Vuelo
Entonces » Capítulo 16
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Me despierto entre tonos morados, pasando de un sueño profundo a un agudo dolor de cabeza y ligeramente desorientada hasta que percibo el calor del cuerpo que me envuelve. Casi había olvidado lo que se sentía al estar acurrucada entre unos brazos masculinos, y anoche fue la primera vez que Sean me llevó a casa con él.
Ayer ocurrió algo entre nosotros, de forma tácita.
Sentir el abrazo de Sean esta mañana es un regalo, aunque tenga la cabeza a punto de estallar.
Estas semanas que he pasado con él han sido unas de las mejores de mi vida.
Él es simplemente… Sean.
Tiene todo lo que no sabía que deseaba de un hombre y muchas más cosas que nunca esperé tener. Es considerado, atento y superinteligente y siento una atracción increíble por él en muchos niveles. Hace que me sienta afortunada, como si me hubiera tocado la lotería en lo que a hombres se refiere. Y en cierto modo, eso me asusta.
Mi corazón ya no se esconde entre las sombras, ahora baila públicamente, como hicimos nosotros anoche en el bar.
Y el sexo… Nunca había disfrutado de un sexo tan extraordinario. Tiene una forma de follar maravillosa y a la vez retorcida. Nos pasamos toda la noche inmersos el uno en el otro, susurrándonos con pasión. En una maratón de gemidos y suspiros que yo no quería que acabara nunca. Lo hicimos borrachos, algo nuevo para mí. Dejar de lado mis inhibiciones mereció la pena con creces.
Joder, casi se me escapa un gemido al recordarlo penetrándome desde atrás, cubriéndome con sus manos, abriéndome para poder llegar hasta el fondo mientras me decía obscenidades al oído.
Cuando se corrió, arañándome la cabeza con las uñas, me sorprendí a mí misma haciéndolo con él sin la ayuda de una mano entre mis piernas: otra novedad.
Incapaces de parar, bajamos el ritmo y, al cabo de unos minutos, alcanzamos otro orgasmo. Yo no dejaba de repetir su nombre, asustada porque mi pecho se estaba abriendo en canal y por lo que le estaba permitiendo ver. Su beso, su tacto y el lento envite de sus caderas mientras me tranquilizaba con dulces palabras: «Tranquila, nena, estoy aquí contigo».
Conmigo. Y vaya si lo estaba. Tanto tiempo escondida y, al mes de conocerlo, ya me siento como si él me hubiera liberado.
Sean me envuelve en su abrazo. La profunda exhalación de su aliento me arrulla y me hace recuperar la calma, aun cuando una voz en mi cabeza grita: «Pero ¿qué coño estás haciendo, Cecelia?».
Me hago un ovillo en su madriguera, disfrutando a la vez del calor y del escozor que siento entre las piernas, mientras me sobrevienen nuevos recuerdos de la noche anterior.
Tras unos minutos de silencio entre sus brazos, mi cuerpo me recuerda por qué me he despertado: la tensión de mi vejiga me obliga a separarme de él. Levanto su brazo tatuado, salgo de la cama y me quedo mirándolo mientras duerme: el pelo de punta completamente despeinado por mis dedos, el cuerpo dorado envuelto por el edredón de tela vaquera descolorida. Contemplo a mi nuevo chico y me concedo un segundo más para admirarlo antes de cerrar la puerta con cuidado y cruzar el pasillo para ir al lavabo. Tyler y Dominic se quedaron las habitaciones que tienen baño. Sean se las cedió voluntariamente.
Cómo no. Es una persona generosa.
Razón de más para querer confiar en él.
Sus necesidades son muy básicas y, sin embargo, siento que estoy empezando a convertirme en una de ellas. Me está convenciendo de ello.
