Vuelo

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Entonces » Capítulo 15

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15

Sean me lleva de la mano hacia el interior del oscuro bar. Tenemos la barriga llena tras habernos puesto morados a fajitas y el bolsillo más ligero después de haberle dado a Selma unas cuantiosas propinas. Inquieta, lo sigo vacilante mientras analizo el nuevo entorno: en las paredes hay luces de neón de todos los colores y el suelo está plagado de mesitas bajas destartaladas. Lo único que parece nuevo es la gramola del fondo. El bar es como una caja de zapatos y apesta a trapo de cocina roñoso.

—¿Qué pasa, Eddie? —Sean saluda al hombre que está detrás de la barra.

Eddie parece tener poco más de treinta años y es un tío de aspecto tosco. Tiene los ojos del color de la noche y su tamaño es, como mínimo, intimidante. No puedo evitar fijarme en el familiar tatuaje que Eddie tiene en el brazo cuando este se echa un paño sucio al hombro.

—Hola, colega —responde él, mirándome por encima de la robusta figura de Sean—. Veo que no has estado perdiendo el tiempo.

Sean le dedica una sonrisa torcida.

—Esta es Cecelia.

Lo saludo tímidamente con la mano, por detrás del bíceps de Sean.

—Hola.

—¿Qué queréis tomar?

Me aferro al brazo de Sean, titubeante. Él sabe que no tengo edad para hacerlo. Me acaricia el dorso de la mano con el pulgar.

Lo tiene todo controlado.

¿Cómo no?

—Yo una cerveza. —Sean se gira hacia mí—. ¿Y tú?

—Un Jack-Cola.

Casi me echo a reír cuando veo que Sean arquea una ceja. Me acerco a él.

—Siempre he querido pedir uno. La otra opción es un martini y no creo que Eddie me lo quiera preparar.

Él sonríe.

—Has dado en el clavo.

Sean paga las bebidas y me lleva a una mesa del fondo del bar, al lado de la gramola. Saca las monedas de veinticinco centavos que nos han sobrado en la lavandería y me las da.

—Elige bien o Eddie nos echará a patadas.

Cojo el dinero, selecciono unas cuantas canciones y me reúno con Sean en la mesa. Él me pasa la copa y le doy las gracias antes de beber un buen trago. El whisky me rasca la garganta y abro los ojos de par en par, atragantándome. Sean hace una mueca y se gira hacia Eddie, que arquea una ceja con escepticismo.

Aun cuando la quemazón está amenazando con dejarme tiesa, me doy cuenta de que tengo que aprender a gestionar mejor eso de beber sin tener la edad para hacerlo. Me aclaro la voz con los ojos llorosos y Sean se ríe.

—¿Es tu primera copa?

—Esto no es nada —digo mientras el cálido líquido empieza a filtrarse por mis venas.

Él niega con la cabeza, sonriendo con pesar.

—¿De qué pueblucho dices que has salido?

—Idiota. ¿Me estás llamando pueblerina? Si aquí solo tenéis cuatro semáforos.

—Doce.

—Ya te he dicho que no salía mucho en el instituto.

—O nada —bromea él.

—Es que… —Suspiro.

—¿Qué?

—Bueno, mi madre era un desastre y bebía por las dos. Una de nosotras tenía que ser la adulta. —Los ojos castaños de Sean se vuelven más dulces y decido que son más verdes que marrones—. No me malinterpretes. No la cambiaría por nada del mundo. Era muy divertida.

—¿Sí?

—Sí. Aprendí a conducir a los ocho años.

Él se inclina hacia delante.

—¿Qué?

—Lo que oyes. Se me daba genial —alardeo antes de arriesgarme a darle otro trago a mi whisky con un chorrito de Coca-Cola sin gas.

—No lo dudo.

