Vuelo

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Entonces » Capítulo 40

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En cuanto regreso a Triple Falls, cambio el código de la puerta y tiro a la basura el bikini que me puse el día del lago. En mi móvil suena un mensaje solitario que yo ignoro. Todavía no me he permitido leer los mensajes de Sean. No hay ninguna excusa, ninguna razón imaginable que pueda ser lo suficientemente buena como para justificar lo que me han hecho.

Me encierro en mi habitación y me paso la mayor parte del día leyendo sobre distintas carreras y sus correspondientes especializaciones. Podré reflexionar seriamente sobre ello durante el primer año de universidad, así que por ese lado estoy tranquila, pero decido adelantarme a los requisitos previos y me matriculo en el semestre de otoño. Entre el tiempo que pase en la universidad pública y el trabajo en la fábrica, estaré lo suficientemente ocupada como para no meterme en líos.

Volveré a la casilla de salida.

Y utilizaré de forma productiva el tiempo que pase aquí. Haré borrón y cuenta nueva e intentaré olvidar los últimos tres meses y medio.

Tras varias horas encerrada en mi celda, me decido por un plan mejor. Uno que no tiene nada que ver con la venganza, sino con erradicar cualquier tipo de curiosidad o apego al último verano que aún pueda persistir.

A veces la mejor venganza es despertar la curiosidad de los que te jodieron y pasar página. He aprendido bien en los últimos meses que el silencio puede ser la mejor arma. Así que, si Sean quiere que lo escuche, mi pago por su traición será ignorarlo. Aunque no ha dejado de llamarme y de enviarme mensajes, juraría haber oído el característico sonido de un Camaro en la carretera solitaria mientras paseaba por el jardín esta mañana. Pero esos hombres son muy atrevidos: ya han asaltado mi casa más de una vez sin avisar y, si quieren llegar a mí, lo harán.

Roman se ha mudado definitivamente a Charlotte, así que no es una amenaza. Si tanto desean mi atención, ya saben dónde encontrarme. Y tengo que estar preparada, porque lo más probable es que, si Sean sigue llamando y enviando mensajes y yo sigo ignorándolos, acaben apareciendo por aquí.

¿Qué podrían querer o tener que decir?

Si se arrepienten, ¿por qué se tomaron tantas molestias en montar ese numerito? Y no solo delante de la gente de aquí, sino de otros miembros de la hermandad.

No puedo permitirme el lujo de preocuparme por eso. Mi cabeza y mi corazón no lo resistirían.

Se acabó. Pasara lo que pasara, se acabó.

Con hechizo roto o sin él, me aferro a la quemadura y dejo que se apodere de mí.

Mañana volveré de nuevo a la fábrica y no me cabe la menor duda de que tendré que enfrentarme a Sean. Encontrará la manera de acorralarme, de pillarme a solas. Después de varias horas en la silenciosa casa y de organizar mi vida hasta niveles demenciales, decido dar un paseo en coche para despejar la mente. Mientras recorro el largo camino de acceso, aguzo el oído para ver si se oye algún Camaro y llego a la conclusión de que todo ha sido fruto de mi imaginación hiperactiva. No quiero ni pensar que más bien ha sido un deseo. Acallando esos pensamientos con una cucharada de aquellos segundos agónicos en el taller, salgo a la carretera. Respiro un poco más tranquila al llegar al final del cruce triple y detenerme. Mientras estoy mirando a la derecha y a la izquierda, de repente veo a Dominic parado en el arcén.

Joder.

Me está observando fijamente desde su asiento, a unos metros de distancia. Aparto la vista y me pongo en marcha, acelerando con el coche al pasar por delante de donde está parado antes de salir cagando leches por la carretera. En cuestión de segundos, ya me está pisando los talones. Mi coche no es rival para los caballos que hay bajo su capó. Con los nervios a flor de piel y cada vez más cabreada, conduzco por las sinuosas carreteras que bajan desde la montaña hacia el pueblo. Él mantiene las distancias, pero permanece lo suficientemente cerca como para hacerme saber que está ahí y que no piensa rendirse. Yo acelero, superando con mucho el límite de velocidad, pero él se mantiene a la misma distancia.

—¡Que te jodan! —grito mientras voy a todo gas por esas carreteras ahora conocidas, conduciendo como una loca para eludir a mi antiguo y deslumbrante captor.

La rabia se apodera de mí mientras reproduzco aquella noche una y otra vez en mi cabeza, avanzando a buen ritmo hacia la ciudad. Dom sigue pegado a mí hasta que me veo obligada a reducir la velocidad en el primer semáforo. Miro por el retrovisor y veo que está recostado en el asiento tranquilamente, con la misma expresión altiva que tenía el día que lo conocí. Me salto a toda velocidad un semáforo y luego el siguiente antes de cruzar al lado opuesto de la ciudad. Segura de que acabará cansándose, lo llevo durante veinte minutos por carreteras sinuosas, pero él sigue pegado a mi parachoques.

Harta de esta pantomima, freno derrapando en el aparcamiento de un campamento abandonado y él esquiva por los pelos un árbol al girar bruscamente con el Camaro detrás de mí, dando bandazos y derrapando hasta detenerse sobre el asfalto. Salgo del coche para arremeter contra él y apenas le ha dado tiempo a abandonar el asiento del conductor cuando le doy la primera bofetada.