Después de hacer mis cosas con una mueca de dolor, me lavo las manos mirándome en el espejo y me fijo en que tengo unas marquitas de mordiscos en el cuello. Ansiosa por conseguir un analgésico para la migraña incipiente, pero más ansiosa por volver con Sean, abro la puerta y veo a Dominic en el dormitorio del lado opuesto del pasillo.
Desnudo.
Está durmiendo desnudo.
Su visión me deja sin aliento y me quedo allí plantada, en el umbral de la puerta del baño.
Está boca arriba, despatarrado, con la cabeza apoyada en la almohada y un brazo musculoso debajo de ella.
Soy incapaz de apartar la mirada.
Su pecho sube y baja a un ritmo constante mientras yo permanezco inmóvil, observándolo. Tiene una pierna doblada hacia el borde de la cama y la otra extendida; la posición en sí es como una ofrenda. Dirijo la mirada al punto en el que su polla descansa entre sus musculosos muslos.
Madre mía, es espectacular. No sé cuánto tiempo me quedo allí de pie, contemplándolo, admirándolo; solo sé que, cuando mis ojos pasan de su impresionante miembro a su cara, me topo con una mirada plateada.
Siento un hormigueo en las palmas de las manos y me pongo pálida de vergüenza y humillación, pero aun así sigo sin poder apartar la vista.
En lugar de ello, lo miro fijamente… y él me devuelve la mirada. Sé que debería disculparme y salir corriendo, pero soy incapaz de articular palabra, ni siquiera de ofrecerle la disculpa que se merece.
¿O no?
Tuvo que oírnos anoche. ¿Ha dejado la puerta abierta para que lo viera?
Sigo absorta en ese instante, en mi estupidez absoluta, mientras la luz de la mañana ilumina su habitación y él baja la vista. Sigo su mirada y veo que está empalmado.
«¡Sal de aquí, Cecelia!».
—Lo siento —susurro con un hilillo de voz.
Sin esperar una respuesta, regreso a la seguridad de la habitación de Sean, aliviada al comprobar que sigue durmiendo a pierna suelta. El sentimiento de culpa me reconcome cuando él vuelve a abrazarme al meterme en la cama. Me quedo tumbada a su lado, contemplando los centímetros de paisaje que pueden verse a través de las persianas, con el corazón acelerado a causa del susto y el cuerpo vibrando de excitación. Me giro entre los brazos de Sean y lo observo. Es el hombre más guapo con el que he estado jamás. En toda mi vida. Esta relación me ha hecho sentir cosas que nunca habría soñado.
Ha sido absolutamente maravilloso conmigo y para mí.
Muerta de vergüenza, le acaricio el pelo y me pego más a él.
Vale, me atrae Dominic. ¿Y qué? Pues claro que me atrae. Tiene ese punto canalla que hace que las mujeres se comporten de manera estúpida.
Y esta mañana, aunque más que bien follada y saciada, yo he sido una de ellas.
Que conste que Dominic no es atractivo en plan normal. No, su aspecto exige atención y admiración, como el de Sean.
Un hombre guapo desnudo.
¿Cómo no iba a mirar?
Y tan desnudo.
Eso no significa nada.
Lo único que tengo que hacer es olvidarme de esos ojos de acero hostiles y de que, hace unos minutos, no eran hostiles en absoluto. Ni muchísimo menos.
Su mirada era muy diferente.
—Entonces ¿se lo cuento?
—¿Que te quedaste mirando la polla de su amigo durante tanto tiempo que acabó pillándote?
Christy se ríe al otro lado de la línea, divirtiéndose a mi costa mientras yo vacío las bolsas de la compra, principalmente para tratar de aliviar la nube de culpa que lleva todo el día encima de mí.