—No teníamos mucho dinero, así que nos las arreglábamos como podíamos. Mi madre era muy creativa. Siempre encontraba la forma de conseguir que los veinte dólares a la semana que nos sobraban fueran suficientes. Un sábado que hacía sol, tuvo la brillante idea de llevarme a una carretera abandonada y dejar que me volviera loca. —Sonrío, inmersa en el recuerdo—. Puso una guía telefónica en el asiento del conductor y me dejó a mi aire durante horas. Me enseñó a poner el monovolumen a dos ruedas. Después íbamos a una parrilla que había al lado de la carretera que tenía las mejores patatas fritas con queso del mundo. Así que, durante más o menos un año, eso se convirtió en nuestro ritual de los sábados. Mi madre, yo, una guía telefónica, nuestro monovolumen y patatas fritas con queso.

Sean se recuesta en el asiento, con la cerveza a medio camino de la boca.

—Me encanta.

—Tenía una forma de ser que a veces envidio. Era capaz de sacarse cualquier cosa de la manga, hacía que los días normales fueran extraordinarios. —Observo a Sean mientras asiente—. En ese sentido, me recuerdas a ella.

Él me guiña un ojo.

—El secreto está en la compañía.

—No me atribuyas a mí el mérito de la diversión. Ambos sabemos que no es mío. Yo soy una de esas chicas que nunca colorea por fuera de la raya y tú eres… la cera de color rojo.

Sean se echa hacia atrás y se encoge de hombros.

—No seas tan dura contigo misma. No tiene nada de malo ser responsable y cuidar de las personas que quieres.

—Es aburridísimo. —Le doy otro trago a la copa—. Menos mal que mi amiga Christy me salvó de convertirme en una asocial. —Bajo la mirada—. Nunca me ha gustado ser el centro de atención, ¿sabes? Pero siempre he envidiado a esas personas que son capaces de convertir los días ordinarios en extraordinarios. Como tú, como Christy y como mi madre.

—Pues lo llevas en la sangre.

Niego con la cabeza.

—No, no es verdad. Lo único que puedo hacer es admirar a los que tienen ese don. En fin, ¿y qué hay de tus padres? Háblame del restaurante.

—Haré algo mejor: un día de estos te llevaré allí. Quiero que te conozcan.

—Me encantaría.

—Los adoro a los dos. Buenas personas, con las cosas claras, gran corazón, familiares, leales y casados desde hace más de treinta años. Trabajan codo con codo todos los días. Viven abiertamente, se pelean abiertamente y se reconcilian abiertamente.

—Y se quieren abiertamente, ¿no? ¿Por eso eres tan abiertamente cariñoso conmigo?

—Es probable.

—No me extraña que los adores —murmuro, sintiendo que el cuarto trago me entra mucho mejor que el primero—. Esto no está tan mal. Puede que lo mío sea el whisky.

—No te vengas arriba —me dice, arrancándole la etiqueta a la cerveza—. No hablas mucho de tu padre.

—Porque no tengo ni idea de quién es. No sé por qué quiere que forme parte de su vida. Las apariencias engañan. Puede que yo esté aquí, pero él no. La mitad de las semanas que llevo aquí, él las ha pasado en Charlotte. Después de diecinueve años, sigue siendo un misterio para mí. Un iceberg. No es agradable no ver ni una pizca de humanidad en el hombre responsable de la mitad de tu creación. Cuando llegué aquí, aunque estaba cabreadísima, intenté tener la mente abierta, pero ha resultado inútil. Si tuviera que elegir una palabra para definirlos a él y a nuestro vínculo, sería «esquivo».

Sean asiente con la cabeza y bebe otro trago de cerveza.

—¿Y a tu madre?

—«Ausente» —susurro, alejando la emoción que me atenaza e intentando esbozar una sonrisa—. Por desgracia, desde hace seis meses.

Sean me gira la mano que tengo sobre la mesa y me acaricia la palma con las yemas de los dedos.

—Lo siento.

