Vuelo

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Entonces » Capítulo 20

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Chica, estás radiante —dice Melinda mientras fichamos a la salida—. Últimamente debes de pasar casi todo el tiempo al aire libre.

—Sí, prácticamente.

—Bueno, si esa sonrisa que luces tiene algo que ver con la de nuestro supervisor… —Hace una pausa, dándome tiempo para confirmarlo o negarlo. Yo no hago ninguna de las dos cosas—. En cualquier caso, por muy conflictivo que sea, la verdad es que es guapo.

Pues sí. Es guapísimo. Lleva una semana entregado a mí en cuerpo y alma. Sus besos son más largos; sus miradas, más expresivas. Mis pies no han tocado suelo desde que ha vuelto a irrumpir en mi vida como una apisonadora y ha empezado a socavar sin piedad mi corazón fortificado. Pasamos todas las noches juntos y ya no me molesto en decirle a Roman a dónde voy. La mayoría de las veces duermo con él en su casa. Dominic sigue tan majo como siempre y solo una vez le tendí una especie de rama de olivo. Está constantemente encerrado en su habitación, con la música a todo volumen hasta altas horas de la madrugada. Para tratar de aliviar un poco la tensión, hice helado casero y le llevé un cuenco a su cuarto, donde me lo encontré paseando por delante del ordenador, si es que puede llamarse así. Más bien parece una estación espacial equipada con tres pantallas enormes y dos teclados. Dejé mi ofrenda en su escritorio y él prácticamente me cerró la puerta en las narices a modo de agradecimiento. Cuando le pregunté a Sean en qué estaba trabajando Dominic, él cambió rápidamente de tema, así que tiré la toalla sin estar más cerca de encontrar una pieza más del rompecabezas de Dominic King.

Como experta mosquita muerta, me he pasado años limitándome a observar a la gente —a algunos más que a otros— para tratar de averiguar cuáles son sus motivaciones. Y, aunque estoy en pleno proceso de mudar mi piel de introvertida, los viejos hábitos son difíciles de erradicar. Sin duda, Dominic es un nuevo foco de atención para mí.

Lo que más me intriga es por qué alguien que ha estudiado en el MIT trabaja en un taller en lugar de buscar un empleo que le permita ganar más dinero. No creo que Dominic estudiara en una de las mejores universidades del país para pasarse el resto de sus días sustituyendo frenos y silenciadores.

Pero me guardo esas preguntas para mí misma. En primer lugar, porque no es asunto mío. Y en segundo, porque Dominic es un hijo de puta y sigue metiéndose conmigo cada dos por tres. Sin embargo, he estado pagándole con la misma moneda. Desde el día en el que acordamos una semitregua, nuestros enfrentamientos son más pícaros.

A pesar de la curiosidad que me genera Dominic, fuera del trabajo centro la mayor parte de mi atención en Sean. Desde aquel día en la piscina, ha habido unas cuantas veces en las que me he sentido un poco culpable por intentar pasar de él, aunque he obtenido la disculpa que creo que me merecía. Sin embargo, en cierto modo, sigo conteniéndome. Tal vez sea su lado despiadado lo que me raya. Creo que es porque en el fondo me resisto a creer que sea real. Lo más irónico es que a la cínica que hay en mí le gustaría estar equivocada, porque incluso ella empieza a estar coladita por él.

Las noches de verano son muy animadas y emocionantes. A veces vamos a Eddie’s a jugar a los dardos y al billar con los chicos del taller y a veces simplemente andamos por ahí en coche mientras yo intento mejorar mi habilidad al volante de su cochecito de juguete de tamaño real.

Esta noche hemos decidido renunciar a nuestras nuevas costumbres para pasar un rato a solas. Cruzo varias verjas abiertas, me detengo junto a un granero enorme y aparco en un hueco libre. Sean me está esperando. No puedo evitar sentirme eufórica cuando él me mira con una sonrisa cómplice antes de aplastar un cigarrillo con la bota.