No tengo mucha experiencia en confesiones de tipo: «Le he visto la polla a tu compañero y me ha gustado tanto y me he sentido tan culpable que te he despertado con una mamada». Christy no se esfuerza mucho en ayudarme mientras busco lo que necesito en esa cocina de solteros. Me he gastado medio sueldo en una comida de primera y ahora le estoy poniendo la cobertura a la tarta de zanahoria de «En realidad solo te quiero a ti, pero no he podido resistirme» que he horneado para compensar estos remordimientos persistentes. Porque, según dicen (aunque no sé quién coño se lo habrá inventado), a los hombres se los conquista por el estómago. Espero que también sirva para una disculpa sincera. Una que daré en cuanto sepa cómo explicarme.
No quiero echar a perder ni una pizca de lo que tenemos por ser una mirona.
—Pues nada, chica, dile que su compañero debería taparse las vergüenzas y haz que suene convincente.
—Eso es mentir.
—Es la verdad. No es culpa tuya que te hayan follado con la mirada al salir del baño.
—Ya, pero fui yo la que…
—Oye, él no tiene por qué enterarse. Aunque, sinceramente, si se lo hubieras contado esta mañana, habría sonado mucho más convincente.
Hemos salido de casa al poco rato de despertarnos, algo que he agradecido, porque me ha permitido escapar de Dominic. Después de ir a buscar el coche de Sean al bar en el que Tyler nos recogió borrachos la noche anterior, nos hemos ido de excursión. La primera media hora no he parado de quejarme del fuerte dolor de cabeza, pero a partir de la mitad del camino me he sentido mucho mejor, tras una abundante hidratación. Sean odia estar dentro de casa. Es feliz al aire libre, ya sea trasteando con el coche mientras yo charlo con él, yendo a darnos un baño o haciendo senderismo. Por lo que he visto hasta ahora, es bastante inquieto. Definitivamente, no es de los que se quedan en casa descansando y viendo Netflix. Aunque, de todos modos, con él «descansar» nunca es descansar. Ese tío hace magia con la boca, con las manos y con la polla, y antes preferiría echarme un polvo sobre el tocón de un árbol, en el bosque, que en el sofá de su salón.
Lo bueno es que nunca me aburro. Hasta nuestra primera visita al supermercado ha sido una aventura. Me ha obligado a subirme al borde del carro para llevarme a toda velocidad por los pasillos mientras nos metíamos uvas en la boca. Aunque ha aceptado que cocine para él en nuestro día libre, no me cabe la menor duda de que después me hará salir de casa. Es como si necesitara irse a la cama agotado. Por mucho que me haya advertido que no hace las cosas de forma tradicional, esta fase de nuestra nueva relación es muy parecida a la de hacer el nido, por eso hoy estoy jugando a las casitas con él y no quiero cagarla. No me esperaba ni de coña echarme novio el día que llegué a la ciudad, pero encontrar a Sean ha sido un milagro.
Estar implicada emocionalmente ha hecho que, en mi cabeza, la traición sea mucho peor. Sobre todo después de lo de esta mañana.
Sean no tiene pinta de ser celoso, pero, si me equivoco, mi confesión podría ser una catástrofe.
—Voy a tener que plantarme ahí cagando leches si están tan buenos como dices.
—Céntrate —le ordeno, buscando una tabla de cortar—. Novio nuevo. Visión del miembro de otro hombre.
—¿No decías que les gustaba compartir?
—Solo es un rumor. Tiene que serlo.
—¿Por qué?
—Porque…, no lo sé. No me lo imagino.
—Los raritos parecen personas normales, bonita. Tú eres la prueba viviente.
—Venga ya. No digas chorradas. No sé por qué te he llamado.
—Porque me quieres y porque te morías por decirme que has conseguido tener orgasmos múltiples. Por fin.
—Christy. Escúchame. Creo que me estoy enamorando de este tío.
—No me jodas, ¿ya?
—Sí, ya sé que es demasiado pronto y muy poco inteligente. Pero es que es increíble.
—Eso parece, por lo que me has contado. Pero ten cuidado, ¿vale?
—¿Y cómo se hace eso?
—No lo sé. Pero es lo que se supone que debo aconsejarte. Una vez que empiezas a engancharte, es imposible dejarlo, ¿no?
