Vuelo

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Entonces » Capítulo 18

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Se acabó.

Ya está bien.

Si un hombre parece demasiado bueno para ser real, seguramente sea un farsante.

Esa es la conclusión a la que llegué la noche que dejé a Sean durmiendo en su cama.

Llevo cuatro semanas tratando de resolver el deslumbrante jeroglífico de Alfred Sean Roberts y sigo sin tener ni idea de cuáles son sus verdaderas intenciones conmigo. No es inofensivo, eso lo tengo claro. Pero ignoro si es buena gente o no.

Tal vez sea ambas cosas.

Hace dos días que me fui sin despedirme y desde entonces he ignorado sus mensajes. Él, por su parte, ha pasado de mí en la línea de montaje. Tampoco se ha disculpado.

Cuando no le contesto, no se rebaja. No esperaba otra cosa de él, a pesar de que echamos un polvo alucinante gracias a mi cabreo. Aunque no fue exactamente un polvo de reconciliación, al menos para mí. Todavía sigo enfadada porque no me defendió. Aunque con Sean he aprendido a esperar lo inesperado.

Sería más fácil para mí si pudiera entender por qué permitió que un hombre al que él considera un hermano me tratara tan mal.

Así que ya he tenido suficiente locura por ahora.

Decido retirarme pase lo que pase. Sinceramente, sentir algo por alguien tan pronto es peligroso para una chica como yo.

¿Estoy montando un drama porque sí?

Estoy de acuerdo con Sean en muchas de sus teorías. Una de ellas, en particular, es que estamos programados en muchos sentidos. Por supuesto que lo estamos, pero por otra parte también sé que podemos programarnos, o más bien denigrarnos, de muy diversas formas.

Mi forma de comportarme hasta ahora me ha ayudado a concluir que me siento atraída por las personas disfuncionales y, sobre todo, por los hombres enigmáticos.

Pero estoy decidida a no volver a caer en los mismos errores.

Tengo la teoría equivocada de que, si no sufres, no estás amando con suficiente intensidad y pasión y eso no es sano.

Le entregué a Brad mi corazón y mi virginidad y rompimos porque él consideraba que yo tenía demasiadas expectativas.

Con Jared sucedió lo mismo. Y eso que yo estaba a punto de perdonarlo por engañarme. A puntito.

Pero entonces me elegí a mí misma.

La verdad es que sí tengo muchas expectativas puestas en mi historia de amor y en el hombre con el que la compartiré.

Espero pasión y mariposas, además de un par de momentos de cuento de hadas. Cuando nos peleemos, quiero que duela. Cuando follemos, quiero sentirlo con cada fibra de mi ser. Cuando un hombre me confiese su amor, espero que lo haga en serio. No quiero cuestionar la autenticidad de sus palabras. Quiero que el amor me tome, me posea y me domine.

¿Eso es esperar demasiado?

Puede que sí, puede que haya leído demasiadas novelas románticas.

Por lo que he vivido hasta ahora, tal vez sí tenga demasiadas expectativas.

Sobre todo si no consigo que el hombre del que me estoy enamorando me defienda.

¿Provoqué yo el drama? No. Lo hizo Dominic.

¿Esperaba demasiado de Sean? No quiero ni pensar que tal vez sí lo hiciera. Que puede que él sea incapaz de ser quien espero que sea porque ya me ha dado mucho de lo que quiero.

¿Debería ceder para no perderlo? Ni de coña.

Sean se equivocó. Dominic se equivocó. Yo solo me estoy defendiendo.

He pasado por dos malas experiencias y he aprendido lo suficiente como para ver las señales de advertencia.

Hay una parte de mí que cree que mi corazón enfermizo es heredado, que esto es algo que llevo en los genes. Y no solo eso; además he sido testigo de los devaneos de mi madre a lo largo de los años, mostrando la misma actitud temeraria con respecto a su propio bienestar, siempre superando el último desastre con uno peor y esperando la mejor de las recompensas.

Esa parte de ella solo se calmó cuando empezó a salir con su último novio. Pero, en el fondo, sé que nunca ha obtenido esa recompensa. Luchó durante años por encontrar a un hombre que le generara esos sentimientos y al final se conformó. Se rindió y ambas lo sabemos.

Aunque juré vivir mi vida de forma diferente a mi madre, padecemos la misma enfermedad. Ambicionamos romances apasionados, de esos que nos roban el alma y que están destinados a acabar mal. He heredado su corazón y es implacable.

Aunque tengo miedo, no puedo rendirme. Encontrar el amor es el mayor de mis sueños. Tengo muchos más, la verdad es que de eso no me falta. Obviamente, conseguir un trabajo que me guste es otro de ellos, pero encontrar el amor de mi vida no es negociable. Y, a pesar de que por ahora no he hecho más que cagarla, sigo creyendo en su existencia.

Lo que más deseo es un amor que me consuma por completo. Lo que más temo es un amor que me consuma por completo.

Sean ha despertado a la chica hambrienta que hay en mí, solo para acabar de cuajo con sus esperanzas.

En el fondo sé que enamorarme de Sean es una mala idea. Ya albergo demasiados sentimientos para haber pasado solo un mes.

Pero ¿no es eso lo que quiero?

Tal vez por ahora debería hacer caso a la voz de la razón de mi cabeza en lugar de a la adicta de mi corazón. A esa voz que me dice que existen relaciones igual de apasionadas que no tienen por qué acabar en una masacre.

La verdad es que adoptar esta postura ha sido un infierno. Lo echo muchísimo de menos.

