Vulkan vive
Capítulo Veinticuatro. Sacrificios
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Capítulo Veinticuatro. Sacrificios
Capítulo Veinticuatro
Sacrificios
Habéis sufrido. Lo sé. Habéis llegado al abismo, y habéis estado a punto de entregaros a él. Eso va a cambiar. Soy padre, general, señor y mentor. Yo os enseñaré cuanto pueda, y os transmitiré los conocimientos que he obtenido. Honor, abnegación, confianza en uno mismo, fraternidad. Es nuestro credo prometeano y todos debéis adheriros a él si queremos prosperar. Que esta sea la primera lección…».
—Primarca VULKAN en su alocución de toma de posesión en Terra a los supervivientes de la XVIII Legión
Numeon no sabía quién había sobrevivido a la batalla. Yacía boca abajo, con los sensores de la armadura vociferando en una erupción de iconos rojos de advertencia. Sin la menor duda, la caída le había salvado la vida. Esperaba que hubiera llevado a otros con él. Entre gemidos, rodó sobre la espalda y luchó por controlar el trauma físico. El pulso regresaba a la normalidad. La respiración también. Aguardó, en silencio y en la oscuridad, a que su cuerpo se reparara y los sistemas de la armadura se reiniciaran y se estabilizaran.
Alguien se agitó en la negrura junto a él.
El blindaje de Shen’ra estaba rajado, destrozado por espadas y agujeros de proyectiles. El ojo cibernético titiló y se apagó.
—Perdí el semioruga… —dijo con voz ronca.
Numeon consiguió asentir.
—Abrasó bien a esos traidores, no obstante, ¿no es cierto? —dijo el viejo techmarine, sonriendo mientras se desmayaba. Los signos vitales resistían; Shen’ra seguía vivo.
Había otros también, algunos menos afortunados que Shen’ra. Después de que Leodrakk y Hriak hubieran escapado con el humano, Numeon había regresado al manufactorum. Avus estaba muerto, había dado la vida para que sus camaradas pudieran huir. Había salvado a Numeon al mismo tiempo, y luego había eliminado a los otros Word Bearers como parte del acuerdo expiatorio. Una bomba de fusión a poca distancia.
El tercer legionario, otro francotirador y probablemente uno de los responsables del asesinato de Helon, Uzak y Shaka, se había replegado antes del ataque vehemente del Raptor. Avus era otra muesca en su rifle ahora, y la retirada del Word Bearer de la lucha había dejado a Numeon impotente para cobrar venganza o efectuar su propio sacrificio.
Para cuando llegó junto al resto, la lucha había pasado a las calles. Domadus había caído, a Pergellen no se le veía por ninguna parte. K’gosi y Shen’ra seguían allí, rodeados por los muertos y los moribundos. En un acto de desesperación, el techmarine hizo estallar una carga sísmica, con la esperanza de llevarse con ellos a los enemigos que los rodeaban. Tuvo éxito, en parte, pero provocó el derrumbe de los ya débiles cimientos del manufactorum.
Numeon recordaba cómo el suelo se había abierto bajo él, la sensación de ingravidez, parecida a los últimos instantes de la inserción de una cápsula de desembarco. Una lluvia de cascotes caía sobre él, y un pedazo grande le desgarró la espaldera derecha y le provocó fracturas radiales por todo el brazo. Aferró el sigilo —el sigilo de Vulkan— cuando aterrizaron sobre agua. Un colector, con una fuerte corriente, los arrastró lejos de la batalla y les privó de la muerte honorable que todos se habían ganado.
El aire maloliente con el hedor de los desechos. Medio sumergido, Numeon clavó la mirada en el techo mientras alimañas reptantes de las cloacas acudían a inspeccionar las últimas ofrendas recibidas de la superficie, pero las encontraron quebradizas y duras.
—K’gosi… —musitó.
—Estoy aquí.
—¿Puedes moverte?
—Aún no.
—Entonces, espera un rato, hasta que puedas —contestó Numeon.
—No voy a ir a ninguna parte, capitán.
—Estupendo —repuso este, medio aturdido y perdiendo la consciencia de modo intermitente—. Eso es bueno.
Todavía sujetaba el sigilo y alzó el icono del martillo hacia un haz de luz que penetraba por una grieta de la pared para inspeccionarlo. Estaba embadurnado de mugre. Utilizó el pulgar para limpiarlo y recordó cuándo lo vio por última vez en Isstvan.
