Vuelo
Entonces » Capítulo 41
Página 46 de 50
41
El día que regreso a la fábrica, me llaman por megafonía a mitad del primer turno. Nuestra línea de montaje se detiene y siento sobre mí todo el peso de la atención de Melinda. Llevamos horas trabajando en silencio; parece que ni siquiera ella ha podido ignorar mi necesidad de tranquilizarme y me ha permitido refugiarme en mi interior durante este turno, lo que no hace más que confirmar el hecho de que parezco tan destrozada como me siento. Finjo ignorar que no sé por qué me hacen salir de la línea de producción, pero ambas sabemos que no es así.
Estoy harta de juegos. Avanzo por el pasillo de la primera planta hasta el despacho aislado que hay al final del corredor, alejando los recuerdos que me trae: besos robados, miradas persistentes en almuerzos privados, un polvo rápido en el último turno y él tapándome la boca con la mano mientras entraba dentro de mí al tiempo que me susurraba obscenidades al oído. Cierro la puerta y me recuesto sobre ella, sin mirarlo. Al bajar la vista, veo sus botas marrones y exhalo mientras el olor a cedro amenaza con nublarme el juicio.
—Nena, por favor, mírame —murmura Sean. Es como si arañara mi pecho, dejándomelo en carne viva.
Yo me niego a hacerlo.
—Cecelia, tú eres el secreto.
Esa confesión capta mi atención y por fin levanto la vista. Parece destrozado; está demacrado y tiene unas ojeras considerables. Nunca lo había visto tan hecho polvo. La empatía le gana la batalla a mi lengua muda. Quiero a ese hombre, aunque enamorarme de él haya sido un error.
—¿Qué coño está pasando?
Él se acerca y estrecha mi cara entre sus manos.
—No era nuestra intención. Quiero que lo sepas.
Me aparto para que no me toque y él maldice.
—Yo no sé nada.
—Sabes mucho más de lo que crees. Pero lo primero que tienes que saber es que fue un acto impulsivo llevarte a mi casa el día que nos conocimos. Joder, es que no era capaz de… Dios, en cuanto te vi…
Se acerca a mí y yo giro la cabeza.
—¿Por qué soy yo el secreto?
Sean suspira. Sigo apoyada en la puerta y su evidente indecisión hace que me ponga alerta.
—No era nuestra intención, Cecelia.
—Dime de una vez para qué me has llamado.
—Vale —dice, asintiendo con solemnidad—. Hace años, cuando Horner Technologies era básicamente una fábrica de productos químicos, dos inmigrantes franceses, un matrimonio, murieron en un incendio en uno de los laboratorios de pruebas.
Me mira fijamente mientras asimilo lo que está diciendo. Lo miro boquiabierta, con los ojos llenos de lágrimas, al caer en la cuenta de quiénes eran esos inmigrantes.
—¿Los padres de Dominic?
Él asiente con la cabeza.
—Huyeron de Francia para intentar escapar del exmarido de la mujer y, como estaban tan desesperados, aceptaron la invitación de un pariente lejano para empezar una nueva vida aquí.
—Delphine.
Sean asiente con la cabeza y continúa:
—Así que vinieron aquí, a esta ciudad, a trabajar en esta fábrica, pensando que estarían más seguros, que aquí prosperarían, que podrían vivir el sueño americano y todo lo que ello conllevaba. En cambio, fueron explotados por esta empresa y su propietario debido a su desventaja social y finalmente perecieron en un incendio que nadie sabe si fue accidental. Todavía no se ha podido averiguar lo que pasó exactamente, pero fue una putada y tiene toda la pinta de haber sido provocado, por la forma en la que actuaron después. Tu padre lo encubrió, lo barrió debajo de la alfombra. Hizo lo mínimo por Dominic y solo le proporcionó una disculpa formal en una hoja con membrete incluida en el resumen del acuerdo. Una bofetada en la cara, después de lo que había sucedido, sobre todo teniendo en cuenta que el director de la fábrica era del pueblo. Los informativos locales ni siquiera hablaron de ello, Cecelia. Y tampoco salió nada en los periódicos.
—Pero ¿por qué?
—Eso es lo que intentamos averiguar. Delphine estaba indignada, pero era muy joven y en ese momento le daba demasiado miedo enfrentarse a Roman. Algo sucedió esa noche y él lo enterró. Pero estamos decididos a descubrir qué fue.
Eso me llega al alma.
—¿Estás diciendo que es posible que mi padre encubriera un asesinato, o, mejor dicho, dos, aquí, en esta fábrica?
—No estoy seguro, pero los padres de Dom no fueron los primeros en cuestionar las prácticas comerciales de tu padre. Lleva jugando sucio y saliéndose con la suya muchísimo tiempo.
