Vuelo

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Entonces » Capítulo 14

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La colada.

Durante los últimos quince minutos, eso es lo que Sean y yo hemos estado haciendo. Y no solo la de Sean, sino también la de Tyler y la de Dominic.

—¿Hay alguna razón por la que estemos lavando también la ropa de tus compañeros?

—¿Por qué no?

—Pues porque es su ropa sucia.

—Tú también haces cosas por tus amigas, ¿no?

—Sí, como invitarlas a cenar de vez en cuando o pintarles las uñas. No echar quitamanchas en sus tangas y frotarlos.

—Esto es mejor.

—¿Por qué?

—Porque a nadie le gusta hacer la colada.

A mí sí. Gracias a Sean, ahora me gusta hacer la colada. Él hace que las tareas domésticas sean mucho más divertidas, sobre todo cuando me pone cachonda rozando su entrepierna contra la mía mientras estoy sentada encima de la lavadora. Esboza una sonrisa al tiempo que me pregunto si habrá sido a propósito.

Cabrón.

Juega a nivel psicológico conmigo todo el rato, lo que me mantiene alerta. La mayoría de las veces lo hace con juegos de palabras, en especial con insinuaciones sexuales que me perdería si no estuviera atenta. Pero yo las pillo absolutamente todas, porque Sean me pone al límite todo el tiempo, a veces casi hasta el borde de las lágrimas, hasta que acabo suplicándole.

Es un poco sádico y me encanta.

Cada segundo de la última semana ha sido como estar en la fase de luna de miel de nuestra relación, o lo que sea esto. No me he molestado demasiado en pensar en ello porque él no me ha dado ninguna razón para preocuparme. Aunque se le dan fatal las conversaciones telefónicas —no suele llevar el móvil encima y tarda horas en contestar a mis mensajes—, pasamos la mayor parte de nuestro «presente» juntos.

Sean introduce las monedas en las ranuras mientras yo echo un vistazo a la sala ruinosa llena de máquinas destartaladas.

—¿No tenéis un lavadero en casa?

—¿Por qué lo preguntas?

—Solo digo que, a la larga, seguramente ahorraríais dinero comprando una lavadora y una secadora de segunda mano en internet o algo así.

Él me rodea con sus fuertes brazos y se inclina hacia mí, rozándome la nariz con la suya. Lleva las gafas de sol sobre la cabeza y, al pegarse a mí, la camiseta gris jaspeada se le tensa sobre el musculoso pecho. Yo acaricio con los dedos la cintura de sus vaqueros e inhalo profundamente su olor a sol, concentrándome en sentirlo y en esencia olvidando nuestra conversación. Por muy indecente que sea, lo rodeo con las piernas mientras los pantalones cortos se me suben hasta las ingles.

Él baja la vista y acaricia con los nudillos la piel de la cara interna de mis muslos.

—Me encantan estas piernas tan largas y también este punto de aquí —dice, agarrándome del pelo y tirando un poco de él para dejar mi cuello al descubierto y depositar un suave beso en el hueco que hay en su base.

—Mmm, ¿y qué más?

—Te haré un resumen. —Me besa la piel que está justo por debajo de la oreja y luego me coge una mano y se lleva la muñeca a los labios. Pasa un dedo por la parte superior de mi camiseta de tirantes, justo por encima del escote, y lo recorre despacio. Después me agarra la cara y me acaricia la mejilla con el pulgar—. Esta cara… —murmura, dándome unos cuantos besos suaves en la frente y en los párpados, antes de rozar las tenues pecas de mi nariz y posarse sobre mis labios.

Su dulce beso me cautiva y él lo vuelve más intenso, haciéndome gemir mientras me derrito entre sus brazos. Le importa un bledo lo que piensen los demás. Me toquetea a todas horas en público y en privado, abiertamente y pasando de todos. Me reclama a diario y en estos momentos está tomando posesión absoluta de mi boca sin cortarse un pelo mientras yo sucumbo a sus encantos. Nunca antes había conocido un afecto similar, jamás.

Él ha transformado a todos los hombres que lo han precedido en unos mentirosos y los ha dejado en evidencia a las pocas semanas de convertirme en el centro de su atención y de su cariño.

Por eso me encanta hacer la colada —o cualquier otra cosa— con Sean.

Con él, estoy en un estado constante de excitación e intriga. Es un tío realmente fascinante y nunca estoy segura de lo que va a salir de su boca a continuación.

—Yo no ahorro dinero.

Buen ejemplo.

—¿Por qué? —le pregunto, echándome hacia atrás. Él se limita a arquear una ceja a modo de respuesta—. Ya, déjame adivinar, porque solo existe el presente. Eres de los que viven sin pensar en el futuro.