Isstvan V
El Contemptor avanzaba pesadamente a través de una cortina de humo, con sangre salpicando su pintura azul y blanca. Numerosas marcas de espadas y proyectiles deslustraban la armadura, eran los auténticos laureles de la batalla por los que eran juzgados todos los guerreros en última instancia, o eso creía la XII Legión.
Una lluvia de cenizas producto de los muchos miles de incendios volvía el cielo de color gris, y aquel polvo bautizaba una cohorte de guerreros, ataviados en distinta medida con antiguos atavíos de gladiadores y empuñando armas caedere rituales. Eran las Escuadras Arrasadoras, una raza mortífera incluso entre los World Eaters, y un retroceso a la época del encarcelamiento de Angron como esclavo combatiente. Rugiendo gritos de guerra guturales, arremetieron por delante del dreadnought para entablar combate con los Salamanders.
Numeon se sintió anonadado ante lo que los enloquecidos World Eaters intentaban. No contó más de treinta hombres. Justo tres escuadras. Sin embargo, arremetían contra más de un centenar. Varios fueron abatidos por fuego bólter esporádico. La metralla perforó a algunos pero siguieron adelante. Solamente los que estaban demasiado heridos para pelear, incapaces de correr debido a la falta de miembros o heridas graves, fueron detenidos. Algo apremiante y terrible los espoleaba al frente. Numeon había oído informes sobre la ferocidad de la XII. Incluso cuando eran los War Hounds, su reputación en combate, en particular el mano a mano, era temible. Como los renacidos World Eaters bajo Angron, habían pasado a ser algo distinto. Abundaban los rumores entre las tropas, de artefactos arcanos que manipulaban el temperamento de los legionarios, simulacros de los que los traficantes de esclavos habían incrustado en el cráneo de Angron.
Al verlos en ese momento, sin hacer caso de dolor ni las heridas, mientras soltaban espumarajos en su desvarío, Numeon creyó en la veracidad de tales relatos.
Un aullante enajenado, con una espada con forma de hoz en cada mano, saltó sobre el primarca. Vulkan lo apartó de un manotazo, pero el enloquecido guerrero consiguió bloquear un golpe mortal y volvió a alzarse para pelear nada más caer al suelo. Un segundo Arrasador hizo girar una cadena con un gancho serrado alrededor de su cabeza que a continuación lanzó; el arma atrapó a Atanarius y arrastró al espadachín al interior del arco letal del World Eater.
Numeon no tuvo tiempo de reaccionar mientras se apartaba a toda prisa de un martillo enorme arrojado contra él. Conducida por un pequeño sistema de ignición propulsado por un cohete, el arma golpeó el suelo con fuerza meteórica e hizo temblar la tierra bajo los pies. Varrun intervino para enfrentarse al guerrero pero fue derribado por el retroceso del martillo. Intentando acudir en ayuda de Varrun, Numeon topó con el legionario armado con las hoces. El Salamander detuvo un mandoble de una hoja curva, y apenas la había apartado cuando sintió cómo el gancho de la otra le arañaba el blindado rostro. Una de las lentes se resquebrajó y el guerrero perdió definición en él. Ganne derribó al enloquecido legionario y lo aporreó con su escudo de asalto, en tanto que Igataron aplastaba el hombro del World Eater para desarmarlo. El legionario salpicado de sangre estaba a punto embestir, sin hacer el menor caso al dolor atroz que debía de sentir, cuando Numeon lo empaló por el pecho con su espadón.
—Son dementes —masculló Ganne.
Numeon asintió y, durante el breve respiro, buscó con la mirada al resto de su Pyre Guard para ver cómo les iba.
Varrun seguía caído pero al menos se movía.
Atanarius estaba de rodillas, con los ganchos de carnicero clavados en la armadura, atrapado todavía por la cadena. Skatar’var intentaba soltarlo mientras Leodrakk peleaba con el guerrero que sujetaba la cadena, pero se encontraba con que la furia del Arrasador era difícil de contrarrestar. Dio un traspié, a la defensiva, y habría caído si Vulkan no hubiera alzado al World Eater del suelo y lo hubiera incrustado con la cabeza por delante en la tierra para acallar sus chillidos.
