Vuelo

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Entonces » Capítulo 39

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Christy resopla mientras Hubble se aleja de Katy antes de que ambos se giren para mirarse.

—Espera, ¿no acaban juntos? —Empiezan a pasar los títulos de crédito y Christy se queda mirando la pantalla con cara de asesina. Después me mira a mí—. ¿No acaban juntos?

—No.

Se queda con la boca abierta mientras mamá y yo nos reímos de ella. Sin levantarse del sofá, nos lanza un puñado de bolitas de caramelo recubiertas de chocolate.

—Pero ¿qué mierda es esta?

—No todas las historias de amor tienen un final feliz —dice mi madre con voz suave.

Miro hacia el sillón en el que está sentada, el único mueble que se ha llevado a casa de su novio. Hoy él no está. Ha dicho que se iba «de pesca» para que pudiéramos pasar el día juntas. Ha ganado un poco de peso y sus mejillas ya tienen algo de color, no como cuando me fui. Me alegro por ella. Estaba en los huesos cuando me mudé. Pero esa última declaración despierta mi curiosidad.

—¿Has querido a alguien así alguna vez, mamá?

—A demasiados.

Yo asiento con la cabeza, entendiéndola perfectamente.

—¡No me creo que no acaben juntos! —exclama Christy, exasperada, mientras ambas nos volvemos hacia ella.

—Por algo se llama Tal como éramos. Para empezar, él la engañó —señala mamá—. Y, lo más importante, no soportaba su personalidad, sus ideas ni su fuerza; por lo tanto, no la merecía. Y, por si fuera poco, encima se desentendió de la hija de ambos. ¿Sigues creyendo que deberían estar juntos?

—Pero… —protesta Christy.

—Es verdad —digo yo—. La gente ya no quiere ver historias de amor que reflejen la cruda realidad, pero eso de ahí es la realidad pura y dura —aseguro, señalando la pantalla.

—Eso es —dice mi madre, mirándome con orgullo—. Y además esa historia se te quedará grabada.

Christy suspira.

—Pues menuda mierda. Ha sido horrible.

—De eso nada —dice mi madre, riéndose, mientras enciende un cigarrillo—. Te la has tragado enterita. —Me dedica una sonrisa conspiradora—. ¿Quieres que la rematemos?

Asiento con la cabeza.

—Por supuesto.

—Sois las dos unas masoquistas. —Christy nos mira a ambas mientras yo cojo el mando a distancia—. ¿Por qué me hacéis ver estas películas antiguas y tristes que me hacen sufrir?

—Porque son las mejores —responde mamá con melancolía.

—Puede que para algunos, pero yo sigo creyendo en el príncipe azul —declara Christy—. Por muy bestias que seáis conmigo.

—Como debe ser —comenta mamá—. Pero que sepas que la imagen que tienes en la cabeza podría no coincidir con la realidad. Hay muy pocos hombres que merezcan el infierno por el que te hacen pasar. Así que ten mucho cuidado con a quién entregas tu corazón y tu cuerpo. Puede que al final se lleven más de lo que puedes soportar.

«Touché, mamá. Touché».

—Prepárate —le advierto a Christy, cogiendo el mando—. Esta es del ochenta y uno.

—Ay, Dios —dice ella, acurrucándose bajo la manta en el sofá—. No sé si podré soportarlo.

Mamá me guiña un ojo y apaga el cigarrillo mientras pongo Amor sin fin.

Es ahí, en esa sala de estar, donde encuentro algo de fuerza. No gracias a las películas que veía con mi madre de pequeña y que ella a su vez veía con la suya, aunque estoy segura de que estas no contribuyeron en absoluto a mi retorcida visión del amor. La fuerza la saco de las mujeres que me rodean. Durante meses, viví exclusivamente para esos hombres que me usaron y luego me tiraron. A pesar de todos mis esfuerzos, me perdí en ellos, permití que mi cariño hacia ambos acaparara mi existencia. No hice amigos fuera de su círculo y, cuando regrese, no tendré vida más allá de ellos. Puede que haya descubierto unas cuantas cosas, pero, sobre todo, me he convertido en una persona dependiente. Y pienso solucionarlo.

Lo único que me queda es lamentarme y cabrearme.

Y, aunque me duele como nada me ha dolido nunca, he logrado lo que me había propuesto.

Ahora puedo decir con seguridad que Cecelia Horner ya no es ninguna mosquita muerta.

He dado el salto y ahora tengo que decidir si ha merecido la pena sentir este dolor a cambio de un verano inolvidable.

«Es hora de darle a los pies, Cecelia».

Brooke Shields aparece en pantalla: hermosa, ingenua, con la inocencia intacta mientras baja las escaleras hacia su amante, ajena a la amargura que yo no puedo evitar sentir, y me entran ganas de advertirle, de decirle que esa mirada que le dedica a ese chico mientras follan a la luz de la chimenea le va a salir cara. En lugar de eso, sufro con ella y lamento la inocencia que está dejando escapar, porque en el fondo sigo siendo adicta a esa sensación tan familiar. Mi corazón me maldice mientras los observo, embelesada, reviviendo los días y las noches que pasé bajo los árboles y las estrellas.

Veo la película sin poder evitar sentir el dolor de la pérdida y llorar a la chica que era antes de que el amor se apoderara de ella.

Mi teléfono suena sobre la mesa que tengo delante y Christy me mira. En la pantalla pone: NO CONTESTAR.

Lo silencio sin dudarlo y ella me sonríe con orgullo antes de volver a centrarse en la película. Sus ojos están llenos de amor.

No como los míos, que están abiertos de par en par.

La culpa la tiene la adicta que hay en mí, que quiere hacerme seguir en la zona profunda, así que hago lo único que puedo.

Darle a los pies.

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