—En todos los sentidos —murmura él sobre mi cuello. Yo frunzo el ceño y, antes de que pueda preguntar nada, vuelve a hablar—. Preferiría regalarlo que guardarlo.

—¿Por qué? ¿Es que el dinero también es una invención?

Él se aparta y me sonríe.

—Veo que ya lo vas pillando.

Le acaricio la nuca y enredo los dedos en sus puntiagudos remolinos rubios.

—¿Hay alguna regla que cumplas?

—Las mías.

—Un hombre anárquico y sin futuro. Y luego dices que yo soy un peligro.

—No te imaginas hasta qué punto —dice, bajándome de la lavadora—. Vamos. Quiero fumarme un cigarro.

Nos sentamos en su coche, frente al centro comercial, observando a la gente que entra y sale de la lavandería y del mexicano de al lado. Dentro del restaurante, en un rincón, al otro lado del cristal, hay una mujer haciendo tortillas caseras. Sonriendo, amasa la mezcla antes de aplanarla y lanzarla a un hornillo que hay al lado de la encimera. Me quedo un poco embobada contemplándola mientras Sean enciende el Zippo y su cigarrillo se convierte en dos, y luego en tres, antes de salir del coche para ocuparse de la colada. Me ofrezco a acompañarlo, pero me pide que me quede allí sentada. Yo lo hago, absorta en la monotonía de ver a la anciana hacer tortillas. Su trabajo es tan repetitivo como el mío en la fábrica. Pero, mientras yo miro el reloj una y otra vez hasta que suena la famosa sirena, ella sigue sonriendo con serenidad, aun cuando no está hablando con sus compañeros ni con los clientes que la saludan constantemente. Está feliz y contenta, parece de verdad a gusto con su tarea. La envidio; ojalá yo estuviera tan en paz con mi trabajo. Sean regresa y, sin mediar palabra, enciende otro cigarrillo. El brusco chasquido de su Zippo es lo único que se oye en el coche.

—Esa mujer no para de hacer tortillas.

—Está así día y noche.

—Qué fuerte.

—Es su trabajo. Hay un montón de gente por ahí con curros así.

—Lo sé, yo tengo uno.

—Ya. —Sean expulsa una nube de humo—. Pero ella no lo odia.

—Ahí me has pillado. No para de sonreír.

Nos quedamos allí sentados diez largos minutos, solo observándola.

—No entiendo por qué es tan feliz.

—Porque lo hace por decisión propia —responde él tranquilamente.

—Por decisión propia. —Reflexiono sobre lo que acaba de decir y me doy cuenta de que él la está observando con la misma atención—. ¿La conoces?

—Se llama Selma. A veces trae la furgoneta al taller.

—¿Paga con dinero inventado? —bromeo.

—Más o menos. Nunca le cobramos. La ropa está lista.

—Te ayudo.

Él abre la puerta del coche y niega con la cabeza.

—Quédate ahí sentada.

—Sean, llevo casi dos horas viendo a esta mujer hacer tortillas.

—Pues sigue observándola —dice y después cierra la puerta.

Me desplomo en el asiento, irritada por sus órdenes, pero quedándome igualmente allí. En unos minutos ya estoy perdida en mis pensamientos, reflexionando sobre la conversación que hemos tenido en la lavandería.

«Eres de los que viven sin pensar en el futuro».

«En todos los sentidos».

Dominic. Es la única conclusión que puedo sacar. Ha sido un completo imbécil desde que me presenté en su casa. Sé que va a ser un problema, simplemente por su mirada hostil y su insolencia. Decido preguntarle a Sean más tarde mientras veo cómo Selma acaba de dar la vuelta a una nueva tanda de tortillas con los dedos sobre el fuego. Cuando acaba, coge un buen montón y lo mete en una bolsa antes de recoger los pocos billetes que hay en el tarro de las propinas. Luego va hacia la caja registradora, al otro lado del mostrador, cuenta cuidadosamente cada dólar y después lo cambia por lo que supongo que serán billetes más grandes y que están al fondo del cajón. Me quedo con la boca abierta cuando la veo echar un ojo alrededor y coger unos cuantos más antes de guardar furtivamente el dinero en la bolsa de las tortillas. Acto seguido, atiende a los pocos clientes que se acercan a pagar. Atónita, veo que deja la caja abierta, les da el cambio y se guarda los tiques en el delantal. Está borrando el rastro. Una vez que se queda sola en la caja, coge unos cuantos billetes más y los cambia. Tengo la certeza de que se asegurará de que los números cuadren al final de la noche.