Otro portador de martillo apartó de un golpe a tres de los Nacidos del Fuego de Heka’tan, pues la 14.ª y la Quinta Compañía habían hallado un modo de atravesar las trincheras para enfrentarse a los World Eaters. Las tropas de Gravius seguían intentando alcanzarnos. Por debajo de donde estaban ellas, K’gosi y los Piroclastas defendían las zanjas. En otras partes de la ladera, una fuerza mucho mayor de Dracos de Fuego combatía a los Devoradores de Angron en un sangriento punto muerto.
Por una vez, el señor de las arenas rojas estaba cerca de su guardia de honor. Numeon le oyó vociferar un desafío, captando el nombre de Vulkan entre las sílabas guturales de su idioma natal. La ceniza y el humo eran cada vez más espesos; con tan solo una lente retinal, pues la otra era un desastre veteado de estática, era difícil obtener una imagen clara. Distinguió a Vulkan.
El primarca intercambiaba golpes con el Contemptor, y aunque su enorme tamaño lo empequeñecía, la masiva máquina de guerra estaba siendo destrozada poco a poco. Vulkan había conseguido hacerla retroceder y estaba en medio de los Dracos de Fuego en el centro de la batalla. Dividido entre reunirse con el primarca y recoger a su hermano Pyre Guard, Numeon corrió hacia Varrun, que seguía en el suelo.
—¡Levanta! Esto no ha acabado ni mucho menos.
Varrun farfulló algo pero hizo lo que le decían.
Mientras tiraba de su hermano para ayudarlo a ponerse en pie, Numeon volvió a encontrar a Vulkan entre la multitud.
El Contemptor se alzaba amenazador ante él, con las dos garras arrastrando bucles irregulares de energía. El blindaje del pecho estaba muy abollado y unos cables del cuello chisporroteaban peligrosamente.
Un denso fogonazo brotó de la pistola de Vulkan. Había sido un regalo de lord Manus, un gesto al que el primarca de los Salamanders había correspondido. Disparada a poca distancia, seccionó los servos del brazo derecho del dreadnought, dejando una de las armas inerte e inútil. Vulkan trepó por el torso de su adversario y cuando alcanzó la cima hincó la espada hacia abajo en la cabeza blindada. Igual que una bestia derribada pero que todavía no ha acabado de asimilar que la han matado, el Contemptor dobló una rodilla en tierra y, mientras el brazo inutilizado colgaba flácido al costado, el otro sujetó con fuerza la rodilla, pugnando por encontrar un punto de apoyo.
Numeon se regocijó cuando la máquina de guerra cayó, triunfo que pasó a ser angustia cuando vio a la pareja de Arrasadores que se acercaban al primarca. Vulkan estaba inmovilizado, incapaz de liberar el arma que había hundido tan profundamente para matar a su enemigo. Con una violenta torsión, el primarca partió la hoja y arrojó los mellados restos a uno de los Arrasadores. Impactó en el rostro del salvaje gladiador, destrozándole un ojo y matándolo al instante. Impulsándose con los pies hacia atrás, lejos del cadáver del dreadnought, Vulkan esquivó el destripador dirigido a su cabeza. El arma fue a clavarse en el chasis de metal del Contemptor en su lugar, machacando metal y escupiendo chispas antes de quedar atascada.
El Arrasador tiró con fuerza de la empuñadura del destripador pero fue incapaz de recuperar el arma, de modo que profirió un rugido y la abandonó, decidido a enfrentarse a Vulkan con los puños desnudos. El primarca había sacado el Portador del Amanecer y le arrancó la cabeza a su adversario con un desganado mandoble. La sangre todavía manaba a chorros del muñón irregular que era ahora el cuello del World Eater cuando una sombra se cernió imponente en la cima de la cresta que tenían sobre sus cabezas.
Ungido en sangre, oculto en parte por veloces nubes de humo y reluciente calima, Angron gritó a voz en cuello.
—¡Vulkan! —Su voz fue como la caída de ciudades, retumbando por todo el enorme campo de batalla.
Angron señaló a su hermano con una de las hachas mecánicas que llevaba, cuya hoja zumbaba, pidiendo sangre a gritos.
—¡Te declaro lacayo del poder!
