Vuelo

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Entonces » Capítulo 42

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Anoche, por curiosidad, busqué en Google datos sobre los cuervos y deseé haberlo hecho mucho antes. El mero hecho de darme cuenta de que sus características son muy similares a las del ave que los representa, a pesar del grueso manto bajo el que se ocultan, me habría venido de lujo.

En inglés, una bandada de cuervos se llama «conspiración», una ironía que no puedo pasar por alto. Esas aves se agrupan en pandillas durante la adolescencia —que seguro que fue cuando se formó la Hermandad del Cuervo— y forjan vínculos como adolescentes rebeldes, hasta que finalmente se aparean. Algo que, en teoría, hacen de por vida. Las alas que Layla tiene en la espalda son permanentes, una marca que ella se puso de forma voluntaria. En estos momentos, me cuesta creer que alguno de los hombres de mi vida sea lo suficientemente sincero como para adquirir con él ese tipo de compromiso y mucho menos que sea capaz de cumplirlo.

Los cuervos también son unas de las aves más inteligentes, lo cual no me sorprende. Cada uno de los movimientos que hicieron con respecto a mí fue minuciosamente calculado y consensuado. Estoy segura de que más de una de las discusiones que Dominic y Sean tenían al principio en el taller eran por mí. Yo ya lo sospechaba, pero Sean me lo ha confirmado.

Ambos me han dicho más de una vez que el conocimiento es poder. Ahora es evidente que la única manera de participar en este juego es ser más astuta que ellos o insinuar que tengo un secreto valioso que ignoran.

Esta mañana, mientras tomaba el café en la terraza, me di cuenta de que tanto Sean como Dominic me habían ido cediendo lenta, sutil e indirectamente parte de ese poder.

Al fijarme en las balizas intermitentes, me vino a la cabeza la imagen de Dominic recostado en la silla de camping, con el móvil conectado al portátil para tener conexión a internet.

Una conexión que sería imposible… si no hubiera una puñetera antena de telefonía móvil a escasos metros de él. Cuando llegué a esa conclusión, dejé el café en el porche y crucé corriendo la casa, la puerta principal y los cien metros de césped que me separaban del claro del bosque, sintiéndome como la mayor pardilla del mundo.

Todas las veces que había ido al sitio en el que se reunían me habían llevado por otro camino, haciendo que el viaje me pareciera interminable, como si estuviera lejísimos, para ocultar que su lugar de reunión estaba en realidad en mi jardín trasero, literalmente. Esa estratagema tiene todo el sentido del mundo si estás constantemente vigilando a tu enemigo y a la pobre incauta de su hija.

Me pregunto por qué Dominic finalmente tomó la decisión de involucrarme.

Entre todas esas preguntas y que todavía no sé cómo posicionarme, mi enfado no hace más que aumentar.

Pero yo les permití que me manipularan para hacerme creer que tenían poder sobre mí. En algún momento tendré que ser capaz de exigir respuestas si quieren que coopere con ellos. Y eso es exactamente lo que estoy decidida a conseguir ahora.

Después de todo lo que me han revelado, ¿de verdad esperan que me limite a guardar silencio y a aceptarlo? Ni de coña. Si voy a formar parte de este secreto, quiero detalles.

Tendré que ir con cuidado. Con mucho cuidado. Ahora estoy al borde del abismo, tan cerca que un paso en falso podría hacerme caer en el oscuro olvido, volver a la zona profunda. Y eso es contra lo que pienso luchar. Contra la oscuridad en la que me han mantenido, con demasiadas preguntas sin respuesta. Puedo convertirme en parte del juego o seguir siendo un peón. Y me niego a consentir esto último un día más.

Pero darme cuenta de todo lo que ha estado sucediendo a mi alrededor mientras yo lo ignoraba, cegada como una boba por los sentimientos y experiencias de los últimos meses, es exasperante. Embriagada de lujuria y amor, estuve bailando sobre la lengua del diablo y acabé en su garganta.

No me gusta sentirme impotente. Soy una mujer que necesita tener cierta sensación de control.

Necesito una salida, un lugar donde poder darle a los pies.

Me han cortado las alas. Y por eso estoy en peligro, algo que me está obligando a mantener la cabeza fría y estar constantemente alerta.

Pero eso es lo que tienen los cuervos. Que siempre parecen estar al acecho.

Algo con lo que ahora cuento.

Me aplico protector solar sobre el pecho desnudo y me tumbo en el puf… a esperar. La compañía ha atendido mi solicitud de inmediato gracias a las influencias de mi querido padre, algo que pienso utilizar en beneficio de mi propósito actual.

No han tardado nada en instalar el sistema de sonido y ha merecido la pena invertir hasta el último centavo de tres de las pagas que había ahorrado. Hace dos horas que estoy poniendo en bucle la misma canción a todo volumen, en el bosque que hay al fondo de la propiedad.

Quiero más explicaciones que las que me ha dado Sean.

