Vuelo
Entonces » Capítulo 17
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17
Ya estoy fuera de la casa, yendo hacia mi coche, cuando Sean me alcanza.
—Cecelia.
—Es el puto diablo. —Me siento culpable, humillada y furiosa.
—Confía en mí. No lo es.
Abro la puerta del coche y Sean la cierra de golpe.
—No permitas que joda lo nuestro.
—Yo no le he tocado la polla. —Estoy mintiendo. Le estoy mintiendo—. Bueno, sí lo he hecho, pero no de esa forma. —Sean reprime una sonrisita mientras yo gimo de frustración—. No en plan sexual. Él… Lo he visto desnudo. Esta mañana. Tenía la puerta abierta de par en par y estaba allí tumbado. Desnudo. Y lo he visto.
Sean sonríe abiertamente.
—Ese cabrón trabajaría desnudo si pudiera. Le encanta. No te preocupes por eso.
—¿En serio?
—Sí, en serio. ¿Por eso has estado nerviosa hoy? ¿Creías que me enfadaría?
—Bueno, no sabía… —Niego con la cabeza—. Es una situación rara.
—Dominic es un maestro dándole la vuelta a la tortilla. No es nada nuevo. —Me observa con atención—. ¿Te ha gustado lo que has visto?
—¿Qué? —Lo miro boquiabierta.
—No hay otra forma de hacer esa pregunta, Cecelia.
No va a retractarse y sabe lo que pienso, así que no tiene sentido mentir. No quiero mentirle a Sean.
—Es atractivo, pero…
—¿Y la mamada de esta mañana? —Levanta ambas cejas y su sonrisa se vuelve más amplia—. ¿Fue por culpabilidad, porque estabas cachonda o por ambas cosas?
—¿Podemos hablar un momentito de que tu compañero de piso es la semilla del diablo?
—Conque desviando la atención… —Sean se ríe—. Interesante.
—No digas chorradas. Es atractivo y lo sabe. Pero también es otras cuantas cosas.
Sean me agarra de la nuca y acerca su nariz a la mía.
—Estoy totalmente colado por ti. Lo sabes, ¿no? Lo de anoche fue increíble.
Le devuelvo la sonrisa.
—El sentimiento es mutuo. Es que no sabía cómo decírtelo sin…
—No pasa nada por mirar, Cecelia. Además, disfruté bastante de esa mamada de culpabilidad.
—En serio, lo odio.
—Da igual —dice, soltándome—. Vive aquí, así que entra y acaba de cocinar o ganará él.
—¿Estás loco? No pienso volver a entrar ahí. Ha tergiversado mis palabras…
—Tienes que pararle los pies cuanto antes o te pisoteará. —Es una orden ineludible y su tono roza la agresividad, como la noche anterior. Me vengo un poco abajo.
—Sean, ¿cómo sabía que habíamos ido a la cascada?
Sus ojos se apagan mientras me mira de forma inexpresiva.
—Así que vas a dejarle ganar.
—¿No piensas contestarme?
Su silencio es respuesta suficiente. Intento interpretar su mirada, pero no va a recapacitar. No va a disculparse por las acciones de otra persona. Y obviamente lo último que quiere es que me haga la víctima. Por muy cabreada que esté, tiene toda la razón. Si me voy y dejo que las palabras y los actos de Dominic se interpongan entre Sean y yo, él ganará.
Echando los hombros hacia atrás, me abro paso entre los coches y vuelvo a entrar.
—Dale duro, nena —me anima Sean mientras lo oigo reírse detrás de mí.
Dominic mira fijamente el filete chamuscado al tiempo que yo mastico un bocado de ensalada, sin molestarme en ocultar mi sonrisa.
Sus ojos se encuentran con los míos mientras silba en voz baja. Brandy, la spitz de Sean, baja las escaleras mientras Dominic lanza la carne hacia atrás por encima del hombro.
—No puede masticar eso, gilipollas —replica Sean, recogiendo el filete para ponerlo sobre la encimera y cortarlo con los cubiertos sin usar siquiera una tabla.
Qué bruto.
—Pues a lo mejor deberías haberte comprado un perro de verdad en vez de un puto perrito faldero —replica Dominic.
No puedo evitar soltar una risilla. No me esperaba una perrita tan de señora cuando Sean me presentó a Brandy y me burlé muchísimo de él por ello.
—Al menos ella es simpática —dice Dominic para provocarme—. ¿Tú también sabes hacer trucos? —me pregunta, pinchando el brócoli.
Sean me mira expectante y yo me planteo por un segundo lanzarle el plato a Dominic, pero decido no desperdiciar un buen filete.