Brotaban espumarajos de los labios rojos del primarca, y la descomunal musculatura, que parecía demasiado tirante para una piel entretejida de venas, se tensaba y destensaba. Gruesas sartas de tendones sobresalían del cuello. Un rostro lleno de cicatrices y deformado por innumerables combates, enmarcado por el avispero de implantes cibernéticos que zigzagueaban hacia atrás por toda la cabeza, se tensó cuando los ojos de Angron se desorbitaron.
Algo más abajo en la ladera, Vulkan agarró el mango de su martillo y fue a responder al desafío de su hermano.
Numeon lo vio todo, y estuvo a punto de instar a su primarca a contenerse.
El disparo de un misil que cayó describiendo un arco desde uno de los emplazamientos de cañones de los traidores obligó al capitán de la Pyre a dirigir la atención hacia el cielo. Sus ojos no perdieron de vista el descenso del misil con forma de punta de lanza, siguiendo su trayectoria hasta que impactó en una zona de la pendiente entre ambos primarcas.
Una tormenta de fuego iluminó la ladera de la colina, con varias toneladas de artillería incendiaria puestas de manifiesto en la expansiva florescencia del estallido. Se desplegó en una oleada turbulenta, que bañó la parte inferior de la pendiente con calor y fuego, aunque eso no fue nada comparado con su epicentro. La explosión inmoló Dracos de Fuego, que quedaron despedazados y convertidos en cenizas en el interior de sus armaduras de exterminador.
Un centenar de agonizantes puestas de sol desaparecieron poco a poco de la vista de Numeon. Pestañeando para eliminar la violenta luminiscencia, vio a Vulkan envuelto en llamas, pero abandonando el incendio indemne. Los Dracos de Fuego restantes se reunieron con él, pisoteando a los muertos allí donde no podían hacer otra cosa.
Terriblemente quemados, los Arrasadores seguían peleando. Los Pyre Guards y algunos hombres de Heka’tan acabaron con ellos antes de que Numeon condujera a los guerreros tras su señor. Varrun cojeaba. Atanarius se agarraba el costado pero seguía empuñando la espada con la otra con determinación.
—¿Estamos enteros, hermanos? —preguntó enseguida Numeon.
Atanarius asintió.
Varrun emitió una risa burlona.
—Tal vez deberíamos mirar de aumentar nuestras filas cuando esto termine.
Ganne acudió a su lado, sin sostener al veterano pero sí muy pendiente de él.
—¿Eres mi protector, hermano? —inquirió Varrun.
—Ni remotamente —gruñó el otro, pero no se apartó de su lado.
Igataron no dijo nada, limitándose a lanzar una mirada furiosa. Sus ojos, tras las lentes, siempre parecían arder con más intensidad que los de sus hermanos.
Tras el salvaje ataque de los World Eaters, Numeon sabía que sus guerreros no estaban en muy buenas condiciones pero que no se detendrían hasta que estuvieran muertos o la batalla hubiera terminado. Pero fue profundamente erosivo, y no le avergonzó admitir sentir alivio cuando oyó que llegaban refuerzos que aterrizarían detrás de ellos.
Cientos de naves y cápsulas de desembarco llenaron el ya asfixiante cielo, blasonadas con la iconografía de la Alpha Legion, los Iron Warriors, los Word Bearers y los Night Lords. Incluso ver la legión de Konrad Curze proporcionó a Numeon la esperanza de que la batalla podía ganarse y de que por fin harían entrar en vereda a Horus.
Vulkan también había visto la llegada de sus hermanos y sus legiones, aunque no mostró ningún signo externo de alivio o triunfo prematuro. Se limitó a contemplar, sin inmutarse, cómo los diversos transbordadores aterrizaban y las fuerzas leales ocupaban posiciones en el borde de la depresión. De Angron no había ni rastro. La tormenta de fuego lo había obligado a retroceder, al parecer, y ahora con la llegada de cuatro nuevas legiones, el señor de las arenas rojas había ordenado una retirada.
La estática precedió al establecimiento de comunicación por audio. Todos los Pyre Guards lo oyeron también, a pesar de estar en el canal de Vulkan, pues el primarca opinaba que no podían existir secretos entre su círculo más allegado. A través de la intermitente reverberación, la voz de la Gorgona tronó:
—¡El enemigo ha sido derrotado!
Su ira era evidente, el deseo de represalia palpable. Lord Manus quería sangre para acallar su orgullo herido.