—Entonces ¿lo estás espiando? ¿Estás trabajando aquí para descubrir la verdad?
—Más que eso —dice Sean con recelo. Me mira fijamente e intento leer entre líneas.
—¿Pensáis hacerle daño?
—Queremos hacerle sufrir. Por todo lo que ha hecho y por todo lo que le ha quitado a Dom y al resto de las familias que han trabajado para él desde que abrió esta puta fábrica. Por eso tienes que mantenerte alejada de nosotros. No puedes implicarte en nada de lo que ocurra. No es seguro.
—¿Qué vais a hacer?
Sean percibe el miedo que brota en mis ojos.
Niega con la cabeza.
—Si quisiéramos matarlo, ya lo habríamos hecho. Nosotros no somos así.
—Entonces ¿qué me impide ir a verlo ahora mismo y contárselo todo?
Sus hombros se tensan a causa de la crispación.
—Nada. Pero hay otros jugadores involucrados con una visión más amplia y saben que te tenemos a ti.
—Me teníais.
—Eso era lo que intentábamos transmitir, pero, cuando nos vieron juntos, cuando vieron…
—¿Cuando vieron qué?
Él se pellizca el puente de la nariz.
—Que la habíamos cagado y que estábamos pillados; tuvimos que cortar por lo sano para mantenerte al margen.
—¿Me estás diciendo que todo era una pantomima?
—Para mantenerte a salvo. Pero ahora te tienen en el punto de mira. Y no sé, nena. No sé.
—Espera un momento. ¿Así que todo esto empezó por mi padre? Es dueño de una puñetera empresa tecnológica. Hace calculadoras. Las prácticas comerciales turbias no lo convierten en un asesino.
—No solo es dueño de esto. Es dueño de Triple Falls y de todos sus habitantes, policía incluida. Tiene el monopolio de esta ciudad y nadie quiere que lo siga teniendo. Ya no.
—Esto no está sucediendo. Esto… no puede ser verdad.
—Lo siento, ¿vale? Lo siento, pero es así. El hombre con el que vives esconde tantos secretos como nosotros. Y se le da de puta madre guardarlos e irse de rositas. —Me acorrala contra la puerta—. Quiero que te vayas lejos, que te largues de este puto sitio, porque tu padre tiene muchos más enemigos aparte de nosotros por culpa de todos los chanchullos que ha hecho a lo largo de los años. No estás a salvo aquí.
—Sean…
—Te echo tanto de menos… —murmura él, estrechándome la cara entre las manos, mientras me recorre con la mirada—. La he cagado, los dos lo hemos hecho, pero nos pillaste desprevenidos.
Con la mente a mil por hora, me doy cuenta de que mi madre, su seguridad y todo aquello por lo que he trabajado desaparecerán si siguen adelante con sus planes. Pero son los ojos de mi padre los que veo antes de hablar.
—¿Y estás seguro de que nadie va a hacerle daño?
—Vamos a recuperar la ciudad que robó para devolvérsela a la gente que la merece. Está acumulando dinero por avaricia. El dinero de los demás.
Me vienen a la cabeza las palabras de Roman el día que me enfrenté a él.
—Ha solucionado lo de los sueldos. Eso ya no es un problema.
Sean niega con la cabeza.
—Ese es el problema de lo de «ver para creer». Que cualquier cabrón de tres al cuarto puede mirarte a los ojos y hacerte creer que no existe.
Trago saliva.
—Eso sigue sin explicar por qué yo soy el secreto.
—Lo eres por más de una razón. Cuando esto empezó, eras la forma de entrar, de infiltrarnos en su casa y de ayudarnos a investigar. —Me cuesta un triunfo no abofetearlo. Giro la cara y él me obliga a volver a mirarlo—. Escúchame. Al principio, me refiero al principio de todo, a cuando nos conocimos, me pareció buena idea incluirte. Fuiste una sorpresa. Sobre todo para mí. Eso fue cosa mía y también es la razón por la que Dominic era tan capullo contigo al principio. Él no estaba de acuerdo.
Sean me agarra de la muñeca y tira de mí para alejarme de la puerta antes de abrirla y asomar la cabeza por el pasillo. Al cabo de un segundo, la cierra y suspira.
—No podemos quedarnos aquí mucho más tiempo.
—¿Cuáles son las otras razones?
Silencio. Otra vez ese puñetero silencio.
—Te las contaría si pudiera.
—Cabrón. —Trago saliva una y otra vez. Sus confesiones me hacen volver a la casilla de salida—. Por eso no querías besarme al principio. Por eso dejaste que tomara yo la decisión de acostarme contigo. Tenía que decidirlo yo porque me estabas utilizando. Eso es muy chungo, Sean.
