Vuelo

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Entonces » Capítulo 11

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11

Mis dos primeras semanas en la fábrica son llevaderas gracias a mi supervisor y a los prolongados descansos que me concede. Aun así, oigo los murmullos de algunos al pasar y las miradas de desprecio que me lanza un grupo de mujeres que seguramente me odian por mi apellido son inconfundibles. Hay una en particular, una latina muy guapa llamada Vivica, que no deja de mirarme como si me fuera a matar. La noticia de que soy la hija del dueño debe de haberse extendido como la pólvora por toda la fábrica, porque mis sonrisas son cada vez menos correspondidas.

La pacifista que hay en mí intenta ignorarlo, poner la otra mejilla y agachar la cabeza. Si todavía no consideraba mi estancia aquí como una condena, ahora tengo motivos más que suficientes para hacerlo. Sean también es consciente de sus miradas, pero nadie lo cuestiona cuando me saca de la línea de producción, ni siquiera Melinda, que puede que no se oponga verbalmente, pero no deja de mirarme con escepticismo cada vez que me hacen salir de nuestro cubículo. Mientras por lo visto yo soy el enemigo público número uno, todo el mundo en la fábrica parece adorar a Sean y se lleva bien con la mayoría de los empleados. Lo irónico es que me las estoy arreglando para salir adelante gracias a él; mi apellido no está teniendo absolutamente nada que ver.

Desde que nos conocimos, casi siempre estamos juntos, ya sea tomando el sol al lado de la piscina antes de irnos a trabajar o por las noches en el taller, donde los chicos se turnan para enseñarme a jugar al billar. Russell, Tyler y Jeremy siempre están allí, pero Dominic apenas hace acto de presencia. Y en esas raras ocasiones en las que se deja ver, no me da ni la hora. Sin embargo, cada vez que lo pillo mirándome, su expresión me inquieta. Siempre lo hace con una mezcla de curiosidad y desprecio. Más de una vez he intentado reunir el valor necesario para preguntarle cuál es su problema, pero siempre me he acobardado.

Desde que llegué a Triple Falls he estado enredada en Sean y acompañada por él, literalmente y con frecuencia, en el oasis del jardín trasero de mi padre. Cada vez que la cosa se pone íntima, me da un beso en la sien, en lugar de en la boca, y se aleja. Varias veces ha acercado sus labios a mí de forma tentadora y yo siempre he contenido el aliento esperando, deseando que estos bajaran desde mi sien o desde mi mejilla hasta el lugar en el que no dejo de imaginármelos. Es como si él esperara algo más que una mirada de consentimiento para dar el paso. Lo he pillado en muchas ocasiones acariciando con la lengua el aro que tiene en el labio mientras me mira de una forma que indica que somos cualquier cosa salvo meros amigos. Siento mariposas en el estómago en su presencia y me tenso cada vez que me abraza. He memorizado su cuerpo y todos los días me muero por que nuestra relación de amistad pase a ser algo más. Su resistencia a reaccionar ante la química que tenemos me saca de quicio. Aunque, al mismo tiempo, me encanta esa sensación maravillosa de expectación, sentir sus ojos sobre mí cuando tiro en la mesa de billar y sus dedos siguiendo el rastro del agua sobre mi piel. Resulta frustrante y excitante y muchas veces me sorprendo soñando despierta mientras Melinda parlotea sobre sus amigos de la iglesia, es decir, en esencia, sobre la esposa del pastor. Y no precisamente para bien. Pero desde que Sean entró de forma inesperada en mi vida, en cuanto me duermo, suele acompañarme también en mis sueños.

Abro los ojos y sonrío al recordar la última imagen de él caminando hacia mí dentro del agua, con el sol danzando a su alrededor, iluminándolo mientras se acercaba. Por unos instantes, trato de volver a sumergirme en ese sueño maravilloso para continuar con nuestro encuentro, pero mi teléfono vibra con un mensaje entrante.

Sean

Pensando en ti.

Yo

En qué, exactamente?

Sean

En todo.

Yo

Puedes ser más específico?

Sean

Después.

Yo

Si quieres venir a bañarte, no hay moros en la costa.

Sean

Perfecto, porque estoy casi delante de tu casa.

