Vulkan vive
Capítulo Veinticinco. Reunidos
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Capítulo Veinticinco. Reunidos
Capítulo Veinticinco
Reunidos
Aunque la batalla había finalizado y el enemigo estaba lejos del alcance de nuestras espadas, muchos de nosotros no regresamos de la depresión de Urgall. Incluso aquellos hombres que escaparon, aquellos pocos, incluso ellos no regresaron. Todavía siguen ahí en estos momentos. Todos seguimos ahí, luchando por nuestras vidas».
—Legionario desconocido superviviente de la masacre de Isstvan V
Pintaba mal. No había otro modo de describirlo. Definitivamente mal. Nurth fue malo, pero aquello era un pozo de excremento de grox totalmente distinto en el que Grammaticus se había encontrado. Y luego estaba el alienígena. No era Slau Dha, ni Gahet. Desde luego no era nadie que estuviera afiliado a la Cábala. Era un jugador totalmente distinto, un eldar cuyas motivaciones eran tan inescrutables como su identidad.
Y luego estaba Oll.
Pero no podía preocuparse de eso ahora. Había hecho todo lo que podía en ese frente y, no obstante lo mucho que había contrariado a su viejo amigo que lo contactaran, ¿qué otra elección tenía?
El universo parecía de pronto muy pequeño, y Grammaticus estaba de algún modo en su palpitante corazón y bajo el intenso escrutinio de todos los interesados. Insectos en portaobjetos de microscopio disfrutaban de más privacidad. Pensó en la colmena de Anatol y deseó que le hubieran permitido morir en las Guerras de Unificación.
El destino tenía otros planes para él, sin embargo. Si se lo hubieran preguntado en aquel entonces, dudaba que hubiera afirmado que tal destino incluiría a un maltrecho grupo de legionarios y tener que correr para salvar la vida por un túnel de alcantarilla. Si ellos conocieran su auténtica misión…
Sus dos niñeras parecían cansados, y en tensión. El tal Leodrakk, el Salamander, le había mirado con atención varias veces desde que habían alcanzado lo que Grammaticus suponía que era el punto de encuentro. También suponía que quienquiera que tuviera que encontrarse con Leodrakk, llegaba tarde. Debía de tratarse de Numeon, su capitán y legionario al mando. Aquello no presagiaba nada bueno, pues sería mucho peor si Numeon estaba muerto. Eso dejaba a Leodrakk al mando de todo, y parecía dispuesto a lanzarse a una muerte gloriosa, incluyéndolo a él en esa muerte. No es que eso fuera a importar, pero entonces su misión sí que habría acabado. También temía imaginar lo que los Word Bearers le harían.
No sabía qué era lo que los Salamanders y sus aliados de las otras legiones destrozadas habían tenido intención de conseguir ahí en Traoris. Fuera lo que fuera había salido mal, y sospechaba que él tenía algo de culpa en ello.
Los ojos de Leodrakk lo contaban todo. Hablaban de profunda pena y de un deseo peligrosamente fatalista de venganza. Grammaticus había visto a hombres así en los ejércitos unificados, cuando combatían a Narthan Dume. Jamás lo había visto en un Space Marine, y se preguntaba exactamente qué habían perdido esos guerreros para transformarlos de un modo tan tremendo.
—¿Qué es lo que miras? —rezongó el Salamander.
Estaba acuclillado, y había estado contemplando su casco, que tenía delante sobre el regazo.
—Me preguntaba qué os sucedió —dijo Grammaticus.
—La guerra fue lo que nos sucedió —respondió él en tono cortante.
—Estáis hechos para la guerra. Hay más que eso.
Leodrakk contempló la apestosa porquería que discurría bajo sus pies pero no halló respuestas en el agua sucia.
En su lugar, fue el bibliotecario quien habló.
—Nos traicionaron —dijo con voz áspera—, en Isstvan. Fue peor que una atrocidad. La masacre que soportamos fue solamente la manifestación física de nuestro trauma colectivo. El dolor real aún tenía que llegar, y fue una dolencia de la mente. No todos sobrevivieron a ella.
