Vuelo
Entonces » Capítulo 12
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Después del pícnic, nos quedamos dormidos encima de la manta. Soy la primera en despertarme sobre el pecho de Sean, que está tumbado de espaldas, con las manos detrás de la cabeza y los ojos cerrados, respirando de forma profunda y tranquila. Guardo los envases y me limpio los restos que tengo en las manos.
Recoger es lo mínimo que puedo hacer. Ha sido el cumpleaños perfecto, a pesar de que algunas de sus verdades escuecen un poco. Si lo he entendido bien, Sean no es de los que se emparejan ni de los que se comprometen, por mucho que en estas pocas semanas que llevo conociéndolo sus actos hayan insinuado lo contrario. Para mí sigue siendo un misterio, a pesar de todo el tiempo que hemos pasado juntos. Pero ya no es la necesidad de determinar qué hay entre nosotros lo que me hace contemplarlo extasiada: son el deseo, el ansia, las ganas de acercarme a él los que me llevan a estudiar sus bíceps definidos y su musculoso pecho. Los dedos de mis manos inertes se mueren por acariciar ese aro que brilla un su exuberante boca. Y mi lengua anhela lamer la nuez de su cuello. Lo deseo con todas mis fuerzas y me saca de quicio que me ponga tan nerviosa mientras él parece tan tranquilo.
Me quito la parte de arriba, quedándome con el sujetador deportivo, y mojo la camiseta en la cascada para limpiarme con ella el sudor y la mugre acumulados durante la caminata. Sean está tumbado relajadamente en la manta mientras yo me froto, imaginando cómo sería tocarlo como me gustaría, besarlo y que me besara.
Dice ser un hombre que hace lo que le da la gana, que sigue su instinto sin remordimientos y que no se preocupa por las consecuencias. Me pregunto qué le parecería que yo actuara con la misma valentía en relación con lo que me pide el cuerpo ahora mismo. Vuelvo a sentarme en la manta, observándolo.
Soy una tarada. En este momento, soy la típica tarada que lo mira mientras duerme. Giro la cabeza, ruborizándome, y me paso una mano por la cara. Estamos completamente solos. ¿Era lo que él quería? Aunque ya hemos estado solos antes, muchísimas veces.
Mi cerebro me dice que no me ponga en evidencia, pero decido seguir el consejo de Sean. Con un rápido movimiento, me monto a horcajadas sobre él, me inclino y le paso la lengua tímidamente por el aro del labio.
Su reacción es instantánea. Levanta rápidamente la mano y la posa sobre mi nuca mientras se incorpora y me sujeta a un centímetro de él, acariciándome la nariz con la suya. Me quedo sin respiración. Clava sus ojos en los míos, mirándome fijamente, y, cuando por fin habla, lo hace con una voz que rezuma puro deseo.
—Sí que has tardado.
De repente su boca está sobre la mía y su gemido me inunda mientras me lame los labios, besándome tan apasionadamente que hace que me humedezca. Sin que su boca abandone en ningún momento la mía, me gira hábilmente, tumbándome boca arriba. Me desabrocha los pantalones cortos y noto su erección presionándome la cadera mientras me baja poco a poco la cremallera. Completamente aturdida por lo rápido que está yendo y por su reacción a mi beso, me abro para él y su boca ardiente me succiona. Entonces aparta bruscamente sus labios de los míos e introduce una mano entre mis pantalones y mis bragas, deslizando un dedo sobre mi clítoris. Entreabro la boca mientras él me hipnotiza con ese único dedo, moviéndolo lentamente arriba y abajo.
Arriba y abajo.
La simple yema de su dedo genera una onda expansiva que me recorre todo el cuerpo y él se aleja para mirarme con una intensidad paralizadora.
Emito un fuerte gemido mientras él sigue con su caricia ligera como una pluma y le agarro la mano exigiendo más, arqueando las caderas en busca de contacto.
—Por favor —susurro—. Por favor.
—Ni de coña, pienso tomarme mi tiempo. Tú ya te has tomado el tuyo.
—No sabía que era esto lo que querías.
—Y una mierda. Estaba esperando a que tú tomaras la decisión.
—¿Me estabas esperando? —pongo los ojos en blanco con la siguiente caricia de su dedo.
—Quería que estuvieras segura.
Mi cuerpo palpita, ardiente de deseo, mientras lo miro.
—Estoy segura. —Él sonríe y yo le clavo las uñas en la mano, instándolo a seguir—. Sean, por favor.
Finalmente, desliza su grueso dedo por debajo de mis bragas y gime al encontrarme empapada. El deseo me ciega y siento cómo me tiemblan los muslos mientras él retoma sus atenciones con la misma suavidad. Ese roce no es suficiente y él lo sabe muy bien.
Lo agarro del pelo y tiro. Él sonríe, con los ojos encendidos por la lujuria, mientras sigue provocándome con el dedo. Eso no es suficiente, ni mucho menos. Levanto las caderas y gimo de frustración, lo que hace que él se retire.
Me está castigando por mi impaciencia.
Cabrón.