Seguiré las reglas. Nada de teléfonos. Nada de mensajes. Nada de correos electrónicos.

Pero, si me impiden ponerme en contacto con ellos, me aseguraré de que ellos vengan a mí.

Seré una sirena imposible de ignorar.

Tal vez haya leído demasiados libros, pero estoy segura de que mi táctica funcionará, porque es imposible que pase desapercibida y, además, podría guiar a los curiosos hacia este secreto en particular. Puede que llamando así la atención esté atrayendo más peligro a mi vida, pero es un riesgo que voy a tener que correr.

K, de Cigarettes After Sex, suena en el bosque una y otra vez mientras yo me pongo cómoda.

Espero y espero.

Al cabo de tres horas, cuando el sol empieza a ponerse, la sensación de fracaso me invade y acabo cerrando los ojos.

Esos hombres me sacan de quicio, no solo por su capacidad de abandonarme tranquilamente sin darme más explicaciones, sino porque encima esperan que vuelva a dormirme después de haberme atado a la silla eléctrica.

No creo que pueda perdonarles nunca el daño que me han hecho, pero alejarme de ellos es un trago amargo, a pesar del dolor que su traición me sigue causando. Que se jodan por permitirlo.

Cuanto más echo la vista atrás y más vueltas les doy a nuestras conversaciones y a las lecciones de vida de Sean, más empiezo a atar cabos.

Y más me cabreo.

También me doy cuenta de que sé más cosas y es ese «más» lo que hace que este sufrimiento cada vez mayor merezca la pena. Ambos invirtieron mucho tiempo en mí —sobre todo Sean— y no encuentro absolutamente ningún otro motivo para ello que lo que siento en lo más profundo de mi ser. Siempre llego a la misma conclusión: mi amor sí era correspondido.

Cada latido de mi corazón es una tortura y los responsables son esos dos hombres que se propusieron hacerme suya. Pero sigo siendo una mujer despechada.

En cuestión de meses, he pasado de estar loca por los chicos a volverme loca por los hombres. Y todo por su puñetera culpa.

Los amo y los odio. Pero no soy capaz de darles la espalda, por muy tóxicos que sean. Todavía no.

Aunque, ahora mismo, solo quiero que vengan a hablar conmigo.

Suspirando, me limpio las lágrimas que se acumulan bajo mis ojos y me regaño mentalmente. Puede que este plan fuera una idiotez.

No sirve de nada autocompadecerse, ni en este momento ni nunca, tal vez. No puedo creer que haya sido tan ingenua, que haya caído directamente en sus redes.

Con la rabia corriendo por las venas, vuelvo a ponerme en contra de ellos. No puedo cometer más errores. En cierto modo, me satisface saber que, al menos, les he molestado. Que los he obligado a reparar en mi presencia, que les he hecho saber que voy a por ellos.

De repente me doy cuenta de que no estoy sola y permito que una sonrisa perezosa se dibuje en mis labios. Deslizo una mano sobre mis pechos desnudos y poso la palma sobre la barriga antes de levantar la otra para proteger mis ojos de la luz.

—¿No tienes nada que decir? —me burlo, todavía con los ojos cerrados, mientras una sombra me cubre y me tapa el sol. Con la piel de gallina a causa de la emoción, abro lentamente los párpados…

Y me quedo helada.

Nos miramos fijamente durante unos segundos que se me hacen interminables, unos instantes en los que me hago plenamente consciente de mi situación, mientras me ruborizo ante esos ojos tan penetrantes y opresivos como una mano en el cuello.

«No queremos atraer al lobo».

No me cabe la menor duda. Son los ojos de ese lobo los que estoy mirando fijamente.

Él se cierne sobre mí con un traje negro entallado que contrasta radicalmente con mi atuendo. Tiene el pelo del color de las alas de un cuervo y una piel aceitunada tostada por el sol. Sus gruesas cejas negras coronan unos ojos hostiles. El conjunto se completa con una nariz grande y prominente que se posa sobre un rostro escultural, unos labios gruesos que parecen besados por Dios, unos hombros anchos, unos pectorales definidos, una cintura estrecha bajo la chaqueta abierta y unos muslos musculosos que se marcan bajo el pantalón del traje.

Entonces comprendo que verdaderamente el conocimiento es poder y que he sido una pringada al pensar que lo tenía todo controlado.

No tenía ni puta idea.

Me estoy ahogando en las profundidades de un ámbar ardiente y no soy lo bastante fuerte como para resistirlo. Nunca había sentido nada igual ante la mirada de un hombre. Cambio de postura para cubrirme los pechos desnudos mientras él me mira de arriba abajo. Está preparado para atacar, furioso y con los puños apretados a los costados. Estoy convencida de que, si estuviera de pie, me habrían fallado las rodillas bajo el peso de su mirada abrasadora.

Estaba totalmente equivocada: un paso adelante, diez atrás.

—Así que el Francés eres .

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