Hriak, el Raven Guard, calló un momento, como si intentara ver en el interior de la mente de Grammaticus para hallar el origen de su curiosidad. Fue profundamente desestabilizador, y el humano tuvo que hacer un esfuerzo para evitar que le temblara la mano. Muchos años atrás creyó que un amigo muy íntimo había sucumbido a la intrusión mental de un psíquico. Fue todo mentira, por supuesto. Todo al respecto había sido una mentira, de un modo u otro. No obstante, seguía amilanándole la magnitud del potencial destructivo de los guerreros psíquicos. No era extraño que el Emperador los hubiera retirado de las legiones.
—Escapamos del horror de Isstvan a bordo de una nave de desembarco —continuó Hriak—, pero el horror no terminó allí. A todos nosotros nos cambió lo que habíamos presenciado, la visión de nuestros hermanos asesinados en masa a nuestro lado, de nuestros antiguos aliados volviendo las armas sobre nuestras espaldas mientras al mismo tiempo que traidores conocidos situados en nuestros frentes abrían fuego con las suyas en despiadado contubernio.
Grammaticus miró de soslayo a Leodrakk en busca de una reacción mientras Hriak relataba lo que les había sucedido, y vio que volver a escuchar lo sucedido le incomodaba hondamente, pero no se oponía a que la narración siguiera adelante.
—Algunos de los supervivientes a bordo de nuestra nave no eran ellos mismos —dijo Hriak—. Cuando a un hombre lo llevan hasta cierto punto de fervor combativo, puede resultarle difícil descender de allí. A veces, si la experiencia es particularmente traumática, no se recupera jamás por completo y una parte de él seguirá siempre en guerra, en ese mismo conflicto. Tales hombres, cegados por este trauma, han matado por equivocación, creyendo que amigos eran enemigos. Hace falta mucho para que las Legiones Astartes sucumban a un trauma así. Nuestras mentes son mucho más fuertes que las de los mortales corrientes, pero es posible.
Y entonces Grammaticus lo supo. Supo cómo había obtenido Hriak la herida del cuello, la que casi le había seccionado la garganta por completo. No fue en Isstvan donde la sufrió, sino en la nave de desembarco. Se la infligió…
—Es suficiente, Hriak —susurró Leodrakk—. No necesitamos recordar eso, y él tampoco necesita oírlo.
—Mi presencia aquí os ha complicado las cosas, ¿verdad? —dijo Grammaticus.
—Has socavado toda nuestra misión.
Grammaticus sacudió la cabeza, desconcertado por el mordaz Salamander.
—¿Qué narices intentabais conseguir, de todos modos? ¿Cuántos erais, veintitantos hombres contra todo un ejército, toda una ciudad? Entiendo que queráis desquitaros, pero ¿cómo vais a conseguir lo que queréis arrojándoos contra las espadas de vuestros enemigos?
Leodrakk se puso en pie, y por un breve instante dio la impresión de que estaba a punto de acabar con Grammaticus, pero decidió no hacerlo.
—No es tan simple como una venganza. Queremos regresar a la guerra, influir en ella, que lo que hagamos tenga significado. Antes de que viniéramos aquí, estuvimos siguiéndole la pista a los Word Bearers de este culto concreto durante un tiempo. Los seguimos a un pequeño mundo apartado llamado Viralis pero llegamos demasiado tarde para impedir lo que soltaron allí.
Grammaticus frunció el entrecejo.
—¿«Soltaron»?
—Demonios, John Grammaticus, un tema sobre el que sospecho que eres un experto.
—He visto la Acuidad —admitió él.

Caeren Sebaton
Leodrakk puso cara de pocos amigos.
—No voy a preguntar siquiera qué es eso. Un don de tu Cábala, sin duda.
—No es un don, es una verdad y una que desearía poder borrar de mi mente.
