Vuelo
Entonces » Capítulo 7
Página 12 de 50
7
Con dolor de espalda, tras haber pasado un montón de horas de pie, abro el coche y prácticamente me desplomo sobre el asiento mientras enciendo el aire acondicionado para eliminar parte de la humedad del interior. Inclino las rejillas de ventilación hacia mí y dejo que el aire caliente y pegajoso me seque la cara antes de sacar el teléfono del bolso. Tengo un mensaje de Christy. No puedo evitar sonreír al ver que también hay uno de Sean.
Sean
Ven al taller. Te paso la dirección.
Yo
Ha sido un día largo. Creo que me voy a ir a casa.
Sean
Qué coño, ya dormirás mañana. Te invito a una pizza.
Sean me envía la ubicación y yo pongo en una balanza el cansancio frente a la necesidad de volver a verlo. Una vez tomada la decisión, tardo diez minutos en llegar y, cuando lo hago, me sorprende el tamaño del taller. Junto a un vestíbulo acristalado hay seis muelles de carga; el más grande se encuentra al fondo y supongo que será para reparar maquinaria industrial. No se parece en nada a lo que había imaginado. Algunos de los vehículos que vi en la fiesta están fuera, en un aparcamiento enorme. Al salir del coche, oigo una música atronadora procedente del otro lado de las puertas abolladas de los muelles. Está claro que el horario de atención al público ha finalizado y hay pocas señales de vida en el interior, aparte de una luz tenue en el vestíbulo. Mientras me acerco, un olor inconfundible inunda mis fosas nasales.
Esos chicos del demonio están fumando «hierba de esa».
Me río mientras me suelto el pelo y lo peino con los dedos. Lo del uniforme no tiene remedio. Me acerco a la puerta para llamar y veo a Dominic al otro lado de la ventana de doble cristal, prácticamente cubierta por el logotipo en negrita de King’s Automotive. Al verlo, me detengo para observarlo con curiosidad. Un mechón de cabello oscuro le cae sobre la frente mientras pulsa furiosamente el lateral del ratón del ordenador bajo una luz amarilla parpadeante. Tiene un porro encendido entre sus labios perfectos y una cerveza abierta junto al monitor.
Sus pestañas son espesísimas. Puedo verlas danzando sobre sus prominentes pómulos desde metros de distancia. Es un puñetero regalo para la vista. Una camiseta gris con el logotipo del taller y con unas cuantas manchas de grasa que descienden hasta sus vaqueros oscuros cubre su pecho descomunal. No creo que a este hombre pueda quedarle mal nada. Me fijo en sus manos, imaginando el daño que podrían hacer o el placer que podrían dar. Como si se hubiera dado cuenta de que lo estoy mirando, levanta la vista y nuestros ojos se encuentran.
Bang.
El disparo va directo al pecho y mi sangre empieza a bombear más rápido de lo normal para proporcionarme el oxígeno que me falta.
Me sigue observando con la misma intensidad durante unos segundos y entonces se dirige a la puerta. La abre con brusquedad y me mira fijamente con una expresión indescifrable. El porro cuelga de sus labios cuando empieza a hablar.
—¿Qué haces aquí? —Tiene la voz un poco ronca, como si hubiera estado gritando todo el día y después se hubiera tomado un lingotazo de whisky.
—Me han invitado.
—Pues yo te desinvito.
—¿Por qué?
Él exhala una nube de humo entre los labios y giro la cabeza para evitarla.
—Porque no pintas nada aquí.
No pienso marcharme. Eso lo tengo claro. Improvisando, le quito el porro de la boca y lo sostengo entre los dedos. Él entorna los ojos mientras le doy una calada tímida y agito la mano una y otra vez para apartar de mí el resto del humo lo antes posible.
—Esto sabe… —cojo aire— fatal. —Me atraganto y toso al exhalar.
Sus labios se curvan imperceptiblemente en una sonrisa fugaz.
—Eso por intentar ser alguien que no eres. No puedes quedarte, Cecelia.
—No voy a beber.
Él recupera el porro.
—Oye, haz lo que quieras, bonita, pero no aquí.
Se dispone a cerrar la puerta, pero yo se lo impido con el pie.