—Hola, nena. —Me atrae hacia él y me da un beso con lengua mientras yo me pongo de puntillas para devolvérselo.

Veo que detrás de él hay un montón de hileras de manzanos, con las encrespadas ramas llenas hasta los topes de fruta todavía verde. En Triple Falls hay al menos una docena de plantaciones y la gente de la zona está orgullosísima de sus manzanas. Anualmente, a principios de otoño, se celebra en la plaza del pueblo la fiesta de la manzana, algo que para muchos de los lugareños es el momento más importante del año. Como para Melinda, que no se la perdería por nada del mundo.

—¿Qué hacemos aquí?

—Un pícnic nocturno.

Sean se gira para coger los bártulos que lleva en el maletero. Me pasa una manta que me resulta familiar para poder sacar el resto de cosas, véase una linterna a pilas y varias bolsas de plástico, antes de encabezar la marcha entre las hileras de árboles. Resulta muy pintoresco, sobre todo bajo la luz de su linterna. A lo lejos, las montañas se recortan sobre el cielo nocturno.

—¿Cómo has conseguido que te dejen entrar?

—Los dueños son los padres de un amigo. Pero esta noche es todo nuestro.

—Es alucinante. —Miro a mi alrededor mientras lo sigo entre una hilera de árboles; se detiene cuando estamos tan abajo que los coches se han perdido de vista.

—Las manzanas no están mal, pero la mercancía buena está aquí —dice, levantando una bolsa de plástico.

Echo un vistazo a la tapa del recipiente, en la que pone «The Pitt Stop».

—¿Es del restaurante de tus padres?

—Sí, está templado, pero aun así estará rico. Vamos a instalarnos aquí. —Tiro la manta al suelo y empiezo a extenderla—. Te llevaré allí nuestro próximo día libre.

—¿Me lo prometes?

Sean se acerca la luz a la cara.

—Palabra de scout.

Pongo los ojos en blanco.

—Tú nunca has sido scout.

Él se ríe.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Por tus problemas con la autoridad, tal vez? Te imagino discutiendo con tu jefe de tropa sobre las reglas y los principios que te niegas a cumplir porque los crearon unos imbéciles santurrones.

Sean deja la linterna sobre la manta y me atrae hacia él para besarme apasionadamente.

—Cada vez me conoces mejor.

—Pues sí.

Nos acomodamos sobre la que ya considero mi manta de la suerte y él empieza a desembalar cuidadosamente un pequeño banquete. Si obviamos nuestra única pelea, con él ha sido todo casi idílico. A veces intento imaginarme la vida en Triple Falls sin él y no quiero ni pensar que lo único que me esperara fueran las cenas con Roman y los turnos en la fábrica.

Sean no es un mero pasatiempo con un buen pene, aunque lo tiene increíble. Mi pecho se hincha de emoción mientras contemplo su perfil bajo el suave resplandor de la luz artificial de la linterna. Quiero dejar a un lado mis dudas. Pero todavía tengo ciertas reservas que me he guardado para mantener la paz. Sin embargo, hay una pregunta que me mortifica a diario y, si quiero entregarme a él por completo, necesito una respuesta.

—Sean…

—¿Sí?

Enfrascado en su tarea, se arrodilla sobre la manta y abre el primer recipiente. Los grillos cantan ruidosamente a nuestro alrededor y yo contemplo el paisaje mientras la necesidad de preguntar aumenta en ese escenario, con todos los sonidos que nos rodean; es la fantasía de cualquier romántica empedernida. He hecho tantas cosas por primera vez con Sean, ese aventurero de veinticinco años, que estoy segura de que sería muy difícil que él hiciera algo por primera vez conmigo. Y de ahí viene parte de mi indecisión, de la pregunta que no quiero hacer porque sé cómo sonará. Me quito los zapatos y los calcetines para acariciar la hierba fresca con los pies y decido que, de momento, es mejor dejarlo estar.