—Una vez más, no es asunto mío. Lo que sí es asunto mío… —señaló con un ademán también a Hriak— nuestro, de nuestra misión, es impedir que lo que sucedió en Viralis suceda aquí. Su líder, un clérigo Word Bearer, tenía que morir a nuestras manos. Nos introduciríamos aquí sin ser detectados, lo localizaríamos y lo ejecutaríamos. Pergellen era nuestro tirador, el resto de nosotros aseguraríamos una salida rápida ante cualquier represalia. Nuestras posibilidades de éxito eran altas, nuestras posibilidades de sobrevivir no tanto, pero al menos moriríamos sabiendo que Traoris estaba a salvo.
—Ningún mundo está a salvo, Salamander —replicó Grammaticus—. Ninguna parte de la galaxia, por remota que sea, va a quedar al margen.
Leodrakk lanzó un gruñido, pero más ante la situación que por Grammaticus.
—Salvaríamos a este mundo. Al menos de eso. —Retrocedió, y la amenaza de violencia disminuyó—. Pero ahora nos han descubierto y nos dan caza. Shen y Pergellen debieron haberte dejado en aquel almacén.
Grammaticus asintió.
—Sí, deberían haberlo hecho. Pero no lo hicieron, y ahora me tenéis a mí y sabéis lo que yo sé, así que ¿qué vais a hacer con eso?
—Nada —dijo una voz desde las profundidades del túnel.
Estaba oscuro, pero incluso Grammaticus reconoció al guerrero que iba a su encuentro. Este tampoco iba solo.
—Numeon. —Leodrakk fue a darle la bienvenida.
Entrelazaron muñecas. Hriak se limitó a inclinar la cabeza para saludar al capitán. El humor de Leodrakk se agrió cuando vio quién más había regresado con Numeon.
—¿Tan pocos? —preguntó.
—Su sacrificio tendrá significado, hermano.
De los veintitrés legionarios que habían descendido a Traoris desde el Arca de fuego, apenas quedaban trece. Shen’ra había regresado con Numeon, así como K’gosi. Pergellen se entretuvo en la retaguardia del grupo y regresó al cabo de unos minutos tras haberse cerciorado de que no les seguían. Hriak era el último Raven ahora, y masculló un juramento kiavahrano por el caído Avus. El resto eran Salamanders.
Grammaticus contempló un grupo devastado. La suerte, esa dama caprichosa, había conspirado contra ellos. A él lo había puesto en sus manos y a la lanza de fulgurita en las de los Word Bearers. La frase «hostigado hasta lo indecible» no conseguía ni remotamente describir la situación.
Al igual que Leodrakk, reparó en que faltaba una figura clave.
—¿Dónde está Domadus? —preguntó el Salamander.
Numeon suspiró, fatigado. Se quitó el casco.
—Lo perdimos durante la lucha. Él y varios otros fueron al encuentro de la XVII para frustrar su ataque. No le vi caer, pero… —Negó con la cabeza.
—Bien, ¿ahora qué? —preguntó Shen’ra, cojeando para ir a colocarse junto a sus hermanos.
Grammaticus fue quien respondió.
—Dejadme ir. Ayudadme a recuperar la lanza y abandonar Traoris. ¿Qué podemos perder ahora?
Numeon hizo como si no le oyera y fue hasta Shen’ra, que estaba muy malherido y tenía dificultades para moverse.
—He visto tiempos mejores, por si lo ibas a preguntar —dijo el techmarine con aspereza.
Estaba desplomado contra la pared del túnel, con un hilillo de emanaciones del techo agrietado dejando un rastro mugriento sobre la armadura. Numeon se arrodilló para hablar con él.
—Tú nos has salvado a todos, cabrón irascible.
—Pero he perdido el cañón móvil. De todos modos… —hizo una pausa para toser—, alguien tenía que hacerlo.
Numeon lanzó una carcajada, pero enseguida perdió el buen humor al ver las heridas de Shen’ra.
El ojo biónico del techmarine funcionaba solo en parte, y el legionario cojeaba, pero el peto resquebrajado daba a entender los auténticos daños. Heridas internas, paralización biológica parcial.
