Vuelo
Entonces » Capítulo 3
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Eh, encuentro apasionado! —Oigo una risilla jocosa a mis espaldas mientras cruzo el aparcamiento—. ¡Espera!
Me giro con el ceño fruncido y veo que Sean viene caminando con tranquilidad hacia mí entre una hilera de coches. Con los brazos en jarras, lo observo fijamente mientras se aproxima y, cuando llega a mi lado, me veo obligada a levantar la vista debido a nuestra diferencia de altura.
Bajo la radiante luz del día, es mucho más impresionante de lo que creí en un primer momento y me esfuerzo por no mirarlo embobada. Su aspecto es imponente: pelo revuelto de dos tonalidades —rubio oscuro y platino—, piel bañada por el sol, cuerpo de infarto, ojos castaños un tanto dominantes y nariz prominente, con una ligera protuberancia en el puente, que acaba en el ancho perfecto. En cuanto a la boca, es suficiente como para mantener ocupados mis ojos sedientos. Saca la lengua para lamer un pendiente de aro que lleva en un extremo de esta, exhibiendo un carnoso labio inferior. Me mira con los ojos brillantes, esbozando una sonrisa burlona, mientras los míos se sacian y se desvían hacia su pronunciada nuez y sus anchos hombros antes de seguir bajando más y más. Un gran tatuaje le cubre la mayor parte del brazo izquierdo, donde la punta negra y oscura de un ala y unas plumas empiezan justo por encima de su codo y parecen llegarle hasta la base del cuello.
—Ese no es mi nombre.
—Perdón —se excusa él, sonriendo—. No he podido resistirme.
—Pues esfuérzate más.
Su risa hace que se me ponga la piel de gallina.
—Lo haré. Has sido muy valiente ahí dentro.
—Ya, bueno, no es que me haga mucha ilusión este trabajo. Forma parte de mi condena.
Él frunce el ceño.
—¿Qué condena?
—La de mi apellido. Me obligan a trabajar aquí durante un año, así que me lo merezco, supongo. —Me encojo de hombros, como si mi amargura no dijera mucho en mi favor.
—Ya, no eres la única. A mí tampoco me entusiasma volver.
Es mayor que yo, probablemente rondará los veinticinco, y está tan bueno que es imposible no fijarse en él. Su olor es igual de cautivador: huele a cedro y a algo más que no soy capaz de identificar. El rollo que transmite es irresistible. Cuanto más tiempo pasa bajo el sol dorado, más parece absorberlo. Resulta perturbador lo mucho que me desconcierta mirarlo. Pero no pienso fustigarme por ello, porque su mirada es igual de descarada. Esta mañana, a pesar de estar de bajón, he decidido arreglarme y me alegra haber hecho el esfuerzo para poder estar ahora delante de Sean con un vestido de cuello halter negro con puntitos blancos, por la rodilla. Me he dejado el pelo suelto y este cae liso sobre mis hombros. Le he dedicado un tiempo extra a las pestañas y me he puesto un montón de brillo de labios que ahora lamo ante su atenta mirada mientras él baja la vista.
—Cecelia, ¿verdad?
Asiento con la cabeza.
—¿Tienes planes?
—¿Por qué?
Se pasa una mano por su desordenada mata de pelo puntiagudo.
—Eres nueva en la ciudad, ¿no? Mis compañeros y yo compartimos casa a unos cuantos kilómetros de aquí. Hoy vienen unos amigos y he pensado que a lo mejor te apetecía venir.
—Gracias, pero creo que paso.
Él ladea la cabeza. Le ha hecho gracia que respondiera tan rápido.
—¿Por qué?
—Porque no te conozco de nada.
—Ese es el objetivo de la invitación. —Puede que de su boca salgan palabras amables, pero sus ojos me están devorando de una forma con la que no acabo de sentirme cómoda.
—Puede que el chiste que he hecho ahí dentro te haya dado una impresión equivocada de mí.
—No estoy haciendo ninguna suposición, te lo prometo. —Levanta las palmas de las manos, donde un as tatuado en su muñeca derecha se presenta como la mejor carta permanentemente bajo su manga.
«Muy agudo».
Me guiña un ojo. Es como si me diera un beso en la mejilla. Lo único que me espera en casa es un baño en la piscina y un libro. Y tengo la sensación de que así será la mayor parte del verano. Lo miro con desconfianza y extiendo una mano.
—Enséñame el carné de conducir.