—No pasa nada. Así es la vida. Ya soy mayorcita. Mi madre ya ha hecho su trabajo. Al menos mi padre ha ayudado a pagar algunas de las facturas. En realidad no tengo motivos para quejarme. —Pero el dolor me invade al recordar una época en la que sentía que yo era la prioridad de mi madre—. La echo de menos —admito mientras retiro la mano y niego con la cabeza—. Dicen que la suya era una generación desorientada. Sinceramente, no me queda otra que estar de acuerdo con esa afirmación. Durante años, vivió una vida desenfrenada, siempre en busca de más, siempre ansiando más, sin conseguir llevar a cabo nunca ninguno de sus grandes planes. Yo la admiraba muchísimo. Algo tiene que haberle ocurrido. Todavía no logro entenderlo. Es como si hubiera olvidado quién era… y se hubiera rendido.

—¿Cuántos años tiene, cuarenta y tantos? —me pregunta Sean.

Asiento con la cabeza.

—Mi madre era poco mayor que yo cuando se quedó embarazada. Supongo que podría decirse que nos criamos juntas.

Él se encoge de hombros.

—Entonces está cerca de la mitad del camino. Probablemente esté tratando de averiguar cómo quiere vivir la otra mitad.

—Probablemente. —Me froto la nariz para intentar detener el ardor incipiente—. Pero me gustaría que me dejara ayudarla a descubrirlo.

—Eso no es cosa tuya.

—Lo sé.

Me da un suave empujón.

—Pero eso no lo hace más fácil, ¿no?

—No. —Sean no dice nada más. Se limita a quedarse allí sentado conmigo, dejando que me sienta triste, apretándome la mano de forma tranquilizadora—. En fin. Y además de a tus padres, ¿a qué otras personas admiras? —le pregunto antes de darle otro trago a la copa.

—Si tuviera que elegir a una, Dave Chappelle.

Me estrujo el cerebro.

—¿El cómico?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque es la leche, además de un tío superauténtico. Aprovecha su visibilidad para hacer cosas increíbles y tiene un talento alucinante. Dice lo que nadie más se atreve a decir y luego añade algunas ideas flipantes que te hacen pensar. Rechazó cincuenta millones de dólares porque no quería vender su alma al diablo, como han hecho muchos otros.

—Esa respuesta sí que no me la esperaba.

—Ya, bueno; además, tampoco es perfecto y no se disculpa por ello.

Me llega un mensaje de Christy y Sean señala el móvil con la cabeza.

—Busca algún monólogo suyo en tu pequeño ordenador cuando llegues a casa.

—Puede que lo haga.

—Pero te daré un consejo: nunca investigues a tus héroes.

—¿Por qué?

Él inclina su cerveza.

—Porque descubrirás que son humanos.

Cojo el teléfono para leer el mensaje, pero él me lo quita.

—Nueva regla: cuando estés conmigo, nada de móviles.

—¿Qué? —Echo la cabeza hacia atrás—. ¿Nunca?

—Nunca. Ni en mi coche, ni en mi casa, ni en el taller. Cuando quedes conmigo, deja el teléfono en casa.

—¿Lo dices en serio?

—Es lo único que te pido. Pero lo digo en serio. —Su tono severo deja poco espacio para la negociación.

—¿Por qué?

—Por varias razones. Una de ellas es que este es mi tiempo. He elegido pasarlo contigo y espero lo mismo de ti.

—A mí me suena un poco controlador.

Se inclina hacia mí.

—Te juro por lo más sagrado, nena, que lo último que quiero es controlarte.

—Entonces ¿a qué viene esa regla?

—Si te pidiera por favor que confiaras en mí porque por ahora no puedo darte explicaciones, ¿lo harías?

Sus ojos de jade se clavan en los míos. Está muy serio, tanto que no soy capaz de apartar la mirada.

—¿Por qué no me lo puedes explicar ahora?

—Todavía no es el momento.