Otros dos Salamanders del grupo que había regresado estaban ya comatosos, mientras sus cuerpos maltratados trataban de repararse. El pronóstico no parecía favorable. Otros tres estaban muertos, desgarrados por proyectiles explosivos, atravesados por espadas. No había una herida mortal, sino varias pequeñas que tenían el mismo efecto. Muertes por acumulación de daños. Sus hermanos habían cargado con los cuerpos, arrastrándolos al interior de los túneles, igual que ellos habían hecho antes.
A Grammaticus le sorprendió el nivel de humanidad que mostraban hacia sus muertos, y se preguntó si era un rasgo común de los habitantes de Nocturne.
—Y ¿ahora qué? —preguntó—. ¿Vamos a escondernos en estos túneles hasta que nos encuentren?
Numeon acabó de murmurar unas palabras de ánimo al techmarine y se puso en pie.
—Vamos a seguir adelante. Hallaremos otro modo de llevar a cabo nuestra misión.
Leodrakk se aproximó, advirtiendo que Numeon acariciaba el sigilo de Vulkan que había llevado encima desde que huyeron de Isstvan.
—¿Para qué crees que es? —preguntó.
El capitán le echó una mirada. Con la forma de un sencillo martillo de herrero, parecía algo común y corriente.
—Creo que es un símbolo —dijo—. Cuando lo veo, creo en nuestro primarca, creo que sigue vivo. Más allá de eso, no lo sé.
—Espero que tengas razón, hermano.
Pergellen, que regresaba de explorar el túnel que tenían delante, les interrumpió.
—El camino está despejado por aquí —indicó—. Este trecho termina en un desagüe. Está cerca del límite de la ciudad y debería proporcionarnos una buena posición estratégica para planear el siguiente paso.
Numeon asintió.
—Asegúrate de que no haya sorpresas.
Llevando a K’gosi con él, el explorador volvió a perderse en la oscuridad.
—Odio tener que hacerme eco de lo que ha dicho el humano —observó Leodrakk cuando Pergellen se hubo ido—, pero ¿cuál es nuestro siguiente paso?
Numeon contempló a Grammaticus.
—Ahora van tras él. El ataque al manufactorum es la prueba. Tal vez podríamos usar eso. Usarle a él.
Y, así sin más, el destino volvió a hacer una pirueta y Grammaticus lamentó que los Salamanders lo hubieran «salvado».
El desagüe terminaba en un amplio sumidero, de unos cuantos metros de profundidad. Arriba llovía copiosamente, lo que provocaba que el aflujo de la sucia alcantarilla en la depresión artificial rebosara por encima del borde de rococemento, en una catarata tumultuosa que se estrellaba en una charca cada vez mayor situada abajo.
A un lado del sumidero había un muelle de madera. Los cuerpos de tres hombres yacían boca abajo sobre él. La vestimenta que llevaban sugería que eran recolectores de sumideros. Los habían matado a puñaladas, y el tosco sigilo pintarrajeado con sangre sobre el muelle sugería que había una secta implicada. Sobre sus cabezas colgaba un entramado de sedales, con ratas muertas del sumidero colgadas a lo largo de ellos por las diminutas patas. También había un par de largos lucios, y una red arrugada metida en un bidón de combustible vacío. Una lona proporcionaba una protección poco efectiva contra los elementos, cubriendo dos tercios del muelle y suspendida de unos postes con rieles como una tosca tienda de campaña.
—Mejor no resbales ahí dentro, humano —masculló Leodrakk mientras escoltaba a Grammaticus por una pasarela de madera que crujía a cada paso del legionario.
Grammaticus bajó la mirada hacia el viscoso caldo sucio que se coagulaba poco a poco en el sumidero. La porquería irradiaba prácticamente de él, y el agua era de un horrible amarillo pálido. Cuerpos de animales muertos cabeceaban en ella, perturbados por los efluvios que surgían de la cloaca, y caían en cascada por encima del borde del sumidero.
