Vuelo
Entonces » Capítulo 21
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El sudor me cae por la espalda mientras Melinda parlotea sin parar y yo maldigo en silencio a Sean por haberme dejado sin hora. El reloj de pared situado sobre la puerta de la fábrica se paró hace una semana y, definitivamente, soy esclava del tiempo durante mis turnos.
—Fue su hermana —dice Melinda, frunciendo el ceño, mientras recojo las bandejas que me entrega y las apilo en nuestro puesto de trabajo—. No, no, fue su prima la que lo hizo —se corrige—. Chica, nunca en mi vida había visto…
—¡No! ¡No! ¡A la mierda todo! —Un estruendo me hace detenerme e interrumpe el último informe de Melinda sobre sus parientes lejanos, mientras estiramos el cuello al oír un torrente de palabra en español e inglés que retumba en toda la fábrica. Dos mujeres están discutiendo acaloradamente una línea más allá y van hacia el medio del pasillo mientras una trata de detener a la otra. Entonces veo cuál es el origen: Vivica. Se está peleando con una de sus compinches, que intenta hacerla volver a empujones al lugar que le corresponde en la línea de montaje—. Me da igual. ¡Estoy harta! —grita, empujándola, antes de posar sus ojos oscuros sobre mí y entrecerrarlos hasta transformarlos en rendijas.
El miedo me invade al ver que viene hacia mí.
«Mierda. Mierda. Mierda. Mierda».
Solo he tenido un enfrentamiento físico en mi vida y fue con un objeto inanimado: una falda.
Sabía que trabajar aquí no me haría ganar ningún premio a la popularidad, pero no tenía ni idea de la reputación que tenía mi padre en este pueblo. No es que no todo el mundo lo quiera, es que no lo quiere nadie. Aquí ninguna persona parece respetarlo en ningún aspecto. Las risitas y los susurros que oigo a mis espaldas son cada vez más difíciles de ignorar, pero nunca creí que llegarían a hacerme responsable de nada de lo que ocurriera en la fábrica. Mi suposición es claramente errónea, porque esa tía viene directamente hacia mí y sé que su problema no tiene nada que ver conmigo, a no ser que esté relacionado con Sean.
—¡Eh, tú! —grita, captando la atención del resto de la línea. Yo me señalo el pecho como una idiota—. ¿No eres la hija del dueño?
Si alguien no lo sabía aún, ahora ya lo sabe. Su amiga se las arregla para interponerse entre nosotras cuando está a un par de pasos.
—Vivica, párate a pensar lo que estás haciendo.
—¿Y qué estoy haciendo? —le espeta ella a su amiga antes de girarse hacia mí. Todavía no tengo claro si soltarle una coz o arriesgarme a darle un puñetazo—. Tu padre es un puto sinvergüenza, ¿lo sabías? —grita, agitando un papel que reconozco. Es una nómina—. La semana pasada trabajé cuarenta y dos horas y solo me han pagado treinta y nueve. —Vivica vuelve a sacudir la mano, señalando al resto de los trabajadores de la fábrica—. Pregúntales, pregúntales cuántas veces les ha pasado lo mismo.
—Ya lo solucionarán —le dice su amiga, que sigue intentando hacerla retroceder. La línea se detiene y el ruido de la cinta transportadora que antes ahogaba su voz ya no puede hacer nada para evitar que todos levanten las orejas hacia nosotras.
—Sí, claro, lo solucionarán y luego buscarán la forma de librarse de mí.
Me armo de valor para hablar.
—Oiga, yo no tengo nada que ver con…
—¡Tú eres su hija! —grita ella a pleno pulmón mientras cada vez más ojos se vuelven hacia mí—. Seguro que a ti no te pagan de menos.
—La verdad es que no lo…
—¿No lo has comprobado? —se burla Vivica—. Claro que no. Pues permíteme iluminarte, princesa. Lleva años haciendo lo mismo, jodiéndonos con las horas extras, reduciéndonos las nóminas lo justo como para que no montemos demasiado escándalo. Siempre nos dicen que lo solucionarán, que es un descuido. —Me mira de arriba abajo, no precisamente de forma halagadora—. ¿Es que no eres lo suficientemente rica?
