero taladraron la penumbra. Se les unieron veinte más, que fueron saliendo de huecos y de detrás de la saboteada cañonera donde habían permanecido ocultos, para reunirse delante de nosotros y cortar el paso al resto de la cubierta. Corax y yo nos mantuvimos firmes.
—Son tan pocos… —comentó.
Otros diez legionarios fueron a colocarse en posición, con un traqueteo, detrás de nosotros.
—Son muy pocos —convine.
Un guerrero con armadura de exterminador, uno de los Atramentar, dio un paso al frente.
—Soltad las armas.
Reconocí la voz, pertenecía al que nos había hablado antes.
—Yo no acepto órdenes de escoria de las alcantarillas de Nostramo vestida de soldados —replicó Corax.
Detrás de nosotros, otros diez guerreros más nos cortaron la huida.
Les eché una ojeada, con una sonrisita de suficiencia.
—¿Solo cuarenta? Curze ha sobreestimado vuestra capacidad para detenernos.
El Atramentar rio; sonó apagado y granujoso a través de la rejilla del comunicador. Sobresalían púas de sus espalderas, y rayos pintados animaban el soso metal de su armadura azul medianoche. En un puño cubierto por un guantelete aferraba una almádena de aspecto pesado.
—El Acechante Nocturno nos dijo que os cogiéramos vivos —declaró—. No dijo que os tuviéramos que dejar intactos.
Todos los miembros de las cuatro escuadras de Night Lords desenvainaron espadas y garrotes.
—Ese es su error —masculló Corax, alzándose por los aires en un salto impulsado por sus turbinas.
Un chillido agudo surgió de sus labios, un grito de guerra aviar que aturdió al Atramentar durante un precioso medio segundo. Con las alas de acero extendidas, como la sombra de un ángel de la muerte descendiendo, Corax empaló al guerrero en su garra de rayos, y vio cómo el cuerpo del Atramentar resbalaba a la cubierta, donde el Night Lord murió, borbotando sangre.
El señor de los cuervos hizo restallar su látigo al aterrizar, atrapando por la cintura a un legionario que cargaba contra él, al que derribó y estrelló contra la pared.
Yo me di la vuelta, derribando una torre de cajones de embalaje que se estrellaron en el camino de los guerreros que teníamos detrás. Los retendría unos cuantos segundos, pero era todo lo que necesitaba.
Embestí a los Night Lords que nos acometían desde delante, topé con dos en plena carga y los levanté de la cubierta solo con mi mole y el impulso de la carrera. Arrojé a uno como si fuera un disco, con el brazo alrededor de su cintura, y lo vi efectuar un molinete y chocar contra otros tres. Al segundo de ellos le pasé el brazo alrededor de la cabeza y lo hundí contra el suelo. La cubierta se combó y se rajó bajo el impacto, con varias de sus barras de acero empalando a mi adversario a través de la espalda, asomando por el pecho.
Aterrados, algunos de los Night Lords que quedaban sacaron sus bólters. Sentí un proyectil me rozaba el costado, dejando una quemadura, pero eso apenas aminoró mi paso. Asesté un revés al tirador, partiéndole el cuello en un ángulo extraño antes de elevar a otro por encima de la cabeza y descargarlo sobre mi rodilla, partiéndole la espalda.
Agarré el generador de un quinto guerrero, arrastré a este hacia mí y le hundí el estómago con el puño. Con el filo de la mano, hice añicos la clavícula de un sexto. Alguien consiguió asestarme una estocada y sentí cómo me perforaba el diafragma con un repentino movimiento de sierra. Partí la hoja por la empuñadura, y levanté a mi atacante por el mentón, aferrando su mandíbula antes de balancear el cuerpo que se revolvía por encima de mi cabeza y estrellarlo contra un pesado cajón. La cabeza del legionario lo atravesó directamente, y lo dejé allí, colgando del cuello, muerto.
Para mí matar no era equiparable a un jolgorio, pero me deleité con aquello. Cada tortura que había soportado, cada daño causado a mis hombres, lo infligí a mi vez sobre los Night Lords. Cuando la barricada se rompió detrás de nosotros, di la bienvenida a mis enemigos. Un gran número de cadáveres yacía a mi alrededor. Había espadas y bólters a mi alcance, pero no los necesitaba. Abría y cerraba las manos, en un deseo de hacer pedazos a esos guerreros del modo más íntimo posible.
—¡Venid a mi yunque! —los reté, con una mueca salvaje.
