Vulkan vive

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Capítulo Veintiséis. Entra en el laberinto

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Capítulo Veintiséis. Entra en el laberinto

Capítulo Veintiséis

Entra en el laberinto

Ve hacia adelante, siempre hacia adelante y siempre abajo. Nunca a la izquierda. Nunca a la derecha».

—De la obra teatral Teseon y el Minotar

Ferrus ya me estaba observando cuando volví a alzarme de la muerte. Creo que sonreía con afectación, aunque ahora siempre lo hacía, con ese rictus permanente suyo.

Apreté los puños y contuve el impulso de golpear a la aparición.

—Te divierte, ¿verdad, hermano? —⁠escupí⁠—. Verme de este modo. ¿Soy débil, entonces? No tanto como tú. ¡Imbécil! Fulgrim te hizo bailar a su son.

Callé un momento y oí mi propia respiración jadeante, con la ira creciendo en mi interior. El abismo, rojo y negro, vibrando lleno de odio, palpitó en el filo de mi visión.

—¿No respondes? —desafié—. ¡Es difícil increpar a alguien cuando te falta una lengua, hermano!

Me puse en pie, sin grilletes por una vez, y avancé hacia el mudo espectro. De haber podido, creo que habría rodeado su garganta con las manos y le habría asfixiado como casi había hecho con Corax en mi mente.

Flaqueé, jadeando, mientras reprimía el atronador latir de mi corazón. Un sudor febril me cubría la piel, que brillaba bajo la titilante luz de las antorchas. Otra estancia fría y húmeda, otra celda de paredes negras. Al parecer, Curze disponía de muchas de ellas a bordo de su nave.

—Por el trono de Terra… —resollé, desplomándome sobre una rodilla e inclinando la cabeza para poder respirar⁠—. Padre…

Recordaba las palabras, eran un recuerdo tan lejano ya. Él me las había dicho en Ibsen. Después de que mi Legión y yo hubiéramos destruido el mundo y convertido en un lugar de muerte, lo rebauticé como Caldera. Iba a ser otro mundo adoptado, como Nocturne, y con él se volvería a forjar a los Salamanders. Ese sueño acabó con el fin de la Gran Cruzada y el inicio de la guerra.

«Me duele, pero tendré que abandonaros a todos cuando más me necesitáis. Intentaré velar por vosotros cuando pueda».

—Te necesito ahora, padre —⁠dije a la oscuridad⁠—. Más que nunca.

Ferrus, chasqueando la esquelética mandíbula, me hizo alzar la vista. Su mirada hueca se encontró con la mía y señaló con la cabeza las sombras que teníamos delante, donde una enorme puerta ornamentada había empezado a aparecer.

Era más alta que la pierna bastión de un titán Imperator y el doble de ancha. Me era imposible comprender cómo no había advertido su presencia antes.

—¿Otra ilusión? —pregunté gritando a las sombras, que sabía que me escuchaban.

La enorme puerta parecía estar hecha de bronce, aunque me di cuenta al mirarla de que el metal era una aleación. Vi el vago tinte azulado del osmio, rastros del blanco plateado del paladio y de iridio. Era compacta e increíblemente resistente. El bronce no era más que un revestimiento estético, destinado a darle un aspecto arcaico. Una mezcla de un intrincado huecograbado y un detallado repujado labrado sobre la puerta delineaba un gran número de imágenes. Era la escena de una batalla, que parecía representar un conflicto de alguna era muy antigua. Los guerreros empuñaban espadas y vestían cotas de malla y jubones de cuero. Catapultas y balistas disparaban toscos misiles al aire. Rugían los incendios.

Pero a medida que miraba con más atención, empecé a ver cosas familiares, y comprendí lo que mi hermano Iron Hand había hecho.