Me levanto corriendo de la cama, bajo las escaleras y, cuando abro la puerta, me encuentro a Sean recién duchado, con el pelo húmedo y maravillosamente revuelto en la coronilla, apoyado en su Nova con los brazos cruzados. Lleva botas de montaña, pantalones cortos y una camiseta negra y hago una foto mental mientras me quedo con cara de quién sabe qué.

Me sonrojo, peinándome con los dedos.

—Me acabo de despertar.

—Estás guapísima —declara él, acercándose a mí.

Yo señalo hacia atrás con la cabeza.

—Puedes entrar. Mi padre no llegará a casa hasta más tarde.

Se dispone a saludarme con un beso en la mejilla y yo me aparto.

—Aún no me he lavado los dientes.

—Me la sopla. —Se inclina y me da un suave beso en la mandíbula, que se prolonga mientras el aire se vuelve denso entre nosotros.

Sin aliento, reprimo el impulso de acercarlo más a mí.

—¿Tienes botas de montaña?

Su pregunta me desconcierta.

—Eh, sí.

—Vístete con algo fresco y póntelas. Quiero enseñarte una cosa.

—¿Vas a llevarme de excursión?

No es precisamente senderismo lo que quiero hacer con él.

—Valdrá la pena.

 

 

—Esto es precioso —jadeo mientras trepamos otro grupo de rocas en la ladera de la montaña.

Los músculos que no he utilizado en años se quejan mientras el extraño tacto del musgo me roza la espinilla cuando intento escalar la roca. Detrás de mí, Sean supervisa todos mis movimientos y su aliento golpea mis muslos mientras miro hacia abajo, donde él vigila la mitad inferior de mi cuerpo para ayudarme si pierdo el equilibrio.

—No podría estar más de acuerdo —comenta él al tiempo que me da un empujón en el trasero con una mano para ayudarme a trepar por un saliente de roca grande. Mientras lo logro, su tono de voz, claramente insinuador, me invade de pies a cabeza.

—¿A dónde me llevas? —le pregunto mientras supero el último escollo y contemplo la vista antes de que él suba hasta donde yo estoy, como si la mochila enorme que lleva a la espalda no fuera un peso añadido para escalar. Me coge de la mano y entrelaza los dedos con los míos al llegar a mi lado—. Ya no está muy lejos.

Miro el reloj. Se supone que he quedado con Roman para cenar y odio la inquietud que él aún me sigue generando. Es como si volviera a tener once años. Después de varias comidas, seguimos sin sentirnos más cómodos juntos que cuando llegué.

—¿Qué hora es? —me pregunta Sean, mirando hacia mí.

—Temprano.

—¿Tienes que ir a algún sitio?

—No, perdona, solo es por mi padre. —Suspiro, agobiada—. Se supone que tengo que cenar con él después.

—Pero eso es después.

—Sí… —Alargo la palabra para que suene más como una pregunta.

—Ahora estás disfrutando de tu tiempo libre, aquí, conmigo.

Me detengo y frunzo el ceño.

—¿Y?

—Pues que entonces deberías estar aquí conmigo.

—¿Y lo estoy?

—¿Eso es una pregunta?

—No. Estoy contigo.

—Pero estás pensando en tu padre.

—No puedo evitarlo.

—¿Seguro?

Frunzo el ceño.

—¿Esto es una prueba?

—Y luego dicen que esto es «la tierra de los libres y el hogar de los valientes» —murmura, negando con la cabeza mientras echa a andar de nuevo.

—Pues sí. ¿Y qué? —le pregunto, siguiéndolo.

Él se gira hacia mí.

—Que para mí es más bien el país de los esclavos mediáticos ineptos, enganchados a la tecnología y con el cerebro lavado.

—Me acabas de insultar. Y mucho, diría yo.

—Perdona, solo digo que no tiene sentido desperdiciar el presente preocupándose por el futuro.

—¿El presente?

—Es el único momento que importa. El tiempo en sí no es más que una línea invisible, una medida que alguien inventó, ¿no? Eso ya lo sabes. Y, aunque es útil como referencia, también puede causar mucho estrés si permites que te controle.

Ni siquiera soy capaz de llevarle la contraria. El hecho de tener que cenar con Roman está echando a perder el tiempo que estoy pasando con Sean.