—Mírame. —Yo lo hago. Sus ojos me envuelven en una bruma de arrepentimiento—. Te quiero. He estado enamorado de ti desde que empezó todo esto, Cecelia. Y tú lo sabes, joder.
Son las palabras más amargas que he escuchado en mi vida y, en este momento, las encajo en mi cuerpo como si fueran golpes, porque tengo la certeza de que nunca sabré si son verdad.
—¿Y ahora qué? ¿Piensas poner en peligro tus maravillosos planes porque te importo?
—Los planes cambian. Y ya estamos hartos de ellos. Hemos tenido mucha paciencia con él.
—¿Y de verdad crees que no se lo diré?
Él apoya su frente en la mía.
—Yo sé que no lo harás. Y Dom también. Pero a los demás no podemos convencerlos tan fácilmente. Eres la hija del objetivo.
—¡Aun así, es mi padre! —Sacudo la cabeza—. Esto no puede ser verdad.
—Pues, desgraciadamente, lo es. ¿Puedes volver a casa de tu madre?
—No. Sean, sabes que estoy aquí por ella. Todavía no está bien y, si me voy ahora, perderé mi herencia. Si solo fuera cosa mía, sería diferente.
—Haré todo lo posible para asegurarme de que las cosas salgan como deberían. Blinda la casa, protégete, pero no se lo digas.
Su mirada atormentada basta para hacerme saber cuál será su destino si no soy capaz de guardar este secreto.
—¿Por qué me lo has contado?
—Acabo de decírtelo. Tú eres mi prioridad. No solo por lo que siento por ti, sino porque yo te he metido en esto; todo es por mi puñetera culpa. —Se pasa una mano por el pelo antes de golpear con ella la puerta que tengo al lado—. Te lo juro por Dios. Pensé que sería más seguro involucrarte. Están pasando demasiadas cosas como para hablar de ellas hoy. Lo único que quiero que sepas es que la he cagado, que Dom y yo la hemos cagado y que todos tenemos que… mantenernos alejados los unos de los otros. Cuanto menos tiempo nos vean juntos, más parecerá…
—Que me habéis utilizado.
Él asiente con la cabeza.
—Algún día te pediré que me perdones, pero por ahora necesito que me escuches y que me hagas caso. Esto es muy serio.
—No sé qué decir. No me puedo creer que esperes que confíe en ti.
—Pues confía en tu instinto. —Se acerca para intentar besarme y yo giro la cabeza. Su exhalación me roza el cuello. Desliza la frente sobre la puerta que tengo al lado antes de retroceder con una mirada implorante—. Algún día intentaré enmendar esto. Pero, por ahora, te suplico que me creas.
—No sé qué pensar… —Se me caen las lágrimas al recordar a Dominic y la forma en la que me miró el día anterior—. Dom no me odia… —digo, preguntando y afirmando a la vez.
—Con quien tiene problemas es con tu padre. —Sean me mira fijamente—. ¿Ha hablado contigo antes que yo? —Asiento con la cabeza—. Está desaparecido en combate desde que volviste. Nunca lo había visto así. —Una lágrima cae rodando desde mis ojos y Sean se estremece al verla—. Tú confías en mí, Cecelia, eso es lo peor de todo esto. Me esforcé mucho para que lo hicieras, para ganarme tu confianza, aunque en parte te estaba engañando… y me odiaré por ello el resto de mi vida. —Me estrecha la cara con fuerza entre las manos—. Supe desde el principio que no eras una más —murmura—. Tú piénsalo bien, ¿vale? Piénsalo bien. Piensa en todo lo que te he dicho. Olvida esa noche y créeme cuando te digo que la intención era protegerte y alejarte, más que hacerte daño. Pero yo la cagué. La cagué porque no pude soportar verte sufrir tanto.
El puñetazo que le dio a Dominic, ese fue el punto clave.
—Confía en mí y en Dom, pase lo que pase de ahora en adelante. No nos busques. No busques respuestas. Encontraré la forma de resolver esto. La encontraré.
—Me estás asustando.
—Lo sé. Lo siento. Querías respuestas y ya las tienes. Querías entrar. Pues estás dentro. Ahora debes guardar tus secretos. —Me agarra por la mandíbula, sin darme opción a rechistar, y sus labios posesivos reclaman los míos. Los dos gemimos dentro de la boca del otro mientras él me invade, devorándome y absorbiéndome, antes de que su beso se vuelva suave como una pluma. Luego se aleja de mí, como si se estuviera despidiendo. Levanta la vista hacia el techo por un instante, con los ojos brillando de emoción—. Te quiero —susurra con voz quebrada.
Entonces abre la puerta y se marcha. Esta se queda abierta unos instantes, suspendida detrás de él, antes de cerrarse con un clic y detonar la bomba que Sean acaba de lanzar.