—Cecelia.

—¿Sí?

—¿Querías preguntarme algo?

—Se me ha olvidado.

—No es verdad.

—No te gustaría que te lo preguntara.

Él me mira, expectante.

—Vale, ahora tengo que saberlo.

—¿Cómo sabía Dominic lo de la cascada?

Suspira y apoya las manos sobre las rodillas antes de mirarme con ojos de culpabilidad.

—Tu verdadera pregunta es a cuántas chicas he llevado allí, ¿no?

—¿Es el típico sitio al que llevas a todas las mujeres?

Sean niega con la cabeza lentamente.

—Es un lugar que me encanta y al que nunca dejaré de ir. A veces aquí no hay mucho que hacer, solo tenemos unos cuantos restaurantes en el pueblo que valgan la pena. Es un sitio pequeño. Cuando vives mucho tiempo en el mismo lugar, es normal repetir.

—Repetir —digo como un loro y bebo un poco de té helado.

Él me mira con recelo.

—Mierda, mala elección de palabra. A ver… —Se sienta y dobla las rodillas para apoyar en ellas sus tonificados antebrazos—. No, no eres la primera ni la segunda chica a la que llevo allí.

Confirmadas las sospechas, trato de ocultar mi decepción.

—Gracias por decirme la verdad. Es solo que ese día fue especial para mí, nada más.

Él me levanta la barbilla.

—Pues deja que siga siéndolo. ¿Crees que pensaba en la última chica con la que había estado allí cuando estabas debajo de mí? Pues claro que no, joder. Y me gusta que estés celosa.

—Uf. —Me apoyo en los codos y dejo caer la cabeza hacia atrás con dramatismo—. Creo que a veces hago que sea demasiado obvio que estás saliendo con una adolescente.

—La edad no reduce ni anula los celos, nena. Y a ti te han hecho daño. Me lo contaste al principio. Estás siendo prudente. No quieres que te vuelvan a joder. No hay nada malo en eso. Lo entiendo. Y no me molesta que me lo hayas preguntado.

—¿Te enfadas alguna vez?

—Sí —dice en voz tan baja que da miedo—. Pero es mejor que no lo veas.

—Uuuh. —Me tumbo boca abajo y empiezo a balancear los pies a mis espaldas—. ¿Eras uno de esos niños gruñones?

—No, era más del rollo «Tarzán con chimpancé que te arranca el brazo si le tocas las pelotas».

Me río.

—Me lo creo.

—Aunque sí me metía en muchas peleas.

—¿Por qué?

—Porque era un poco idiota.

—¿Y ahora no?

—Muy bonito. Pensaba compartir contigo mi pudin de plátano, pero…

—Perdona. No me has dado muchas razones para no confiar en ti.

Él frunce el ceño.

—Cecelia.

Extiendo la mano para acariciarle la mandíbula.

—No me gusta habértelo preguntado. Pero no dejaba de darle vueltas.

—La próxima vez pregúntamelo directamente, para no perder el tiempo.

—Lo hice, pero estábamos discutiendo, ¿no te acuerdas?

—Fue culpa mía, pero lo digo en serio. No te comas la cabeza por chorradas. Pregunta.

—Lo haré.

—Bien. Ahora, a comer.

Y eso hacemos. Después, nos tumbamos mirando las estrellas mientras oigo cerrarse el Zippo y un olor inconfundible invade mis fosas nasales.

Miro sonriendo a Sean mientras él me pasa el porro. Inhalo profundamente y exhalo, riéndome tan solo del acto en sí.

—Qué poco aguante —bromea Sean.

—Y a mucha honra. ¿Tú por qué fumas?

—Porque me relaja tanto como tomarme unas cervezas. Y si te relajas y no piensas en nada ni en nadie más que en dónde estás y con quién estás, puedes controlar el subidón y evitar que este te controle a ti.