—Exacto. Esto es un desastre.
—No seas tan dramática. Cuéntale al chaval que has visto a su compañero de piso en pelotas y olvídate del tema de una vez.
—Vale. Lo haré.
—Y hazle una puñetera foto, joder. Dios inventó los teléfonos con cámara precisamente para esas cosas.
—Sean no quiere que lleve el móvil cuando estamos juntos. Voy a tener que esconderlo antes de que vuelva. —Hago una mueca de vergüenza, consciente de lo mal que suena eso, y me topo con un muro de silencio al otro lado.
—Eso es un poco controlador, ¿no crees?
—Es que odia que me distraiga con él. Quiere que esté presente cuando estemos juntos.
—Eso es bastante sexi.
—No es como los demás, ya te lo he dicho.
—Bueno, pues ahora ve y arranca la tirita. Si es un psicópata, mejor descubrirlo ahora que más adelante.
—Bien pensado. Christy, estoy pilladísima por este tío. Él me hace… pensar de forma diferente, me hace sentir… Uf, ¿qué coño estoy haciendo?
—Sé que tienes miedo, pero no dejes que el pasado te diga lo que puede ser bueno para ti. No sabes cuántas ganas tenía de que te sucediera algo así. Te quiero. Llámame mañana.
—Te quiero.
Después de colgar, voy corriendo al coche y guardo el móvil en la guantera, molesta por el trato, pero decidida a cumplirlo desde entonces. No me cabe la menor duda de que Sean hablaba en serio cuando dijo que no era algo negociable.
Vuelvo a la cocina, añado unas cuantas especias a la mezcla de la ensalada y empiezo a picar los tomates mientras intento razonar. Christy tiene razón. No es para tanto. Estoy haciendo una montaña de un grano de arena.
Dominic no debería dormir desnudo si no quiere que lo vean y yo tengo que superarlo. A lo mejor a Sean hasta le parece divertido.
«Claro, seguro que le parece tan gracioso como a ti encontrarte a Jared tirándose a otra».
Pero Sean no es mi ex y estoy intentando por todos los medios no hacerle pagar los errores de un niñato. Tras decidir contarle la verdad antes de la cena, pico una cebolla en la tabla de cortar de plástico que he encontrado y sonrío cuando oigo cerrarse la puerta principal. Sean ha tenido que volver al súper a comprar la cerveza que olvidamos en el primer viaje.
—Qué rápido —digo mientras doblo la esquina, pero me topo con Dominic. Él abre los ojos de par en par y me agarra de la muñeca, arrebatándome el cuchillo de la mano una fracción de segundo antes del impacto. Balbuceo mientras él me mira fijamente, quitándose los auriculares.
—¿Pero tú de qué coño vas?
—Pe-perdón, creía que eras Sean y que me habías oído.
—Pues está claro que no, joder. —Me quedo con la boca abierta mientras él mira hacia la cocina—. ¿Qué estás haciendo?
—Cocinar, obviamente —le suelto—. No hace falta que seas tan borde.
Le hace gracia que me cabree.
—Me gusta la carne poco hecha.
—Esa es para Tyler.
—Ahora es para mí. —Extiende un brazo por detrás de mi espalda y se mete un tomate cherry en la boca.
—No pienso cocinar para ti.
Me atrae hacia él y me quedo sin aliento mientras mira fijamente mi boca.
—En mi casa mando yo. Si cocinas para uno de nosotros, cocinas para todos.
—También es la casa de Sean, por no hablar de mis manos y de mis putos derechos.
Su sonrisa es cruel.
—¿Te gusta jugar a las casitas?
—No estoy jugando a las casitas. Estoy cocinando para mi…
—¿Novio? Qué bonito. ¿Crees que Sean es tu novio?
Me suelta y recojo el cuchillo que está a nuestros pies, tentada de usarlo mientras retrocedo.
