Vuelo

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Entonces » Capítulo 13

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13

Sean

Pensando en ti.

Yo

En qué?

Sean

En todo tipo de cosas.

Yo

Puedes concretar?

Sean

En que no tienes ni idea de lo guapa que eres. Y en que me vuelve loco tu sabor.

Yo

Qué me vas a hacer?

Sean

Estoy un poco lejos. Ven al taller.

Yo

En una hora estoy ahí.

Han pasado varios días desde lo de la cascada y apenas hemos intimado desde entonces. No se despega de mí cuando estamos con los chicos, pero se despide cada noche con un inocente beso y sus señales confusas me están volviendo loca. Es como si estuviera esperando… algo que no logro identificar. Pero, en lugar de lamentarme, he decidido seguirle el juego, porque lo cierto es que estoy disfrutando del deseo y la expectación. Nunca he sido de las que van rápido, pero mi atracción por él hace que me cueste contenerme. Los chicos de mi pasado no tienen nada que ver con este hombre. Nada. Y ahora, cuando me miro al espejo, percibo el poso evidente de las semanas que he pasado envuelta en sus atenciones. Es un subidón que casi había olvidado, un subidón que me resulta más adictivo de lo que podría ser jamás cualquier droga. Mi corazón tiene algunas cicatrices, pero late con firmeza, recordándome constantemente que jugar a su juego lo hace vulnerable y, muy en el fondo de mi mente, escucho su advertencia. Por lo pronto, sigo jugando alegremente en mi ignorancia, por completo preparada para el siguiente golpe.

—¿Puedes dejar el móvil mientras cenamos?

Me pongo tensa en la silla al sentir la mirada de Roman y me guardo el teléfono en el bolsillo antes de levantar el tenedor.

—Lo siento, señor.

—Esta noche estás muy distraída.

Porque preferiría estar en el «presente» con Sean. No sé por qué Roman insiste en que cenemos juntos. La conversación es forzada y las comidas que compartimos son insoportablemente incómodas, al menos para mí. Es difícil saber cuándo se siente incómodo porque ese hombre es un muro infranqueable. Siempre está enfadado, pero esa parece ser su única emoción apreciable, si es que es capaz de sentirla. Cuanto más tiempo paso en su casa, más me parece un extraño.

—¿Cómo eran tus padres?

Nunca le he preguntado por ellos. Ni siquiera cuando era niña. Incluso cuando mi juventud me habría permitido hacerme la valiente, sabía que era mejor no preguntar. Ambos habían fallecido, eso es todo lo que sabemos tanto mamá como yo.

Roman coge un bocado perfecto de pasta con el tenedor.

—¿Qué quieres saber exactamente?

—¿Eran tan sociables como tú?

Él aprieta la mandíbula y yo me felicito, aunque sigo con cara de póquer.

—Eran de la alta sociedad y mi padre iba a menudo a jugar al golf.

—¿Cómo murieron?

—Bebiendo.

—¿Veneno? ¿Fue una despedida a lo Shakespeare?

—¿La muerte te parece divertida?

—No, señor. —«Lo que me parece divertido es esta conversación».

—Murieron con poco tiempo de diferencia. Solo tres años. Me tuvieron con más de cuarenta.

—En ese sentido tú te adelantaste, ¿no?

Mi madre tenía veinte años cuando me tuvo y Roman le llevaba doce. Menudo asaltacunas.

—No pensaba tener hijos.

Extiendo los brazos y abro las manos.

—¡Sorpresa! ¡Es una niña!

Ni una triste sonrisa.

—Un público difícil. —Bebo un trago de agua—. Siento no haber podido evitar lo de los pañales. —Tengo la certeza de que ese hombre nunca me cambió ni un triste pañal. Ni uno solo.

—Cecelia, ¿piensas comportarte así toda la noche?

—No pierdo la esperanza. —«De que no destruyas mi alma con tu mirada asesina»—. Así que nada de padres y nada de novias. ¿Tienes algún amigo con el que salir?