—¡Mira cómo huyen de nosotros! —continuó, afectado por un fervor ansioso—. ¡Ahora nosotros avanzaremos, que nadie escape a nuestra venganza!
Numeon cruzó una mirada con Varrun. El veterano estaba malherido pero era capaz de seguir peleando. Atanarius también hacía esfuerzos por continuar adelante, mientras que Skatar’var permanecía pegado a su hermano Leodrakk debido a las heridas de este. Con refuerzos listos para el despliegue, tenía sentido replegarse y fusionarse. Continuar con el avance en ese momento solo proporcionaría gloria y un exceso de bajas.
Vulkan permanecía impasible, sin delatar nada de lo que pensaba mientras permitía que Corax diera su opinión.
—¡Espera, Ferrus! La victoria aún puede ser nuestra, pero deja que nuestros aliados se ganen su porción de honor en esta batalla. Hemos logrado una gran victoria, pero no sin pagar un precio. Mi Legión está malherida y deshecha, como le sucede a la de Vulkan…
De nuevo, el primarca se reservó su opinión, mientras el señor de los cuervos concluía su discurso.
—Ni se me pasa por la cabeza que la tuya no haya derramado también gran cantidad de sangre para llevarnos hasta aquí.
Lord Manus era beligerante.
—Estamos maltrechos pero mantenemos la cabeza bien alta.
Aprovechando al máximo la retirada del enemigo y la breve pausa en los combates, Vulkan eligió ese momento para hablar.
—Como todos nosotros. Deberíamos tomarnos un momento para recobrar el aliento y vendar nuestras heridas antes de volver a sumergirnos de cabeza en una batalla tan terrible.
El coste de la contienda yacía por todas partes, ataviado con ensangrentadas armaduras verdes.
—Debemos consolidar lo que hemos ganado —sugirió Vulkan— y dejar que nuestros amigos recién llegados continúen la pelea mientras nos reagrupamos.
Pero la Gorgona tenía sed de sangre y no estaba dispuesta a transigir.
—¡No! ¡Los traidores están derrotados y todo lo que hace falta es un último empujón para destruirlos por completo!
Corax efectuó un último intento de hacerle entrar en razón.
—¡Ferrus, no cometas ninguna estupidez! ¡Ya hemos vencido!
No sirvió de nada, pues la conexión con el primarca de los Iron Hands se cortó.
—Nuestro hermano posee un exceso de orgullo, Corvus —dijo Vulkan con franqueza.
—Conseguirá que lo maten.
—Es demasiado duro para eso —replicó Vulkan, pero Numeon captó la mentira en sus palabras, el tono falso de la voz.
—No voy a dejarme arrastrar a esto con él, Vulkan. No conduciré a mis hijos a otra trituradora de carne porque lo pida su orgullo.
—Entonces, espero que los refuerzos lleguen rápidamente hasta él, puesto que no le vamos a disuadir ni tú ni yo.
—Voy a llevar a los míos a la zona de desembarco. ¿Te reunirás allí conmigo?
Vulkan hizo una pausa y pareció como si los pocos segundos se alargaran en minutos antes de que diera una respuesta. Numeon recordó lo que habían hablado a bordo del Forja de fuego, sobre que la cólera de Ferrus Manus sería la perdición de este, sobre el barruntado cambio de actitud en Horus y la profunda inquietud que sentía respecto a esa misma batalla. Todo ello apareció en los pensamientos del capitán de la Pyre Guard, amenazando con asfixiarlo con una sensación de mal presagio.
—Sí —respondió por fin—. Nos concentraremos en la zona de desembarco. A lo mejor Ferrus entra en razón y se reúne con nosotros.
—No lo hará.
—No, probablemente tengas razón.
Vulkan finalizó la transmisión. Era como si un manto de pesar descansara sobre sus hombros, cargado con el peso de un temor que había quedado confirmado en lo que acababa de oír o sentir. Numeon no podía explicarlo.
—Ordena a todas las compañías que se replieguen al punto de desembarco —le indicó Vulkan.
Numeon transmitió las instrucciones a K’gosi de inmediato. Los Piroclastas habían limpiado casi por completo las trincheras de enemigos, dejando la ruta de regreso despejada.