Arqueando una de sus gruesas cejas rubias, saca la cartera y me lo entrega. Yo lo cojo y los miro a ambos alternativamente mientras él saca un cigarrillo y lo sostiene colgando entre los labios antes de encenderlo con un Zippo negro de titanio. Yo vuelvo a centrarme en su carné.
—Eres consciente de que eres el último fumador del mundo, ¿no?
—Alguien tiene que perpetuar las malas costumbres de mi viejo —dice él después de exhalar.
—Alfred Sean Roberts, veinticinco años, virgo. —Le hago una foto al carné y se la envío por mensaje a Christy.
Si me encuentran muerta, ha sido este tío.
Los tres puntitos que indican que me está contestando se activan de inmediato y sé que estará cabreadísima. La fotografía no le hace justicia. En ella tiene un aspecto inquietante que no pega nada con este lugar.
—¿Te estás cubriendo las espaldas? —me pregunta al darse cuenta de lo que acabo de hacer.
—Exacto. —Le devuelvo el carné—. Si no vuelvo a casa, serás el sospechoso número uno.
Él parece reflexionar sobre lo que acabo de decir.
—¿Te va la fiesta?
—¿En qué sentido?
—En todos.
—No mucho, la verdad.
Él me dedica una mirada intensísima y parece vacilar, como si se estuviera planteando retirar la invitación. A pesar de sentirme un poco ofendida, decido facilitarle las cosas.
—Supongo que eso lo cambia todo. No te preocupes, ya nos veremos.
—No es eso, es que… —Se lleva una mano a la nuca—. Joder, sí que la estoy cagando. Es que los chicos…, bueno…, son…
—He estado en muchas fiestas, Sean. No soy Caperucita Roja.
Él me regala una sonrisa antes de apagar el cigarrillo con una bota marrón manchada de grasa.
—Mejor, porque no queremos atraer al lobo.
—¿A dónde piensas llevarme exactamente?
Él esboza una sonrisa cegadora que encajo como un golpe en el pecho.
—Ya te lo he dicho, a mi casa.
Debería desconfiar, sobre todo por sus reparos, pero estoy más intrigada que otra cosa.
—Pues venga.
Nos detenemos delante de una casa de dos plantas, la única de un pequeño callejón sin salida. El resto de las viviendas de la calle están lo bastante alejadas como para aportarle suficiente privacidad. Nada que ver con el barrio de casas apiñadas en el que yo me crie. Me bajo del Camry y me reúno con Sean en su coche, un clásico al que me ha costado seguir durante el camino. Es de color rojo fuego, tiene pinta de estar recién pulido y parece encajar con él a la perfección. El resto de los vehículos que ocupan las plazas de aparcamiento alrededor de la glorieta y a los lados de la calle son parecidos, en su mayoría modelos clásicos con carrocerías llamativas y motores potentes o camionetas enormes, de esas a las que cuesta subir.
—Qué pasada —comento mientras él sale y cierra la puerta con los ojos ocultos tras unas gafas de sol vintage estilo Elvis en Las Vegas. A cualquier otra persona le quedarían ridículas, pero a él le sientan de maravilla. Desvío la mirada y acaricio el exterior reluciente del vehículo—. ¿Qué coche es?
—Un Nova SS del 69.
—Me encanta.
Él sonríe.
—A mí también. Vamos.
Echo un vistazo al camino de acceso. Salta a la vista que en esa casa de color canela viven hombres solteros. No tiene nada de especial: el césped está lo suficientemente cuidado como para tener buen aspecto, pero le falta un toque personal. Hay un grupo de personas reunidas en el porche, algunas de las cuales ya han girado la cabeza hacia nosotros.
Una punzada de ansiedad social me deja fuera de juego mientras Sean se adelanta unos pasos para que lo siga. Cuando se da cuenta de que no estoy a su lado, se da la vuelta y yo meto la muñeca bajo el brazo que tengo caído a un costado.
—¿Quién vive ahí?
—Un par de compañeros y yo. Son como mis hermanos. Y los dos muerden.
—Ya estoy mucho más tranquila.
Él se pone las gafas sobre la cabeza y me mira con escepticismo.
—Tal vez deberíamos ir a otro sitio.
—¿Tú crees?
Sean da unos cuantos pasos hacia mí y me habla con tranquilidad.
—A ver, admito que en la fábrica pensé que eras más una leona que una pequeña gatita indefensa.
Lo fulmino con la mirada.
Él señala mi cara y vuelve a sonreír.
—Eso es, esa actitud de macarra es lo que necesitas para sobrevivir en esta casa. ¿Crees que podrás mantenerla mientras estés aquí?