—Tengo socios. Muchos.

—¿Y qué hace Roman cuando se desmelena? —Otra mirada de reojo. No estoy llegando a ninguna parte—. La cena estaba deliciosa, pero tengo un plan ineludible esta noche. ¿Me disculpas, por favor?

Él no lo duda.

—Sí.

Mientras huyo del comedor, me parece oírlo exhalar un suspiro de alivio idéntico al mío.

Poco más de una hora después, entro en el taller y el hoyuelo de Tyler es el primero en saludarme. Este me mira de arriba abajo mientras yo me deleito con su atención. Esta noche me he esmerado especialmente: me he embadurnado entera en crema hidratante mezclada con aceite esencial de enebro, me he peinado con ondas playeras y me he echado polvos bronceadores para que me brille la piel incluso bajo la luz amarilla de las lámparas del techo. Me he maquillado muy poco, para que destaquen las pecas, que Sean me ha dicho que le encantan. Pero me he pintado los labios de fucsia para que hagan juego con mi nuevo vestido.

—Caray, chica, estás que lo tiras —dice Tyler, saludándome con un cálido medio abrazo mientras Sean y Dominic hablan al fondo del taller, alejados de todos los demás.

A pesar de la distancia intencionada, Steve Miller no alcanza a ahogar del todo sus voces agresivas mientras canturrea The Joker. La conversación parece tensa, así que decido dejarlos tranquilos. Jeremy es el siguiente en saludarme, levantando la barbilla con admiración antes de hacer una jugada en la mesa de billar. Es más bajito, pero se nota que el gimnasio es su segundo hogar. Está cuadrado y bajo su ropa sencilla hay unos músculos enormes, pero que a él le sientan bien. Se ha apuntado a la moda de la barba y lleva unos tirantes por encima de la camiseta. Tiene el cabello castaño y más corto que el de Sean, a quien Dios ha bendecido con una maravillosa mata de pelo.

—¿Te apetece jugar, Cee? —me pregunta Jeremy antes de meter la bola nueve.

—¿Quieres que te dé otra paliza? —replico mientras observo su tatuaje del cuervo y bajo la mirada hasta el gorro negro de lana que cuelga de su bolsillo trasero. Aunque la temperatura baja considerablemente tras la puesta de sol, el gorro parece fuera de lugar para principios de verano.

—¿Vas a atracar a alguien esta noche, Jeremy?

Él se queda callado y sigue poniéndole tiza al taco antes de guardarse bien el gorro en el bolsillo.

—Ya lo he hecho.

—Ah, ¿sí?

Guiña un ojo y Tyler se ríe.

—Lo único que has atracado esta noche es la cómoda de tu madre.

Jeremy fulmina a Tyler con la mirada.

—¿Quieres que hablemos de tu madre esta noche? Porque creo que ambos sabemos cómo va a acabar la cosa. Yo siempre tengo mi final feliz.

—Cierra la puta boca —le espeta Tyler.

Russell, que para mí es el segundo mudo junto con Dominic, coge un palo y le echa tiza.

—Tyler, sabes que nadie se trabaja a tu madre como Jeremy —dice.

Miro a Tyler, que parece cabreadísimo.

—¿Estáis hablando en serio?

—No —dice Tyler, dirigiéndose más a los otros que a mí—. Solo me están puteando.

—Si eso es lo que necesitas decirte a ti mismo para dormir esta noche, hijo mío… —Jeremy sonríe y se gira hacia mí—. Es un niño de mamá. Creo que necesitamos pasar más tiempo de calidad juntos para solucionarlo. Papi sabe lo que le conviene.