El hecho de que ya no teníamos nave, nuestro único medio de escapar perdido con ella, ni siquiera me pasó por la mente. Ansiaba esa violencia. No deseaba otra cosa que destrozar a los guerreros, que padecerían por las acciones de su padre.
Mis puños eran como martillos, mi furia llameaba como el fuego de la forja.
Uno a uno, los Night Lords murieron y me regocijé en su destrucción.
Cuando finalizó, respiraba fatigosamente por entre unos dientes bien apretados. Tenía el tembloroso labio salpicado de saliva, y todo el cuerpo tiritaba con la violencia que poco a poco escapaba de cada poro. Mentalmente contemplaba un abismo. Era de un rojo vivo, el color de la sangre y la muerte. Yo estaba de pie en el borde, con la mirada fija en el negro abismal de su nadir. La locura me aguardaba allí. La oí llamando y alargué la mano para tocarla…
Corax me devolvió a la realidad.
La mano sobre mi hombro. El tono de la voz era apremiante.
—¿Estás bien, hermano?
Tardé unos cuantos segundos en comprender que se refería a la espada que seguía teniendo clavada.
Arranqué la hoja de un tirón. Un chorro de sangre salió con ella para pintar la cubierta, aunque pronto quedó difuminada en un lienzo ya empapado de sangre.
—Créeme, no es nada —respondí, recuperando la compostura de forma gradual.
Corax asintió, sin delatar sus sentimientos sobre lo que le había mostrado, expresado en los despojos humanos de la cubierta que me rodeaban.
—¿Ahora qué? —pregunté, con la destrozada Tunderhawk ante nosotros.
—Ahondaremos más, penetraremos en el corazón de la nave. Habrá otras naves que podamos requisar.
Era una pobre esperanza en el mejor de los casos. Sabía que Corax era consciente de ello, pero prefería no expresarlo en voz alta.
—Si eso falla, podríamos abrirnos paso hasta el puente —respondí—. Y descargar nuestra cólera en quienquiera que hallemos entronizado en él. —De acuerdo.
Corax alzó violentamente la cabeza, escuchando.
—Vienen más.
—Que vengan.
Sus frías lentes retinales me contemplaron.
—¿Esto acaba aquí, o en el puente con el corazón palpitante de Curze apretado en tu puño?
Asentí, aunque pensaba que nuestras posibilidades de alcanzar el puente y a Curze eran remotas, como mínimo.
—El puente. Ve tú delante, hermano.
Dejando a los masacrados Night Lords tras nosotros, Corax encabezó la marcha a través de varias salas hasta que entramos en un laberinto de túneles menores al que se llegaba mediante una escotilla de servicio. Los túneles eran de tamaño reducido, y mi hermano se vio obligado a abandonar su amada mochila de salto. A pesar de sus esfuerzos por ocultar el rastro, siempre teníamos a nuestros perseguidores a poca distancia. Maldiciones rezongadas en nostramano nos seguían por conductos de ventilación y tuberías, el estrépito del rozar de armaduras resonaba por doquier. Imaginaba a los hombres de Curze a cuatro gatas, reptando tras nosotros.
Sin embargo, por muy abajo que fuéramos, por muchas esquinas que dobláramos, los Night Lords se nos pegaban como si fueran nuestras sombras. Ellos conocían la nave, cada palmo de ella. Volví a percibir la trampa, sus dientes oxidados cerrándose alrededor de mi cuello. Escapar o ser capturado, no existía otro modo de que aquello acabara para mí. Temía por Corax, sin embargo. Curze no sería amable con él por esta afrenta.
Tras una hora de corretear por túneles de mantenimiento como ratas, Corax encontró otra escotilla de acceso. Tras abrirla de una patada, la rejilla aterrizó con un estrépito metálico más abajo y mi hermano desapareció de la vista un momento antes de llamarme para que lo siguiera. Fui tras él y salté del laberinto sin luz al interior de una estancia desnuda. Estaba pobremente iluminada, construida en hierro oscuro como la mayoría de ese lugar desolado, y distinguí marcas de cuchillo en el suelo. También había manchas de sangre, pero estaba vacía. Resultaba curiosamente familiar, si bien nunca antes había estado ahí.
Una única arcada conducía más allá, aunque estaba fuera de la débil corona de luz que proyectaban las esferas de lumen instaladas en las paredes, y por lo tanto muy en sombras.
