Vuelo

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Entonces » Capítulo 9

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Me despierto con la suave caricia de unos nudillos que me están apartando el cabello de la cara. Abro los ojos y veo a Sean en cuclillas delante de mí, con sus ojos castaños llenos de ternura. No tengo ni idea de cuándo me he quedado dormida, pero contengo un poco de baba que amenaza con rodar por la comisura de mis labios mientras él me mira.

—Dominic te va a llevar a casa y Tyler te seguirá en tu coche.

—¿Qué hora es?

—Las tres y pico.

—Mierda, ¿he dormido tanto tiempo?

Me siento, pasándome las manos por el pelo. Estoy tratando de recuperar la compostura cuando noto que alguien me observa y, al levantar la vista, me topo con la mirada de Dominic. Está siguiendo de cerca nuestra conversación. Le respondo a Sean sin dejar de mirar a su amigo.

—¿Por qué me va a llevar él?

Sean mira hacia el mismo sitio que yo.

—Porque vivo solo a unos kilómetros de aquí y me toca cerrar esto —responde él bruscamente.

—No pareces muy contento —digo, mirándolo.

Él me regala una de sus sonrisas radiantes, como si intentara olvidar su irritación.

—Quería llevarte yo.

—Pues llévame —digo con voz ronca, eliminando los restos del sueño de mi voz—. Ya no trabajas aquí, ¿no?

—Solo será esta noche —asegura.

Veo que aprieta los dientes.

—Vale. —Me pongo de pie—. Pero puedo conducir perfectamente.

—Deja que Dominic te lleve —insiste Sean—. Has estado un buen rato dormida. Esa mierda que has inhalado es bastante fuerte. Es solo por precaución.

No las tengo todas conmigo. Todavía tengo el cerebro un poco embotado después de tantas horas dentro ese garaje que parecía una cachimba, así que asiento con la cabeza. Además, aún no domino las carreteras de montaña y menos de noche, así que decido no arriesgarme.

Una vez fuera, el aire fresco me golpea mientras sigo a un silencioso Dominic hasta un elegante Camaro negro de carrocería antigua.

—Qué bonito —comento mientras abre la puerta del copiloto.

Miro a mi alrededor y me topo con la mirada atenta de Sean, que está de pie en la entrada del taller. Sonrío, le doy las buenas noches y él nos mira a los dos antes de esbozar una sonrisa forzada. A estas alturas ya he visto suficientes sonrisas sinceras de Sean como para notar la diferencia. Está cabreado. Miro a Dominic, que fulmina a Sean con la mirada antes de hacerme entrar en el coche y cerrar la puerta. Apenas he tenido tiempo de asimilar ese intercambio de miradas cuando Dominic se pone detrás del volante y arranca el Camaro. La música atronadora me hace dar un brinco en el asiento mientras el ronroneo del motor estimula mis sentidos. Dominic no se molesta en bajarla, más bien todo lo contrario: la sube hasta que parece que me van a sangrar los oídos, echando por tierra cualquier posibilidad de mantener una conversación.

Capullo.

El chirrido de la guitarra llena el habitáculo del coche y yo lo miro mientras sale marcha atrás por el camino de entrada, con la mano en la palanca de cambios. No se molesta en comprobar por el retrovisor si viene alguien en dirección contraria y recula como si fuera el amo de la carretera.

Con los ojos como platos, giro la cabeza hacia donde estaba Sean y veo que se ha ido.

Entonces Dominic pisa a fondo el acelerador y arranca como un murciélago infernal, a una velocidad temeraria. Cambia de marcha con suavidad y acelera en todas las rectas. Vivo los quince segundos más aterradores de mi vida, hasta que decido dejar de lado ese miedo atroz y disfrutar del viaje. Para entonces ya estoy enganchada, la euforia se apodera de mí y el corazón me late con fuerza mientras echo la cabeza hacia atrás y se me escapa una sonora carcajada.

Miro hacia donde está sentado Dominic, conduciendo el coche como un experto que conoce cada centímetro de asfalto como la palma de su mano, pegándose a las líneas amarillas como si se las supiera de memoria. Ni siquiera me mira, aunque juraría que lo veo sonreír al oír mi risa. Dejo de reírme y lo observo en la penumbra del habitáculo del coche, con la música vibrando en mi interior y la sensación de que el motor baila debajo de mí. Dominic está en su elemento, controlándolo todo mientras conduce a través de la negra noche. Alcanzo a ver fugazmente los faros de mi propio vehículo detrás de nosotros antes de que estos desaparezcan.