—Guay, tronco —digo antes de inhalar, tratando de imitar la voz de un porreta. Él sonríe y me quita el porro mientras yo me doy la vuelta y me vuelvo a tumbar sobre la manta para contemplar el cielo nocturno. Él me coge la mano que tengo posada sobre el abdomen, se la lleva a la boca y besa su dorso. Luego cierra los ojos y ese acto tan íntimo hace que se me acelere el corazón—. Creía que odiaría este lugar —reconozco.

—Me alegra que no sea así.

—Tú eres el principal responsable de que no lo haga. Solo estaré aquí un año. Me iré el próximo verano.

Él deja de besarme las yemas de los dedos.

—Haremos que sea especial.

—No pareces muy seguro.

—No hay nada seguro.

—Por favor, otra vez no.

—Es la verdad.

—Joder, siempre tan críptico conmigo. No soy tonta, Sean. Desde que nos conocimos, estás intentando decirme algo de forma indirecta. ¿Cuál es el puñetero secreto?

Él se acerca a mí y esboza una sonrisa deslumbrante en la penumbra.

—Tú eres el secreto.

—No me digas. Pásamelo —digo, extendiendo la mano para coger el porro—. Me va a hacer falta para escuchar tus locuras.

—Si te encantan.

—Verdades demoledoras y filosofía de vida según Alfred Sean Roberts. —Le doy una caladita y se lo devuelvo.

—El conocimiento es poder, nena. El arma más poderosa que existe. —Él le da otra calada—. ¿Sabes por qué prohibieron la hierba?

—Ni idea.

Sean se pone de lado y hace brillar intensamente la punta del porro al volver a inhalar.

—Porque las autoridades de la época no sabían cómo regular quién la cultivaba ni qué impuestos aplicarle. Así que crearon toda esa propaganda sobre lo mala que era. Busca «Reefer Madness» en YouTube cuando puedas y verás hasta qué punto llegaron. Y la gente se lo creyó porque les dijeron que se lo creyeran.

Se inclina hacia mí y me separa los labios bruscamente con la lengua para que los abra para él. Luego exhala dentro de mi boca una nube de humo que hace que se me hinchen las mejillas. Nos alejamos riéndonos y yo escupo y toso, golpeándole el pecho.

—¿«Reefer Madness»?

—Cito textualmente —dice, abriendo mucho los ojos—: «¡La marihuana es una hierba diabólica con raíces en el infierno!». —Me echo a reír mientras él se acerca y empieza a desabrocharme lentamente la camisa—. «Al fumar ese porro que les destruye el alma… —dice, apartando el tejido para dejar mi piel al descubierto y acariciarla con los nudillos— hallan un momento de placer» —murmura suavemente antes de descender y besar mis pechos turgentes. Bajo su hechizo, enredo las manos en su pelo mientras él me acaricia los costados con los dedos—. «¡Pero a un precio terrible!». —Su voz atronadora me sobresalta y entonces sus dedos se hunden en mi cuerpo y me echo a reír como una histérica. Lo aparto de un manotazo mientras él se pone a imitar a gritos a un predicador—. «¡Libertinaje! ¡Violencia! ¡Asesinato! ¡Suicidio!».

Sigue haciéndome cosquillas con los dedos mientras yo me retuerzo para zafarme.

—Para, Sean, me voy a mear encima.

Él se detiene y se acerca aún más a mí, moviendo los ojos de un lado a otro, de forma errática.

—«Y el destino final del adicto a la marihuana…» —Sean levanta un dedo haciendo un gesto de «espera y verás»—. «La irremediable locura».

—Será broma, ¿no? ¿Violencia, asesinato, suicidio?