Todavía sonriendo a causa de su conversación, levanto la vista y veo a Dominic observándome mientras Sean habla a toda velocidad. Su atenta mirada hace que una chispa encienda mi cuerpo. No hemos hablado desde la noche en que me dejó entrar en el taller. Cada vez que me acerco demasiado, me cierra el paso, ignorándome con descaro como si no le estuviera hablando directamente. Sean dice que no me lo tome como algo personal, pero su rechazo constante y las miradas que me echa me ponen de los nervios. Centro mi atención en Sean a pesar de ser consciente de la mirada de Dominic y lo analizo, recordando la sensación de su beso, la mirada de sus ojos, la forma en la que me devoró con su boca, dejándome con la promesa de más. Y eso es lo que veo cuando finalmente se vuelve hacia mí. Recorre complacido mi cuerpo con sus ojos castaños antes de esbozar una pequeña sonrisa.

Siempre que me mira de esa forma, siento escalofríos. Es como si los dos supiéramos lo que nos espera, aunque no somos los únicos conscientes de ello.

—¿Queréis que os dejemos un rato a solas? —se burla Russell con sorna, quedándose con nuestro último intercambio de miradas antes de alinear el taco con la bola y golpearla.

—Tengo una idea mejor: cierra la puta boca —dice Sean tranquilamente justo cuando llega a mi lado y me atrae hacia él.

Este tío tiene confianza a raudales, una sonrisa capaz de derretirle las bragas a una monja y unos ojos que lo dicen todo sin que él tenga que decir nada. Cada día me siento más atraída por él y cada día soy más consciente del vínculo que está empezando a unirnos. Las acciones son más importantes que las palabras: es algo de lo que estoy intentando autoconvencerme tras las misteriosas palabras de Sean en mi cumpleaños.

—Te he echado de menos —dice, abrazándome con fuerza, mientras yo me deleito entre sus brazos.

Mis ojos se topan con los de Dominic por detrás de su hombro antes de que este salga por la puerta trasera del taller sin mediar palabra.

—¿Por qué me odia?

—Ignóralo.

—Es un poco difícil.

—A él se le da bien —replica Sean, dándome un beso suave y fugaz en el hombro desnudo—. Estás guapísima. —Se acerca a mí e inhala de una forma que casi me arranca un gemido—. Y además hueles de maravilla.

Giro la cabeza de manera que nuestros labios se acercan.

—Gracias.

—¿Esto es para mí? —Recorre con los nudillos el costado de mi vestido y el deseo brota en mi corazón al recordar las rocas clavándose en mi espalda, el agua de la cascada y su boca perversa. Él me lee el pensamiento, sus ojos brillan y esa vez soy yo la que esboza una sonrisa maliciosa.

—Tal vez.

—Qué mala eres —murmura.

Yo me muerdo el labio y me parece oír un débil gemido.

—¿Jugamos o qué? —Russell nos saca de nuestra burbuja.

Sean pone los ojos en blanco mientras nos alejamos y saca dos cervezas de una nevera cercana. Acepto una, sabiendo que no me la voy a beber entera. En cuanto él abre la suya y sube el volumen de la música, cojo mi taco y empieza el juego.

Se me da fatal. Por mucho que me esfuerzo, mi percepción de la profundidad es pésima, tan mala que resulta vergonzosa. Y los chicos no se cortan en tomarme el pelo a costa de ello. Cabreada por haber vuelto a perder contra Jeremy, hago un puchero y decido sentarme en el sofá, aunque acabo optando por el regazo de Sean. Él me recibe encantado, acariciándome la espalda con cariño.

—Soy malísima.

—Pues sí —reconoce él. Le clavo un codo en el costado—. Tranquila. Hace falta práctica —susurra mientras me inclino hacia atrás para recibir la caricia de su mano. El tacto rítmico de sus dedos me adormece y me sume en un estado de deseo mientras él bromea con sus amigos.

Tras unas cuantas partidas más, estoy completamente absorta; en su olor, en sus manos, en su timbre de voz, en su tacto. Todo en Sean me excita; no solo su aspecto, sino también la forma en la que funciona su mente. Es una atracción que hace que esté aturdida y excitada constantemente y que me fascina de una forma a la que no estoy acostumbrada. Sean es como una droga nueva. Más potente, más adictiva y… más todo, simplemente.

Él se gira hacia mí como si me hubiera leído la mente y su sonrisa se vuelve más amplia.