—Ya paro. Ya paro. Por favor, no. —Me importa una mierda suplicar. Hace demasiado tiempo que nadie me toca y nunca en la historia de todos mis «presentes» me había atraído tanto un tío—. Sean… —susurro.
Él ve el deseo en mi mirada y se inclina para besarme intensamente, con tanta vehemencia que las emociones bullen en mi interior. En cuestión de segundos estoy desbocada, cegada por la pasión mientras me aferro a él.
Es demasiado.
Finalmente, cuando ya estoy en llamas a causa de sus caricias, introduce un dedo dentro de mí y me observa con atención mientras arqueo la espalda.
—Joder… —murmura antes de acercarse y darme un beso en el cuello que alarga hasta debajo de mi oreja—. Dime qué quieres que te haga, cumpleañera.
—Tu boca.
—¿Dónde?
—Sobre mí.
—¿En qué sitio?
—En cualquiera. —Hace amago de retirar el dedo—. Entre mis piernas. Rápido. —Él se incorpora, me baja los pantalones de un tirón y los lanza hacia atrás. Luego me abre las piernas, baja la cabeza y me lame suavemente por encima de la seda que hay entre mis muslos—. ¡S-S-Sean! —tartamudeo mientras él me provoca, succionando mi clítoris a través del tejido al tiempo que yo golpeo sus bíceps, sucumbiendo al deseo.
Él me mira fijamente, con una sonrisa exasperante en los labios.
—¿Es esto lo que quieres?
—Quiero tu boca en mi coño y tu lengua dentro de mí.
Al cabo de unos segundos penosamente largos, mis bragas acaban sobre algún lugar de la roca que hay a mi espalda mientras él separa mis muslos, acariciándome la piel con los dedos antes de bajar la cabeza y saborearme entera de un solo lengüetazo. Chillo de satisfacción mientras él empieza a comerme con diestros movimientos de lengua e intenciones claramente perversas. Retorciéndome sobre la manta, murmuro una sarta de juramentos mientras él me mete un dedo y lo curva sobre mi punto G. A mí me llevó meses descubrir cómo llegar al orgasmo sola, practicando para localizar las partes de mi anatomía que me excitaban, y este hombre ha conseguido encontrarlas todas en cuestión de minutos. Eso sí que es un superpoder en toda regla.
Sean me devora, robándome toda capacidad de comunicarme, mientras mis piernas temblorosas rodean su cabeza. Levanta hacia mí sus ojos castaños al tiempo que yo me aferro a la manta y me retuerzo por obra y gracia de su boca mágica. Me lame enérgicamente y yo le respondo contorsionándome, con el corazón desbocado, cubierta por una capa de sudor. Entonces empieza a acariciar todos mis rincones con los dedos, excitándome y torturándome, antes de introducirlos en mi interior con actitud provocativa. Yo exploto y convulsiono, perdiendo el control, gritando su nombre mientras él me acaricia el clítoris con la lengua. Sigue lamiendo mientras yo me estremezco hasta que le pido que se detenga, demasiado sensible para seguir. Y a pesar de que estoy apretando los muslos alrededor de su cabeza, él succiona mis pliegues para saborear hasta la última gota de mi orgasmo. Es pornográfico y perfecto y, cuando se levanta para besarme, le como la boca, chupando su lengua con fervor. Paso la mano por la protuberancia de sus pantalones cortos y percibo su reacción. Introduzco la mano, deslizo los dedos por su abdomen tenso y gimo al descubrir una mancha de semen. Sean me desea tanto como yo a él y lo demuestra cuando estrecho en mi mano su impresionante miembro por un segundo, antes de que él baje el cuerpo, negándome el acceso. Satisfecha, pero con ganas de más, lo miro fijamente, anhelante.
Él niega con la cabeza.
—Hoy es tu día.
—Créeme. Lo haría por mí. Está bien ser egoísta —respondo, jadeando. Él intercepta la mano con la que lo estoy sosteniendo y me besa el dorso—. Sean, no soy ninguna hermanita de la caridad.
Él entrelaza sus dedos con los míos.
—Ya, pero para mí eres algo más que esto. Mucho más.
—¿En serio? ¿Después de lo que has dicho hace un rato?
—Me has malinterpretado.
—¿A qué te refieres?
Él me mira de arriba abajo, posa una mano cálida sobre mi mejilla y me acaricia la boca con el pulgar.
—Quiero decir que contigo, en este momento, me siento un poco egoísta.
—¿Y eso es malo?
—Muy malo.
—¿Por qué?
Él apoya la cabeza sobre mi vientre y gime.
La alegría me invade cuando él levanta la cabeza y nos miramos a los ojos. La sinceridad de su mirada revela que le he causado tan buena impresión como él a mí. A cambio de su confesión silenciosa, le otorgo una pizca de confianza. No son necesarias las palabras.
Durante la caminata de vuelta al coche, él no deja de abrazarme, de hacerme parar una y otra vez para besarme, arrullándome con las profundas caricias de su lengua, y yo me doy cuenta de que sería capaz de enamorarme de Alfred Sean Roberts. Y hoy una pequeña parte de mí ya lo ha hecho.