—Oiga, señora, yo no…
—¿Señora? —exclama ella—. Tengo veinticinco años.
—Yo no soy la dueña de la fábrica. Solo trabajo aquí. No puedo hacer nada…
—Eres su hija.
Sé lo que se supone que eso quiere decir, aunque esa afirmación nunca ha significado nada tangible para mí.
—No es tan sencillo —digo en un débil intento de empezar a defenderme.
—Vivica, tiene a su propia hija trabajando en la línea de montaje con este calor —dice la otra mujer, defendiéndome, aunque su mirada acusadora no encaja con su tono de voz—. No creo que le importe mucho su opinión.
—Tiene toda la razón —replico finalmente, enderezando la columna vertebral para enfrentarme a ella—. Y tampoco es que me la pida. Yo no tengo nada que ver con la política de la empr…
—Esto no es política. ¡Es un robo!
Todas las miradas están ahora puestas en mí. Miro a mi alrededor y veo lo que se están callando. Personas que, en otras circunstancias, habrían bajado la cabeza a mi paso ahora me miran directamente como está haciendo Vivica y la clara hostilidad de sus expresiones me hace perder la paciencia. A lo mejor me han mirado así desde el principio y no me ha parecido para tanto porque he tenido la cabeza en las nubes.
—Yo solo estoy trabajando aquí porque…, bueno, porque…
—¿Estás aquí para espiarnos? —Vivica se enfrenta a mí, con los brazos en jarras. No hay forma de ganar esta batalla.
—No —le suelto con sinceridad—. Para nada. He estado… —Me cuesta elegir las palabras, pero ¿qué puedo decir? ¿Que estoy esperando para heredar el dinero de mi padre? Me arden las mejillas mientras intento y deseo salir de esa pesadilla—. Puedo intentar decirle algo.
—Intenta lo que quieras. No servirá de nada —dice la amiga de Vivica mientras trata de mantenerla a raya—. No pierdas el tiempo.
—Esta es su fábrica —argumenta Vivica—. Tú trabajas aquí, ¿y quieres decirme que no tienes nada que ver con él?
Todo el mundo empieza a agolparse y se me seca la garganta. Tiemblo incontroladamente mientras unas paredes imaginarias se ciernen sobre mí. Siento que me asfixio, esa hostilidad me ha pillado por completo desprevenida. Y, por las miradas que me dirigen, parece que la cosa ya ha tardado bastante en estallar. Nadie me defiende. Ellos también quieren respuestas. Respuestas que yo no tengo.
—¿Se lo has dicho al supervisor?
Ella me dedica una sonrisa mordaz.
—¿Te refieres a tu novio?
—Vivica, tranquilízate y ven a mi despacho ahora mismo —dice Sean detrás de mí—. ¡Ahora mismo!
—¿Crees que somos tontos, Sean? ¿Crees que no vemos lo que está pasando aquí?
Él no se acobarda.
—Y lo que estás haciendo ahora, Vivica, ¿crees que va a beneficiar a tu causa?
—¿A mi causa? ¿Cuántas veces te hemos pedido que soluciones esto desde que has vuelto?
—Me ocuparé de ello —le espeta Sean, mirándola fijamente—. ¡Volved todos ahora mismo a la línea! —Todo el mundo se marcha a su sitio mientras él se gira hacia mí—. Tómate cinco minutos de descanso.
—No los necesito. —Doy un paso hacia Vivica.
El tono autoritario de Sean evita que me involucre.
—No era una sugerencia, Cecelia, tómate cinco minutos de descanso.
—Siento que esté pasando esto —le digo a Vivica—. Te doy mi palabra, hablaré con él.
—Sí, seguro que lo sientes. Tú te limpias el culo con mi nómina de mierda.
—Fuera de la línea. A mi despacho ahora mismo —brama Sean.
Ella da media vuelta y va enfadada hacia la puerta principal.
—De todos modos, ya estoy hasta las narices. Que le den a este puto sitio.