—No entiendo nada. ¿No eran tus amigos?
Él levanta una mano firme entre ambos para echarme unos mechones de pelo por detrás del hombro. Yo no me aparto.
—Si te hubieras asustado, te habría llevado a otro sitio. Puedes hacerlo. Tú no permitas que te vacilen, como hiciste conmigo en el trabajo, y todo irá bien.
Me agarra de la mano y nos abrimos paso entre la multitud del porche, deteniéndonos poco antes de llegar a la puerta principal.
—¿Quién es esa? —La voz viene del columpio de la entrada y el que pregunta es un chico que está abrazando a una chica que me mira con idéntico interés. Prácticamente llevan la frase «Aquí no nos gustan los desconocidos» tatuada en la cara.
—Acaba de empezar en la fábrica. Cecelia, este es James y esa es su chica, Heather. —Luego señala con la barbilla al resto de la gente que se agolpa junto a la barandilla del porche, mirándome fijamente mientras beben cerveza—. Russell, Peter, Jeremy y Tyler.
Todos ellos me saludan con un movimiento de barbilla mientras una extraña sensación me recorre la columna vertebral. No es desagradable. Más bien una especie de déjà vu. Tyler es el que más tiempo me sostiene la mirada tras nuestra presentación y no puedo evitar fijarme en la punta de un ala que sobresale bajo el puño de su camiseta cuando levanta la cerveza. Continuamos mirándonos fijamente hasta que me llevan al interior de la casa.
Aunque no tenía muy claro si venir o no, me siento más cómoda aquí que en casa de mi padre después de una noche, algo que aprovecho para armarme de valor y seguir adelante. Una vez en el interior, echo un vistazo a la casa, que está impecable. Las paredes parecen recién pintadas y los muebles, nuevos. No hay nadie en la sala de estar, salvo una pareja en un sofá de dos plazas, charlando animadamente. El chico me mira de arriba abajo antes de saludar con la cabeza a Sean, que me conduce a través de una puerta corredera de cristal. Cuando salgo al jardín, se me ponen los pelos como escarpias y se me eriza el vello de la nuca. Me siento como si estuviera en un escaparate, algo que se asemeja bastante a la realidad, porque el jardín trasero está atestado de gente. Sale humo de una barbacoa cercana y también de la boca de varias personas que están al lado de la valla que rodea el jardín. A nuestra izquierda hay una larga mesa de exterior llena de individuos que beben chupitos y juegan a las cartas. Un par de invitados más y esa reunión sería una fiesta en toda regla. Sean me lleva al medio del jardín, donde hay varias hileras de neveras repletas de cerveza, al lado de un banco de pícnic.
—Bonita casa.
—Gracias, estamos en ello. ¿Una cerveza?
—Pues… —No sé qué decir. Me estoy esforzando por encajar, aunque salta a la vista que no pego ni con cola. La última vez que bebí, la cosa no acabó bien—. Vale, tomaré una.
Él abre una sidra de las fuertes.
—Creo que esto es cerveza para chicas. —Bebo un trago y luego otro, disfrutando del sabor. Sean esboza una sonrisa sensual—. ¿Te gusta?
—Está bastante buena.
—Supongo que debería haberte preguntado cuántos años tienes.
—Los suficientes para votar, pero no como para beber legalmente. —Él agacha la cabeza—. No soy tan joven. Cumpliré diecinueve dentro de unas semanas.
—Mierda —dice, mirándome—. Y creía que era yo el que te iba a causar problemas a ti.
Arqueo un par de veces las cejas.
—No tienes ni idea.
—Me vas a dar muchos disgustos —dice, mirándome a los ojos—. Lo sé.
—Soy inofensiva.
—De eso nada —replica él, negando con la cabeza lentamente—. Ni mucho menos. —Saca una cerveza de la nevera y la abre sin quitarme ojo—. ¿Tienes hambre?
—Muchísima —digo con sinceridad, con el estómago rugiendo por el olor que inunda el jardín.
—Debería estar listo pronto. —Uno de los chicos que está jugando a las cartas en el porche le hace señas para que se acerque, mirándome con curiosidad—. ¿Te importa esperar aquí un momento?
—No, tranquilo.
—Vuelvo ahora —dice, alejándose, mientras yo me concentro en su trasero.
