Vuelo

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Entonces » Capítulo 5

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En mi móvil, que está sobre la tumbona, suena suavemente Blue Madonna, de Børns, mientras cruzo dándole a los pies la zona profunda de la piscina. Sean está apoyado en el bordillo del extremo opuesto con sus fuertes brazos extendidos sobre el hormigón que tiene a la espalda y me mira fijamente mientras yo observo el oscuro tatuaje de su brazo.

—A ver, ¿qué es ese rollo del tatuaje?

—¿Qué rollo?

Pongo los ojos en blanco.

—Algunos de tus amigos también lo tienen, muchos de ellos. ¿Qué significa?

—Es un cuervo.

—Eso ya lo veo —digo mientras empiezan a dolerme los muslos y las pantorrillas debido a la falta de ejercicio—. Pero ¿qué simboliza? ¿Quiere decir que sois amigos del alma o algo así? —Se me escapa una risita.

—¿Te estás burlando de mí, pequeña?

—No, pero ¿no crees que es un poco raro compartir tatuaje con tantos hombres adultos?

—Nop —responde él, enfatizando la «p»—. Considéralo una promesa.

—¿Una promesa de qué?

Él se encoge de hombros.

—De lo que haga falta.

—¿Siempre respondes a las preguntas con acertijos?

—Es la verdad.

Baja la vista mientras yo nado hacia el centro de la piscina, con el pecho a unos centímetros de la superficie, antes de volver a levantar los ojos hacia los míos, con una mirada que hace que tome una foto mental.

—¿Piensas contarme lo que llevas pensando todo este tiempo? —Su pregunta hace que se me seque la boca.

—Estoy pensando que no sé casi nada de ti.

—No hay mucho que contar. Ya te he dicho que me mudé aquí cuando era joven. Es un pueblo pequeño. Como puedes imaginar, se nos ocurrieron formas creativas de pasar el rato.

—¿Fue entonces cuando conociste a Dominic? ¿Cuando eras niño?

Él sonríe.

—Ya estabas tardando en volver a hablar de él.

—¿Siempre es así?

—¿Así cómo?

Arrugo la nariz.

—Así de borde.

Eso lo hace reír.

—Creo que ya sabes la respuesta.

—Entonces ¿cuál es su problema? ¿Su madre no lo abrazó lo suficiente?

—Probablemente. Murió cuando él era joven.

Hago una mueca.

—Mierda, soy gilipollas.

—Y él también. Y no se disculpa por ello, así que tú tampoco deberías.

—¿Así que solo sois unos amigos que han hecho una promesa? ¿Por qué un cuervo?

—¿Por qué no?

Pongo los ojos en blanco.

—No hay manera de llegar a ninguna parte contigo.

—¿Por qué no dejas de esconderte bajo el agua y te acercas un poco más, para que pueda verte mejor?

Su suave voz me nubla la vista.

—No me estoy escondiendo —digo en un tono tan agudo que me entran ganas de ahogarme.

Él levanta la barbilla en silencio y yo me acerco lentamente. Su actitud sigue siendo relajada mientras se hunde en el agua de forma que sus labios queden justo por encima de la superficie lisa.

Todavía está a unos metros de distancia, pero su efecto es letal, mis brazos parecen de plomo mientras nado hacia él. Me recorre con sus depredadores ojos castaños como si estuviera decidiendo dónde hincarme los dientes primero. Me encanta esa atracción, el chisporroteo que crece en el ambiente perfumado de cloro. Estoy metida en un buen lío y ambos lo sabemos.

—¿Qué estás pensando? —Me tiembla la voz. Demasiada tensión.

Una vez que estoy a su alcance, ataca y me captura agarrándome por la cintura, tirando de mí para ponerme de pie delante de él. Doy un grito y suelto una risita mientras sus ojos centellean sobre mi pecho al tiempo que su aliento calienta el triángulo que hay entre mis muslos y que ahora está rozando la superficie. Mis pezones se endurecen cuando me acaricia con los dedos la cadera. Él sigue agachado en la zona poco profunda mientras yo continúo de pie ante él. Su exhalación roza el fino tejido que cubre el vértice situado entre mis piernas, acariciando mi clítoris. Reprimo un gemido.

—¿Quieres saber qué estoy pensando? —murmura bruscamente—. ¿Es eso lo que quieres? —Bajo lentamente la barbilla. El rumor de un coche acercándose me saca del trance, pero Sean vuelve a arrastrarme hacia él. Sus nudillos bailan suavemente sobre mi vientre—. Estoy pensando que no tenemos tiempo para charlas —dice con voz cortante, ladeando la cabeza y apartando con la mano el pelo empapado que tengo sobre el pecho mientras se levanta lentamente hasta quedarse de pie delante de mí.

Está cerquísima; las gotas de agua parecen diamantes sobre su piel. Me fijo en unas cuantas cicatrices que tiene en los pectorales y en los bíceps mientras me paso la lengua por el labio inferior. Mi vientre se tensa, expectante.

Entonces se acerca a mí y me da un beso en la sien, deslizando los dedos sobre mi hombro.

—Gracias por el baño —susurra.

Frunzo el ceño mientras oigo el rugido insistente de un motor en la parte delantera de la vivienda.

—Un momento… ¿Y mi coche?

—Aparcado delante de la casa.

—¿Has traído mi coche hasta aquí? Si no tienes la llave.

—¿Has olvidado que trabajaba en un taller?

—¿Así que también eres cerrajero?

Él esboza una sonrisa de satisfacción.

—Claro.

—Bueno, pues gracias, supongo.

—De nada, supongo —replica él imitándome a la perfección, tono de decepción incluido.

Deseaba que me besara y ese cabrón arrogante lo sabía. Noto que mi frustración le complace. Está jugando conmigo. Debería enfadarme, pero ese juego empieza a gustarme demasiado. Él sale de la piscina, coge la camiseta y se viste. La desilusión se apodera de mí cuando se pone las gafas, saca un cigarrillo de la cajetilla, ladea la cabeza y lo enciende con un Zippo. Luego me mira, exhalando una bocanada de humo.

—Nos vemos en el trabajo.

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