Vuelo

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Entonces » Capítulo 1

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Al llegar a las enormes puertas de hierro, introduzco el código que me ha dado Roman y contemplo boquiabierta la inmensidad de la finca mientras entro con el coche. Hectáreas y hectáreas de césped fluorescente salpicado de árboles rodean la grandiosa mansión que se divisa a lo lejos. Cuanto más me acerco, más fuera de lugar me siento. A la izquierda de ese palacio hay un garaje para cuatro coches, que yo ignoro; prefiero aparcar en el camino curvado que hay delante del porche.

Salgo del vehículo y estiro las piernas. El viaje no ha sido largo, pero mis extremidades se han ido entumeciendo cada vez más a cada kilómetro que me acercaba. Aunque la casa es impresionante, yo la veo más bien como una prisión y ese es el primer día de mi condena.

Abro el maletero, saco algunas maletas y subo las escaleras, echando un vistazo al porche impecable. No hay nada en esa casa que resulte agradable, salvo los terrenos en los que se asienta, y toda ella apesta a dinero.

Cierro la puerta detrás de mí y observo el vestíbulo, donde hay una mesa solitaria con un gran jarrón vacío que seguro que cuesta más que mi coche. Hay una escalera imponente a la derecha y, a la izquierda, un comedor formal. Decido saltarme la visita autoguiada y sostengo el teléfono entre la mejilla y el hombro mientras subo las maletas a la segunda planta. Me responde al segundo tono.

—Hola, ya he llegado.

—Esto es una mierda —dice Christy, a modo de saludo, mientras entro en la celda que me han asignado, mirando a mi alrededor. En su interior hay una cama blanca con dosel que mi padre ha mandado traer, junto con una cómoda, una cajonera y un tocador a juego. Tiene un aire regio y no es para nada mi estilo, lo cual no me sorprende en absoluto. Él no me conoce.

—Solo será hasta el próximo otoño.

—Eso es un año, Cecelia. ¡Un año! Acabamos de graduarnos. Es nuestro último verano antes de empezar en la universidad ¿y tu madre decide tomarse un tiempo para ella misma?

Eso no es del todo cierto, pero dejo que Christy crea que sí por el bien de mi madre, porque todavía no sé cómo explicarlo. La triste realidad es que mi madre ha sufrido una crisis monumental que le ha hecho perder su trabajo y la ha obligado a rascarse el bolsillo para pagar unas facturas a las que ya no podía hacer frente. Su novio le ha ofrecido mudarse a su casa: específicamente a ella, no a su hija bastarda. Mi madre y yo siempre hemos estado muy unidas, pero ni siquiera yo la reconozco ya. A pesar de mis esfuerzos por seguir siendo su niña bonita, hace unos meses se encerró en sí misma, bebiendo rusos blancos día y noche durante semanas, hasta que un día dejó de levantarse de la cama. Prácticamente me abandonó en su afán de emborracharse a diario. Aunque intenté presionarla todo lo posible para que me diera algún motivo y para obtener unas respuestas que nunca llegaron, la verdad era que no tenía ni idea de cómo ayudarla, así que evité darle la lata con los pormenores del acuerdo de convivencia condicional propuesto por mi padre.

Verla desmoronarse así fue tremendo y en su estado no quería que se quedara sin nada, sobre todo después de tantos años siendo madre soltera. Cuando la situación se volvió insostenible, le pedí a mi padre que ampliara la manutención —solo por un tiempo— para ayudarla a salir adelante económicamente, aunque el dinero que enviaba cada mes de forma puntual no era más que calderilla para él: el equivalente a lo que costaba uno de sus trajes a medida. Él se había negado y, poco antes de que yo me graduara, había firmado un último cheque que más bien parecía una última paga por los servicios prestados, como si mi madre hubiera sido su empleada.

Ni en mis sueños más disparatados logro imaginar cómo pudieron llegar a ser pareja en algún momento, ni cómo pudieron engendrarme esas dos personas que no deberían haber procreado entre sí. Son dos polos totalmente opuestos. Mi madre es —o era, hasta hace poco— un espíritu libre con un montón de vicios. Mi padre es un conservador al que le gusta criticar y es extremadamente disciplinado. Por lo que recuerdo, sus horarios son como un reloj suizo y raramente cambian. Se levanta, hace ejercicio, come medio pomelo y se va a trabajar hasta que se pone el sol. Su único capricho, cuando yo era más joven, era tomarse un par de copas de ginebra después de un día largo. Esa es toda la información de carácter privado que poseo sobre él, gracias a su discreción. El resto puedo encontrarlo en internet. Es dueño de una empresa que sale en la lista Fortune 500 que antes se dedicaba a los productos químicos, pero que ahora fabrica aparatos electrónicos. Tiene un rascacielos en Charlotte, a poco más de una hora de distancia, y su fábrica principal se encuentra aquí, en Triple Falls. Estoy segura de que la construyó en este lugar porque es donde se crio y no me cabe la menor duda de que disfruta restregándoles su éxito por las narices a sus antiguos compañeros, algunos de los cuales trabajan ahora para él.