Tres ejércitos combatían desesperadamente en un desfiladero estrecho, sus enemigos dispuestos a ambos lados, disparando flechas y arremetiendo contra ellos con espadas y lanzas. En una estribación rocosa, un cacique guerrero que sostenía un estandarte con una serpiente sostenía en alto la cabeza de un enemigo vencido en un gesto de triunfo.

—Es Isstvan V, ¿verdad?

—Sí —dijo Curze, apareciendo sin aviso de pie junto a mí, donde, comprendí, había estado todo el tiempo⁠—. Y no es una ilusión, Vulkan. Nuestro hermano trabajó mucho tiempo en esta composición. Creo que le ofendería saber que pensabas que la habías hecho aparecer en tu mente. —⁠Casi sonaba derrotado.

—¿Qué sucede, Konrad? Suenas cansado.

Suspiró, lleno de pesar.

—Nos acercamos al final —dijo, y señaló la puerta⁠—. Esta es la entrada al Laberinto de Hierro. Hice que Perturabo lo construyera para mí. En su centro, hay una recompensa.

Curze abrió la mano y en su interior apareció proyectado un holograma rotante de mi martillo, Portador del Amanecer. A su alrededor y colgando de cadenas estaban mis hijos. La proyección era débil y tenía mucho grano, pero conseguí reconocer a Nemetor enseguida. Me avergonzó tener que admitir que al otro no supe identificarlo, pero sí pude ver que ambos estaban gravemente heridos.

Curze cerró el puño, aplastando la imagen de mis maltrechos hijos.

—Les he hecho sangrar a conciencia, hermano. Les quedan solo días de vida.

Vi cómo la oscuridad se apelotonaba en el límite de mi visión otra vez, y oí el violento palpitar de mi corazón en el cráneo. Noté el calor del abismo en el rostro, vi cómo bañaba mi piel de un rojo intenso.

Poniendo en ello toda mi fuerza de voluntad, relajé la apretada mandíbula.

Curze me observaba.

—¿Qué ves, Vulkan? —preguntó—. ¿Qué ves cuando te pierdes en el interior de la oscuridad? Me gustaría que me lo contaras. —⁠Volvió a sonar casi desesperado, suplicante.

—Nada —mentí—. No hay nada. Estuviste fuera durante un tiempo esta vez, ¿no es cierto?

Curze no respondió, pero sus ojos eran penetrantes.

—Recuerdo algo de ello. Recuerdo lo que intentaste obligarme a hacer —⁠le dije⁠—. ¿Te decepcioné, hermano, al alzarme por encima de tu mezquino jueguecito? ¿Se siente uno muy solo en las sombras? ¿Necesitas compañía?

—Cállate —refunfuñó.

—Debe de escocerte saber que superé tu prueba moral, que resistí el impulso de matar a Corvus. No presumo de ser noble pero sé que soy todo lo que tú no eres.

—Embustero… —siseó.

—Aun cuando me tienes a tu merced, sigues sin poder conseguir desmoralizarme. Ni siquiera puedes matarme.

Curze dio la impresión de estar a punto de estallar, pero refrenó su cólera y se mostró inquietantemente tranquilo.

—No eres especial —dijo—. Fuiste tan solo conveniente. —⁠Sonrió con frialdad y fue a colocarse detrás de mí de modo que no pudiera verle⁠—. He disfrutado con nuestro juego, hasta tal punto que cuando finalice iré a por otro de mis hermanos. Y a aquellos que no pueda matar, los domaré.

Me di la vuelta para hacerle frente, para amonestarlo, pero Curze ya había desaparecido. Se había desvanecido en la oscuridad.

La puerta se abrió de par en par, llamándome en silencio.

—Los domaré, Vulkan —declaró la voz incorpórea de Curze⁠—. Tal y como te estoy domando a ti, de un frágil pedacito a otro. Y si te preguntas si hay monstruos en el laberinto, puedo decirte que sí, pero solamente uno.

Desaparecido Curze, no tenía otra opción que entrar en el Laberinto de Hierro.

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