—Si es por mi padre, que sepas que yo tampoco soy su mayor fan, ¿vale? Solo soy el resultado de su «fornicación pecaminosa» —bromeo, imitando la voz de un predicador—. Así que para el carro. Nunca mejor dicho —añado, echando un vistazo al vestíbulo—. Él no es el dueño de este pueblo. Ni de mí. —Se cruza de brazos, impasible ante mis palabras—. No es el jefe de policía, ¿vale? Soy nueva en la ciudad, me aburro como una ostra y voy a estar atrapada aquí durante un año, así que no me vendría mal hacer amigos. Y ahora déjame entrar antes de que me lo monte en plan niñata y vaya a lloriquearle a tu hermano.
—¿Ves esa ventana? —me pregunta él, señalando con la barbilla el gran ventanal que hay detrás de mí.
—Sí.
—¿Qué pone?
—King’s Automotive. —Pongo los ojos en blanco, pillando la indirecta—. Así que tú eres el que manda, ¿no? Pues hagamos un trato, señor King. —Doy un paso adelante para acercarme más a él. No llegamos a estar nariz con nariz debido a su altura, pero invado parte de su espacio vital. Es una apuesta arriesgada y hago lo posible por ocultar el temblor de mi voz. Saco un billete de veinte del bolsillo—. Yo invito a las cervezas esta noche.
Él vuelve a negar con la barbilla. Sus ojos acerados permanecen inmóviles.
Vuelvo a guardarme el dinero en el bolsillo.
—Venga, Dominic, vamos a ser amigos. —Pestañeando exageradamente, miro hacia el fondo del vestíbulo con la esperanza de que Sean me vea e intervenga, pero no sirve de nada—. ¿Qué hace falta para entrar aquí?
Él permanece inmóvil, sin mediar palabra. Aun así, me va despojando poco a poco de mi confianza, quedándose ahí parado mientras yo me esfuerzo por invocar a algún tipo de alter ego digno de tal oponente. Puedo ver, por su mirada poco impresionada, que estoy fracasando estrepitosamente.
Pero tiene razón. Soy una mosquita muerta que intenta hacerse pasar por una leona. Aun así, me he hecho a mí misma unas promesas que pienso cumplir. Así que hago lo único que puedo. Le arranco el porro de la mano e inhalo profundamente antes de echarle el humo en toda la cara.
Estoy tan colocada tras ese par de caladas que me parece ver las estrellas. Un profundo gruñido sale de su garganta mientras suspira, irritado.
Para mi sorpresa, abre la puerta y yo entro tambaleándome con mi traje de astronauta.
—No hagas que me arrepienta de esto —me dice cuando paso a su lado. Su voz me pone la piel de gallina.
Le devuelvo el porro sujetándolo con dos dedos y él lo acepta.
—No lo haré, pero no me dejes volver a probar esto.
Estoy llegando a la puerta para cruzar hasta el muelle de carga que hay al otro lado cuando él me obliga a detenerme.
—Cecelia. —Podría pasarme el resto de mi vida escuchando cómo su leve acento se enreda en mi nombre. Miro hacia atrás y veo en sus ojos una mirada de advertencia. Aunque me he pasado medio turno escuchando sermones para que evite a esos hombres, eso no ha hecho más que aumentar mi curiosidad—. Solo lo diré una vez. No es inteligente que estés aquí.
—Lo sé.
—No creo que lo sepas.
—Oh, mais j’en sais déjà beaucoup, Français.
«Uy, ya me he enterado de mucho, Francés». Puede que haya estudiado francés en el instituto, pero ni en broma soy capaz de mantener una conversación. Aun así, solo por la curvatura sutil de sus labios y su leve mirada de sorpresa, mereció la pena asistir a esas clases.
—Je ne parle pas français. —«Yo no hablo francés».
Sonríe con suficiencia y estoy a punto de caerme de culo. En sus labios carnosos, esa sonrisa es absolutamente perfecta. La rabia gélida de sus ojos me golpea cada segundo que sostengo su mirada, simplemente por su intensidad. Vuelvo a girarme hacia el taller y doy un pequeño traspié. Voy hacia la puerta y veo a los chicos apiñados al fondo del último muelle de carga, jugando al billar en una vieja mesa de monedas. Sean me ve por fin y su cálida sonrisa me ilumina.
—¿Te veo dentro?
Me vuelvo hacia Dominic, que sigue mirándome fijamente. Soy incapaz de interpretar qué piensa de mí.
Lo único que consigo es una inclinación de cabeza.