Oigo una risa de mujer a mis espaldas y, cuando me giro, la veo acercarse. Es guapísima. Tiene una melena larga y rubia, ojos azules y, en mi opinión, un físico perfecto: menudo y ligeramente curvilíneo. El metro setenta alcanzado en mi último estirón me sitúa por encima de ella. Los ojos azules y el pelo castaño rojizo los heredé de mi padre y la complexión ligeramente desproporcionada, de mi madre. Lo que me falta en los pechos de copa B lo compenso con un culo doble D.
La chica sonríe.
—No me extraña que mires, podría partir nueces con ese culito.
—¿Tan descarada soy?
—Un poco —responde ella. Saca una sidra de la nevera, la abre y bebe un trago—. Pero a todas nos llama la atención ese culo. Soy Layla.
—Cecelia.
—¿Qué te parece Sean?
—No lo sé. Lo he conocido hoy, en la sesión de formación.
Ella arruga la nariz.
—¿Trabajas en la fábrica?
—Empiezo mañana. Me mudé aquí ayer.
—Yo trabajé allí varios años después del instituto y no lo soportaba. Aquí casi todo el mundo trabaja allí o lo ha hecho en algún momento. Pero el dueño es un imbécil. Vive en un castillo cerca de aquí. —La chica se gira hacia mí—. Entiendo que la gente del pueblo trabaje ahí, pero ¿por qué ibas a hacerlo tú?
—Porque soy la hija del imbécil.
Ella ladea la cabeza y abre un poco más sus ojos de color azul claro antes de mirar rápidamente hacia donde se ha ido Sean.
—¡No jodas!
—Sí y, créeme, para mí es una pesadilla.
—Ya me caes bien. —Bebe otro trago de sidra y echa un vistazo al jardín—. La misma mierda de siempre.
—¿Hacen esto a menudo?
—Pues sí. —Ella hace un gesto con los dedos, como si no mereciera la pena hablar del tema—. Bueno, ¿de dónde eres?
—De Peachtree City. Está a las afueras de Atlanta.
—¿Y por qué te has mudado aquí?
Me encojo de hombros.
—Soy hija de padres solteros y se han pasado el testigo este año.
—Vaya mierda.
—Pues sí.
La chica deja de prestarme atención y levanta la barbilla hacia el mismo tipo que llamó a Sean desde el porche, que esta vez se centra exclusivamente en ella. No tiene nada que envidiar a Sean en cuanto a físico, pero de alguna manera su actitud exige atención, sobre todo la de Layla. Esta le sonríe con complicidad y se gira hacia mí.
—No se puede dejar a un novio solo mucho tiempo, aunque esté con sus amigos. Bueno, al menos si es de los que no pueden vivir sin ti. Y al mío no le gusta nada compartir mi atención. —Pone los ojos en blanco mientras él aprieta la mandíbula con impaciencia—. ¿Tú tienes novio?
—No.
Ella sigue observándolo fijamente, intercambiando con él una mirada que denota pertenencia mutua, antes de volverse hacia mí.
—Bueno, espero que encuentres algo en Triple para entretenerte.
—Nunca se sabe. —Levanto la botella para beber un trago de sidra y me doy cuenta de que está vacía. La chica saca un par de ellas llenas de la nevera y me pasa una.
—Será mejor que vaya hasta allí. Puedes quedarte con nosotros si quieres.
—Gracias, pero voy a esperar aquí a Sean. Encantada.
—Hasta otra, Cecelia.
Se aleja para refugiarse en el regazo de su chico y enredarse en él. Este juega sus cartas acariciándole de forma sutil pero posesiva el muslo con el pulgar mientras ella le susurra algo al oído. Desvío la mirada, sintiendo un poco de envidia. Hace tiempo que no tengo una relación seria y a veces echo de menos el ritual.
Cuanto más miro a mi alrededor, más segura estoy de que estas personas pertenecen a una misma familia. Parece que soy la única extraña aquí, lo que supongo que justificará las miradas fugaces que se posan sobre mí procedentes de todas partes. Como no me gusta socializar, echo de menos a Sean, que lleva desaparecido una eternidad mientras yo sigo de pie en medio del jardín, como un pez fuera del agua. La música sale por una ventana abierta del segundo piso de la casa mientras me acerco a la valla, desde donde se ve parte de la montaña. Puede que me haya mudado de las afueras de Atlanta a unas montañas perdidas de la mano de Dios en medio de la nada, pero incluso yo soy capaz de apreciar este paisaje espectacular.
«¿Te va la fiesta?».
