Vuelo

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Entonces » Capítulo 6

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Qué coño es esto? —murmuro entre dientes mientras cojo otra bandeja.

Estoy haciendo calculadoras. Perdón, estoy haciendo el control de calidad de las calculadoras que acaban de fabricar en Horner Tech. Solo me ha hecho falta una hora de trabajo para tomar la decisión de no cargarme lo de la universidad y empezar a pensar seriamente en mi futuro. Este no es el empleo de mis sueños, ni mucho menos. Poco después de empezar el turno, ya admiraba a mis compañeros. Estoy segura de que tampoco es el trabajo de su vida, pero lo hacen meticulosamente para mantener a su familia y no me extraña lo más mínimo ni puedo juzgarlos por ello, por muy ingrata que sea esta labor para mí.

Pero este no puede ser mi futuro.

Me voy a volver loca. Al cabo de tres horas, miro el reloj y vuelvo a maldecir la situación en la que me encuentro. ¿Un año así?

Encima, me han puesto a trabajar con la charlatana que tengo al lado, que debe de ser la cotilla de la fábrica y trabaja a la velocidad del rayo, lo que me hace quedar como una niñata torpe. Solo necesito asentir con la cabeza para que se dé por satisfecha con mi aportación a la conversación.

Estoy en la cuarta hora cuando me llega un olor familiar a cedro y nicotina. Su aliento me roza la oreja.

—¿Qué tal el curro, pequeña?

Me doy la vuelta y veo a Sean vestido igual que yo —con unos chinos y un polo de manga corta—, lo cual no le resta ni un ápice de atractivo. Lleva un portapapeles en la mano y está sonriendo. Doña Cotorra nos mira a ambos de forma alternativa, intrigada por la conversación.

—Es pura adrenalina —respondo lacónicamente y él se ríe mientras me rasco la oreja por debajo de la redecilla.

—No te vendría mal un poco de música —dice, mirando con los ojos muy abiertos a la mujer que está a mi lado. Debe de estar al tanto de que no se calla ni debajo del agua.

—Creía que estaba prohibido.

—Eso podría solucionarse.

En teoría, Sean es mi supervisor, lo que hará el trabajo más llevadero. Me contó que había trabajado en la fábrica durante varios años consecutivos en otra ocasión y eso le había proporcionado una antigüedad que no había perdido al marcharse. Ese día solo había asistido a la formación como mero formalismo y para repasar las políticas de la empresa. Y ahora mismo no se me ocurre nada mejor que estar por debajo de él.

Miramos al infinito en silencio hasta que él señala algo con la cabeza por encima de mi hombro.

—Se te ha pasado una.

—Es que me distraes —digo con descaro.

—Está bien saberlo. —Me regala un guiño lento—. Nos vemos en un rato.

Cuando se encuentra a una distancia segura, Cotorra, que en realidad se llama Melinda, me mira de reojo mientras coge otra bandeja del montón que acaban de dejar en nuestro puesto.

—¿De qué conoces a Sean?

Me encojo de hombros mientras apilo las bandejas vacías.

—Nos conocimos ayer en la formación.

—Ten cuidado con él. Y no te acerques a sus amigos, sobre todo a ese moreno que llaman el Francés. —Se inclina hacia mí—. He oído… cosas sobre él.

—¿De verdad?

El Francés.

Tiene que estar hablando de Dominic. Me fijé en que tenía un poco de acento al hablar y no dudo de su advertencia. Anoche me presentaron a ese nubarrón irritantemente espectacular. Es el polo opuesto al rayo de sol de pelo revuelto que hoy no consigo quitarme de la cabeza.

Melinda debe de tener unos cuarenta años. Es la típica mujer sureña, con su permanente de la vieja escuela, sus vaqueros mom fit de cintura alta y su cruz colgada del cuello. Me ha bastado con escucharla durante unas cuantas horas para llegar a la conclusión de que no solo es la cotilla de la fábrica, sino también la cotilla del pueblo y de que ningún secreto mío estará jamás a salvo con ella. No me cabe la menor duda de que saldré en sus futuras conversaciones durante las cenas.

—Sí. No se andan con chiquitas. Coches rápidos, fiestas, drogas y chicas. —Se acerca más a mí—. Dicen que comparten a las mujeres.

Esa noticia es mucho más interesante que el accidente de barco que su querida amiga Patricia tuvo el año pasado, o que el triste final de su cocker spaniel de once años.

—¿En serio?

Ella se acerca aún más.

—Y que fuman hierba de esa.

No puedo evitar reírme.

—¿Así que le dan a los cigarrillos de la risa?

Ella entorna los ojos ante mi condescendencia.

—Solo digo que tengas cuidado. Uno de ellos engatusó a la ahijada de mi primo y no tuvo ninguna gracia, que lo sepas.

No puedo evitar picar.

—¿Qué le pasó?

—Pues nadie tiene ni idea y hace meses que no sabemos de ella. Ese chico le rompió el corazón de tal forma que ya casi no viene a casa.

Saca el móvil del bolsillo mientras mira a su alrededor, porque los teléfonos están prohibidos en la fábrica. Busca una fotografía para enseñármela. Es de un perfil de una red social y la chica que aparece en la pantalla es guapísima. Se lo digo.

—Era el orgullo de mi primo, pero, en cuanto él le puso las garras encima, cambió. No sé —dice, mirando hacia atrás—. Serán muy guapos, pero esos chicos deben de tener al diablo dentro.

A juzgar por mi primera y segunda impresión, me resulta difícil creer que eso sea cierto en el caso de Sean, aunque lo de Dominic ya es otra historia.

Por inapropiado que sea, me pego a Melinda durante el resto del turno, de repente con ganas de hablar.

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