—Ya estamos otra vez con los acertijos.

—Sí, pero para mí no es algo negociable.

Lo miro boquiabierta. Desde que estamos juntos, nunca había tenido una actitud tan autoritaria. Me molesta una barbaridad, pero ¿es realmente mucho pedir?

—Me parece un poco fuerte. Si accedo, más vale que la explicación merezca la pena.

—Lo hará.

—Bueno. Vale, por ahora, nada de teléfono.

—Bien. —Se inclina hacia mí y me pellizca la parte inferior de la barbilla—. En dos palabras: preciosa y enrollada.

Sonrío a regañadientes.

—No te pases.

—Claro que sí. —Deja la cerveza y me coge de la mano para levantarme de la silla mientras empieza a sonar So What’cha Want, de los Beastie Boys—. Esta es buena.

—Tiene sus ventajas haber sido criada por la generación X —digo, siguiéndole el rollo y comiéndomelo con la mirada.

—¿A qué te refieres?

—A la música, por supuesto.

—En eso tienes razón.

—Aprendí a bailar con esta canción. Pero no creía que esto fuera lo tuyo.

—¿Y tú qué sabrás? —dice, burlándose, mientras me arrastra a la triste pista de baile.

—Sé un par de cositas de ti, guapo —bromeo al tiempo que él empieza a mover las caderas, manteniendo el torso relajado.

Es bueno, mejor que bueno. Asombrada al verlo moverse con tanta naturalidad, me acobardo y me quedo observando hasta que me atrae hacia él, empujándome suavemente con las caderas. Con las mejillas encendidas, echo un ojo a la barra para asegurarme de que nadie nos está mirando. Solo hay unas cuantas personas más en ese tugurio anclado en el pasado y es evidente que a ninguno de ellos les importa una mierda lo que hagamos. Así que, mientras una cálida emoción recorre mi cuerpo, decido que a mí tampoco. Sigo el ejemplo de Sean y empiezo a mover las caderas, porque si hay algo que tengo es ritmo. La mirada de Sean se ilumina a causa de la grata sorpresa mientras bailamos esa canción, la siguiente y otra más.

Me bebo otro whisky con un chorrito de Coca-Cola.

Bailamos.

Me aferro a su camiseta mientras él engancha mi pierna en su cadera y me sube lentamente los pantalones cortos por el muslo.

Perreamos.

Sorbe lentamente algunas de las gotas de sudor de mi cuello y seca el resto con sus labios carnosos.

Bailamos.

Enredándome en él sin pudor, lamo la hendidura de la base de su cuello.

Perreamos.

Él se toma un chupito de tequila y lame la sal de mi muñeca, sin dejar de mirarme a los ojos ni un instante.

Bailamos.

Lo provoco apretando el culo contra su erección y entrelazo las manos alrededor de su cuello; él me rodea posesivamente la cintura con un brazo.

Perreamos.

Ya de vuelta en el suelo, él me observa con atención mientras me insinúo al ritmo del Oh, de Ciara, moviendo en forma de ocho las caderas.

Bebemos un poco más.

A mitad de la canción, empapados en sudor y destilando alcohol por los poros, me frena en seco, me agarra por la nuca y me atrae para besarme descaradamente, como un poseso.

Nos vamos.

Corremos hacia su coche mientras empieza a llover.

Ya con las puertas cerradas, nos abalanzamos el uno sobre el otro y nuestras lenguas luchan por el poder.

Él me arranca las tiras del top de cuello halter mientras yo me impulso hacia arriba, me desabrocho el pantalón corto y me lo quito.

Me siento a horcajadas sobre él.

Su gemido hace vibrar mi lengua mientras pego los labios a su cuello.

Se saca la polla de los vaqueros, se pone un condón, aparta mis bragas a un lado y me atraviesa con una única acometida certera.

Allí mismo, en el aparcamiento abarrotado, a unos metros del bar…

… follamos.

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