Vuelvo a reunirme con Melinda, que está trabajando el doble para que nuestro puesto no se colapse, sin duda emocionadísima por el jaleo que se ha montado. Debe de haber sido lo más apasionante que ha ocurrido aquí en años. Me da una palmadita en el hombro cuando regreso a su lado para intentar volver a concentrarme en nuestra tarea; nunca en mi vida había agradecido tanto la presencia de una bandeja llena de calculadoras.
—Tómate cinco minutos de descanso. —Sean permanece a mi lado mientras lucho contra las emociones que se agitan en mi interior.
—Eso solo empeorará las cosas —le espeto—. Déjame trabajar.
Me mira fijamente durante diez segundos antes de ceder y marcharse. Cuando por fin puedo hablar, me vuelvo hacia Melinda.
—¿Tú también piensas eso de mí?
—Cariño, yo te conozco, pero ellos no —dice, señalando hacia atrás con la cabeza—. Yo no perdería el tiempo tratando de convencerlos de lo contrario; la gente solo escucha lo que le da la gana.
Esa es una amarga verdad que me toca digerir. Y el año que me queda por delante no va a ser más fácil. Soy culpable por asociación y esta gente no odia a Roman Horner simplemente porque es su jefe, están indignados y llevan tiempo así.
Se me llenan los ojos de lágrimas de vergüenza mientras recojo las bandejas vacías y asiento con la cabeza.
—¿A ti te han pagado alguna vez de menos? —le pregunto y veo la respuesta antes de que diga nada.
—Pues sí, varias veces —reconoce, sin levantar la vista—. Y hoy también.
—¿Cuánto?
—Solo media hora.
Susurro la siguiente pregunta justo antes de que suene el timbre y la línea de producción vuelva a ponerse en marcha.
—¿Le has contado a la gente que Sean y yo estamos juntos?
—Venga ya, eso es obvio —replica ella, con una mirada de clara conmiseración. Sé que es cierto y no se lo discuto.
Ahora toda la fábrica se ha enterado de que soy la hija del dueño y, por si acaso no lo tenían claro, también saben que me tiro a mi supervisor.
Perfecto.
Nunca esperé que la influencia de mi padre me ayudara a conseguir un trato preferente, pero desde luego tampoco me imaginaba que me atacaran así por su culpa. La triste realidad es que ha sido la desesperación de Vivica lo que ha dado lugar al altercado. No tengo ni idea, pero probablemente le hace falta este trabajo; estoy segura de que necesita que le paguen esas horas extras. A juzgar por su reacción, debía de contar con ello. Melinda también necesita esa media hora, porque acaba de ingresar a su madre en una residencia de ancianos y se ve obligada a costear parte de los gastos mensuales. Su marido es pintor y a menudo realiza trabajos esporádicos para compensar la falta de un sueldo fijo. Todos confían en la fábrica, en Roman Horner.
Entonces pienso en Selma y me cuesta todavía más contener las lágrimas. En unas cuantas horas podré estallar. Pero los segundos y los minutos transcurren a paso de tortuga, como una cadena invisible alrededor de mi cuello, haciendo que el tiempo juegue en mi contra. Sean baja más de una vez a la cadena de montaje, sin duda para ver cómo estoy, pero no se involucra, se limita a hablar con otras personas y a controlar la línea de producción mientras yo evito cualquier tipo de interacción con él. Melinda retoma la conversación donde la dejó y acaba la historia sobre el evento del día siguiente: una recaudación de fondos de la iglesia.
A la hora de salir estoy agotada, tanto mental como físicamente. Al llegar al aparcamiento, el miedo hace acto de presencia.
¿Habrá despedido Sean a Vivica? Si es así, ¿me estará esperando para aplacar su ira? Obviamente, sabrá que yo no he tenido nada que ver con el recorte de su nómina. Pero esa es una línea de pensamiento racional y la gente cabreada no siempre piensa racionalmente. Desde luego, cuando salió de la fábrica su actitud era de todo menos racional.