—¿Qué tienes en la cabeza, pequeña? —Sabe perfectamente lo que estoy pensando, pero paso de seguirle el juego.

—Pues… ¿podrías enseñarme a conducir?

—Tú ya sabes conducir.

—No, a conducir como tú.

Mis ojos recorren su rostro y siguen bajando. Compartimos un par de segundos, perdidos de nuevo en los momentos que pasamos en aquella cueva. Sé que él también está pensando en eso. Su cuerpo se tensa mientras me apoyo sobre él.

—Por favor.

Sean se levanta sin decir nada y me mantiene pegado a él mientras le hace un gesto a Tyler con la cabeza.

—Nosotros nos largamos.

Sonriendo, me despido de los chicos antes de salir del taller detrás de Sean y seguirlo hasta el aparcamiento. Él saca las llaves del bolsillo, me las lanza y yo las atrapo con destreza, emocionadísima.

—¿De verdad me vas a dejar conducir? —le pregunto mientras observo su posesión más preciada.

—Veamos lo que sabes hacer.

Me subo al coche entusiasmada y disfruto del tacto del volante sobre las yemas de los dedos.

Sean se sienta a mi lado.

—¿Sabes usar las marchas?

Asiento con la cabeza.

—El coche de mi madre tenía cambio manual. Aprendí con él.

Compruebo que el coche está en punto muerto y enciendo el motor para que se caliente.

Agradezco el frescor del asiento contra los muslos, bajo el tejido de mi vestido de verano.

—¿De dónde habéis sacado todos estos clásicos? —Echo un vistazo al habitáculo, asombrada por su estado. Está perfectamente restaurado.

—Eran de mi familia. Mi tío los coleccionaba y, cuando murió, los restauramos. Así fue como empezamos a arreglar coches.

—Son muy poco comunes. ¿No os da miedo cargároslos?

—¿De qué sirve tener algo si no lo usas?

—Bien pensado —digo, poniéndome el viejo cinturón de seguridad alrededor de la cintura, y acaricio con el dedo las dos eses del volante.

Empiezo a tener dudas, pero Sean las espanta con sus palabras de aliento. Él no está nervioso y eso hace que yo lo esté menos.

—Solo es un coche. Eso sí, cuidado con las curvas, no están hechos para las carreteras de montaña.

—Cierto. Pero entonces, ¿por qué los usáis?

Él sonríe.

—Porque nos sale de los huevos.

Niego con la cabeza al ver su mirada de orgullo.

—Qué machote eres.

—Gracias. Vale, acabarás acostumbrándote al movimiento del volante, pero tómate tu tiempo para adaptarte.

Asiento con la cabeza, estudiando la palanca de cambios y frunciendo el ceño.

—Este no es como en el que aprendí.

—Calma —dice él, acariciándome con un dedo la mano que tengo sobre el cambio de marchas—. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Yo le sonrío y su expresión me deja sin aliento. Los fuertes latidos de mi pecho son una señal de incitación cada vez mayor. El habitáculo se llena de tensión de la buena mientras Sean permanece cómodamente sentado en su lado del coche.

—¿Preparado?

—Preparadísimo —susurra él antes de apartar la mano.

Tras unos cuantos segundos haciendo rechinar el embrague y con un gesto de dolor por mi parte, nos ponemos en marcha.

Sean me guía durante los primeros minutos, con voz suave y tranquilizadora, ayudándome a avanzar por las sinuosas carreteras. Una vez que hemos dejado atrás las curvas cerradas, piso el acelerador y él me da algunos consejos más mientras yo memorizo el funcionamiento del embrague.

—Ya lo has pillado.

—No del todo.

—Claro que sí —dice, acariciándome el hombro—. Ya lo has pillado. Dale caña.

Me estremezco bajo su mano, lo miro y veo que me guiña el ojo en la penumbra.

La música está sonando en voz baja por los altavoces y Sean se inclina en el asiento y gira el dial del salpicadero.