No. Aunque asistí a algunas en el instituto, siempre me iba pronto. Conozco perfectamente el protocolo y el comportamiento necesarios para integrarse en este tipo de reuniones, pero nunca me he sentido tan cómoda como Christy, que habla con todo el mundo. Ella siempre me hace de escudo y la echo de menos aquí. Nunca he sido de las que bailan encima de una mesa después de haber tomado demasiados chupitos ni de las que se lían con cualquiera. En ese aspecto, mi historial es intachable. Siempre he sido una persona más bien introvertida, una espectadora, una testigo de los hechos, porque me da demasiado miedo cometer algún error y quedar mal.
A toro pasado, me arrepiento de no haber hecho algunas cosas que tal vez hubieran merecido la pena y de no haber sido un poco más valiente. Pero cuando hace unas cuantas semanas me subí a un escenario para recoger mi diploma pasé sin pena ni gloria, como la típica chica que sale de fondo en algunas fotos del anuario de la que no recuerdas ni el nombre. Ahora me doy cuenta de que aquí, rodeada de desconocidos, puedo ser quien me dé la gana. Más allá de las conclusiones precipitadas que ha sacado Sean sobre mí en nuestro primer encuentro, nadie me conoce. Christy tiene razón en muchos aspectos sobre mi papel en la relación con mi madre. Llevaba años rogándome que me relajara. Tal vez aún no sea demasiado tarde para meter la pata hasta el fondo, para convertirme en una chica más «lanzada» y menos mosquita muerta.
Centrándome más en la fantasía que en la práctica, me apoyo en la valla y me concentro en el paisaje montañoso repleto de árboles de hoja perenne. Voy por la mitad de la segunda sidra cuando me doy cuenta de que no estoy sola.
—¿Sean ya te ha abandonado? —pregunta alguien a mi lado, con voz grave.
Al girarme, veo a Tyler de pie a escasos metros de mí, con los brazos cruzados sobre el borde de la valla y una expresión afable en el rostro, a juego con la de sus ojos marrones.
—Sí. Pero no puedo quejarme —digo, agitando la botella—. Soy fan de quien quiera que esté pinchando la música y tengo bebida y buenas vistas. Tyler, ¿verdad?
Él responde con una sonrisa que hace aparecer un hoyuelo en su mejilla.
—Sí.
—¿Tú también trabajas en la fábrica?
—No, ahora mismo en un taller de coches. Acabo de volver de Greensboro. Pasé cuatro años trabajando allí mientras estaba en la reserva.
—Ah, ¿sí?
Tyler se acaricia el pelo rapado con las manos.
—¿En qué cuerpo?
—En los marines.
—¿Te gustó?
Él esboza una sonrisilla.
—No lo suficiente como para hacer carrera. He estado cuatro años dentro y otros cuatro en la reserva, pero supongo que ha sido un tiempo bien empleado.
—Pues bienvenido a casa, marine. Gracias por tu servicio.
—Ha sido un placer.
Brindamos con las botellas.
—¿Eres dueño de uno de esos coches de ahí afuera?
—Sí, el mío es el C20 del 66.
Yo frunzo el ceño y él sonríe.
—La camioneta de color verde flúor y capota negra.
Sus labios rezuman orgullo mientras yo lo examino. Es un poco más bajo que Sean, pero está igual de cachas que él. Sus ojos son dulces, de color marrón intenso, y están ribeteados por unas pestañas negras rizadas de forma natural. Está claro que no andan escasos de tíos buenos en las montañas. Christy estaría encantada. Pero, por muy guapos y simpáticos que me parezcan, no creo que ninguno de ellos sea mi tipo. Aunque, cuanta más sidra bebo, menos reparos tengo. Y de momento no he visto ningún bíceps que no me haya gustado. Esa ocurrencia —combinada con la sidra— me hace reír.
—¿En qué estás pensando? —me pregunta Tyler, con una amplia sonrisa.
—En nada… Simplemente en que ayer vivía en otro lugar y ahora estoy en el jardín de un desconocido.
—Es increíble lo que pueden cambiar las cosas en un día, ¿verdad?
—Y tanto.
—Eso es muy habitual por aquí, créeme —comenta, acercándose más a mí.
Su mirada rapaz hace que sienta un escalofrío en el cuello.
—¿Qué quieres decir?
—Si te quedas el tiempo suficiente, lo descubrirás por ti misma.
—Bueno, por ahora no me desagrada en absoluto —declaro, consciente de que la sidra está empezando a hablar por mí.
—Está bien saberlo —dice él, acorralándome un poco contra la valla.
No resulta amenazador, pero está lo suficientemente cerca como para permitirme captar un poco del sol de verano que irradia su piel.