Le recordó el canal de desagüe de las afueras de la colmena de Anatol, cuando él era solo un niño. Mientras contemplaba las lóbregas profundidades, intentó no imaginarse el rostro del muchacho, de un blanco cadavérico, y descubrió que tenía que apartar la mirada. En su lugar, pensó en el eldar que había comunicado con él en la enfermería. Le había ofrecido una salida, una elección, una verdad. Si bien era cierto que todavía no le había sido revelada por completo. Iba en contra de su misión; también podía ser una sarta de mentiras, una prueba por parte de la Cábala para ver si se podía confiar en él. Cansado no era la palabra para describir cómo se sentía en ese momento. Estaba hecho polvo, igual que los guerreros que lo escoltaban. No solo eso, era un traidor de su raza. ¡De toda su maldita raza! Eso no era algo que muchos pudieran afirmar, aunque tampoco es que se sintiera orgulloso de ello. Se sentía sucio, y no tan solo por la cloaca. Quería creer lo que había visto en la enfermería, de veras necesitaba hacerlo. Pero ¿y si no era real? ¿Y si Slau Dha, Gahet y todos aquellos otros bastardos seguían manipulándole? Todo lo que tenía era su misión, e incluso eso le asqueaba.
Totalmente abatido, Grammaticus hizo una mueca de dolor cuando una gotita caída de las alturas le cayó en el ojo.
Numeon alzó el chorreante guantelete para efectuar un análisis retinal.
—Elevado contenido ácido —dijo—. Será mejor que le deis algo para evitarle la peor parte.
—¿Qué tal si vamos a alguna otra parte que no sea una condenada alcantarilla —sugirió Grammaticus—, tal vez al interior de algún edificio, y así dejar de estar rodeados de mierda y meados?
—Toma. —K’gosi le entregó su capa.
Era una piel de dragón, virtualmente impermeable al fuego y una protección más que adecuada contra la lluvia ácida.
Grammaticus la tomó, de mala gana.
—¿Por qué no me dais una de las suyas? —preguntó, señalando a los Salamanders muertos que estaban subiendo al muelle.
—No son mías para darlas —respondió K’gosi.
—Ellos no las van a necesitar.
—No importa —replicó el Piroclasta, y fue a asegurar el perímetro exterior.
Pergellen estaba de pie en el borde del colector, a un par de metros de distancia de la chorreante catarata.
—Cae a pico, más de ochenta metros de caída vertical —dijo a Numeon, que acababa de reunirse con él—. Aunque el agua hace que parezca menos hondo que eso.
El sucio torrente que surgía de la cloaca caía con tanta fuerza que espumeaba bajo sus pies, alzándose y borbotando en un pequeño pero violento tumulto. Las salpicaduras saltaban hasta lo alto del desagüe, pero la mirada de Pergellen se había desplazado hacia el cielo, a una columna elevada que constituía parte de un acueducto que flanqueaba el torrente.
—Parece una buena posición estratégica —dijo.
Una pasarela conducía desde el muelle hasta el acueducto, pasando junto a las cloacas de desagüe, y era lo bastante ancha para que la cruzaran hombres en fila. Más allá del acueducto, podía verse el resto de Ranos. Numeon constató que, desde que descendieron al planeta, habían estado yendo hacia el este, en dirección a las afueras de la ciudad.
Entornó los ojos.
—¿Eso es…? —preguntó.
—¿El puerto espacial? Sí, lo es —contestó Pergellen.
Numeon miró por encima del hombro al lugar donde Grammaticus estaba acurrucado y tiritando, envuelto en la capa de K’gosi.
—Este no es un lugar apropiado para oponer resistencia, hermano.
—Estoy de acuerdo —dijo Pergellen—. ¿En qué estás pensando?
Numeon contempló los sedales con ratas muertas del sumidero que oscilaban en la fétida brisa.
—En un cebo —contestó.