Selma «la sonriente» es una tortillera ladrona.

Y esa no es su primera vez.

Me he pasado varias horas observando a esa mujer, admirándola por su capacidad de disfrutar de la soledad, para acabar descubriendo que es una choriza.

«Pues menuda mierda».

Sean no se lo va a creer y me estoy muriendo de ganas de contárselo, pero en ese momento una furgoneta se detiene a mi lado. Un tío que aparenta unos treinta años se baja y abre la puerta de atrás. Instalada en el portón hay una plataforma elevadora para sillas de ruedas. Estoy tan concentrada en la furgoneta que no me fijo en Selma hasta que ella también se acerca para asomarse a su interior, con la bolsa en la mano, canturreando apresuradamente y con voz dulce unas cuantas palabras en español. Entonces, el asiento trasero se gira y aparece un chico joven. Tiene una discapacidad grave, sus piernas y brazos caen inertes a sus costados mientras sus ojos buscan y rebuscan, yendo de derecha a izquierda. Es ciego. Selma se sube a la furgoneta, lo llena de besos y deja la bolsa de tortillas y el dinero en efectivo en el asiento de al lado. Se me cae el alma a los pies.

Lo hace por él.

Roba por él.

Vuelvo a mirar al niño, que debe de tener unos once o doce años. ¿Será su nieto?

Durante un par de minutos, desearía haber estudiado español en lugar de francés para poder entender la conversación entre la mujer y el hombre que está de pie detrás de ella, viéndola colmar de afecto al niño. Resulta dolorosamente obvio que ella vive para él. El hombre le habla a la señora en voz baja, como si se fuera a romper; sus ojos rebosan gratitud mientras ella cubre de besos la frente, la nariz y las mejillas del crío.

La culpa me atenaza al pensar en las conclusiones precipitadas que he sacado en esos segundos, después de haberla visto robar el dinero descaradamente.

Oigo que la puerta del coche se abre y se cierra, pero no aparto la mirada del niño. ¿Qué tipo de vida es esa, con tantas limitaciones, sin poder ver, sin poder mover los brazos ni las piernas, siendo prisionero dentro de su propio cuerpo?

—También está medio sordo —dice Sean.

Tengo los ojos llenos de lágrimas. Cuando Selma sale de la furgoneta, el hombre la abraza con vergüenza y culpa en la mirada. Luego retrocede, claramente preocupado, mientras observa a la mujer y se gira hacia el restaurante. Resulta obvio que él no quiere que lo haga.

—¿Roba por su hijo y por su nieto?

—Es su yerno. Su hija dio a luz y se fue, dejando que lo criara solo. Recibe una paga, pero no es suficiente. Selma tiene muchísima artritis, pero todos los días aporrea esa masa por sus chicos y eso la hace feliz. Lo más triste es que, aunque es el alma del restaurante y nada sería lo mismo sin ella, los imbéciles de los dueños no le han dado un aumento en ocho años.

Trago saliva.

—Y yo deseando decirte que estaba robando. Creía que no me ibas a creer. Ni yo misma me lo creía hasta que lo he visto. —Él me limpia una lágrima de la mejilla y me giro para mirarlo. Por la forma en la que me está observando, deduzco el resto—. Lo sabías, sabías que lo vería.

—¿Cómo te has sentido?

—Me ha dolido mucho más que lo del reloj. —Veo en sus ojos una especie de brillo de satisfacción antes de que desvíe la mirada hacia el hombre, que se está llevando a su hijo. En cuestión de minutos, Selma vuelve a estar detrás del mostrador, haciendo tortillas con una sonrisa en la cara. Me giro hacia Sean y lo miro fijamente—. ¿Pero tú quién coño eres?

¿Qué tío de veinticinco años les lava la ropa a sus amigos, se preocupa de verdad por los problemas económicos de Selma y su nieto discapacitado, odia el dinero y el tiempo, pasa olímpicamente del estatus social y vive sin preocuparse en absoluto del futuro?

Alfred Sean Roberts.

Ni más ni menos.

A partir de ese momento, me permito confiar un poco más en él. Pero también empiezo a preocuparme por lo que comienzo a sentir. Es demasiado fácil quererlo. Ese hombre que ignora abiertamente las reglas y los límites puede ser peligroso para mí. Sean percibe mi miedo y se acerca para besarme durante unos segundos que me parecen interminables. Cuando se aleja, tengo la sensación de que me he hundido todavía más; cuanto más me involucro, más conflicto me causa.

—En serio, Sean, ¿quién eres?

—Soy un tío con la ropa limpia y muerto de hambre. ¿Te apetece comida mexicana?

No me queda más remedio que asentir.

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