Vuelo
Entonces » Capítulo 22
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No me ha gustado el tono de tu correo electrónico, Cecelia —me dice mi padre en cuanto aparezco y me sirvo el café.
Debe de haber llegado tarde y sé que lo que le ha hecho venir es el contenido del correo electrónico que le envié anoche. Casi siempre se queda en Charlotte, dejándome sola en esta casa enorme.
—Tú me has puesto en esta situación —replico, sentándome a su lado—. Querías que me tomara el trabajo en serio. Pues es lo que estoy haciendo. —Pongo mis nóminas entre nosotros—. Me han quitado un cuarto de hora en casi todas las pagas semanales desde que empecé y una hora entera en dos de ellas.
—Tienes un supervisor al que informar de esto.
No hay ninguna insinuación en su tono y me alivia que mi relación con Sean sea solo un rumor de la fábrica y no haya llegado a oídos de la empresa. No ha mostrado ningún otro interés en mí y, si ha estado vigilando las cámaras de seguridad, gracias a Dominic, ahora reproducen un bucle sin incidentes.
—Todos respondemos ante alguien, ¿no? Estoy segura de que a cierta agencia gubernamental le interesaría saber que has estado pagando de menos a tus empleados durante años para hacer más atractivo el balance final. Sobre todo si la hija del director general los llamara para darles el soplo. —Le brillan los ojos de pura hostilidad mientras intento reunir más valor. Aún no tengo claro si esta es la decisión más inteligente con respecto a mi futuro, pero pienso en toda esa gente reunida a mi alrededor y en el peso de su acusación. No se trata solo de mí, sino de miles de personas que van a pasar el resto de su vida en esa fábrica—. No tengo intención de hacerlo. Pero estoy segura de que se trata de un problema continuado que debes tomarte en serio, porque ya están más que hartos. De hecho, ayer me humillaron en la línea de producción por culpa de esto. ¿De verdad vale la pena que tus empleados te aborrezcan?
—No podría importarme menos lo que piensen de mí. Yo proporciono puestos de trabajo…
—Estás robando descaradamente a las personas que hacen posible esto —digo, señalando con la mano todo lo que nos rodea—. Querías que probara tu empresa para ganarme mi posición. Pues sabe a rayos. ¿Cuándo fue la última vez que pasaste un día en tu propia fábrica?
—Ya has expuesto tu punto de vista, Cecelia. Lo investigaré, pero no creas que las amenazas sirven de algo conmigo. Llevo dirigiendo esta empresa desde los veintisiete años.
—Ayer me dio miedo ir andando hasta el coche. ¿Tienes idea de lo que es eso?
—Cuando vives lo suficiente, te creas enemigos.
—Me alegra que te preocupe. ¿Tenías conocimiento de esto?
—Reforzaré la seguridad si es necesario. Se trata de un descuido de contabilidad, estoy seguro.
—¿Un descuido que afecta a todas las nóminas? Perdona que te diga, pero eso me parece un puto cuento.
—Nunca habías sido tan malhablada. ¿Qué te ha pasado?
—¡Hace dos días, ahí dentro había cuarenta grados! —Siento que estoy a punto de estallar. Le doy una palmada al montoncito de nóminas—. Cuarenta como mínimo. Literalmente es un taller clandestino y me tienes trabajando allí con todos los demás. ¿Esperabas que me callara, cogiera mis nóminas y te siguiera el juego? Bueno, en ese sentido has estado a punto de tener suerte. Yo ni me había fijado, pero anoche casi me sangran los ojos.
—Cecelia, no seas dramática. Ya he tomado nota de tus inquietudes.
—¿Cuándo fue la última vez que actualizaste algo en esa fábrica para hacerla más cómoda para las personas que la hacen funcionar por ti?
Él se aclara la garganta, baja la vista y responde con voz gélida:
—Te repito que lo investigaré.
—Esa es una respuesta vaga y, francamente, me parece inaceptable. En especial si este es el legado que voy a heredar. ¿Una fábrica llena de empleados descontentos que aborrecen mi existencia porque no pueden alimentar a su familia? No, señor, gracias.
Él se endereza en su asiento.
—No permitiré que mi propia hija me sermonee y me amenace.
—Si me van a obligar a pagar, literalmente, por tus descuidos, tendré que darte mi opinión. ¡Esa mujer no paraba de repetir que yo era tu hija y yo no tenía ni idea de cómo hacerle entender que eso no significaba nada! —Su mirada se clava rápidamente en la mía y siento todo el peso de sus ojos azules entornados. Me paso la lengua por el interior de la mejilla, maldiciendo las lágrimas de mis ojos, mientras lo miro fijamente—. ¿Quién mejor para informarte de tus desaciertos que tu mayor error?
Él traga saliva y el clima entre nosotros cambia en medio de un prolongado silencio. Una especie de remordimiento parpadea fugazmente en su cara antes de esfumarse.
—Lamento que te sientas así.
Por un breve instante siento algo, algo tangible que pasa entre nosotros en esa mesa. Un destello de esperanza se enciende en mi pecho, pero lo apago, negándome a dar marcha atrás.
—¿Quieres que me enorgullezca de mi trabajo? Págame. ¿Quieres que te trate con respeto? Sé un jefe respetable. ¿Quieres que honre mi apellido? Sé un hombre honrado.
Él me mira a los ojos.
—He sacrificado muchas cosas para asegurarme de que no te faltara de nada —dice en voz baja.
—Yo nunca te he pedido nada aparte de que apoyaras a mi madre, que ha trabajado como una mula para que yo tuviera todo lo que necesitaba, algo que tú no hiciste. Solo te pido que hagas lo correcto; no por mí, sino por ellos. Si quieres seguir usando tu fortuna como cebo conmigo, hazlo, o, mejor aún, quédatela y devuélvesela. Porque, si es su dinero el que voy a heredar, no lo quiero.
—De nuevo ese dramatismo innecesario. Está claro que he cometido un error de juicio al confiar en la gente equivocada. Me ocuparé de esto.
—Gracias. —Me dispongo a levantarme y él se pone de pie conmigo, cortándome la retirada.
—Solo para que quede claro. Sabes que poseo veinticuatro fábricas, diez de las cuales están en el extranjero, ¿no? —Su tono me obliga a hacer una pausa.
—Pues no, no sabía que tenías tantas.
—Entonces también ignoras que confío en otras personas para su gestión diaria porque no tengo más remedio que delegar esos detalles, detalles que no puedo supervisar yo mismo. Cuando ellos no hacen su trabajo, es mi cabeza la que está en juego y es mi cabeza la que rodará. Soy muy consciente de esa realidad.
He empezado una pelea de tigres con un felino con las mismas rayas que yo; aunque su rugido no es tan fuerte, está ahí y es igual de eficaz. Pero sigo sintiéndome culpable al pensar que tal vez haya algo de verdad en sus palabras.
—Seguro que tienes que ocuparte de un montón de cosas, pero esta fábrica está cerca de ti. La tienes delante de tus narices. —Se me quiebra la voz al decir eso y maldigo mi incapacidad para mantener mis sentimientos personales al margen.
Él abre la boca para decir algo y yo me quedo esperando. Pasan varios segundos, o quizá más, antes de que por fin lo haga.
—Me ocuparé de ello, Cecelia.
Salgo precipitadamente de la habitación sintiéndome más derrotada que victoriosa. Y cuando la puerta principal se cierra al cabo de unos minutos, me recuesto contra la puerta de mi dormitorio, me siento en el suelo y derramo otra lágrima solitaria.