El gladio de Narek se deslizó por el cuello del Salamander con un húmedo chasquido. El legionario ya estaba muerto antes de que hubiera limpiado la hoja y pasara al siguiente. Cuerpos de ambos bandos llenaban la calle. De las tres escuadras que había cogido para eliminar a sus adversarios, solo le quedaba un puñado de hombres. La lucha había sido sangrienta y más dura de lo que había esperado. El francotirador había escapado. Otra vez. Aquello sacaba de quicio a Narek, le irritaba. Acercándose al borde del hoyo en el que el manufactorum se había desplomado, pensó en los que habían escapado. Un río subterráneo discurría bajo esa parte de la ciudad, conectado a la red de alcantarillado. Carecía de un mapa de aquellos túneles; tampoco conocía su existencia ni dónde depositaría el desagüe a cualquiera que quedara atrapado en la corriente, así que lo dejó estar.
Los leales al Imperio se estaban quedando sin lugares donde esconderse. Aunque tuviera que ir a las afueras de la ciudad y a los terrenos yermos devastados por rayos situados más allá, los localizaría. Lo había jurado, de modo que lo haría. O moriría en el intento. Sentía que hacer honor al deber todavía debía significar algo.
—Detente —dijo. La bota presionaba el pecho de otro enemigo medio muerto, pero Narek contemplaba a Vogel, sentado a horcajadas sobre el pecho de un Salamander y a punto de empezar a cortar carne con su cuchillo ritual.
—¿Qué? —preguntó el Word Bearer, volviendo con brusquedad la cabeza para contemplar al cazador.
—Nada de eso.
Narek dejó al legionario moribundo donde estaba y fue hasta Vogel.
—Honro al Panteón —siseó Vogel, claramente contrariado.
—Deshonras el acto, a tu presa —respondió Narek, sosteniendo su gladio con indiferencia—. Mutila a la broza humana, faltaría más, pero estos eran legionarios, en una ocasión tus compañeros de armas. Eso todavía debería importar algo.
Vogel hizo ademán de alzarse, pero Narek posó la punta del gladio en su garganta y el guerrero se detuvo en una posición medio acuclillada.
—Sobrepasas tus límites —siseó Vogel.
—Si lo hiciera, tendrías esta hoja atravesada en el cuello.
Vogel no dio la impresión de querer retractarse aún.
—Dagon está de acuerdo conmigo —indicó Narek.
Vogel siguió la mirada del cazador hasta el otro tirador, que tenía el rifle apuntando hacia él y listo para disparar. El beligerante Word Bearer alzó las manos en un gesto conciliatorio y Narek le permitió alejarse. Cuando estuvo seguro de que el legionario se conformaría con maldecirle y no tomaría represalias, Narek bajó la mirada hacia el Salamander herido que su camarada había estado a punto de deshonrar.
—Gracias… —murmuró el legionario, a las puertas ya de la muerte.
—No es por ti, legionario —repuso Narek, y le hundió el gladio en el corazón.
El sonido de un motor de turbina cada vez más fuerte y cercano hizo que Narek volviera la cabeza. Vio el Stormbird que pertenecía a Elías y se preguntó qué había sucedido para traerlo aquí.
—Agrupaos —transmitió a los demás—. El apóstol oscuro está aquí.
Elías estaba herido y, por si esto fuera poco, también había recibido la visita del mismísimo Erebus. Mientras permanecía ante el apóstol oscuro a sotavento del posado Stormbird, Narek comprendió de repente el motivo de la venida de su señor. Le habían ordenado hacerlo.
—¿Otro fracaso? —preguntó Elías, inspeccionando la carnicería.
—No del todo —respondió el cazador, que se había quitado el casco en presencia del apóstol oscuro y lo sostenía en el pliegue del brazo.
Estaban solos, en la medida en que el resto de legionarios montaban guardia o reunían a prisioneros todavía vivos. Narek deseó en lo más hondo haber tenido tiempo de proporcionar a todos una muerte limpia. Irritar a Vogel era una cosa; no podía desafiar al apóstol oscuro.
—¿Los has matado a todos? ¿Has apresado al humano?
—Aún no.
—Un fracaso, entonces.
Narek inclinó brevemente la cabeza.
—Lo remendaré.
