Vuelo

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Entonces » Capítulo 4

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Buenos días, Cecelia —dice Roman cuando me reúno con él en el comedor. Está sentado delante de la lustrosa mesa, en una silla de respaldo alto. El resto de la habitación está vacía, salvo por unas cortinas de color crema y cian que sé que valen una fortuna. Lleva puesta ropa de diseño y come hábilmente un pomelo con el tenedor.

—Buenos días, señor.

—Ayer por la noche te oí llegar. ¿Le ha pasado algo a tu coche? —Está enfadado.

«Vaya mierda».

—Lo he llevado al taller y tengo que recogerlo esta tarde. —Es la única mentira que se me ocurre mientras resisto el impulso de llevarme las manos a la sien.

No tenía ni idea de que la sidra pudiera ser tan fuerte. Paso por delante del pequeño bufé de desayuno, entro en la cocina —el sueño de cualquier chef con estrellas Michelin—, saco una botella de agua de la nevera, cojo un poco del yogur que le he pedido a la empleada doméstica que compre y arranco unas cuantas uvas. Cuando regreso al comedor, me asomo a la ventana para ver la fachada de la propiedad iluminada por el sol del nuevo día. Esa casa sería perfecta para una familia bien avenida. Me da pena que se desperdicie con un hombre que no la disfruta.

—Hoy es tu primer día.

—Ya. —Me siento enfrente de él.

—La palabra que has elegido y tu falta de entusiasmo no son de mi agrado —replica con sequedad mientras consulta el móvil.

—Lo siento, señor, todavía estoy un poco cansada por la mudanza. Estoy segura de que se me ocurrirán más cuando acabe de despertarme.

Él me mira y reconozco algo de mí en los ojos azul oscuro que compartimos, además de en mi pelo castaño heredado.

—¿Tienes todo lo que necesitas?

Asiento con la cabeza.

—Si me falta algo, ya me las apañaré.

Él deja el teléfono y me mira con la severidad de un padre, algo que resulta tan ridículo como irritante.

—Quiero que aproveches este año. Valora seriamente tus opciones. ¿Te has decidido ya por alguna carrera?

—Todavía no.

—Se te está echando el tiempo encima.

Echo un vistazo a mi nuevo Apple Watch, un regalo para mi primer día que me estaba esperando en el umbral de la puerta anoche, cuando llegué a casa. Todavía no tengo claro si fue una indirecta sobre el horario que acepté cumplir o un gesto amable.

—Aún son las ocho de la mañana.

—No me vengas con evasivas.

Le guiño un ojo.

—He aprendido del mejor. —Mentira cochina. Yo no he aprendido nada de ese hombre, salvo que el tiempo es dinero para él y que ambos estarían mejor invertidos en otra parte. Me meto una uva en la boca—. Gracias por el reloj.

Él ignora mi agradecimiento y aprieta la mandíbula.

—Me han llamado de Recursos Humanos.

Me hundo en mi asiento y trago saliva.

—Ah, ¿sí?

—¿En qué estabas pensando cuando hiciste ese comentario?

—No estaba pensando, señor. Y no volverá a ocurrir. —Eso es verdad. He pasado la mayor parte de mi vida haciendo las cosas bien y siempre por decisión propia. Sean estaba en lo cierto. Tengo mucho más de niña buena que de rebelde. Yo lo he elegido así. He visto a demasiados amigos ir por el otro camino y no les ha ido bien. En absoluto. Pero este cambio no me está sentando bien. Yo le estoy concediendo a mi padre la autoridad que tiene ahora mismo sobre mi vida y eso es algo que no soporto. Qué fácil sería levantarme de la mesa y recuperar mi vida y el año que me está robando. Pero hay algo más que dinero en juego, el bienestar de mi madre depende de mí, así que corrijo mi actitud—. La verdad es que estoy deseando empezar. Puede que anoche me pasara un poco.

—Eso no es precisamente lo que un padre quiere oír.

Tengo que morderme la lengua para no preguntarle dónde está ese padre del que habla, pero decido portarme bien.

—Solo me estoy desahogando un poco después de la graduación. Si te sirve de consuelo, únicamente me tomé tres cervezas para chicas y no soy muy fan de la bebida ni de ninguna otra sustancia.

—Es bueno saberlo.

«Tú no sabes nada».

—¿Quién te trajo a casa?

—Una persona de por aquí.

—Ah, ¿no tiene nombre?

—Sí. Se llama «colega».

Y hasta ahí llega la nuestra discusión. Yo me aseguro de ello.

Yo

No hay moros en la costa.

Sean

Llego en treinta minutos.

Yo

Estaré fuera, en la piscina. Puedes quedarte si quieres. El código de la puerta es 4611#.