—Temazo —se limita a decir mientras elimina cualquier posibilidad de comunicación, haciéndome saber que la lección ha terminado y que me toca arreglármelas sola.

Los Black Crowes comienzan a cantar a todo volumen She Talks to Angels mientras se me concede una libertad que yo acepto, impaciente por disfrutar del subidón. Entre la música y el ronroneo constante del coche, tengo la piel de gallina por todo el cuerpo. Esbozo una sonrisa mientras el viento me azota el pelo.

Estamos volando, se me acelera el corazón mientras cambio de marcha, sorprendida por lo fácil que resulta, antes de pisar a fondo el acelerador.

Sean ni se inmuta, permanece inmóvil a mi lado y su confianza se convierte en la mía mientras empiezo a canturrear la letra con él. Estoy medio gritando, medio cantando cuando sus dedos apartan el espeso cabello de mi nuca y me acarician el brazo. Mis sentidos se agudizan y mi cuerpo se deja llevar por sus caricias. Me roza el cuello, el brazo y baja la mano hasta posarla sobre la mía, en la palanca de cambios. Luego vuelve a subirla para acariciarme la barbilla con un nudillo. Mi pulso se acelera cuando me baja el tirante del vestido, rozando mi piel con las yemas de los dedos.

Entreabro los labios al sentir su contacto, lo miro y empiezo a reducir la velocidad. Al cabo de unos instantes, giro en una de tantas carreteras desiertas, pongo el coche en punto muerto y echo el freno de mano. Permanecemos allí sentados, a escasos centímetros de distancia, yo inmóvil y él acariciándome con los dedos, poniéndome a cien.

—Qué maravilla —dice con una voz urgente, cargada de deseo.

—Sean… —gimo excitada, por completo empapada mientras sus dedos me hacen caer todavía más bajo su hechizo.

Noto claramente cómo la indecisión se apodera de él mientras juguetea conmigo, provocándome y llevándome al borde del colapso.

La tensión aumenta, al igual que mi ritmo cardiaco, mientras le imploro con la mirada que haga justo lo que tiene en mente. Es entonces cuando veo la determinación en sus ojos.

—A la mierda —dice al cabo de un segundo.

De repente estoy entre sus brazos y, en un suspiro, colisionamos el uno contra el otro. Su beso es de todo menos suave; introduce la lengua en mi boca, explorando hasta el último rincón con energía. Es como si todas las miradas, todas las caricias, todas las conversaciones sutiles nos hubieran llevado hasta este momento. Con un ansia justificada, me permito manosearlo y tiro de la manga de su camiseta mientras él me atrae todavía más. Levanto una pierna para ponerme a horcajadas sobre él y aumentar el contacto y mi subidón de adrenalina confluye con un deseo insaciable. Nos besamos una y otra vez, a solas en el coche en una carretera sin nombre, con los corazones desbocados y nuestras respiraciones aceleradas enredándose mientras él me sube el vestido hasta las caderas y yo me contorsiono sobre su regazo, comiéndole la boca y acariciándole el piercing con la lengua.

—Joder —masculla durante un pequeño respiro entre beso y beso, antes de bajarme el otro tirante del vestido y arrastrar la tela para liberar mis pechos.

Tengo los pezones duros como piedras y mi ansia es implacable. Sean posa sus manos recias sobre mis tetas y su beso se vuelve tan intenso que prácticamente me hace rozar la locura mientras mi clítoris palpita, suplicante. Le cojo una mano, la introduzco entre mis muslos por debajo de la falda y percibo un breve segundo de vacilación por su parte antes de posar los nudillos sobre la seda y el encaje que cubren mi entrepierna. Luego desliza la mano bajo la goma de las bragas para echarlas a un lado y yo jadeo en su boca cuando introduce bruscamente dos dedos en mi interior. Mi gemido lo alienta mientras hace girar los dedos, follándome bruscamente con ellos.

—Sean —digo jadeando, enganchándome a su cuello para cabalgar sobre su mano.