—Vale, lo siento.

—No lo sientas. Simplemente, no le des poder. El presente es el presente y más tarde el futuro también lo será. No seas esclava de esa mierda de ir contra reloj y mantenerte conectada. El presente es lo único que puedes controlar y aun así es una ilusión.

—Eres un tío muy raro —digo, riéndome y negando con la cabeza.

—Puede, o puede que todo el mundo necesite despertar de una puta vez y salir del «modo productivo». Pero no lo harán, porque están demasiado a gusto bajo el edredón de plumas que se compraron después de ver un anuncio en Instagram.

—¿Me estás diciendo que soy demasiado comodona?

—Depende. —Me agarra del brazo, desabrocha lentamente mi Apple Watch, lo tira al suelo y lo aplasta con la bota.

—¡No me jodas! ¡Te has pasado! —exclamo, mirándolo boquiabierta.

—¿Cómo te sientes ahora?

Recupero el reloj hecho trizas del suelo y respondo con sinceridad.

—Cabreada.

—Ya, pero ¿qué hora es?

—Obviamente no tengo ni idea —me lamento, guardando el reloj inutilizado en mis pantalones cortos.

—Felicidades, nena, bienvenida a la libertad.

—Eso es poco realista.

—Para ti. Ahí dentro continúas siguiendo un horario —dice, presionando un dedo sobre mi sien.

—Vale, ya lo pillo. Estás diciendo que necesito desconectar y blablablá, pero estoy segura de que había una forma menos dolorosa de exponer tu punto de vista.

—Sí, pero no acabas de entenderlo: tienes que reentrenar tu cerebro. Seguro que te volverías loca si intentara aplastarte el móvil con la bota.

—Pues claro.

—¿Por qué?

—Porque lo necesito.

—¿Para qué?

—Pues para todo.

Él saca un cigarro del bolsillo y lo enciende, señalándome con él entre los dedos.

—Piénsalo de manera racional. ¿Cuántas veces lo has necesitado hoy?

—Para devolverte el mensaje, por ejemplo.

—Podría haber llamado perfectamente al timbre. Pero sabía que serías más rápida contestando al teléfono que yendo hasta la puerta, ¿y sabes por qué?

—Porque lo tenía en la mano.

Él asiente con la cabeza.

Vuelve a emprender la marcha y yo lo sigo a regañadientes, todavía enfadada por lo del reloj.

—Entonces ¿tú no tienes redes sociales?

Él resopla.

—Pues claro que no. Ni de coña. Lo peor que hemos hecho en este mundo es darles a todos un micrófono y un lugar para usarlo.

—¿Por qué?

Se detiene en un claro y se gira hacia mí, con una mirada muy seria.

—Por mil razones obvias.

—Pues dame la mejor.

Él valora mi petición durante unos instantes mientras le da una larga calada al cigarrillo.

—Vale. —Exhala—. Aparte de la lenta e inevitable degradación de la humanidad, te plantearé una hipótesis.

Asiento con la cabeza.

—Imagina que una persona nace con un don sin precedentes para retener conocimientos. Y al descubrir que tiene ese don, se pone manos a la obra de inmediato y estudia durante años y años para perfeccionarlo y convertirlo en un superpoder, transformándose en un pozo de sabiduría sin parangón, hasta el punto de llegar a ser muy reputada, una persona con una capacidad reconocida, alguien a quien de verdad conviene hacer caso. ¿Me sigues? —Vuelvo a asentir—. Imagina que esa persona sufre una pérdida. Imagina que alguien cercano a ella muere y esa muerte le plantea una pregunta para la que no tiene respuesta, así que convierte esa pregunta en su misión y se niega a abandonar hasta tener una prueba irrefutable de a dónde ha ido su ser querido. Así que vive, come y respira cada minuto de cada día de su vida para encontrar la respuesta a esa pregunta. Y un día sucede. Lo consigue y, al hacerlo, transforma su teoría en un hecho y sabe que, si comparte esa prueba, podría cambiar la vida tal y como todos la conocemos. Imagina que esa persona no solo puede demostrar que hay un más allá, sino que puede demostrar la mismísima existencia de Dios, por lo que la fe ya no sería necesaria. Él es real. Ya tiene la prueba que quería, su vida no carece de sentido, la muerte que ha llorado no ha sido en vano, tiene la respuesta y quiere compartirla con los demás. —Le da otra calada al cigarrillo y exhala una larga bocanada antes de levantar los ojos castaños hacia los míos—. Entonces lo publican en las redes sociales para que el mundo tenga por fin la respuesta a una pregunta que ha atormentado a la gente durante siglos. ¿Qué sucedería?