A partir de mañana, pasaré a ser uno más de sus empleados. No soy ninguna niñata malcriada; al menos no lo fui durante los años que viví con mi madre en nuestra casita de alquiler destartalada. Cuando cumpla veinte años, heredaré un buen número de acciones de la empresa y una importante suma de dinero. Sé que él ha elegido la fecha a conciencia porque nunca ha querido que mi madre tocara su fortuna. Su rencor hacia ella queda patente en ese sentido. Si a eso le añadimos que ha aportado lo mínimo a lo largo de los años, manteniendo a mi madre en el lugar de la cadena alimenticia que según él le corresponde, es fácil darse cuenta de que ya no siente nada por ella.

Durante un breve periodo de tiempo, viví a ambos lados de la pobreza a causa de sus estilos de vida radicalmente distintos y, a pesar de los deseos de él, cogeré las acciones y el dinero e iré en contra de todos y cada uno de ellos. En cuanto pueda, evitaré que mi madre tenga que volver a trabajar. Estoy decidida a triunfar por mí misma, aunque el miedo al fracaso y la posibilidad de que apostar por mí acabe perjudicándola a ella son lo que me ha traído hasta aquí. Pero, para llevar a cabo mi plan, tengo que seguirle el juego a él y eso incluye ser «lo suficientemente agradecida y respetuosa para aprender cómo funciona la empresa, aunque sea empezando desde abajo».

Lo más difícil será morderme la lengua y disimular mi resentimiento, que es considerable, teniendo en cuenta que podría habernos ahorrado a ambos pasar un año incómodo juntos simplemente habiendo tenido un poco de consideración hacia la mujer que ha hecho todo el trabajo de los dos progenitores.

No es que odie a mi padre, pero no lo entiendo y nunca lo haré; ni a él ni su crueldad sin paliativos. Tampoco pienso pasarme el próximo año tratando de entenderlo. Todas las veces que se ha comunicado conmigo lo ha hecho apresuradamente y porque no le quedaba más remedio. Siempre ha sido un proveedor de fondos, no un padre. Respeto su ética de trabajo y su éxito, pero no entiendo el porqué de su falta de empatía ni su personalidad glacial.

—Iré a casa siempre que pueda —le digo a Christy, sin atreverme a convertirlo en una promesa debido a mi horario.

—Yo también iré a verte.

Abro el cajón de arriba de la cómoda y guardo un montón de calcetines y ropa interior.

—Vamos a ver qué opina el jefe supremo de que te quedes en uno de los cuartos de invitados antes de que llenes el depósito, ¿vale?

—Me pagaré un hotel con la tarjeta de mi madre. Que le den a tu padre.

Me río y mi risa suena rara en esa habitación gigantesca.

—Hoy te ha dado por machacar a mis padres.

—Adoro a tu madre, pero no la entiendo. Voy a tener que ir a verla.

—Se ha mudado a casa de Timothy.

—¿En serio? ¿Cuándo?

—Ayer. Dale tiempo para que se instale.

—Vale… —Christy se queda callada unos instantes—. ¿Por qué me estoy enterando de esto ahora? Sabía que algo iba mal, pero ¿qué está pasando realmente?

—Sinceramente, no lo sé. —Suspiro, sucumbiendo al resentimiento que estoy empezando a sentir. No es propio de mí ocultarle nada a Christy—. Lo está pasando mal. Timothy es un buen tío, se portará bien con ella.

—Pero no ha dejado que tú te mudaras a su casa.

—La verdad es que yo ya soy adulta y él no va sobrado de espacio, precisamente.

—Sigo sin entender por qué a ella le parece bien que te vayas a vivir con tu padre justo ahora.

—Ya te lo he dicho, tengo que trabajar en la fábrica durante un año para dejarla protegida. No quiero tener que preocuparme por ella cuando esté en la universidad.

—Eso no es cosa tuya.

—Lo sé.

—Tú no eres la madre.

—Ambas sabemos que sí. Y retomaremos nuestros planes en cuanto vuelva.

Fue una sorpresa para mí que mi padre me dejara asistir a la universidad pública aquí durante un par de semestres, en lugar de obligarme a tomarme un año sabático para empezar un curso más tarde en una facultad con más prestigio. Su dinero es mi única fuente de fondos para la universidad, así que esa victoria durante las negociaciones me hizo darme cuenta de que tenía tantas ganas de salirse con la suya como para transigir, algo que se aleja de su personalidad controladora.

Echo un vistazo a la habitación.

—No he pasado más de un día con él ni he veraneado aquí desde que tenía once años.

—¿Y por qué?

—Siempre ponía alguna excusa. Decía que los viajes al extranjero y la expansión le impedían ocuparse de mí durante varias semanas o meses seguidos. La verdad es que, en cuanto me vino la regla, me salieron tetas y me volví rebelde, no supo cómo gestionarlo. No creo que haya nada que Roman tema más que ser un padre de verdad.

—Es raro que llames a tu padre por su nombre de pila.

—No lo hago a la cara. Cuando estoy aquí, lo llamo «señor».

—Nunca hablas de él.