—No olvides el libertinaje. Y no, no es broma, búscalo —dice, pasándome los dedos por el pelo—. Mil novecientos treinta y ocho. Era una bola como una catedral y la gente se la tragó. Todo porque esos cabrones avariciosos no encontraron la forma de gravarla y controlar la distribución, así que la prohibieron. Y ahora, todos estos años después, se está utilizando para aliviar el dolor de la gente, para evitar las convulsiones y para ayudar a tratar enfermedades incurables, solo con la propia planta en sí, sin el THC. Y, para algunos, los efectos psicológicos pueden ser tan eficaces como tomarse una pastilla, que es mucho más dañina. ¿Te imaginas dónde estaríamos o lo lejos que habríamos llegado desde el puto año treinta y ocho si esos gilipollas no se hubieran confabulado contra una planta? Pero no, ellos nos enseñaron que estaba mal, porque algunas personas decidieron que lo estaba y nos dijeron que lo estaba, y la gente fiel a la ley les siguió la corriente y empezó a sermonear a los demás con que estaba mal. ¿Y ahora, tras décadas de ilegalización, de repente es segura para fines médicos y medicinales? —Sean niega con la cabeza, contrariado—. ¿Has oído alguna vez la historia de aquel tipo que se colocó antes de cometer un asesinato múltiple?

—No.

—Ya, yo tampoco. Y dudo que alguien lo haya hecho, porque eso no tiene ningún puto sentido. Hay que tener cuidado con a quién se hace caso.

—Eres un revolucionario. ¿Hay algo en este país que te guste?

—El paisaje. —Exhala, me sube el sujetador y pasa una mano cálida por mi pecho—. Las cumbres y los valles —dice, deslizando la palma de la mano por mi abdomen—. Y el océano que los rodea. —Me dejo llevar por el movimiento de sus manos y frunzo el ceño cuando se detiene—. A ver, la teoría de los Estados Unidos es genial, pero la práctica no tanto. Aunque todavía somos un país joven. Aún hay esperanza para nosotros.

—Me mola tu rollo —digo con sinceridad. Es cierto. Me encanta que me rete, que me haga pensar.

—Y a mí el tuyo, nena —responde, agachándose para besarme con pasión.

—¿Sabes? —Le robo el porro—. Serías un gran político. Lástima que seas adicto a esta hierba diabólica con raíces en el infierno.

Él ladea la cabeza y la linterna le ilumina los ojos.

—¿Político?

—Tienes mi voto.

—¿Tu voto? —Mueve la cabeza de un lado a otro, pensativo—. Ya, bueno, yo no quiero ser político.

—¿Por qué?

—Prefiero ser parte de la solución.

—Es una pena. Estaba pensando en todas las cochinadas que te haría si llevaras traje.

—Vaya, así que la niña quiere a un tío con traje —dice, dejando caer la cabeza.

—No, te prefiero a ti.

Puedo sentir su sonrisa sobre mi pecho.

—Ah, ¿sí?

—Sí, por desgracia.

—Bueno… —Se acomoda entre mis piernas y me chupa un pezón, hablando con la carnosa protuberancia en la boca—. Tendré que hacer que te lo ganes.

—¿No lo haces siempre? —pregunto, con la respiración entrecortada.

—Sí. —Él se aleja y me mira—. Pero esto se está poniendo serio, porque en cualquier momento llegará nuestro final definitivo como adictos a la marihuana. Tenemos que hacer que sea memorable.

Se inclina hacia mí sobre el oscuro cielo sin luna.

—Entonces será mejor que nos demos prisa. —Me incorporo para besarlo y él me esquiva, inmovilizándome por las muñecas sobre la manta.

—Eres un capullo.

—Y tú eres… la hostia de guapa —susurra con dulzura—. Guapísima… —Pone mi mano sobre su pecho—. Cecelia, me estás matando. ¿Por qué tienes que ser tan maravillosa?

Por un instante, veo algo en su expresión que no había visto antes: un destello inconfundible de temor en su mirada.

—Sean, ¿qué pasa?

Él vuelve a mirarme y la expresión desaparece.

—Nada en absoluto.

—¿Seguro? —Le paso las manos por el pelo mientras él entierra su cabeza en mi pecho.

—Ayúdame, nena. Finalmente he sido presa de la locura.

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