—Que no lo creeríamos.

Él asiente lentamente.

—Mucho peor que eso. Fulanita de Tal lo desacreditaría en diez minutos, tuviera o no razón, porque tiene millones de seguidores y ella sí que es Dios. Entonces esa otra persona, la que tiene pruebas, hechos y vídeos, pasaría a ser otro charlatán más de internet porque lo ha dicho Fulanita de Tal. Habría millones de personas que no le harían caso, entre ellas sus amigos, porque Fulanita de Tal «siempre tiene razón». Aun así, ese charlatán que está tan seguro de su verdad y que tiene pruebas infalibles rogaría a todos los demás charlatanes que lo escucharan, pero nadie lo haría, porque todo el mundo estaría cotorreando por los micrófonos. Así que ninguno de nosotros sabría jamás que Dios existe y muchas personas seguirían viviendo cada día con un miedo atroz a morir.

—Eso es muy triste… y muy cierto —reconozco, frunciendo el ceño.

Tras exhalar otra bocanada de humo, Sean descapulla el cigarrillo y lo apaga.

—Lo más triste de todo es que la única forma de vencer el miedo a morir es muriendo.

—Ay, Dios.

Sean sonríe.

—¿De verdad crees que nos está escuchando?

Pongo los ojos en blanco.

—Me estás matando.

—¿Y ese giro inesperado? ¿Te asusta la muerte?

—Deja de jugar con mis palabras. —Le doy un manotazo en el pecho.

Él se ríe y luego se encoge de hombros mientras abre la botella de agua.

—Tú me has preguntado. Yo solo estoy transmitiendo un mensaje.

—¿Ese discurso no era tuyo?

Bebe un buen trago de agua y vuelve a cerrar la botella, apartando la mirada.

—No. No es mío. Solo es de otro charlatán.

—¿Pero es lo que crees?

Sus ojos se encuentran con los míos y me mira con intensidad.

—Es lo que tiene sentido para mí. Lo que me parece más real. Es mi forma de vivir. —Se inclina hacia mí. Está cerca, muy cerca—. O puede que yo sea otro charlatán —dice, apartándome el pelo empapado de sudor de la frente y abriendo más los ojos antes de dedicarme una sonrisa cegadora.

—Probablemente —digo en voz baja—. Y sí haces caso al reloj, porque tienes que llegar a tiempo al trabajo —señalo.

—Ahí me has pillado. Pero mi tiempo libre es mío. Yo no soy esclavo del tiempo. Y la verdad es que mis horas de trabajo también lo son.

—¿Cómo puede ser eso?

Él posa una mano en mi espalda y me empuja hacia delante.

—Ya casi estamos.

—¿No me vas a contestar?

—No.

—Eres la leche —refunfuño. Este tío no es en absoluto como me esperaba y, sin embargo, me fascinan sus palabras y la certeza de que sabe lo que quiere y cree en lo que dice. Me parece que nunca había conocido a nadie con tanta confianza en sí mismo, tan seguro de sus ideas. Contemplo a Alfred Sean Roberts en toda su perfección mientras este camina a mi lado en un silencio meditativo—. A ver, ¿y cuál es tu superpoder? —le pregunto un tanto sofocada, tratando de seguirle el ritmo.

—Se me da bien leer los pensamientos de las personas. Saber lo que quieren. ¿Y el tuyo?

Dedico unos segundos a pensar en ello.

—No sé si podría llamarse «superpoder», pero, al despertarme por las mañanas, casi siempre recuerdo lo que he soñado… de forma muy nítida. Y a veces, si me despierto de repente, puedo retomar los sueños. Otras veces vuelvo a meterme en ellos.

—¿Los retomas donde los dejaste?

—Sí.

—Eso es genial. Yo duermo tan profundamente que nunca recuerdo los míos.