Mientras que la retirada de los rebeldes de Horus era irregular y desorganizada, los guerreros de las legiones XVIII y XIX se replegaron de un modo ordenado. Los tanques volvieron a formar columnas, descendiendo de nuevo la pendiente con un retumbar lento pero continuado. Las trincheras abrasadas se vaciaron a medida que los legionarios salían en fila en enormes huestes, con los estandartes de las compañías ondeando aún. Estaban maltrechos pero decididos. Los muertos y los heridos fueron con ellos, a rastras o en brazos de sus hermanos que todavía en pie. Fue un gran éxodo, el océano negro y verde de la guerra retirándose con la marea para dejar los restos flotantes del enemigo muerto tras él.
La mayoría de las fortificaciones estaban destruidas. Secciones enormes de terraplenes y muros de contención coronados por pinchos quedaron destrozadas igual que heridas putrefactas. Había cuerpos empalados en ellos, algunos vestidos de un blanco roto, otros en rojo sangre o un morado chillón. Era la prueba de un fratricidio multiplicada por mil, y fue para contemplar aquello que Vulkan se rezagó un poco antes de abandonar el campo de batalla.
—Esto no es una victoria —murmuró—. Es muerte. Son lazos rotos y ensangrentados. Y nos marcará durante generaciones.
En el lado septentrional de la depresión de Urgall, un mar nuevo se preparaba para entrar arrollador y llevarse por delante todos los desechos de la masacre.
Al otro lado del campo de revista de los Salamanders —que era poco más que una fortificación móvil a base de naves de desembarco—, estaban los Iron Warriors. Con una armadura gris acero con galones negros y amarillos, la IV Legión tenía un aspecto austero y severo. Habían alzado una barricada, los bastiones blindados de su propia nave de aterrizaje estaban aleados entre sí, para reforzar el lado norte de la pendiente. Habían colocado cañones enormes sobresaliendo por detrás de ella, con las bocas apuntando al cielo anegado de cenizas. Una hilera de tanques de combate descansaba delante, luciendo el lúgubre icono de una calavera con un casco de metal. Y, delante de todo ello, Iron Warriors formados en sus cohortes, un ejército de miles de guerreros. Permanecían en silencio y con las armas cruzadas sobre el pecho, tan inanimados como los autómatas.
La zona de desembarco quedó inundada de guerreros entonces, al materializarse un campamento improvisado para atender a los heridos y salvaguardar los cuerpos de los muertos.
Aparecieron depósitos de tanques, a medida que equipos de techmarines y servidores se reunían para efectuar reparaciones. Instalaron múltiples puestos de triaje al abrigo de los Stormbird de mayor tamaño, en tanto que las bodegas de algunas Tunderhawk actuaban como enfermerías de emergencia. Los que estaban en buen estado físico se ocupaban de sus armaduras y armas. Los intendentes hacían inventario y reponían munición y material allí donde podían. Los oficiales se reorganizaban teniendo en cuenta las bajas. Subalternos y palafreneros presentaban informes sucintos a los oficiales de primera línea, y los portadores de estandartes actuaban como puntos de concentración mientras todo el cuerpo de vexillarius se ponían en movimiento para organizar el segundo ataque.
Ni un solo legionario de la XVIII permanecía ocioso.
Sin embargo, los Iron Warriors, todos los congregados en la ladera septentrional, ni hablaban ni se movían más allá de lo que fuera necesario para formar.
El apotecario mayor Sen’garees envió un mensaje al escalafón de mando, incluidos Vulkan y los Pyre Guards, quejándose de la ausencia de respuesta en lo referente a solicitudes de ayuda, en especial de ayuda médica.
Numeon sintió cómo un silencio sombrío descendía por toda la depresión de Urgall, igual que cuando una tormenta eclipsa el sol, al ver al capitán Ral’stan de los Dracos de Fuego alzar el puño en saludo a sus aliados de hierro.
Nadie respondió al saludo. Únicamente el viento que azotaba sus estandartes dio alguna sensación de vida a los integrantes de la IV Legión.
—¿Por qué nos ignoran? —preguntó Leodrakk sin tapujos.
Vulkan miraba con fijeza al lugar donde estaba su hermano Perturabo. El señor de hierro devolvió una mirada taladrante al señor de los dragones.
—Porque nos han traicionado… —respondió Vulkan, incrédulo, con el horror convirtiéndose en cólera en su rostro—. ¡A las armas!
Más de diez mil armas respondieron; el armamento de sus aliados se volvió contra ellos con designios traicioneros.