—Yo no he dicho eso. No he dicho que sea mi novio.
—No ha sido necesario. Aviso para navegantes: ojo con encariñarse, cielo.
—¿Y tú qué sabrás? —exclamo, posando con fuerza el cuchillo sobre el mostrador, a mi espalda.
Él sonríe, abre la nevera y coge una botella de agua. Se la bebe mientras yo lo observo. Sus gruesos mechones de ónix están despeinados y su pecho desnudo cubierto de sudor. Unas gotas se deslizan por sus abdominales hasta dispersarse en la tenue línea de vello que va desde su ombligo hasta su pubis. Desvío la vista, pero noto su mirada pesada sobre mí.
—Folláis en el bosque, ¿no? —Mis ojos se posan de inmediato sobre los suyos, pero mantengo la boca cerrada—. Déjame adivinar. Te ha llevado a una cascada preciosa.
Es como si me hubieran dado una bofetada. Peor que eso: me siento utilizada. Pero me pongo a la altura de las circunstancias.
—Pues no. Antes follamos en su Nova.
Él me responde con una risa exasperante.
—Vaya, ¿así que eres una de esas chicas que se lo montan en el asiento de atrás?
—¿Estás celoso o qué? No veo a ninguna chica por aquí dispuesta a cocinar para ti. No creo que haya ninguna mujer tan tonta sobre la faz de la tierra.
Él se acerca a mí, posa la botella vacía sobre la encimera que tengo detrás y me acorrala de tal forma que me veo obligada a levantar la barbilla.
—Qué palabras tan feas y odiosas saliendo de una boca sucia y manchada de semen.
Yo retrocedo y, en un instante, me agarra la mano con la que pensaba abofetearlo y la pone sobre el bulto de su pantalón corto.
—Cuidado, la violencia me la pone dura. —Inclina la cabeza y sus ojos brillan como el filo de un cuchillo—. Soy el sueño húmedo de cualquier psiquiatra. —Me resisto mientras él pasa mi mano por su polla, que está como una piedra. Por otra parte, me resulta casi imposible no calcular su tamaño. Esa racionalización enfermiza me revuelve el estómago—. Por desgracia para ellos, no soy una persona débil.
—Yo tampoco. —Aunque está empapado en sudor, sigue oliendo a limpio.
—¿Te corres cuando te folla contra los árboles?
Miro más allá de su hombro, rezando para que llegue Sean, pero allí no aparece nadie.
—Mírame, «pequeña» —me suelta, asqueado.
—Déjame.
—Ya lo he hecho, pero parece que te estás divirtiendo.
Entonces me doy cuenta de que le estoy acariciando voluntariamente. Aparto la mano de golpe y su risita perversa llena la habitación.
—¿Por qué haces esto? Yo no te he hecho nada.
—Puede que no me caigas bien.
—Pues vale, puede que a mí me importe una mierda.
Él se inclina y me agarra la barbilla con fuerza.
—Pero no es así.
Alejo bruscamente la cara de su mano y se oye un portazo. Estoy temblando de pies a cabeza cuando aparece Sean. Le basta con verme la cara para que su sonrisa desaparezca.
—Tu chica acaba de sobarme la polla —dice Dominic como si estuviera hablando del tiempo mientras saca una cerveza de la bolsa de Sean, le quita el tapón y lo lanza hacia el fregadero. Yo me quedo boquiabierta y Dominic se encoge de hombros—. Y también le gusta mirarme cuando duermo. Me ha parecido que debías saberlo.
Niego con la cabeza frenéticamente, mirando a Sean con los ojos llenos de lágrimas.
—Eso no es cierto, Sean. No es cierto.
Dejando la bolsa en el suelo, Sean maldice y levanta un dedo, mandándome callar antes de seguir a Dominic escaleras arriba. Perpleja, me quedo en la cocina mientras la cena de disculpa, que tan cuidadosamente había planeado, empieza a quemarse.