—A veces son dolorosos —reconozco—. Tanto que pueden arruinarme el día, por cómo me hacen sentir. Así que no siempre es algo bueno.

Él asiente con la cabeza, examinando los árboles antes de mirarme.

—Todo superpoder tiene su precio, supongo.

Me da la sensación de que llevamos una eternidad fuera de los senderos marcados, en la falda de la montaña. Cuando superamos el siguiente grupo de rocas, me quedo maravillada por el entorno y por mi nuevo jardín trasero. Llevo semanas conduciendo por carreteruchas y por empinadas pistas de montaña y ni una sola vez se me había ocurrido adentrarme en el bosque para ver qué me encontraba. Estoy completamente extasiada; no esperaba enamorarme así de la tranquilidad, del aire fresco, del olor a naturaleza ni del sudor que cubre mi piel. Miro a Sean y lo veo con otros ojos.

—Vas a acabar convirtiéndome en una hippy de montaña.

—Eso espero.

En algún momento entre el instante en el que lo vi junto a su coche esa mañana y el puñado de horas que hemos pasado caminando, he permitido que una parte de mí que había mantenido encerrada durante años, mi corazón romántico, empiece a albergar esperanzas. Sean le ha allanado el camino para permitirle emerger de la amargura en la que lo había enterrado. Con cada mirada, con cada roce, con cada conversación distendida, siento que este intenta llamar mi atención para decirme que podría ser seguro salir a echar un vistazo.

Aunque, sea lo que sea lo que esté floreciendo entre nosotros, todavía es demasiado pronto. Por mucho que Sean asegure que el tiempo es nuestro enemigo, soy muy consciente de que la confianza es frágil y puede romperse en un instante. El tiempo me ha enseñado que bastan unos segundos para quedar en evidencia. En mi corta experiencia con los tíos, me han engañado, mentido y humillado, y no tengo intención de permitir que eso vuelva a ocurrir, si puedo evitarlo. Mi instinto, en lo que a ellos se refiere, es nefasto. Y, después de mi último fracaso, me prometí a mí misma ser más cautelosa. El próximo hombre que quiera ganarse mi corazón y mi cariño tendrá que hacer mucho más para conquistarme que regalarme palabras bonitas y promesas vacías. Sin embargo, ese juramento que en su día me hice a mí misma y mi reciente decisión de evadirme durante un tiempo no encajan bien. Sean es una tentadora manzana en mi nuevo jardín célibe. Físicamente, lo deseo. Y está claro que el sentimiento es mutuo. Tal vez no debería plantearme ir más allá.

—¿En qué estás pensando?

—En que me alegro de estar aquí.

Él me mira de reojo.

—Y una mierda.

—Vale. En que… hace tiempo que no salgo con nadie. —No estoy segura de estar usando la palabra correcta.

Él me mira.

—¿Y?

—Y que hace mucho tiempo, eso es todo.

—¿Qué pasó con el último?

—Tú primero —digo mientras él pasa por encima de la rama de un árbol caído y me levanta con facilidad para que la evite.

—Mi última chica fue Bianca. Era una manipuladora, así que no duró mucho.

—Manipuladora ¿en qué sentido?

—Quería controlarme. Eso es algo que no llevo bien. Quería manipular mi presente, pero resultó que yo me esforzaba más en intentar escapar de ella que en intentar adaptarme.

—El mío me puso los cuernos en el baño de una discoteca, el día que cumplía dieciocho años.

—Uf.

—Sí, era un capullo. La verdad es que ya me habían advertido sobre él. Mi mejor amiga, Christy, lo odiaba, pero no le hice caso. —Le dirijo una mirada mordaz—. Y también me han advertido sobre ti.

Él pone los ojos en blanco.

—Sabía que tenía que haberte conseguido unos auriculares.

—A Melinda le encanta hablar.

—Solo sabe lo que cree saber.

Doy unos pasos más y me detengo al oír un sonido que se filtra entre de los árboles.

—¿Qué es eso?

—Vamos.

Él me guía a través de otro claro entre la densa maleza antes de tomar un desvío. Me quedo boquiabierta y con los ojos como platos al ver una cascada de un piso de altura. Detrás de ella hay una cueva, si es que puede llamarse así. Su interior es completamente visible a través del agua, lo que la convierte más bien en un rinconcito acogedor.