Yo bajo una para apretar con fuerza su miembro erecto y él gime mientras me empotra contra el salpicadero, liberándose del brazo con el que me estaba sujetando. Me quedo allí, sobre sus rodillas, observándolo con los codos apoyados en el salpicadero y el vestido todavía alrededor de las caderas. Entonces él agarra el delicado triángulo de tela que hay entre mis muslos y me lo arranca de un tirón. Ansiosa, me dispongo a liberarlo, pero él me da una palmada en la mano, se desabrocha los vaqueros, se saca la polla y empieza a frotarla arriba y abajo. Se me hace la boca agua al verlo, al comprobar cómo se excita.

De repente se incorpora, coge la cartera y saca un condón. Me lo da. Yo lo abro y sujeto su miembro sedoso con la otra mano, acariciándolo desde la base hasta la punta húmeda; después, despliego el látex sobre él. Cuando acabo, él pasa un dedo por mis pliegues, jugueteando con la humedad acumulada en mi interior. Una brisa fresca inunda el coche mientras Sean me sujeta la cabeza con una mano y me atrae para darme un beso un segundo antes de echarme hacia atrás, situarse entre mis piernas e introducirse por completo dentro de mí. La sensación hace que me estremezca mientras él me penetra sin piedad. El sonido de sus arremetidas me excita y levanto las caderas para pegarme más a las suyas. Él me agarra del pelo mientras me embiste y yo gimo de dolor y de placer por la forma en la que me está follando. Le levanto la camiseta y acaricio su pecho musculoso mientras él me mira, con los ojos ardientes y el corazón trepidando bajo mi mano.

—Joder… —gruñe, acelerando el ritmo—. Vas a ser mi ruina.

A punto de estallar, intento quitarle la camiseta con torpeza, pero él me aparta y se la quita en un segundo. Ya con plena libertad, me fijo en cada detalle, en el timbre de sus gruñidos, en el tacto de su piel, en cada matiz de su constitución, mientras lo rodeo fuertemente con las piernas, pegándome a sus caderas y echando la cabeza hacia atrás. Lo siento muy muy dentro de mí. No me queda más remedio que aferrarme a él y permitirle que acabe conmigo. Sean me hechiza totalmente con su olor, con su cara, con su cuerpo, con su polla. Presiona mi muslo doblado contra el asiento para profundizar todavía más y yo grito su nombre mientras él se vuelve loco, acelerando el movimiento de sus caderas hasta alcanzar un ritmo inimaginable mientras me embiste con fuerza.

De pronto baja una mano para acariciarme firmemente el clítoris mientras roza mis paredes, elevándose e inclinándose con precisión. Entonces llego al orgasmo y exploto; todo mi cuerpo se estremece, liberado, mientras él me penetra un par de veces más antes de correrse, con la boca entreabierta y los ojos de color esmeralda brillando bajo la suave luz del interior del coche. Acaricio sus bíceps con los dedos mientras él me contempla en silencio. Su maravillosa sonrisa vuelve a hacer acto de presencia. Me besa con suavidad, me suelta el pelo, me levanta del asiento con un brazo y me acerca a su pecho.

—La cosa se ha puesto intensa rápido —dice con una risita.

—Hum —murmuro, percibiendo el cansancio en mi propia voz.

—Tenemos un problema —susurra él sobre mi cuello mientras yo le masajeo los hombros empapados en sudor.

—¿Cuál? —le pregunto.

No puedo creer que le haya permitido llegar tan lejos, o más bien que deseara que lo hiciera.

Él me mira, acurrucada en su regazo.

—Solo tenía ese condón.

—Tenemos todo el tiempo del mundo, ¿no?

Él asiente sobre mi hombro, pero percibo un destello de preocupación en sus ojos cuando se encuentran con los míos.

—Sí.

—¿Qué pasa? —pregunto.

La preocupación se disipa y él niega con la cabeza, relajando los hombros.

—Nada. —Me acaricia la piel, posando las manos sobre mis pechos—. Nada —repite antes de reclamar mi boca posesivamente. Un beso posesivo en el que me pierdo.

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