Y además, ¿qué coño está pasando? Los miro a ambos y no veo ninguna señal de conspiración, pero ¿por qué Sean no me defiende? Ni siquiera un poquito. Entiendo que quiere que me mantenga firme, pero ¿qué hay de su apoyo? ¿No debería al menos decir algo? Aprovechando esa rabia, me vuelvo hacia Dominic, que acaba de ducharse. Su cabello oscuro está despeinado y tiene la piel aún más bronceada tras haber salido a correr. En el bello rostro de ese cabrón se dibuja una sonrisa de suficiencia.
—Oye, tarado de los cojones, entiendo que tengas un trastorno de personalidad, pero ¿podrías intentar ser un poquito educado? Solo hasta que me termine el filete.
Sean echa la cabeza hacia atrás.
—«Tarado de los cojones». Muy bueno, nena.
—La guarrilla dice que te la follaste en el Nova —comenta Dominic, haciendo que se me atragante el filete. Bebo agua para intentar bajarlo, mirando rápidamente a Sean. Ese hombre piensa utilizar en mi contra cualquier cosa que diga, todas y cada una de mis palabras.
Sean me observa con una ceja levantada y yo le dirijo una mirada hostil a Dominic.
—Te gusta tergiversar las cosas, ¿eh?
—Me gusta jugar con la gente ignorante. —Dominic bebe un trago de cerveza—. Es mi pasatiempo favorito.
—Vete a tomar por culo, Dominic, ahí tienes un pasatiempo.
Él se pasa la lengua por el labio superior como si lo estuviera considerando y luego niega con la cabeza.
—No, prefiero que acabes esa paja que me estabas haciendo antes de que entrara tu novio —dice antes de girarse hacia Sean—. Por cierto, yo no me acostumbraría demasiado a ella. Antes se ha mostrado muy reacia a considerarte su pareja. Entre eso, las miraditas a mi pequeñín y el magreo, yo diría que no es la chica adecuada para presentarle a mamá.
Dejo los cubiertos sobre la mesa, mirándolos a ambos.
—Muy bien, ¿dónde está la gracia? —pregunto, mirando fijamente a Sean—. ¿Es que no piensas decirle nada a este imbécil?
—Hazme caso, no serviría de nada —dice Sean, con un suspiro.
Me pongo de pie.
—Disfrutad de la cena.
—Anda, mira, si tiene un límite. —Dominic chasquea la lengua mientras yo cojo el bolso—. Qué original. —Voy hacia la puerta, escuchándolo hablar a mis espaldas—. Te dije que no tenía lo que hay que tener.
—Dale tiempo.
Ya estoy hasta las narices de sus tonterías y de intentar entender su conversación. Estoy llegando a la puerta cuando aparece Tyler.
—Hola, guap…
—Hola, Tyler, no puedo…, perdona. —Paso corriendo a su lado con los ojos llenos de lágrimas y cierro de un portazo al salir.
Estoy yendo con furia hacia la puerta del conductor de mi coche cuando me doy cuenta de que Tyler me ha cerrado el paso con el suyo y no puedo salir. Haya sido intencionado o no, a estas alturas ya se habrá dado cuenta, pero parece que ni siquiera él tiene intención de ponérmelo fácil. Me quedo allí plantada, soportando el calor, durante unos minutos que se me hacen interminables, hasta que oigo que la puerta principal se abre y se cierra. Cuando el que aparece es Sean, aparto la mirada.
—¿Piensas quedarte mirando la puerta de casa toda la noche, pequeña?
Levanto la vista hacia él y, al ver que está sonriendo, me enfurezco todavía más.
—Sois unos gilipollas.
Él inclina la barbilla hacia abajo.
—Puede.
—¿Puede? —Rodeo el coche y tiro el bolso sobre el capó—. ¿Puede? ¿A qué estáis jugando?
—A nada. Te advertí que no le siguieras la corriente y lo has hecho de todos modos.
—Es asqueroso. ¿Y qué ha querido decir con eso de que no tengo «lo que hay que tener»?
—Pues exactamente eso. Y estás demostrando que tiene razón.
—¿Por qué tengo que demostrar nada?
—No tienes que hacerlo, pero, si vas a compartir espacio con él, tendrás que darle un par de vueltas.
—¿A qué exactamente?
—A cómo llevarte bien con él.
—¿Llevarme bien con él? —Me río—. Imposible.
—Imposible no. Improbable.
—Sean, déjate de historias. Dominic no me va a dejar en paz, ¿te enteras? Eso está claro.
—Pues ve un paso más allá.
—¿Y qué hago? ¿Darle una paliza?
—No le vendría mal. —Su tono socarrón hace que se me erice el vello de la nuca.
—¿Esto te hace gracia?
—Muchísima. Aunque tengo que felicitarte: te has mantenido firme un buen rato.
