Vuelo

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Entonces » Capítulo 8

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Después de zamparme mi peso en pizza —sin duda a causa de la emoción— vuelvo a mirar a Dominic, que se ha puesto a trabajar directamente en un Chevy al entrar en el taller. Se le ha subido la camiseta, lo que me permite ver con claridad las ondulaciones de su abdomen y un atisbo de sus músculos oblicuos mientras está tumbado boca arriba sobre una camilla de mecánico. El muelle de carga que yo había supuesto que sería para uso comercial ha resultado ser una sala de descanso para después del trabajo equipada con sofás de cuero que rodean la antigua y raída mesa de billar verde.

Esta noche estamos Sean, Russell, Jeremy, que al parecer también trabaja en el taller con Dominic, y yo. Me acurruco con Sean en la esquina de un sofá de cuero largo y destartalado mientras Jeremy y Russell juegan una partida. De fondo suena un suave rock sureño, gracias a la insistencia de Sean. Este se encuentra a mi izquierda, con el musculoso muslo pegado al mío y el brazo extendido por detrás de mí a lo largo del respaldo del sofá. Entre el calor de su cuerpo, su olor y la visión del vientre desnudo de Dominic a pocos metros de distancia, me está resultando muy difícil mantener a raya mis hormonas y las fantasías que las acompañan. Pero mis feromonas deben de estar haciendo horas extras, porque parece que los hombres que están conmigo tampoco pueden dejar de mirarme. No digo que estén interesados, pero sí creo que sienten tanta curiosidad por mí como yo por ellos y por el tatuaje del cuervo que comparten.

Sean dijo que era una promesa, pero no tengo ni idea de lo que eso significa.

Miro a intervalos regulares a Dominic, sintiéndome un poco como una acosadora por dedicarle tanta atención. Es el más callado de los cuatro, lo que lo convierte en el más enigmático.

Le pasa como a Sean; no es normal que un hombre sea tan puñeteramente atractivo. Por más que lo miro, no encuentro una sola cosa que me desagrade.

—Así que odias la fábrica, ¿eh, pequeña? —me pregunta Sean arrastrando las palabras mientras observo cómo Dominic rebusca en la caja de herramientas.

—Deja de llamarme así —le digo, dándole un codazo en las costillas.

—De eso nada, el apodo se queda.

—Es que… es aburridísima —digo con un suspiro—. Menos mal que soy una persona soñadora y creativa. —Aparto la vista de Dominic, que está tumbado bajo una camioneta, justo cuando él posa su fría mirada en mí. Miro a Sean, que sigue sentado a mi lado—. Pero mi supervisor sí me gusta.

—¿Sí?

—Sí.

No tengo mucho tiempo para disfrutar de la tensión de la mirada que intercambiamos, porque la puerta que hay al fondo del garaje se abre y Tyler aparece en el umbral con un paquete de doce cervezas en brazos.

—¿Qué pasa, cabrones? —exclama. Luego se fija en mí y sonríe de oreja a oreja cuando levanto la mano discretamente para saludarlo. Pasa dando grandes zancadas por delante de los muelles de carga mientras levanta la barbilla a modo de saludo—. Hola, guapa, ¿esta noche has decidido volver a mezclarte con la chusma? —Le quita el porro a Jeremy de las manos y le da una calada mientras Russell coge la cerveza y la mete en una nevera grande para que se enfríe.

—En absoluto. Y que quede claro que yo me crie en una casa cutre, no entre algodones.

Los ojos de Tyler brillan de curiosidad mientras intenta robarle el sitio a Sean a mi lado.

—No cabes —le espeta este, en tono cortante. Lo dice en plan protector y no puedo evitar que se me acelere el pulso.

—Olvidas que soy el experto en solucionar problemas. —Tyler me levanta como si no pesara nada, me deposita en el regazo de Sean y yo me hundo en él.

Me siento como en casa con estos chicos, como si los conociera desde hace mucho más de dos días. Es rarísimo. La única nota discordante es la actitud del hombre que está a unos metros de distancia. Ya hace un rato que me toca volver a mirarlo y, cuando lo hago, veo que está observando las manos de Sean, la forma en la que sus dedos se curvan despreocupadamente sobre mí.

Y cuando levanta con lentitud los ojos hacia los míos… siento una descarga eléctrica.

Tyler mira a Dominic.

—¿Cuándo vas a dejarlo, hermano? Hace tiempo que ha pasado la hora de cerrar.

Él aparta los ojos de los míos.