—Porque no lo conozco.

—¿Y cuándo empiezas a trabajar?

—Mi turno será de tres a once, pero mañana tengo formación.

—Llámame cuando salgas. Te dejo deshacer las maletas. —Cuando estoy a punto de colgar, me doy cuenta de que me voy a quedar con la única compañía del silencio que reina en esa habitación y en toda la casa. Estoy completamente sola. Roman ni siquiera ha tenido la decencia de venir a recibirme para ayudarme a instalarme—. ¿Cee? —La voz de Christy suena tan insegura como yo me siento.

—Qué mierda. Vale, estoy empezando a aterrizar.

Abro las puertas acristaladas que dan a mi balcón privado y contemplo la prístina propiedad. A lo lejos solo se ve un manto de hierba verdísima cortada en diagonal. Más allá hay un espeso bosque de árboles alrededor de una torre de telefonía móvil. Más cerca de la casa hay un jardín bien cuidado que rezuma opulencia sureña. Las glicinas trepan por diversos enrejados que a su vez hacen de dosel de unas cuantas fuentes monumentales. Los setos cubiertos de madreselva recortada caen sobre unas cuantas cercas. Un aroma floral llega flotando hasta mi nariz cuando la brisa me golpea en una silenciosa bienvenida. Hay un mullido sofá estratégicamente colocado en el cuidado jardín, que decido que será mi rincón de lectura. La enorme piscina centelleante resulta tentadora, sobre todo con el incipiente calor veraniego, pero me siento demasiado incómoda como nueva residente del palacio como para considerarla de uso personal.

—Dios, qué raro es esto.

—Tú puedes hacerlo.

El nerviosismo de la voz de Christy me resulta inquietante y el hecho de que ambas nos sintamos inseguras en este momento me infunde todavía más miedo.

—Eso espero.

—En poco más de un añito, estarás en casa. Tienes casi diecinueve años, Cee. Si no te gusta, puedes largarte.

—Cierto.

Eso es verdad, pero el problema es el acuerdo con Roman. Si me niego a pasar este periodo de tiempo en la fábrica, perderé una fortuna, una fortuna que podría liquidar la deuda de mi madre y dejarla en una posición acomodada para el resto de su vida. No puedo… No pienso hacerle eso. Ha trabajado como una esclava para cuidar de mí.

Christy percibe mi inseguridad.

—Eso no es cosa tuya. Su trabajo era criarte, Cee. Ese es el deber de cualquier padre y tú no deberías sentirte obligada a compensárselo.

Es cierto y lo sé, pero, mientras observo el palacio inerte de Roman, echo de menos a mi madre más que nunca. Puede que sean la distancia y el trato de mi padre lo que me hacen sentir tanta gratitud hacia ella. En cualquier caso, quiero cuidarla.

—Sé que mi madre me quiere —digo más por mí que por Christy. Que mi madre renunciara a la vida, que renunciara a mí tras tantos años juntas, fue una sorpresa brutal e incomprensible.

—Bueno, yo al menos no te culparía si te desentendieras. Quiero a tu madre y todo eso, pero ninguno de ellos está siendo muy útil en este momento.

—Roman es soportable; estricto, pero nos las arreglamos unos cuantos veranos. Bueno, más bien nos las arreglamos para evitarnos durante unos cuantos veranos. No pretendo que conectemos, solo sobrevivir. Este lugar es tan… frío.

—¿Nunca habías estado ahí?

—No, en esta casa no. La construyó cuando dejé de venir en verano. Creo que vive la mayor parte del tiempo en su piso de Charlotte. —Frente a la puerta de mi habitación, a unos metros de distancia, hay otra. La abro, aliviada al ver que se trata de una habitación de invitados. A mi izquierda, al final de la escalera, hay un altillo que da al vestíbulo de la planta baja y que conduce a un largo pasillo con más puertas cerradas—. Va a ser como vivir en un museo.

—Cómo odio esto. —Christy deja escapar un suspiro, o más bien un gemido.

Percibo su amargura. Somos amigas desde secundaria y no hemos pasado ni un solo día separadas desde que nos conocimos. No sé cómo enfrentarme a la vida sin ella y, sinceramente, tampoco me apetece. Pero lo haré por el bienestar de mi madre. Algo más de un año en un pueblo soporífero perdido en medio de las montañas de la Cordillera Azul y seré libre. Espero que el tiempo pase volando.

—Busca alguna distracción. Preferiblemente con pene.

—¿Crees que esa es la solución? —Vuelvo a mi habitación y salgo al balcón.

—Lo descubrirías si le siguieras el rollo a alguno.

—Lo hice y ya viste cómo acabó.

—Esos eran unos niñatos. Búscate a un hombre. Espera y verás. En cuanto te vean, toda la ciudad se va a volver loca.

—Ahora mismo no podría importarme menos. —Observo la espectacular vista de la montaña que hay más allá del bosque privado—. Estoy viviendo oficialmente en la otra cara de la moneda. Esto es rarísimo.

—Me lo imagino. Anímate. Llámame mañana, después de la formación.

—Vale.

—Te quiero.

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