—Atrás, pringado, que acaba de llegar —dice Sean, interponiéndose entre nosotros—.
¿Dónde has dejado a la macarra? —me pregunta, levantando una ceja.
Levanto la sidra para indicarle la causa de mi fracaso y siento que el calor invade todo mi cuerpo cuando él me la quita.
—Vamos a comer algo.
Tyler me sonríe por encima del hombro de Sean.
—Ya nos veremos, Cecelia.
—Eso espero —digo, inclinando la cabeza por detrás de Sean para que pueda ver la sonrisa que acompaña a mi respuesta.
—Sabía que me traerías problemas —dice este, negando con la cabeza, antes de llevarme de la mano hasta una mesa de pícnic a rebosar, llena de barbacoa mixta y un sinfín de guarniciones.
Nos sentamos a comer solos y es difícil obviar las miradas que recibimos mientras estamos agazapados en nuestra pequeña burbuja, aislados del resto de la fiesta.
—Ignóralos —me dice con la boca llena—. Y recuerda: eres una tía dura —me advierte en broma, señalándome con el dedo.
—¿Hay alguna razón para que no estemos comiendo con los demás?
Sean me observa con sus indolentes ojos castaños.
—¿Qué te parece que quiera tenerte para mí solo, por ahora?
—Ah, ¿sí?
Como un bocado para ocultar mi sonrisa, dudando de las señales que quiero enviar. Nuestras rodillas, que estaban a solo unos centímetros de distancia cuando empezamos a comer, ahora se tocan mientras nos inclinamos el uno hacia el otro. Nos damos un festín, charlando de forma distendida. Él me cuenta que se mudó a Triple Falls cuando tenía cinco años y que fue entonces cuando conoció a los amigos con los que vive ahora. Sean, Tyler y su otro compañero se han mudado hace solo una semana, así que supongo que esa es en parte la razón de esta reunión, junto con la vuelta a casa de Tyler. Al acabar el instituto, Sean empezó a trabajar en la fábrica y luego estuvo en un taller de coches. Y su familia tiene un restaurante en la calle principal que es uno de los pilares básicos de la comunidad de Triple Falls. Aunque Sean habla como si fuera un libro abierto, su mirada es de lo más misteriosa, como si sus palabras fueran lo opuesto a sus pensamientos.
Después de zamparme un plato lleno de lo que se ha hecho en la barbacoa, siento que mis extremidades se quedan sin fuerza cada vez que nos miramos a los ojos. Incapaz de seguir haciéndome la dura, lo miro furtivamente mientras él se distrae para observar a las personas que están llegando tarde al jardín trasero. La fiesta se vuelve más animada a medida que el sol amenaza con ponerse y las conversaciones aumentan de volumen. Con otra sidra medio vacía en la mano, me quedo a su lado en medio del jardín y los dorsos de nuestras manos se rozan mientras Sean charla con Tyler y Jeremy.
Nerviosa y expectante, escucho la conversación solo a medias, demasiado absorta en el camino que podrían tomar esas caricias robadas y en el calor causado por la bebida. Cuando Sean desliza a propósito un dedo por el costado de mi mano, vuelvo a sentir ese hormigueo. Se trata de la sensación clara e inequívoca de que me están observando.
Justamente cuando empezaba a estar a gusto, la paranoia se apodera de mí y empiezo a mirar en todas direcciones en busca de su origen, escudriñando la multitud hasta que mis ojos azules se topan con una mirada glacial, de color gris plata. Pero no son solo los ojos los que me dejan petrificada, sino su actitud predadora.
Las palabras de Sean brotan en mi mente nublada: «No queremos atraer al lobo».
Tengo la sensación de que ese lobo me ha olisqueado y me está observando desde unos cuantos metros de distancia.
La fiesta bulle a su alrededor mientras nos miramos a los ojos. Finalmente, puedo verlo entero. Es la tercera vez que me siento atraída por alguien hoy y me quedo ahí plantada, asombrada por la intensidad del sentimiento.
Sigo sin poder apartar los ojos de su intensa mirada mientras él me contempla como si tuviera delante a su próxima presa, cuando de repente empieza a caminar hacia mí.
«Mierda».
Levanto la barbilla mientras él cruza el jardín como una nebulosa oscura rebosante de belleza masculina. El nacimiento de su cabello dibuja un pico prominente en su frente, a cuyos lados su gruesa y abundante cabellera azabache cae en largas ondas, acompañando a unas cejas igualmente oscuras que coronan unos ojos plateados, profundos y siniestros. Entre sus marcados pómulos se encuentran una elegante nariz y… su boca.