—Mira, el camino no está bloqueado —susurró mi compañero, indicando la arcada y la oscuridad que había al otro lado—. Me aseguraré de que no nos han seguido. Toma.
Me arrojó su gladio, la última de sus armas secundarias. La atrapé y asentí, yendo a toda prisa hasta la arcada, pero no pude ver ni oír nada que indicara peligro.
—Hay peldaños que descienden —anuncié—. Y percibo una brisa.
Era artificial, por supuesto, y el aire era mohoso, pero podría significar que estábamos cerca de una cubierta con reciclado atmosférico, lo que casi con toda seguridad significaba una presencia humana.
Corax aguardó bajo la escotilla abierta unos segundos más antes de reunirse conmigo.
—¿Qué dicen los sensores de tu casco? —pregunté, sabiendo que mi hermano estaba ya estudiando las imágenes del espectro visual de sus lentes.
—Sombras… —siseó, y el tono de la voz me dejó ligeramente desconcertado.
Si no conociera tan bien a mi hermano, juraría que parecía preocupado al respecto.
—El único camino es hacia abajo —refunfuñé, apuntando con el gladio a la oscuridad como si fuera un adversario con el que pudiera combatir.
Corax me dio la razón, desenfundando sus garras, y juntos descendimos los peldaños.
Al pie de la escalera, la oscuridad era igual de densa y abyecta. Era como intentar ver a través de brea. Yo sabía que no era una ausencia de luz corriente. Nuestros ojos la habrían traspasado con facilidad y nos habrían proporcionado una información clara sobre nuestro entorno. Aquello era diferente. Viscosas y coaguladas, ahí las sombras se adherían a nosotros igual que alquitrán. Mientras contemplaba con fijeza las oleaginosas profundidades, vi el vago esbozo de lo que parecía ser un coliseo. Estábamos espalda contra espalda en su ruedo. Bajo los pies teníamos arena y tierra.
—¡Es una trampa! —grité, pero era demasiado tarde.
Corax había subido la mitad de los peldaños cuando una puerta corredera antiexplosivos nos encerró allí dentro. Un peldaño por detrás de él, me volteé de cara a la arena al mismo tiempo que la antinatural oscuridad iba desvaneciéndose a través de conductos de ventilación en el suelo, y una sensación de frío que no había advertido que me estaba afectando abandonaba mi cuerpo. Antorchas llameantes delinearon un campo de batalla de ocho lados en el que los restos óseos de gladiadores y sus harapientos atavíos todavía permanecían igual que espíritus agitados. Recordé dónde había visto la antecámara antes. Fue en Temis, una ciudad de reyes guerreros nocturneanos que organizaban combates de gladiadores para demostrar su bravura y elegir al siguiente líder tribal. Antes de cada pelea, los combatientes aguardaban en barracones para afilar sus espadas o sus mentes para la siguiente competición. Corax y yo no habíamos hecho ninguna de esas cosas. De improviso me pregunté qué tenía en mente nuestro carcelero para nosotros.
—Es un poco arcaico, lo admito —dijo Curze, atrayendo nuestra atención. Estaba de pie por encima de nosotros, mirando abajo desde el púlpito de un anfiteatro—. Pero creo que Angron lo habría apreciado. Es una lástima que no esté aquí para verlo. Vuestros caminos casi se cruzaron en Isstvan, ¿no es cierto, hermano?
Arqueé el cuello, trabando la mirada con la de Curze en los niveles más altos del anfiteatro. No estaba solo. Treinta de sus exterminadores Atramentar rodeaban la arena, y la amenaza de sus cañones segadores era evidente.
—Es una lástima que los nuestros no lo hicieran —respondí.
—Tuviste tu oportunidad en Kharaatan y no la aprovechaste.
—Desearás que lo hubiera hecho cuando esto termine.
Curze mostró una sonrisa fría. Los dos Atramentar que tenía a ambos lados ofrecieron armas, una espada y un tridente.
—En Nostramo, no teníamos arenas magníficas como esta. Nuestras alcantarillas y colmenas eran nuestros ruedos, pero la oferta de deportes sangrientos era amplia.
Nos arrojó la espada, que quedó clavada en el suelo hasta un tercio de la longitud de la hoja.
—La cultura de las bandas gobernaba nuestras calles y todo el mundo quería formar parte de la banda más poderosa.
El tridente siguió a la espada, golpeando la tierra con fuerza suficiente para hacer vibrar todo el mango.