—Hala, nunca había visto nada igual.

—Mola, ¿eh?

En unos instantes estamos detrás de ella. El agua fluye hasta una piscina poco profunda que hay al fondo. Me giro y veo a Sean dejando la mochila y extendiendo una gruesa manta.

—¿Vamos a hacer un pícnic detrás de una cascada?

—¿A que es genial?

—Increíble.

Mientras coloca las cosas, tras haber rechazado mi ayuda, observo cómo saca diferentes recipientes. Queso y galletas saladas, barritas de cereales, fruta. Es algo sencillo, pero el detalle en sí hace que se me acelere el corazón. Finalmente, saca unas botellas de agua y me tiende la mano. La combinación de ese hombre guapo de piel bañada por el sol y ojos brillantes que quiere que me acerque a él y el paisaje que nos rodea es como un sueño, un sueño hecho realidad.

Reprimo el impulso de abalanzarme sobre él, me siento a su lado en la manta y unas cuantas piedras se me clavan en el culo mientras me acomodo para disfrutar de la vista.

—Esto es increíble.

—Me alegro de que te guste. Hay más cascadas, pero esta es privada.

—Es privada porque nos hemos colado en un parque natural —señalo con una sonrisa—. Por si no has visto el cartel de «prohibido el paso».

Él se encoge de hombros.

—Solo son más líneas imaginarias.

—Como el tiempo, ¿no?

—Sí, como el tiempo. —Me aparta el pelo sudado de la frente—. Feliz cumpleaños, Cecelia —dice con una voz que rebosa calidez.

—Gracias. Qué guay que te hayas acordado.

—Comentaste que era dentro de poco y pregunté la fecha en Recursos Humanos.

—Esto es mucho mejor que el plan que tenía —digo, inhalando el vaho fresco que desprende la cascada. Un pequeño arcoíris en forma de nube brilla debajo de nosotros, en las rocas, y hago una foto mental. No desearía estar en ningún otro sitio.

—¿Cuál era?

—Leer. Pero tú has hecho que parezca un plan triste —digo, echando un vistazo alrededor. Luego lo miro y le suelto la pregunta que más deseo que responda—. ¿Eres real?

Él frunce el ceño mientras abre un recipiente y se mete un trozo de queso en la boca.

—¿Qué quieres decir?

—Pues si de verdad eres así de encantador. ¿O vas a convertirte en un perro rabioso en un par de semanas y a echarlo todo a perder?

Él no se inmuta lo más mínimo ante mi pregunta.

—¿Es eso a lo que estás acostumbrada?

Respondo sin dudar:

—Sí.

—Entonces, supongo que depende.

—¿De qué?

—¿Sabes guardar un secreto?

—Sí. —Me acerco a él mientras mis dedos anhelan devolverle el gesto y apartarle el cabello rubio y sudoroso de la frente.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Ya estamos otra vez con los acertijos. ¿Nosotros somos el secreto? —Él extiende una mano para atraerme hacia él, de espaldas, antes de coger un trozo de queso y ofrecérmelo. Yo lo acepto y lo mastico, recostada sobre él, disfrutando de la vista y de la sensación de tenerlo detrás de mí. Es tan atento, tan encantador y se le da tan bien tranquilizarme que no quiero ni pensar que pueda ser diferente al tipo que ha pretendido ser hasta ahora. Percibo en él cierta indecisión—. Sea lo que sea, por favor, suéltalo ya. Lo digo en serio. Prefiero saberlo.

Su aliento me hace cosquillas en la oreja.

—Yo no hago las cosas como la mayoría de la gente. En ningún aspecto de mi vida. Sigo mi instinto en todo y respondo ante muy pocos.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Significa que solo yo soy dueño de mí mismo, Cecelia, en todo momento. Y que elijo cuidadosamente con quién disfrutar mi presente. Soy egoísta con mi tiempo y a veces con las cosas que quiero.

—Vale.

—Pero, una vez que tomo una decisión, nunca me arrepiento, sean cuales sean las consecuencias.

—Eso suena… peligroso.

Otro silencio.

—Puede serlo.

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