Parece recién salido de una pasarela. Va vestido completamente de negro, desde la camiseta hasta las botas militares sin cordones, cuya lengüeta cae tan flácida como mi propia lengua a medida que se va acercando.
Mi cuerpo se llena de adrenalina y me esfuerzo por levantar la barbilla para protegerme de la amenaza latente que brilla en sus ojos en lugar de apartar la vista. Pero, por mucho que vaya de tía dura, es imposible librarme del poder que ejerce ese hombre y del frío que irradia su mirada.
—Mierda —oigo murmurar a Sean cuando el hombre finalmente llega hasta nosotros—. Te he dicho que lo tengo controlado.
Esos ojos usurpadores de almas se despegan de los míos, liberándome de su yugo antes de que su dueño hable con voz profunda y autoritaria.
—Además de ser una puta cría, es la hija de tu jefe y ya ha bebido suficiente por hoy. Al menos aquí —le espeta antes de girarse hacia mí—. Que se largue.
Yo frunzo el ceño.
—No seas aguafiestas.
Repito la frase mentalmente. «Pues sí. Eso es lo que acabo de decir».
Juraría que reprime una sonrisa antes de empezar a gritarle a Sean.
—¡Llévatela de aquí!
—Tranquilo, tío. Cecelia, este es Dominic.
—Dominic —digo, absolutamente desconcertada.
«Por favor, Cecelia, hasta una niña preadolescente tendría más desparpajo».
—Mi hermano se ha equivocado al traerte aquí. Tienes que irte.
—¿Sois hermanos? —No podrían parecerse menos.
—No exactamente —lo corrige Sean, que está a mi izquierda.
—¿De verdad vas a echarme? —le pregunto a Dominic, disfrutando de la descarga que siento durante esos segundos. Tal vez sea culpa de la sidra negra, pero todavía me hormiguean las palmas de las manos por el breve intercambio de palabras.
—¿Eres o no la hija de dieciocho años de Roman Horner? —Sus labios pronuncian con desagrado esas palabras, aderezadas por un leve acento.
El público aumenta y yo trago saliva de forma audible mientras el aire que nos rodea se vuelve tenso.
—Seguro que no soy la primera menor que bebe en una de tus fiestas —le suelto. Todos se me quedan mirando. Podría haber hablado con Sean en privado y haberle dicho que se deshiciera de mí, pero ha decidido humillarme públicamente—. Además, cumplo diecinueve años en dos semanas —añado, esgrimiendo el más débil de los argumentos. Dominic pone cara de hastío—. ¿He hecho algo que te haya ofendido? Y, por cierto, ¿cuántos años tienes tú? —pregunto mientras fulmina a Sean con la mirada, comunicándose con él sin palabras.
—¿Por qué? —Su mirada vuelve a posarse en mí—. ¿Es que quieres apuntarlo en tu diario de mariposas y purpurina? —Oigo el eco de las risas a mi alrededor y empiezan a arderme las mejillas.
«Por favor, Cecelia, cierra el pico de una vez».
—Deja que se quede, Dom —dice Layla desde el patio—. No está molestando a nadie.
Él me mira de arriba abajo antes de levantar la barbilla y dar una orden silenciosa.
—Venga, Dom —dice Sean a mi lado y yo levanto la mano.
—Da igual, me iré.
Me quedo mirando a Dominic mientras cambio el peso de un pie a otro, completamente humillada. Eso le agrada y veo mi imagen cobarde reflejada en sus fríos ojos de acero.
Él da media vuelta para marcharse y yo lo detengo posando una mano en su antebrazo mientras me bebo de un trago el resto de la sidra antes de dejar caer la botella vacía a sus pies.
—Uy —digo, imitando lo mejor que puedo a una rubia de bote. Apretando los dientes, como si mi tacto le resultara abrasador, me mira lentamente a los ojos mientras dibuja con sus oscuras cejas una expresión de desconcierto—. Al menos podrías decirme que ha sido un placer conocerme. Me estás echando de tu fiesta. Qué menos que un poco de educación.
—Nunca me han acusado de ser educado.
—No es una acusación —le espeto mientras Sean maldice y empieza a tirar de mí—. Es simple decencia, gilipollas. —Al parecer, cuando bebo demasiada sidra se me pone acento de pirata británico borracho; o eso, o es que he visto demasiado la BBC. Me río con el subidón de la emoción cuando Sean me carga a hombros como si fuera un saco—. Eres un gilipollas integral —declaro, arrastrando las palabras. Todo el mundo se echa a reír y en los labios carnosos de Dominic se dibuja una especie de sonrisa mientras yo forcejeo con Sean para que me baje—. Soy una tía dura, ¿te enteras? —alardeo y alguien suelta un silbido burlón a mi izquierda—. ¡Pregúntale a tu hermano!