Mi primer chapuzón en la piscina es glorioso. Hago que así sea lanzándome en plan bomba y cagándome en todo a voz en grito. Me parece lo más apropiado.

No conozco lo suficiente a mi padre como para saber si está satisfecho con su vida, pero tengo claro que no es feliz. La gente feliz no va por ahí con un palo metido por el culo. Es demasiado nervioso, un rasgo que yo he heredado de él y que estoy decidida a intentar rectificar. Pero, aunque este año tenga que hacerle la pelota y portarme lo mejor posible, esperaré a que me dejen a mi aire y me aseguraré de llevar a cabo una rebelión silenciosa. Por el momento, todo el tiempo que voy a pasar aquí está calculado, cada pieza está en su sitio, como si se tratara de una melena perfectamente peinada que me muero por despeinar. Si en algo soy una rebelde, es en mi lucha contra la monotonía. Quizá por eso me sentí tan a gusto en aquella fiesta. Aquel grupo de gente era de lo más anárquico, al menos desde un punto de vista parental. Y en este lapso de tiempo entre la graduación y la universidad —mi tiempo— yo debería disfrutar de la misma libertad. Me paso la primera parte de la mañana deliberando sobre cómo robar algo de lo que me han robado a mí.

Mi dilema tiene una solución sencilla. A partir de ahora, diré que sí más a menudo. A las cosas y a las personas que me dé la gana. Ir sobre seguro durante mis primeros dieciocho años ha resultado bastante insípido, o más bien poco fructífero. No quiero pasar a la siguiente etapa de mi vida, ni a la siguiente, arrepintiéndome de las oportunidades que no he aprovechado. Así que este verano cambiaré el no por el sí. Cambiaré el hacer las cosas de forma segura por hacer las cosas y punto. Le daré un puntapié a la zona gris, en la que se incluyen mis obligaciones hacia mis padres, y encontraré la forma de dar un poco de color a mi vida.

Cogeré este año de confinamiento y lo mezclaré con una liberación de lo más necesaria, no solo de mis responsabilidades, sino de mi código moral autoimpuesto.

El tiempo libre cobrará un nuevo significado para esta mosquita muerta.

Cierro el trato conmigo misma lanzándome a la piscina.

Llevo ya varios largos cuando percibo el reflejo borroso del recién llegado. Salgo a la superficie y logro contener el grito que amenaza con salir al ver a Sean en traje de baño, con un cigarrillo encendido en la mano, de pie al borde de la piscina.

Solo con verlo me entran ganas de santiguarme en nombre de la Santísima Trinidad y dar gracias al cielo. Está para comérselo enterito, de la cabeza a los pies, desde el alborotado cabello de punta hasta sus obscenos pectorales, pasando por la tableta de chocolate que luce bajo las costillas. La deliciosa estela de vello dorado que sobresale por encima de la cintura de su traje de baño se ve acentuada por la uve que dibujan sus prominentes músculos oblicuos en forma de flecha. Es como si su cuerpo hubiera hecho un pacto con el mismísimo diablo para no dedicar espacio a otra cosa que no sea piel dorada y músculo. Él se queda ahí arriba, derrochando atractivo sexual en tierra firme, mientras yo me ahogo al verlo. Incluso con las gruesas gafas doradas cubriéndole los ojos, puedo sentir su mirada, que es como una inyección de adrenalina directa al pecho.

—¿Me has echado de menos, pequeña?

—Es posible.

Sean se inclina y coge un poco de agua para apagar el cigarrillo, lo que me permite ver por primera vez con claridad el tatuaje que tiene en el brazo. Las puntas de las plumas forman parte de un cuervo con las alas extendidas que ocupa toda la parte de arriba más allá del codo. La cabeza y el pico del ave descansan sobre el bíceps de Sean, mirando hacia atrás, como si le estuviera cubriendo las espaldas. Las garras amenazadoras y letales que el pájaro tiene debajo del cuerpo están dibujadas de tal forma que parecen dolorosamente incrustadas en la piel del brazo. Es un tatuaje muy realista y atrevido. Parece un ente ajeno a Sean. Como si, al extender la mano y tocar esas plumas tan intrincadas y definidas, el cuervo fuera a moverse.

—Bonita casa.

—Gracias, se lo diré al dueño.

Él echa un vistazo a su alrededor.

—¿De verdad que no quieres quedarte con nada de esto?

Me encojo de hombros.

—No me lo he ganado.

Él niega con la cabeza y deja escapar un silbido discreto mientras observa los terrenos.

—Conque así es como vive el uno por ciento.

—Sí y, créeme, es tan raro para mí como para ti.

—¿Por qué?