Bundy, de Animal Alpha, suena a todo volumen por los altavoces, en contraste con la inquietante tranquilidad de la noche que envuelve los árboles de hoja perenne que nos rodean. Apoyo las manos en el salpicadero; la sensación de ir en ese coche tan silencioso que se va comiendo la carretera es muy parecida a la de volar. Mientras exprimo al máximo cada instante y me balanceo suavemente al compás de ese ritmo endiablado, tengo la sensación de que algo ha cambiado en el ambiente. Si Dominic está conduciendo así para intimidarme o asustarme, está fracasando estrepitosamente, para mi sorpresa.

Me dejo llevar durante una canción, sin preocuparme por lo que él pueda pensar. Me permito disfrutar de esos breves minutos en los que renuncio al control, dejando mi destino en manos de otra persona. Desde que estoy en Triple Falls, lejos de mi madre, me he dado cuenta de que nuestros roles estaban más invertidos de lo que quería admitir. Ahora reconozco que, durante los últimos diecinueve años, yo he sido más madre que ella. He sido más estricta conmigo que ella misma. Me he esforzado por no darle nunca una razón para preocuparse. Le he quitado el vino de la mano, he apagado sus cigarrillos reducidos a ceniza y la he tapado con una manta más veces de las que soy capaz de recordar. Reservé mi virginidad para alguien que creía que me quería y me respetaba mientras me avergonzaba de ella en secreto, cuando era más joven, por su descarada promiscuidad. A juzgar por las historias que me contaba, siempre había sido una auténtica juerguista y yo era testigo a diario de las consecuencias de sus decisiones vitales. Yo hacía todo lo opuesto a lo que ella había hecho, algo que sé que para ella era un alivio. Pero en este momento, solo por unos instantes, lo dejo todo atrás. Con el viento azotándome el pelo, cierro los ojos y simplemente… vuelo.

Y es una puñetera liberación. Tanto es así que me fastidia que el coche empiece a perder velocidad y que Dominic gire hacia la carretera aislada que lleva a la propiedad de mi padre.

Mientras aterrizo tras ese subidón increíble que ha superado con creces muchas de las emociones adolescentes que lo han precedido, nos quedamos allí sentados, esperando, hasta que los faros de mi coche iluminan la carretera desierta. Cuando Tyler se detiene detrás de nosotros, introduzco el código de acceso para que ambos vehículos puedan pasar. Las puertas de hierro en forma de arco se abren y Dominic observa la casa a lo lejos mientras avanza lentamente por el camino de acceso antes de girar delante de la entrada. Se detiene justo al lado de las escaleras del porche y se vuelve hacia mí, expectante.

—No sé si darte una bofetada o las gracias.

—Te ha encantado. —Su tono es inexpresivo, pero sus ojos lo contradicen. Yo diría que me está mirando con una mezcla de curiosidad e interés.

Decido no agradecérselo ni fomentar su comportamiento desconsiderado y salgo del coche, cierro la pesada puerta y voy hacia Tyler, que está de pie al lado del asiento del conductor de mi Camry con las llaves colgadas de un dedo. Las cojo y le doy las gracias en un susurro. De repente, estoy agotada por el viaje en coche y por el día tan largo que he tenido.

Él me guiña un ojo.

—De nada, nos vemos.

—Eso espero.

Vuelvo a girarme hacia Dominic, que está mirando fijamente mi casa con los dientes apretados y expresión enigmática. Nunca había conocido a un hombre con una máscara tan impenetrable. Las palabras de Christy resuenan en mis oídos.

«Esos eran unos críos…, búscate un hombre».

Estos tíos no se parecen en nada a los chicos de mi ciudad. Sin duda son igual de arrogantes y comparten ciertas rutinas, pero hay algo raro y diferente en ellos. Ahora, mirando a Dominic, me pregunto si eso será algo bueno. Me viene a la cabeza la sonrisa de Sean: su brillo, la luz de sus ojos y la forma en la que me cuida cuando estoy con él, lo necesite o no. Eso me tranquiliza. Dominic percibe mi intensa mirada y apenas me echa un vistazo rápido antes de hacerle un gesto con la cabeza a Tyler para que se suba al coche.

—Buenas noches, Cecelia.

Tyler recorre la corta distancia que hay hasta el Camaro de Dominic para ocupar mi asiento. En el momento en el que cierra la lustrosa puerta negra, se rompe el hechizo. El coche ya se está alejando a toda velocidad cuando llego al porche y cruzo la puerta principal, agradeciendo que mi padre no esté allí para recibirme.

Esa noche me meto en la cama y dejo las puertas del balcón abiertas. Siento cómo la fresca brisa nocturna fluye por la habitación, arropándome y devolviéndome al interior del Camaro de Dominic.

Cuando por fin me duermo, tengo sueños muy reales con ojos castaños, sonrisas, árboles borrosos y carreteras interminables.

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