Vuelo
Entonces » Capítulo 37
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Han sido días de silencio, días de mensajes sin respuesta. He pasado de la preocupación a la confusión y por fin al enfado. Lo único que quiero en este momento es que dejen de ignorarme de una puta vez. Aparco delante del taller y respiro hondo para tranquilizarme. Mi corazón ha caído inesperadamente en picado desde el punto en el que se encontraba hace setenta y dos horas, y todo por el ensordecedor silencio de ambos.
He sido paciente; les he dado suficiente espacio para solucionar lo que fuera que me los arrebató sin más explicación.
No necesito respuestas, pero necesito verlos. Sé que lo que hacen entre bastidores es peligroso, pero, llegados a este punto, su silencio resulta sencillamente cruel. No he dormido nada y acabo de salir de otro turno al que Sean no se ha presentado, aunque gracias a los chismorreos de la fábrica me he enterado de que ha llamado. He sentido la tentación, más de una vez, de llamar a Layla, pero esto no funciona así.
Exigir una simple prueba de vida por el bien de mi salud mental sería el siguiente paso si no hubiera visto varios coches delante del taller, entre ellos los de los hombres a los que he venido a pedir explicaciones.
Asuntos de la hermandad. En los últimos días han debido de estar liadísimos, porque el aparcamiento está más lleno que nunca. Está Virginia y también Alabama. Pero no es una reunión. Hubo una la semana pasada, así que no habrá otra hasta dentro de otras dos por lo menos. A no ser que haya pasado algo grave.
Al bajarme del coche, presa del pánico, oigo el estruendo de los bajos y no puedo evitar esbozar una sonrisa de alivio cuando oigo el ambiente del otro lado de la puerta: voces mezcladas con risas.
«Están bien. Y tú también».
Quiero creer que los asuntos de la hermandad son lo que los ha mantenido alejados, porque la alternativa es demasiado dolorosa. No me he permitido pensar en eso. No hubo nada en nuestra última interacción que indicara que eso fuera siquiera una posibilidad. Pero, si me están haciendo el vacío, no pienso darles la satisfacción de permitírselo sin ningún tipo de explicación, sobre todo teniendo en cuenta lo unidos que estamos Sean y yo, después de todo un verano como amigos y amantes. Y Dominic…, bueno, ni siquiera soy capaz de precisar qué sentimientos nos unen a causa del deseo, de la intriga o de la combinación de ambos, pero esa última noche que pasamos juntos lo que yo sentí fue amor…, eso he de reconocerlo.
Porque de verdad estoy enamorada de los dos.
Y si ellos están bien, yo estoy bien.
El miedo me consume mientras me acerco a la puerta sin demasiada convicción. Cuando llego hasta ella, oigo a todo volumen por los altavoces un tema que no pega nada y me doy cuenta de que me estaban esperando.
Afternoon Delight flota en el aire y se filtra por las puertas, haciendo que se me encoja el corazón y que el pavor me cierre la boca del estómago.
Es una broma. Tiene que serlo. Y no tiene gracia. Encontraré la forma de castigar a Sean por esto.
Me detengo en la puerta del vestíbulo y, al mirar hacia el muelle de carga, veo que todo sigue igual, salvo por la incorporación de varios invitados. Mis chicos están apiñados alrededor de la mesa de billar, bromeando, bebiendo cerveza y pasándose un porro. Sean observa la jugada de Dominic, negándose a levantar la vista. Sabe que estoy aquí. Me he cambiado después del trabajo y me he vestido para matar con su vestido rojo favorito. Llevo los labios pintados a juego. Me quedo allí de pie, como un faro, esperando a que alguien me diga algo mientras ellos siguen charlando y algunas cabezas que no reconozco se vuelven hacia mí. Cuando empieza a sonar la siguiente canción, mientras cruzo el umbral, mis esfuerzos por llamar la atención no tardan en centrarse en controlar mis inminentes náuseas.
Entonces me doy cuenta de por qué Sean no levanta la mirada. No quiere ver la daga que está introduciendo lentamente en mi pecho.
Cecilia, de Simon and Garfunkel, comienza a sonar mientras la puerta se cierra detrás de mí, haciéndome caer en la trampa.
Cada palabra de la canción es como una bofetada en la cara.
Esto no está pasando.
Esto no está pasando.