—Estuvimos distanciados durante años. Tuve que superar la adolescencia antes de que él decidiera que podíamos retomar la relación.

—Pues vaya mierda.

—Ya está bien de hablar de Roman. ¿Piensas bañarte o no?

Sean deja caer al suelo la camiseta y el paquete de tabaco para lanzarse a la piscina y yo me giro justo a tiempo para verlo emerger con un torrente de agua descendiendo por sus gruesos mechones rubios y deslizándose por su impresionante pecho.

Se levanta para ponerse de pie y su metro ochenta y pico de estatura le hace sobresalir por encima de la superficie.

—¿Cómo te sientes hoy, bebedora de pacotilla? —me pregunta con su suave acento, como si estuviera leyendo un texto perfectamente puntuado.

—Me siento… como si me hubiera emborrachado con unas cuantas cervezas para chicas. Y puede que también un poco avergonzada.

—Pues no lo estés. Causaste sensación.

—No creo: acabaron echándome. —Me mantengo a flote dando a los pies mientras noto el calor del sol en la espalda.

—El problema no fuiste tú, sino Dom, créeme.

—A ver, cuéntame por qué te fuiste de la fábrica la primera vez.

—Para trabajar en el taller de coches, pero Dom acabó la universidad y al volver se quedó con mi puesto.

—¿Dominic tiene estudios universitarios?

Sean arquea una ceja.

—¿No has sido un poco dura juzgándolo, pequeña?

—Puede, pero es un imbécil. ¿A qué universidad fue?

—Acaba de terminar el máster en el MIT. Es un friki de la informática. Un puto genio con el teclado.

Mi interés aumenta cada vez más.

—¿En serio?

Él esboza una sonrisa torcida.

—¿Impresionada?

Me quedo pasmada, incapaz de imaginar a Dominic en ningún campus universitario. Sean pasa la mano por encima de la superficie y crea una ola que me empapa.

Empiezo a escupir agua, sorprendida.

—¡Idiota!

—Estás en una piscina —replica él, arqueando una de sus gruesas cejas—. Es inevitable mojarse.

Sus palabras son una insinuación en toda regla. Estoy segura de que Christy se pondría las botas si estuviera con este tío. Casi no me creo que esté ahí de pie, en la piscina de Roman.

Me planteo seguirle el juego, pero, en lugar de ello, me giro bruscamente y salgo del agua, no sin antes colocarme el bikini para asegurarme de que no se me ve nada. He elegido el más recatado de los dos que tengo, pero, cuando su mirada se posa sobre mí, me siento como si estuviera desnuda.

—¿A dónde vas?

—Tengo sed. ¿Quieres algo?

Su mirada se centra en el agua que rueda por mi cuello.

—Vale.

—¿Agua? ¿Té? ¿Zumo de uva?

—Sorpréndeme.

—Que te sorprenda… —digo, escurriéndome el agua del pelo con una toalla antes de envolverme en ella y abrir un poco más los ojos—. Pues que sea un zumo de uva.

—Hoy estás que lo tiras, ¿eh?

Su sonrisa es cegadora. Reprimo el impulso de pedirle que se quite las gafas. Mientras camino hacia la casa, noto cómo la tensión se va acumulando y sé que mi piel de gallina tiene poco que ver con la brisa que azota mi cuerpo mojado. Una vez dentro, atravieso con cuidado el océano de mármol pulido y echo un vistazo al exterior, donde veo a Sean subirse al borde de la piscina y encender un cigarrillo mientras me espera. Luchando contra la tentación de enviarle un mensaje a Christy, entierro la cara entre las manos y me doy cuenta de que estoy sonriendo. Aunque solo he tenido dos parejas, no soy ninguna mojigata. De hecho, cuando empecé a ser sexualmente activa, me sorprendí a mí misma con mi avidez, con mi sexualidad, con mi fascinación por el acto en sí y con mi inesperado deseo, pero esta atracción es de otro nivel.

Abro la nevera, saco dos botellas de zumo de uva y vuelvo a mirar hacia fuera. Cuando tenía diecisiete años, me enamoré perdidamente de Brad Portman. Creía que lo que experimenté al enterarme de que la atracción era mutua sería algo imposible de superar. Más tarde, cuando me besó por primera vez y el fuego explotó en mi pecho y en mi vientre antes de alcanzar mis entrañas, estaba segura de que nada podría acercarse a esa euforia ni a lo que sentí cuando él cerró los ojos con fuerza de placer y se hundió en mi interior, reclamando mi virginidad.

Creía que esos sentimientos y recuerdos siempre serían los momentos más eróticos de mi vida hasta que, al salir ahí fuera, zumo en mano, veo a Sean quitarse las gafas de sol.

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