Él encaja el golpe con el cuerpo firme al lado del vehículo, devorándome con la mirada. Con la mano hormigueando, intento golpearlo de nuevo, pero él me lo impide. Furiosa, lo fulmino con la mirada mientras agacha la cabeza. Tiene una marca roja en la cara con la forma de mis dedos. Me agarra por la muñeca, conteniéndome.

—Lo siento.

—Que te jodan. ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—Fue inevitable.

—De eso nada. Déjame en paz de una puta vez. No quiero volver a verte.

—Cecelia…

—Que te den, Dominic. A ti y a tus putos juegos enfermizos. Yo paso. Ya he tomado una decisión.

Doy media vuelta e intento que me suelte el brazo, pero él se niega, agarrándome por la cintura y estrechándome contra su pecho. Noto su cálido aliento en la oreja.

—Sabes que no queríamos hacerte daño.

—Yo no sé una puta mierda. Estoy hasta las narices de ti, estoy hasta las narices de los dos.

—Ojalá fuera cierto. —Todavía me está agarrando de la muñeca y me da la vuelta para obligarme a mirarlo. Me dispongo a abofetearlo de nuevo y él me agarra la otra mano antes de inmovilizarme contra su coche—. Teníamos nuestras razones.

—No me digas. Me alegro por vosotros. Pero ¿sabes qué? Que me importa una mierda.

—Claro que te importa, joder. Eres nuestra.

Yo resoplo.

—Pero ¿tú te estás oyendo?

—Te dije que te mantuvieras alejada y ahora estás metida en esto. Lo que pasó esa noche no importa.

—Puede que a ti no.

—Lo que importa fue lo que pasó antes.

—Suéltame. —Intento zafarme y él me agarra con más fuerza—. Me estás haciendo daño.

—Pues para de una puta vez —me espeta—. Para.

Me quedo inmóvil mientras sigue agarrándome y entrecierro los ojos cuando sus labios se curvan en una sonrisa. Sus ojos brillan con orgullo.

—Has mejorado mucho.

—¿Se supone que eso es un cumplido? —Pega su cuerpo al mío, aplastándome. Estoy recostada sobre la ventanilla, con la cabeza apoyada en el techo del coche. Sus labios están muy cerca y me cuesta horrores luchar contra la atracción que siento por él, pero mis recuerdos de esa noche lo hacen más fácil—. ¿Cuál es tu problema, joder?

—Tú —dice Dominic, sacando la lengua para lamerme el labio inferior. Se me corta la respiración cuando aprieta su miembro erecto contra mi vientre—. Tú eres el puto problema y ahora… No puedes ponerte entre los dos —añade, negando con la cabeza.

—Pues ya lo hice una vez —replico.

—Déjalo ya, joder —me espeta—. Estoy intentando explicártelo.

—Con más mierdas crípticas, pero yo paso. Ven a hablar conmigo cuando tengas algo de verdad que decir. Aun así, no pienso escucharte. Estoy harta. Lárgate. Déjame en paz de una puta vez.

Él me agarra por la cabeza para acercar su boca a la mía y yo lucho, enfrentándome a su beso. Abro la boca para protestar y aprovecha para meterme la lengua. Saltan chispas en mi pecho mientras me besa cada vez más apasionadamente, hasta que no puedo pensar más que en aquella noche sobre el capó de su coche, o en el día del lago, o en cualquier otro día de mi vida con él. Lo agarro del pelo, del pecho y del cuello mientras él me marca con su boca y con la violenta embestida de su lengua. Paso de la rabia a la devastación más absoluta mientras él hace aflorar todos los sentimientos contra los que estoy luchando. Luego se aparta y me da un beso suave en la boca.

—Lo siento. Es lo único de verdad que puedo darte.

—¿Por qué? —grito, jadeando—. ¿Por qué?

—Queríamos dejar las cosas claras y la hemos cagado bien cagada.

—Lo habéis echado todo a perder. —No puedo evitar derramar una lágrima solitaria—. Nunca volveré a veros de la misma forma.

Él sigue el rastro de la lágrima que se desliza por mi mejilla.

—Por ahora tengo que dejarte marchar —dice, haciendo una mueca. Y, por primera vez desde aquella noche que pasamos a solas, Dominic deja entrever sus emociones—. Aunque no me apetece una mierda.

Se inclina de nuevo y me da un beso en la frente antes de soltarme.

La herida de mi pecho basta para ponerme en estado de protección máxima.

—Déjame en paz de una puta vez.

—No tengo otra opción. Pero todo lo que estoy haciendo ahora es por ti.

—Es cierto. No tienes otra opción. Pero no te equivoques, soy yo la que lo ha decidido.

Regreso enfurecida al coche y salgo del aparcamiento como una exhalación, negándome a mirar atrás.

Al llegar a casa, me doy una ducha de agua hirviendo mientras ignoro la rabia que siento en el pecho. Dejo que las lágrimas se mezclen con el agua, pero niego su existencia: es mi decisión.

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