Pero así es. La canción, la letra y la melodía fuera de lugar me hacen pedazos mientras el corazón me late desbocado en el pecho, golpeando una y otra vez la barrera que empieza a desmoronarse, suplicando que lo liberen para irse a cualquier otro lugar que no sea ese. Se me llenan los ojos de lágrimas al ver que los dos hombres por los que he venido me ignoran descaradamente mientras cada vez más cabezas empiezan a girarse hacia mí.
Dominic está encorvado sobre la mesa, tirando, y Sean está de pie en una esquina, sujetando el palo de billar. Tyler le susurra algo al oído, mirándome con una sonrisa en la cara que deja ver sus hoyuelos. Él no lo sabe.
Pero Sean sí y Dominic también.
El resto de los participantes de la fiesta se apelotonan alrededor de los barriles, ajenos al puñetero cuchillo que me está atravesando. Dominic tira antes de mirarme a los ojos, por fin, con una sonrisa de satisfacción en los labios.
El nudo de la traición me obstruye la garganta, me ahoga mientras esa sonrisa me marca con la letra escarlata, volviendo todos nuestros sucios actos contra mí.
Ahogada por el engaño, me hundo cada vez más en mi sitio, luchando contra la bilis que me sube a la boca mientras la ola de desesperación me lleva a la deriva.
Con la garganta en llamas, mi corazón grita pidiendo clemencia, asestando un doloroso latido tras otro en mi pecho. Al fin, Sean levanta la vista para mirarme.
Es entonces cuando me vengo abajo, totalmente humillada y por completo atónita por la otra cara de los hombres de los que tan enamorada estaba. La letra de cada canción convierte todos los preciosos momentos que compartimos en una humillación.
Me la han jugado.
Confiaba en ellos.
He dejado que me utilizaran.
Me convencí de que era real.
De que yo les importaba.
Creía que era amor.
Pero, para ellos, yo no era más que un juego.
Me han tendido una trampa, elevándome a lo más alto solo para verme caer.
No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que ya no los veo a ellos, sino a las versiones borrosas de los hombres a los que entregué mi corazón y mi confianza, mientras mis mejillas se manchan de negro. En cualquier caso, puede que sea mejor así. De esta forma, podré borrar las viejas imágenes y sustituirlas por estas nuevas, reemplazar la plenitud que sentía por el vacío con el que me han dejado.
Me habían hecho sentir segura y aceptada.
Yo los amaba con todo mi ser.
Me entregué a ellos y han dejado que…
Una a una, las cabezas se van girando despacio hacia mí. Y, poco a poco, me doy cuenta de que soy el centro de atención de todo el taller. Tengo la cara ardiendo y no puedo dejar de sollozar. Aprieto los ojos con fuerza, deseando que ese momento desaparezca; mi corazón arde en las llamas del infierno a causa de la condena, del estigma, del juicio.
No me atrevo a volver a abrir los ojos, a levantar la vista, a moverme. No puedo respirar a causa de la traición, del corazón roto, del desconsuelo que me invade.
Me he convertido en esa chica. En la chica que juré que nunca sería. En la ingenua que me prometí que no volvería a ser.
Y, sin embargo, aquí estoy, como una puñetera pardilla.
Como una zorra cualquiera.
Peor aún: he entregado mi corazón para nada. Para convertirme en nada.
He jugado con fuego y las quemaduras me han dejado irreconocible.
Abro los ojos, consciente de que solo han pasado unos segundos, mientras escudriño los rostros de aquellos que están siendo testigos de mi final. En ellos no veo más que desconcierto y compasión, sobre todo en el de Tyler, que nos mira a los tres alternativamente.
Sean da un paso hacia mí y Dominic se lleva una mano al pecho, sonriendo mientras me mira divertido.
Solo he sido el juguete de ambos y ya no soy digna de que me dediquen su tiempo y su atención.
Asqueada, miro fijamente a Dominic mientras recuerdo las palabras que me dijo hace apenas unos días, la forma en la que me acarició bajo las estrellas. Pero lo peor es que Sean ha sido igual de convincente, tal vez incluso más. En mi mente revolotean las imágenes de nuestros inicios: los besos, las risas compartidas, los despertares en sus brazos, las conversaciones.
Para ellos no soy nada. Nada.
Para ellos solo soy una más.
Destrozada, estoy yendo hacia la puerta cuando oigo una refriega al otro lado del cristal. Me vuelvo justo a tiempo para ver a Sean dándole un puñetazo en la mandíbula a Dominic. Salgo corriendo del garaje con las sienes palpitando de humillación y la sangre fluyendo sin control y amortiguando mis pasos.
Sin molestarme siquiera en hacer la maleta, conduzco durante toda la noche.