Sean se ríe y su pecho rebota contra mi muslo mientras cruza conmigo a cuestas el salón y sale por la puerta principal.
Cuando llegamos al camino de entrada, me deja en el suelo, disculpándose con una sonrisa, antes de mirar hacia atrás.
—¿Qué coño le pasa a ese tío?
—Te lo advertí —dice Sean, sonriendo—. Es más mordedor que ladrador.
—No era necesario que me humillara.
—Es que le pone. He de admitir que ha ido mucho mejor de lo que pensaba.
—Pues yo creía que había ido como el culo —farfullo, dándome cuenta de cuánto me ha subido la sidra.
Él frunce el ceño, estudiándome con atención.
—Voy a llevarte a casa, ¿vale? Te recogeré mañana por la mañana para ir a buscar tu coche.
—Vale —digo resoplando mientras me abre la puerta. Me acomodo en el asiento y me cruzo de brazos, furiosa—. Es como si me hubieran mandado al banquillo. —Me giro hacia él—. Yo no soy de las que montan pollos. Lo siento, no sé qué me ha pasado.
—Dominic sería capaz de hacer sacar las uñas a una monja.
—No me digas. —Sean se ríe y cierra la pesada puerta antes de mirarme con lástima. Yo me hundo en el asiento—. Es por mi padre, ¿verdad?
Él asiente con la cabeza.
—Casi la mitad de la gente de esa fiesta trabaja para él.
—Tampoco es que pase mucho por la fábrica.
—Tiene mucho poder.
—Ya, bueno, pues yo nunca le cuento nada. Puedes confiar en mí. Además, soy una mujer adulta.
Él me da unos golpecitos con el dedo en el labio inferior, con el que no me había dado cuenta de que estaba haciendo un pucherito.
—Eres una monada. Además de guapísima. Pero seamos sinceros, también eres demasiado joven e ingenua para mezclarte con estos idiotas.
—He ido a muchas fiestas, solo que nunca participo. Y esos idiotas me caen bien. Todos menos ese gilipollas.
—¿Seguro?
—Digamos que no soy su mayor fan. —Eso no es del todo cierto; se me caía la baba hasta que abrió la boca.
—¿No?
Niego lentamente con la cabeza mientras él me aparta el pelo del hombro. Sean ejerce un poderoso efecto sobre mí y siento la tentación de inclinarme hacia su mano mientras me mira. Sé que he bajado la guardia a causa de la bebida, pero no puedo echarle la culpa de todo al alcohol. Es encantador y la atracción definitivamente está ahí.
—Entonces te quedas conmigo —dice bajando la voz al tiempo que me sostiene la mandíbula y me acaricia con el pulgar la pequeña hendidura de la barbilla.
—Me parece bien. —Cuando retira lentamente la mano, siento la pérdida de su calor y me afano en abrocharme el cinturón de seguridad, mareada por el giro de los acontecimientos—. Gracias por todo. Ha sido divertido.
Él enciende el motor y la vibración bajo mis piernas desnudas enciende una hoguera dentro de mí. Sean percibe mi excitación.
—¿Igual que eso?
—Ya te digo —respondo, asintiendo con la cabeza—. Nunca había estado en uno de estos. —Se me queda mirando y el ambiente del coche se vuelve tenso—. ¿En qué estás pensando? —digo, robándole la pregunta a Tyler, con la voz un poco ronca a causa de todo el humo inhalado y de la fascinación con la que me está mirando ese dios del Olimpo.
—Ya te lo diré.
Sale a toda velocidad del camino de acceso y yo me echo a reír en mi asiento. La vuelta a casa es tan emocionante como las últimas horas. Vamos con las ventanillas bajadas y el viento me agita el pelo alrededor de la cara mientras Sean conduce rapidísimo por las carreteras desiertas que llevan a la mansión de mi padre. Los graves retumban por todo el habitáculo mientras por los altavoces suena un rock sureño clásico. Saco la mano por la ventanilla y surfeo con ella el aire. Mi pecho bulle de excitación mientras miro furtivamente a Sean y veo un brillo prometedor en sus ojos y una sonrisa sutil en sus labios.
Este es el comienzo de un gran verano.