—Incluso asesinos y violadores tienen un ritual —prosiguió Curze—. Incluso para escoria como ellos es importante. Las oportunidades siempre eran limitadas, a menudo solo suficientes para uno. Primer punto —dijo, mirando a Corax—, la pelea debe ser justa. Quítate la armadura, hermano. Vulkan se encuentra en desigualdad de condiciones al no tenerla.
—No creía que te gustara todo eso de las audiencias cortesanas, Konrad —repliqué, avanzando a la vez que le desafiaba—. ¿No es por eso que asesinaste a los gobernantes supremos y a los nobles de tu mundo?
—Ellos no mandaban sobre mí, ni tampoco eran nobles —profirió el otro en tono amenazador—. Ahora, Corax se quitará la armadura o condenará a vuestros propios hijos a la muerte.
De las filas traseras de los Atramentar, sacaron a dos guerreros que hicieron pasar al frente en lados opuestos del anfiteatro. En un lado estaba Kravex, el hijo errante de mi hermano que él había creído muerto; en el otro estaba Nemetor.
Ambos guerreros forcejeaban inútilmente con sus captores, no para escapar sino más bien para dejar claro su desafío.
—Nemetor…
Cómo un hijo herido había llegado a significar tanto… Curze no me había contado qué había sido del resto de mi legión, y yo no tuve el valor de preguntárselo. Creía que todavía vivían, aunque no sabía decir en qué número. De haber perecido todos ellos en Isstvan, Curze no habría dejado pasar la oportunidad de retorcer ese cuchillo concreto. Y, no obstante todos los engaños de sus pruebas, Curze aún no me había mentido en nada de lo que había dicho. Los Salamanders seguían vivos. Yo seguía vivo. Tenía que salvar a Nemetor.
Estaba claro que Corax había llegado a la misma conclusión y se quitó la armadura con calma hasta quedar junto a mí en el ruedo con tan solo la redecilla inferior de sus calzas, espinilleras y botas. La espléndida armadura quedó tirada en la arena igual que broza sin valor.
Curze nos había hecho caer muy bajo, y me corroía un sentimiento de culpa por haber arrastrado a mi hermano a esta burda pantomima.
—Lo siento, Corvus. Siento todo esto.
—Ni lo pienses, Vulkan. Tomé mi decisión libremente, como sé que tú también habrías hecho.
—Pero hay algo que no comprendes, hermano…
Dos cascos de gladiador arrojados entre nosotros interrumpieron la confesión. Uno era negro, moldeado con el aspecto de un ave de presa; el otro era verde oscuro y draconiano. Era evidente lo que Curze quería que hiciéramos.
—¿Hemos de bailar a continuación? —pregunté, inclinándome para recoger el casco pensado para mí.
—Por así decirlo —respondió Curze—. Ponéoslos.
El interior del casco era áspero. Parecía pesado.
—Uno vive y uno muere —dijo Curze, con la voz canalizada hasta mí a través de una atiplada conexión de radio en el interior del casco—. La cultura de las bandas es brutal, hermanos. Pero no podría esperar que comprendieseis eso todavía. Pero lo haréis.
Alcé los ojos hacia Nemetor, que parecía totalmente ajeno a lo que lo rodeaba, luego volví a mirar a Corax, y vi que hacía lo mismo con Kravex.
Sentía la presencia del abismo otra vez, mis pies descalzos tambaleándose en el borde, mientras mi mirada descendía para contemplar el infierno y la oscuridad. El dolor abrasó mi cráneo por todas partes a la vez, y me di cuenta de que el casco era áspero porque estaba tachonado de una multitud de clavos diminutos. Curze acababa de incrustar las puntas en mi cabeza. El abismo palpitó en mi mente, instándome a actuar, a dar un paso al vacío y sumirme en su fuego.
Luché por mantener la calma, por refrenar la locura que amenazaba con convertirme en un loco de atar.
Corax no se había movido aún, aunque solo habían transcurrido unos cortos segundos.
—El superviviente queda libre, igual que sus hombres. —Curze nos transmitió su último edicto en voz alta—. Dejad que os diga, que tengo a varios dragones y cuervos más en mi grajera. Ahora, pelead.
Curze aún no me había mentido nunca. Si el juego tenía que tener sentido, diría la verdad también aquí. Pero no podía matar a Corax. Sacrificaría a Nemetor por eso, aunque me dolería mucho hacerlo. No estaba dispuesto a someterme a la barbaría y ser como él. La demencia arañó los bordes de mi conciencia pero rehusé someterme a ella. Curze no ganaría. No se lo permitiría.