—En veinte minutos.

—¿Exactos? —le pregunto a Dominic, que ignora mi pregunta.

—Probablemente —susurra Sean en su nombre.

—Venga, vamos a comprobarlo. —Pongo el cronómetro del reloj en marcha mientras Dominic niega con la cabeza, irritado—. ¿Desde cuándo eres dueño de este taller? —le pregunto, tratando de incluirlo en la conversación.

—Es un negocio familiar —dice Sean en su lugar, para evitar el grosero silencio con el que él me ha respondido—. Lleva años abierto. Algo así como la empresa de tu familia. —Percibo cierto rencor en su voz.

Cada vez resulta más evidente que mi padre no es precisamente el hombre más querido de Triple Falls. En realidad no me sorprende. Ya solo las miradas que he recibido hoy en la fábrica han bastado para que me considere una paria. Ni siquiera en el instituto me había sentido tan marginada. Menos mal que Melinda la misericordiosa y Sean estaban allí, si no me habría encerrado en el baño hasta el final del turno.

Decir abiertamente que era la hija del jefe ha sido una estupidez, pero ahora ya no puedo retractarme.

«Agacha las orejas, Cecelia. Solo queda un año para la libertad».

En cuanto suena mi reloj, Tyler se levanta de mi lado para echar una partida y Dominic ocupa su lugar, con una revista y una bolsa de cuero en la mano.

—Veinte minutos justos —digo, felicitándolo, mientras él abre la cremallera de la bolsa y saca el contenido. Pero solo me topo con más silencio.

«Dicen que comparten a las mujeres».

Esa frase ha estado rondando por mi cabeza desde que Melinda la pronunció. Pero, con la actitud de Dominic, me resulta imposible imaginarme algo así. ¿O es que mi presencia lo ofende hasta tal punto que ha decidido cerrarse en banda? Es obvio que tiene un problema conmigo, eso ha sido evidente desde el momento en el que nos conocimos.

¿Fue la noche anterior? Parece que fue hace toda una vida y, sin embargo, me siento comodísima sobre el regazo de Sean.

Dominic se pone una revista sobre las piernas antes de sacar el papel de liar y una gran bolsa de «hierba de esa».

Hace unos meses, ni se me habría ocurrido acercarme a una pandilla como esta. Siempre había temido las repercusiones. Para ellos, esta es solo una noche más. Para mí, es como entrar en un mundo completamente nuevo.

—¿A dónde te has ido y en qué estás pensando? —susurra Sean debajo de mí, acariciándome el brazo con los dedos y dejando escalofríos a su paso.

Miro hacia atrás. Nuestros labios están solo a unos centímetros cuando respondo.

—En nada, ha sido un día largo.

Siento que se tensa ligeramente mientras nuestros ojos se miran, desafiantes. Si me besara esta noche, le devolvería el beso. Eso lo tengo claro. Pero la energía que me rodea es exagerada. Me estoy ahogando en testosterona, aunque no estoy segura de cuál es su procedencia. Por primera vez, estoy siendo un poco imprudente con mis señales y no tengo muy claro que me importe. Sean es el primero en apartar la mirada, pero recorre mi brazo con el dedo y percibo que ha captado mi mensaje. Es entonces cuando me doy cuenta de que, si da algún paso, será en privado. Me giro para echar un vistazo al taller mientras ellos se ponen a charlar con tranquilidad, dirigiéndose unos a otros como si fueran miembros de una misma familia mientras Dominic lía hábilmente un porro sobre el regazo. Observo fascinada cómo humedece el papel lamiéndolo con precisión, mirando hacia abajo mientras sus pestañas oscuras revolotean sobre sus pómulos esculpidos. Entonces, su mirada turbia se encuentra con la mía y, mientras lame cuidadosamente el porro para sellarlo, yo separo los labios.

«Joder».

Sean me atrae más hacia él, haciéndome mover las piernas, y Dominic maldice, tratando de salvar la hierba que se ha caído de la revista que tiene en el regazo. Sean se ríe y él lo mira con los ojos entornados. Me acurruco entre sus brazos y percibo la sólida pared de músculos que tengo detrás mientras la lengua de Dominic vuelve a hacer acto de presencia para humedecer de nuevo el papel con maestría.

Una vez encendido el porro, suben la música y la conversación aumenta de volumen. A partir de ese momento empiezo a sentirme como en una nube, aunque no tengo claro qué o quién tiene la culpa. Probablemente los tres.

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