—Entonces sí que es un juego.
—No, es una lucha de poder y espero de todo corazón que ganes.
—¿En serio me estás diciendo esto?
—Pues sí. Y te lo repetiré las veces que haga falta. Tú puedes con esto. Sé que puedes. No permitas que te intimide.
—¿Y ya está?
Sean se agarra el bíceps con una mano.
—Y ya está.
—Otra decisión.
Él se da unos golpecitos con el dedo en la nariz.
—Me aseguraste que no te convertirías en un capullo. ¿Cómo lo llamas a esto?
Él suspira.
—Pues lamento decepcionarte, pero te juro que puedo hacer las cosas muchísimo peor.
Siento a nivel físico cómo mi corazón empieza a replegarse. Puedo largarme de inmediato de ahí y, de hecho, algo me dice que sería lo más prudente. Pero ese comportamiento no encaja con el Sean que yo conozco. Lo miro fijamente, con el corazón dividido.
—Vivís en un universo paralelo.
—Es divertido —susurra él—. Pero es mucho mejor si tú estás en él.
Niego con la cabeza.
—No tengo ni idea de qué pensar de ti.
—A mí me pasa lo mismo contigo. Eso pone las cosas interesantes, ¿no?
Lo miro boquiabierta.
—Yo creía que…
—¿Qué creías?
Se me cae el alma a los pies.
—Dios, soy idiota. Esto ha sido muy mala idea. —Me dispongo a coger el bolso y él me lo impide, exhalando un fuerte suspiro.
—Cecelia, estás dejando que pasen cosas que no tienen por qué pasar.
—Y tú te estás quedando de brazos cruzados. ¿De qué coño vas, Sean?
Él me agarra la cara, se acerca a mí y me besa. Yo me aparto, le doy un empujón y él se ríe.
—Quiero largarme. Dile a Tyler que mueva el coche.
Su mirada se vuelve fría.
—Díselo tú.
—¡Vale! —Entro como una exhalación por la puerta principal y me encuentro a Tyler y a Dominic jugando a la PlayStation en el salón.
Típico.
—Tyler, ¿puedes mover el coche?
Este mira a Dominic.
—Cuando acabe esta partida.
—¿En serio?
—Sí. Tranquila, nena.
Sean está ahora detrás de mí. Noto su calor en la espalda mientras sigo allí de pie, delante de esos dos tíos apoltronados en el sofá, indiferentes ante mi situación. Giro la cabeza hacia atrás para mirarlo y él me observa atentamente mientras mi rabia va en aumento. Hace menos de una hora, era un día perfecto. Sean y yo estábamos bien, mejor que bien, hasta que Dominic ha arrasado con todo como una apisonadora. Con el día, con la cena y con el postre.
El postre.
Cabreadísima, voy a la cocina y cojo la tarta de zanahoria que he glaseado hace un rato, la favorita de Sean, vuelvo a donde está sentado Dominic y se la aplasto en la nuca. Él se levanta del sofá mientras yo cojo un poco más de tarta aplastada con la mano y la lanzo hacia la cara sonriente de Sean.
—No quería irme sin serviros el postre. Podéis iros todos a la mierda.
Dominic tira el mando al suelo y me fulmina con una mirada que clama venganza mientras yo suelto la bandeja, cojo las llaves de Tyler de la mesa de centro y corro hacia la puerta principal.
Oigo las risas de Sean y Tyler a través de la puerta abierta mientras me subo a la camioneta de este último, arranco, salgo del camino de acceso y la dejo en marcha en medio de la calle. Luego corro hacia mi coche, donde Sean me está esperando metiéndose un dedo lleno de glaseado en la boca.
—Esto está buenísimo, nena.
Estoy a punto de embestirlo cuando él me agarra y me carga sobre el hombro. Colgando, le golpeo el trasero con los puños.
—Suéltame ahora mismo.
—De eso nada, no pienso desperdiciar este momento.
Me lleva de vuelta a casa y veo a Dominic delante del fregadero de la cocina, quitándose la camisa. Sus ojos árticos me desafían mientras Sean sube las escaleras una a una en lo que se me antoja un ascenso deliberadamente lento. Dedicándole una peineta con cada mano, miro a Dominic con una sonrisa vengativa hasta que este desaparece de mi vista. Sean cierra la puerta de la habitación y me deja en el suelo. Luego me acorrala contra la puerta y se pega a mí. Está guapísimo, con la cara medio embadurnada. Se acerca y yo giro la cabeza para esquivar su beso.
—Mejor aún. —Me unta un poco de glaseado en la cara y se ríe perversamente durante unos instantes. Entonces oigo rasgarse el envoltorio de un condón.