Corax me vencería, Nemetor moriría, pero al menos Corvus viviría. Yo haría ese sacrificio, podía hacer eso por mi hermano.
Fui a coger la espada.
—Y, Vulkan… —susurró Curze a través del comunicador, para dar unas últimas instrucciones que eran solo para mí—. He mentido. Derrota a Corax, déjalo inconsciente o lo mataré a él y a sus hijos, dejando que tú contemples cómo lo hago.
Intenté gritar, pero una cuña de acero se introdujo en mi boca abierta desde un dispositivo forjado dentro del casco, dejándome mudo.
Corax aún tenía que moverse. Me pregunté si Curze le había dicho lo mismo que a mí, solo que con un escenario contrapuesto al que me había presentado a mí.
—¿Seguís reacios a combatir? —preguntó Curze—. No os culpo. Es muy duro tener que matar a tu hermano para sobrevivir. Pero confiad en mí cuando os digo que los perros hambrientos carecen de lealtades cuando el premio es la supervivencia. Recuerdo a una familia en Nostramo. Sus vínculos eran estrechos y peleaban con uñas y dientes los unos por los otros, acabando con bandas enteras que osaban alzar una mano contra ellos.
»Un invierno, especialmente crudo y glacial, entraron en guerra con una banda rival. Territorio y prestigio eran el premio. Se convirtió en una cuestión de honor, ¿esos lo podéis creer? Un ideal tan elevado y costoso. Los llevó lejos de lo que llamaban su hogar. Era la guerra, solo que más mugrienta de lo que hayáis experimentado jamás.
»Hacia el final, la comida empezó a escasear, cuando las ratas hubieron desaparecido y la basura de las calles ya no ofrecía ningún sustento. La desesperación engendra hombres desesperados. La banda leal, aquella cuyos vínculos de sangre eran tan fuertes… se enfrentó entre sí. Se mataron unos a otros. Un bando quería seguir combatiendo, el otro solo quería que la guerra finalizara. Como veis, hermanos, en ocasiones el enemigo es justo la persona que te impide ir a casa. —Curze dio un paso al frente y posó las manos sobre la barandilla que tenía delante—. No más demoras. Solamente uno de vosotros va a salir con vida. Solamente uno consigue ir a casa.
Corax levantó el tridente.
—Lo siento, Vulkan.
No pude responderle.
Curze volvió a retirarse al interior de las sombras.
—Recuerda lo que he dicho, hermano —me susurró.
Apenas había pasado la mano alrededor de la empuñadura de la espada cuando Corax arremetió. Sus pies abandonaron el suelo, el salto haciéndole recorrer casi la mitad de la pequeña arena. Extraje la espada, rodé y sentí cómo el tridente perforaba la tierra allí donde yo había estado. Un segundo golpe pasó como una exhalación junto a mi mejilla, rasgándola y salpicando la arena de sangre. Efectué una parada, apartando violentamente un tercer ataque del tridente a la vez que asestaba un fuerte puñetazo a Corax en el diafragma, que hizo que se tambaleara. Dispuse de un segundo de respiro pero volvió a lanzarse sobre mí, efectuando una serie de pequeños pero lacerantes pinchazos contra mi improvisada defensa.
Nunca antes había peleado con Corax, pero lo había visto en combate muy a menudo. Su estilo de lucha era parecido al del ave de la que tomaba su antenombre. Ataques diestros y exploratorios como el chasquear de un pico me acometieron. Era veloz, con una postura de combate en constante cambio, intentaba cogerme desprevenido y a menudo pasaba a pautas de ataque periféricas.
Yo daba vueltas y detenía ataques, recibiendo pequeños cortes en brazos, torso y piernas. Él era implacable, y no había pasado los últimos meses o años de su vida atrapado en una celda. Además, estaba dispuesto a matarme. Había furia en sus ataques, algo que yo no había adoptado aún para el duelo. Desde que había cogido el tridente, se había producido un cambio en mi hermano; uno para el que yo no estaba preparado.
El abismo regresó a mi mente, llamándome a medida que los ardientes clavos penetraban más en mi cráneo y estimulaban mi ira y necesidad de violencia.
¿Era yo el monstruo que Curze había descrito hacía tantos años en Kharaatan? Cuándo quemé a aquella niña eldar hasta convertirla en cenizas por su parte en la muerte de Seriph, ¿fue un castigo o simplemente había usado eso para justificar un acto de sádica autosatisfacción?