—No, Narek. Has perdido tu oportunidad de obtener esta gloria. Erebus en persona viene y me ha pedido que elimine a nuestros enemigos y recupere al humano, John Grammaticus.
—¿Te lo ha pedido él?
—Sí —susurró Elías, con más que un atisbo de ira—. Soy su aliado de confianza en esto.
—Por supuesto, mi señor —respondió Narek con frialdad, y sus ojos vagaron hasta la lanza de fulgurita envainada junto a la cintura de Elías.
Todavía despedía un resplandor tenue, y parecía como si al apóstol le incomodara llevarla. El cazador comprendió que la lanza había quemado de algún modo el brazo de su señor hasta dejarlo convertido en una ruina abrasada.
—Te preguntas si teníamos razón al venerar al Emperador como a un dios —le dijo Elías, cuando advirtió que Narek miraba la lanza envainada.
—Así es.
—La teníamos, hermano. Pero hay otros dioses, Narek, que nos concederían sus favores.
—No veo ningún beneficio en ello —admitió él.
Elías rio.
—Podría hacerte ejecutar por eso, por tu falta de fe.
—Yo creo, mi señor. Ese es el problema. Simplemente no me gusta adónde nos está llevando esa fe.
—Acabará gustándote, cazador. La acabarás abrazando, como lo haremos todos. Pues así lo desean Lorgar y el Panteón. Bien —añadió, empezando a cansarse de su sermón—. ¿Dónde está el hombre, dónde está John Grammaticus?
—Sin lugar a dudas, sigue con los supervivientes de la legión. Su rastro no será difícil de seguir.
Elías desechó la idea con un desganado ademán.
—Eso carece de importancia. Puedo encontrarlo mediante distintos medios. —Contempló a uno de los legionarios prisioneros, uno al que todavía no habían dado una muerte limpia, y sacó su cuchillo ritual.
Domadus estaba vivo, pero algo inmovilizado. Desde el final de la batalla, habían estado buscando entre las bajas para localizar supervivientes. Recordaba vagamente que lo habían arrastrado por el suelo, y las risas guturales de uno de sus captores que había oído a medias. Tenía parte de la columna vertebral seccionada y estaba paralizado de cintura para abajo. También tenía varias lesiones potencialmente fatales, y estaba demasiado débil para defenderse.
El ojo biónico ya no funcionaba, de modo que no veía nada por él. El ojo orgánico se abrió, y la visión que recibió fue del suelo. En el límite de su reducido campo visual le pareció ver la mano abierta de un legionario caído de espaldas. El guantelete era verde esmeralda y los dedos estaban inmóviles. Un bólter yacía a pocos centímetros de la mano.
—Este —oyó decir a una voz, que sonó educada, casi cortés.
Unos dedos firmes y blindados sujetaron la barbilla del Iron Hand y la alzaron para que Domadus pudiera ver a sus opresores.
Word Bearers. Uno, de pie detrás del otro, tenía textos religiosos pintados en oro sobre los pómulos. El cabello negro era muy corto y finalizaba en un afilado pico en la frente. Tenía uno de los brazos horriblemente quemado, y lo mantenía pegado al cuerpo. Era el clérigo, tenía que serlo. El otro, el que sujetaba la barbilla de Domadus, era un veterano, sin duda un soldado en el sentido más belicoso de la palabra. Tenía la nariz chata, pero su rostro era delgado, y mostraba una leve cojera.
A través de los sentidos embotados, Domadus se dio cuenta de que le ataban las muñecas con alambre de cuchillas y que lo sujetaban al costado de una cañonera de los Word Bearers. Le habían quitado el peto, así como la malla de debajo de la armadura, dejando al descubierto la carne.
—¿No hay otro modo? —preguntó el soldado.
El clérigo sacó un dentado cuchillo ritual y Domadus se armó de valor para lo que sabía que iba a suceder a continuación.
—Ninguno —respondió el clérigo, que pasó un guantelete de largas uñas por la carne de la mejilla del Iron Hand, antes de iniciar un cántico.