Vuelo

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Entonces » Capítulo 38

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Dos semanas. Eso fue lo que le pedí a mi padre y él me las concedió sin problema. Me fui directamente a casa de Christy, que acababa de alquilar su primer piso en Atlanta. Pasé la primera semana en su sofá, llorando sobre su regazo mientras ella intentaba consolarme con palabras tranquilizadoras.

No creo que Sean quisiera hacerme tanto daño y la pelea que se formó así parecía indicarlo. Pero, si es tan cobarde como para haber seguido el plan de Dominic —y haberlo disfrutado—, no puedo permitirme seguir queriéndolo.

La culpa es mía. Yo participé de forma activa en todo. Permití que me pasaran de mano en mano como una baratija mientras suplicaba que me dieran más.

Ellos me chuparon la sangre y a mí me encantó.

Desde entonces, me dedico a dar largos paseos por la urbanización de Christy, tratando de descubrir cuál fue el error mientras todo me lleva de nuevo al principio: al momento en el que acepté la invitación de Sean, el día que lo conocí.

Me la jugaron hasta el final. Hasta ese momento en el que me demostraron hasta qué punto lo habían hecho.

No sé cómo esperaba que acabara todo, pero desde luego así no. Para ser sincera conmigo misma, no me veía eligiendo solo a uno de los dos, aunque me dieran la opción de hacerlo. Pero incluso me habían quitado eso.

Me han desechado como si fuera basura. Y yo me lo he buscado. Al suspirar por ambos, al dejarles meterse entre mis piernas, en mi mente y en mi corazón.

Christy aún no sabe qué decirme. He compartido con ella la mayoría de los detalles de la relación, dejando al margen el tema de la hermandad. Lo ha escuchado todo con atención, como si fuera una historia realmente fascinante, pero, en el fondo, sé que me juzga. Y no es de extrañar. La entiendo perfectamente. Yo misma me he juzgado lo suficiente para toda una vida.

Ojalá estuviera arrepentida.

Pero la verdad es que no consigo estarlo. Y lo más enfermizo de todo es que todavía los deseo. Todavía los quiero.

Me doy asco a mí misma. ¿En qué momento me he vuelto tan depravada?

Todos los días sigo echando de menos su atención, su afecto, sus fuertes brazos, sus besos, sus rarezas. Me los sé de memoria. Pero es el recuerdo reciente de esos segundos que pasé en ese taller lo que me hace seguir indignada.

Entre la oscura bruma de mi desesperación, hay un rayo de esperanza. En mi interior se está gestando algo que anula todas esas emociones absurdas y es la necesidad de resarcimiento, de venganza. Y, si se da la oportunidad, estoy dispuesta a aprovecharla.

Lo admitan o no, esos hombres me querían. Por la razón que fuera, decidieron cortar conmigo y rechazarme. Su cariño era demasiado convincente como para ser completamente fingido.

Y, aunque ese afecto acabara evolucionando de una forma realmente cruel, no ha sido producto de mi puñetera imaginación. Ellos confiaron en mí y me trataron como a una reina. Es imposible que todo fuera mentira. Si no, estaré realmente perdida.

Algo pasó.

Algo tuvo que pasar para que llevaran a cabo un plan tan brutal. Aunque Dominic pudiera ser capaz de ser así de perverso, de enmascarar así de bien sus sentimientos —que sé que lo es—, Sean no.

Aunque se merece igualmente que esté cabreada con él por haber permitido que ocurriera.

Puede que ninguno de los dos estuviera enamorado de mí, pero lo nuestro no era solo sexo. Aun así, sus acciones son imperdonables.

Por primera vez en mi vida, me consuela el hecho de ser la hija de mi padre. Hay una parte de mí que es capaz de ser tan insensible y retorcida como él. Si no me queda más remedio que canalizar la sangre que continuamente rechazo, que continuamente maldigo y que ahora corre gélida por mis venas para convertirme en algo más que un corazón desgarrado y ensangrentado, que así sea.

—¿Y esa mirada? —me pregunta Christy mientras observo atentamente a una niña que juega en los escalones de la piscina de la urbanización.

Llevamos unos días saliendo aquí para aprovechar los últimos rayos de sol del verano. La niña chilla encantada mientras su madre se arrodilla junto a ella para volver a aplicarle crema solar en los brazos.