Pero pienso mantenerme en mis trece, porque estoy harta de hacerme la tonta. En una cosa Sean sí tenía razón. Si no me defiendo desde el principio, me hago un flaco favor.

Así que pienso seguir enfadada.

Putos hombres.

Cabreadísima, apuñalo la comida mientras observo el perfil de la cabeza de Roman.

Chuletas de cordero con salsa de menta y patatas al romero. No se me ocurre una cena más pretenciosa. Odio el cordero. Roman me mira impasible mientras yo le devuelvo la mirada con sus propios ojos de acero. Para ser un hombre mayor es bastante guapo y, por un segundo, me pregunto qué aspecto tendría cuando mi madre lo conoció. ¿Sería tan atractivo como Sean, igual de encantador? ¿Habría jugado la baza del «Confía en mí» antes de hacerle daño? ¿O su gélido exterior la había intrigado tanto que le había resultado imposible resistirse a él? Ella nunca me ha contado los detalles de la historia, aunque se los he preguntado muchas veces. Se niega a recordar esa parte de su vida, supongo que será porque le resulta dolorosa. Si ser su hija es tan incómodo, no quiero ni imaginarme cómo sería ser su pareja.

—¿Le pasa algo a la comida, Cecelia?

—No me gusta el cordero.

—De pequeña te gustaba.

—Disimulaba para complacerte.

—Veo que lo de complacer a tu padre se ha acabado.

—He crecido. Ahora prefiero comer lo que me gusta.

Roman corta la chuleta, la moja en la sustancia viscosa verde y vacila.

—Cecelia, soy consciente de que me he perdido muchas cosas…

—Ocho años. —Me limpio la boca—. Perdóname si me pregunto qué demonios estoy haciendo aquí.

—Esta noche estás de un humor de perros.

—Siento curiosidad.

—Ya veo —dice, apoyando las muñecas en el borde de la mesa y posando los cubiertos exactamente en su sitio. Ese ritual me enferma. No somos una familia. Soy parte de su empresa—. Formas parte de mi legado. Eres mi única hija.

Ni una disculpa por los años que se ha perdido. Ni una excusa por su ausencia. Respuestas simplonas sin ninguna emoción detrás. Ni siquiera puedo imaginarme a Roman intimando con nadie. Mi madre se lo debió de pasar pipa tirándose a ese cabrón.

—La última vez que nos vimos, me hablaste de tus padres. ¿De niño eras rico?

Él frunce el ceño.

—Más o menos.

—Define «más o menos».

—Mi madre disponía de una cantidad considerable de dinero que heredó al casarse con mi padre. Pero dilapidaron su pequeña fortuna en lugar de hacerla crecer y murieron sin un centavo. Ese fue el error que cometieron.

—¿Teníais una relación estrecha?

—No.

—¿Por qué?

—No eran personas cariñosas. Abstente de hacer cualquier comentario grosero. Soy consciente de que algunos lo consideran un defecto.

—Solo las personas que tienen pulso.

Él mastica la comida lentamente y me mira con atención.

—Te aseguro que yo también sangro. Y esa misma sangre corre por tus venas.

—Yo no soy como tú.

—Tienes una lengua viperina.

—No finjas que te importa, Roman. ¿Por qué has decidido hacerme formar parte de todo esto a última hora si realmente no me querías en tu vida? ¿Por qué darme nada cuando podrías extender un cheque y olvidarte de mí?

Él se lleva lentamente el vaso a los labios para beber un trago.

—Puede que me arrepienta de cómo me he portado contigo.

—¿Puede?

—Lo hago. —Deja el vaso y se limpia la boca con la servilleta—. Disculpa. Tengo asuntos que atender.

—Un placer hablar con usted, señor.

Es evidente que está a punto de bajarme la regla y estoy segura de que este perro de presa puede olerlo. Me sentiría mal si no fuera Roman Horner el que está sufriendo las consecuencias de mi actitud. Pero esta noche paso de fingir.

Se detiene en la puerta y se vuelve hacia mí. Espera a que nuestros ojos se encuentren antes de hablar.

—Te di mi apellido porque esperaba ser un padre para ti. Un día me di cuenta de que nunca lo sería y que lo menos que podía hacer era ocuparme de ti económicamente. Te estoy entregando el trabajo de toda mi vida por mi fracaso. Lo único que te pido es que representes un pequeño papel. Sé que no lo compensa, pero es lo único que podré darte.

—¿Querías a mi madre? —pregunto con un nudo en la garganta, maldiciendo la emoción incipiente—. ¿Has querido alguna vez a alguien?

Él hace una mueca y sus ojos se posan en algún punto del pasado mientras me observa con la mirada perdida.

—Lo intenté.

Tras esa confesión, me deja sola en la mesa.

Hago lo posible por ignorar el escozor de mis ojos y la lágrima que rueda por su culpa. Eso ha sido todo. Lo sé perfectamente. Esa será la única confesión que mi padre hará sobre lo que siente por mí.

Tras años de incertidumbre, por fin obtengo una respuesta.

Lo intentó.

Mi padre acaba de admitir que no me quería.

Me limpio la lágrima de la cara con un dedo y la analizo. Roman Horner probablemente habría preferido un aborto a una hija y tiene la idea absurda de que una herencia podrá redimirlo de alguna forma.

Aplasto entre los dedos esa lágrima rebosante de una esperanza que no sabía que albergaba y por fin me doy permiso para odiarlo. Una prueba más de que las fantasías de un corazón masoquista son mucho mejores que cualquier experiencia real.

Con la lección aprendida, me bato en retirada.

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