¿Y si está convencida de que es culpa mía? Estoy yendo hacia el coche cuando Melinda me llama. No quiero que se arriesgue por mí y la verdad es que es el tipo de mujer que sería capaz de hacerlo. Demuestra que tengo razón cuando se ofrece a acompañarme por el aparcamiento.
—Cariño, espera, voy contigo.
—¡No hace falta, nos vemos mañana! —le grito por encima del hombro mientras la despisto entre las cinco primeras filas de coches.
Vivica es, sin duda, de las que saben usar una navaja y lo único que yo puedo hacer es acelerar el paso. En cuanto llego al asiento del conductor y cierro las puertas, rompo a llorar. Odio sentirme tan débil. Odio no saber si habría sido capaz de defenderme si me hubieran atacado. Odio la posición en la que me pone ser la hija de Roman. Aunque yo no hubiera revelado que soy su hija, alguien lo habría descubierto y ocultarlo tampoco habría sido la decisión correcta. ¿De verdad creían que me habían enviado allí para espiarlos? Eso es una locura.
Me suena el teléfono en el bolso y lo ignoro, consciente de que es Sean.
Unos faros se encienden detrás de mí y, al mirar por el retrovisor, lo veo sentado en su Nova, observándome por el espejo. Me estaba esperando y me ha visto llorar.
Genial.
Harta de ese día, le hago un gesto con la cabeza para que no se acerque. Me estoy secando la cara cuando él abre la puerta del coche y viene hacia mí. Niego con la cabeza, oponiéndome con insistencia, y pongo el vehículo en marcha. Abandono el aparcamiento mientras la humillación disminuye y la rabia empieza a invadir mi organismo. No estoy enfadada con Sean, pero no quiero enfrentarme a él sintiendo estas emociones contradictorias. Puedo ser muy mala si se lo merece. Esta noche ha hecho lo que tenía que hacer, pero me niego a desahogarme con él, no con la amalgama de emociones que estoy sintiendo. Me sigue de cerca hasta que me meto por la carretera solitaria que va hacia mi casa. Allí me deja y yo se lo agradezco.
Cuando llego, me encuentro con una entrada y una casa vacías. Me suena el móvil en la mano justo cuando estoy abriendo la puerta de la habitación.
—Ahora no quiero hablar —digo, conteniendo unas lágrimas rabiosas.
—Me he dado cuenta después del kilómetro cinco, pero no es culpa tuya.
Su tono dulce me molesta. Hago lo posible por evitarlo, pero me tiembla la voz de todos modos.
—¿Tú lo sabías?
—Llevo ocupándome de eso desde que volví.
—Entonces ¿es normal? ¿Suele pagarles de menos?
—¿Has comprobado alguna vez tus nóminas?
Pues no, la verdad. Simplemente las he cobrado y he dado por hecho que estaban bien. Me cabreo todavía más y tomo una decisión: pulso el botón para responder al último correo electrónico. Escribo frenéticamente mientras hablo.
—¿La has despedido?
—Sí.
—Joder, Sean. ¿Por qué?
—Porque es mi trabajo y su comportamiento ha sido demasiado violento como para dejarlo en una amonestación.
—Sabes que no está bien. —Silencio—. Esta es mi batalla. Déjame librarla.
—Estoy aquí si me necesitas.
—Lo sé y te lo agradezco, pero tienes que dejar de sacarme de la línea de producción, ¿vale? Ya es todo un desastre y no quiero darles más excusas para que vayan a por mí.
—Quiero que sepas que no pienso permitir que te hagan daño. Voy a protegerte.
—Gracias, pero no puedes. Esta guerra es solo mía y… estoy cabreadísima y no quiero desquitarme contigo, ¿entiendes? Tengo que irme.
Cuelgo, furiosa por la forma en la que el día ha caído en picado y con la intención de hacérselo pagar a la persona correcta. Las palabras de Vivica resuenan como un mantra en mi cabeza, con una entonación diferente en cada repetición.
«Es tu padre. Es tu padre. Es tu padre».
Diez minutos después envío el correo electrónico, me doy una ducha para olvidarme de la noche y empiezo a prepararme para el encuentro de por la mañana.