Recuerdo que, cuando tenía su edad, una vez se me ocurrió jugar a un juego muy peligroso. Solía jugar sola mientras mi madre estaba ocupada entreteniendo a sus amigos o al novio de turno. Un día me propuse nadar cada vez más lejos de la zona segura y acabé en la zona más profunda de la piscina, con el agua por encima de la cabeza y sola, intentando salir a flote sin que nadie se diera cuenta de que me estaba ahogando. Y lo conseguí. Un segundo antes de hundirme definitivamente, empecé a darle tan fuerte a los pies que acabé golpeándome la cabeza contra el borde de la piscina. Justo antes de que todo se volviera negro, conseguí impulsarme con las palmas de las manos en el hormigón y ponerme a salvo antes de echarme a llorar, aliviadísima. Fue entonces cuando mi madre por fin se dio cuenta. Me abrazó y luego me dio un buen azote.

Desde niña, siempre he sentido una fascinación enfermiza por la zona profunda, por ponerme en riesgo. La enfermedad que mora en mi interior no es nueva. Pero la he dejado salir y, como dice Sean, he hecho las paces con el diablo que llevaba dentro. He permitido que ese diablo me dominara durante un verano y ha sido igual de temerario en lo que se refiere a mi bienestar.

Estoy en ese momento en el que puedo hundirme o llorar de alivio. Es el momento de empezar a darle a los pies y salir a la superficie. Pero mi corazón, mis recuerdos y mi persistente enfermedad son un lastre y una amenaza para cualquier tipo de avance, dejándome indefensa en la zona profunda.

«Es hora de darle a los pies, Cecelia».

—¿Cee? —dice Christy mientras yo sigo mirando fijamente a la niña, que chapotea antes de saltar del escalón y ponerse a salvo entre los brazos de su madre.

—Estoy pensando que no está bien. Estoy pensando… —Necesito encontrar ese hormigón. Al mismo tiempo, estoy pensando que debo acabar con la curiosidad de esa niña para que esto no vuelva a suceder. Nunca me he atribuido ningún mérito por la vida que he vivido, aunque tal vez debería hacerlo. He sobrevivido a la crianza de una madre adolescente y un poco irresponsable. He salido adelante en los estudios y he mantenido la cabeza fuera del agua sin supervisión alguna. He llegado hasta aquí por mi cuenta, sin el verdadero apoyo de las personas con las que se suponía que debía contar, y me iba muy bien hasta hace unos meses. He conseguido llegar hasta aquí dándole a los pies durante diecinueve años y seguiré haciéndolo otros diecinueve. Con una determinación renovada, me vuelvo hacia mi mejor amiga—. Estoy pensando que había olvidado quién coño soy.

—¡Esa es mi chica! —exclama ella—. Por un momento me habías preocupado. ¿Qué piensas hacer?

—En lo que a mí respecta, seguir adelante. ¿En lo que respecta a ellos? No lo sé. Tal vez nada. Pero la venganza es un plato que se sirve frío. Lo sabré cuando la tenga delante. Ahora mismo, lo importante es aclarar mis ideas. No confío demasiado en el karma, así que, si alguna vez tengo la oportunidad, me aseguraré de que cumpla con su cometido.

—Joder. Para ser una mosquita muerta, lo tienes todo controlado. —No me queda más remedio que asentir. Christy se gira hacia mí desde la tumbona de plástico barata, plantando sus largas piernas sobre el pavimento que nos separa antes de cogerme de la mano. Sus ojos de color marrón claro rebosan empatía. Mi mejor amiga es guapísima. Media melena ondulada de tono castaño, complexión atlética y facciones suaves y atractivas. Fue como una bombona de oxígeno verla después de haber recibido aquel mazazo en el pecho, saliendo a recibirme al coche a primera hora de la mañana, con los brazos abiertos—. Yo no te juzgo, Cecelia. Puede que no acabe de entenderlo. Aunque no digo que yo no hubiera hecho lo mismo. Pero, caray, chica, ¿dos hombres? No puedo ni imaginármelo.

—Hoy en día no es tan raro.

—Ya, pero… —dice ella, negando con la cabeza—. Te lo jugaste todo, ¿no?

—Los creí, ¿sabes? Simplemente pensaba que eran personas de mente abierta. Que estaban hechos de otra pasta. Menuda gilipollas.

—Ahora tú sí que eres una persona con la mente abierta. Aunque todo eso que te soltaron fuera un puto cuento chino, tú creíste en ello y sigues haciéndolo. Te has liberado. Y puedes sentirte orgullosa.

Tiene toda la razón del mundo. Por muy hipócritas que fueran, ellos me ayudaron a conocerme de verdad, a conocer mi naturaleza. He cambiado y mi mente también lo ha hecho, a pesar de su humillante hipocresía y su despiadada crueldad.

—Más te vale llamarme todos los días.

—Lo haré. —Me giro hacia mi única amiga de verdad. Mi única familia real—. Vamos a ver a mi madre.

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