Me bamboleé, sintiendo cómo mi cordura se deshacía por sus ya deshilachadas costuras.
Corax me asestó un golpe contundente, y el tridente se alojó en mi pectoral izquierdo y se hundió en el músculo y más allá. Habría chillado de no ser por la cuña de la boca que me amordazaba.
Furia.
Efectué un salvaje corte al torso de Corax al mismo tiempo que este descubría que no podía cubrirse como era debido al tener el tridente hundido aún en mi cuerpo.
Furia.
Partí el asta del tridente en dos, dejando la horquilla incrustada aún en mi carne.
Furia.
Arrojé la espada al suelo y me abalancé sobre Corax.
Soy fuerte, puede que el más fuerte físicamente de todos los hijos de mi padre. Corax había afirmado lo mismo en una ocasión. Ahora lo sintió de primera mano. Con un único golpe de mi puño apretado destrocé la rejilla del casco, dejando al descubierto su boca angustiada debajo, escupiendo sangre. Asesté un segundo puñetazo cerca de su oreja izquierda, que le hizo inclinar la cabeza y abolló el casco hacia dentro. Corax chilló como un pájaro. Quería romperle las alas, quebrar aquel cráneo enclenque. A pesar de sus intentos de esquivarme —una rodilla contra mi pecho, un potente golpe a los riñones, un ataque a la garganta—, lo arrollé. Solo con mi mole, lo derribé al suelo. Gruñó cuando su espalda golpeó con fuerza la tierra, y le arranqué el aire de los pulmones con un puñetazo. Igual que unas tenazas, mis manos le rodearon la garganta. A horcajadas sobre él, inmovilizándole los brazos con mis rodillas, mi adversario no podía moverse. Todo lo que podía hacer era morir.
Durante el salvaje ataque, el casco se había desprendido y vi cómo sus ojos oscuros me miraban fijamente, con aquella tranquila sabiduría transformada en terror.
Apreté con más fuerza, sintiendo cómo la endurecida laringe cedía a mi furia a medida que la aplastaba poco a poco. Sus ojos se desorbitaron en las cuencas y por entre dientes bordeados de sangre consiguió decir:
—Hazlo…
A mi lado, noté la presencia de Ferrus, su figura esquelética suspendida en mi visión periférica.
—Hazlo… —carraspeó.
En lo alto, en el anfiteatro, bien sujeto pero aun así forcejeando, oí que Nemetor susurraba:
—Hazlo…
Sería tan fácil. No tenía más que apretar un poquitín más y…
Me detuve. Con las puntas de los dedos aferradas aún al borde del abismo, me alcé y rodé lejos de sus ardientes profundidades. En ese momento, supe que no se me concedería la libertad. Yo simplemente quería matar a Corax para saciar mi rabia.
—¡Mátalo, Vulkan! —rezongó Curze, precipitándose a la barandilla—. Está acabado. Reclama tu libertad.
—Regresa a tu legión —instó Ferrus—. Es el único camino…
Aflojé las manos que rodeaban la garganta de Corax y le dejé ir. Agotado, física y mentalmente, me alejé rodando del cuerpo de mi hermano y permanecí tumbado sobre la espalda.
—No. No lo haré —jadeé, respirando con dificultad—. No de este modo.
—Entonces, te has condenado a ti mismo —susurró Ferrus.
Ignorando qué había sucedido, Corax se puso en pie, recogió la espada que yo había dejado caer y me atravesó el corazón con ella.
Volví en mí chillando. Había regresado a mi celda, pero seguía tumbado sobre la espalda. La puerta estaba intacta y no había ninguna señal de mi reciente huida. Estaba amarrado a una tabla de metal, brazos, piernas y cuello. No podía moverme y tenía una cuña de metal en la boca, que me amordazaba. A mi alrededor había un conciliábulo de psíquicos, con un aspecto salvaje y extraños sigilos pintarrajeados en sus cuerpos y ropajes.
—Davinitas —explicó Curze a la vez que se colocaba en mi línea de visión, antes de matar a cada uno de los brujos en un repentino y violento movimiento apenas perceptible—. Han cumplido su función y han fracasado —dijo una vez finalizada la carnicería.
Había sido todo mentira; visiones implantadas en mi mente.
Curze retiró la cuña de mi boca.
—¿Esperabas que lo matara? —le solté, furioso.
Mi hermano parecía sumamente desdichado.
—No eres noble. No eres mejor que yo —masculló, antes de volverme a matar.