Vuelo
Entonces » Capítulo 23
Página 28 de 50
23
Dominic ha venido a recogerme esta noche. No tengo ni idea de por qué, pero está en la entrada de mi casa mirándome fijamente con expresión impasible cuando bajo las escaleras. Se me ponen los nervios de punta mientras rodeo el capó de su coche. Él no tiene la decencia de abrirme la puerta, como hace Sean, para que ocupe el asiento del copiloto.
—¿Dónde está Sean? —Él arranca en lugar de responder mientras yo me giro y observo su perfil con el ceño fruncido. Mi día no ha mejorado en absoluto con su aparición sorpresa. Yo esperaba que Sean me calmara y me distrajera tras la discusión con mi padre. Lo último que quiero hacer en mi día libre es discutir con este hijo de puta—. Venga ya, tío. Contesta.
—Sean está ocupado. Le estoy haciendo un favor.
—Podría haber ido en mi coche.
—Pues no lo estás haciendo.
—Podrías dejarme conducir.
—Ni de coña.
—He estado practicando en el Nova de Sean. He mejorado mucho.
Él sonríe.
—¿Tú crees?
—Estoy segura.
Error. Acabo de pronunciar las palabras equivocadas.
El muy cabrón pisa a fondo el acelerador y me hace chillar a pleno pulmón mientras pone al límite su oscuro corcel. Esa forma de conducir no tiene nada que ver con el emocionante paseo que me dio la primera noche. Me muero de miedo mientras vuela por la carretera sin tener en cuenta ni su vida ni la mía.
—Vale, me ha quedado claro. Eres el mejor. Levanta el puñetero pie del acelerador, por favor. —Él coge unas cuantas curvas perfectas antes de llegar a la recta mientras el sudor se acumula en todos los rincones de mi cuerpo—. ¡No me hace gracia! —Sube el volumen de la música mientras pasamos por una pequeña gasolinera—. Dominic, por favor. ¡Por favor! —Estoy realmente aterrorizada y él me mira antes de cruzar las líneas amarillas y reducir considerablemente la velocidad—. ¡Gracias por ir un poco más despacio, pero no estamos en Europa, Dominic! —grito, aferrándome a todas las superficies disponibles antes de que él tire del freno de mano y haga un giro de ciento ochenta grados que nos deja en el arcén.
Estoy segura de que me he meado un poco encima mientras circulábamos en dirección contraria.
—He olvidado una cosa —se excusa mientras encaja el coche a la perfección entre un monovolumen y una camioneta, en la gasolinera destartalada.
Llegados a ese punto, estoy ya en pleno ataque de pánico.
—¿Necesitas algo?
—¡Vete a tomar por culo!
—Ahora mismo no estoy de humor para preliminares, pero ¿qué tal un refresco? —Estoy a punto de arremeter contra él cuando me dedica una de sus típicas caras de aburrimiento—. Me lo tomaré como un no.
Camina hacia la tienda. Los andares de Dominic son la representación perfecta de la arrogancia total y absoluta. Echo un vistazo a ese local cutre mientras lucho contra mi vejiga. Llegar hasta el lugar al que vamos nos llevará al menos veinte minutos. Aquí siempre es así. Decido arriesgarme y salgo del coche. Dominic está en la sección de refrigerados cuando me acerco al mostrador que se encuentra junto a un cartel enorme en el que pone CEBO VIVO y le pido una llave al dependiente. A mi lado, hay unos cuantos hombres mayores sentados en sillas anticuadas de plástico negro que pulsan sin parar los botones de unas viejas máquinas tragaperras, como si les fuera la vida en ello. Cojo la llave, salgo del edificio y doblo la esquina hasta una puerta maltrecha antes de vivir los treinta segundos más asquerosos de mi vida. Me lavo las manos con un jabón de aspecto almibarado y salgo del baño con la llave gigante en la mano. Estoy yendo hacia la entrada para devolverla cuando un tipo me bloquea el paso. Señala con la cabeza el Camaro de Dominic.
—Vaya cochazo.
—Gracias.
—¿Es tuyo?
El hombre debe de tener unos cuarenta años y se le sale la barriga por debajo de la camiseta, que está manchada de algo que parece kétchup. Apesta a alcohol. Intento esquivarlo, pero él me lo impide, mirándome de una forma repugnante y lasciva. Está claro que la bebida le ha infundido demasiada falsa confianza.
—No, el coche no es mío. Perdona.
—Antes participaba en carreras. Solo quería…
No tiene oportunidad de acabar la frase porque unos dedos aceitunados le rodean el cuello y el brazo que va pegado a ellos lo lanza contra el lateral del edificio. Hago una mueca al oír el asqueroso golpe del cuerpo contra el hormigón mientras el hombre abre los ojos como platos y se tambalea, doblando las piernas con torpeza antes de caerse de culo. Dominic ni siquiera lo mira mientras me arrebata la llave.
—Sube al coche. —Una orden que no deja absolutamente ningún margen para la discusión.
Con los ojos abiertos de par en par, voy hacia su Camaro y me encierro en él. Veo que el hombre sigue intentando levantarse mientras Dominic se reúne conmigo y arranca sin comentar siquiera lo que acaba de suceder.
Estiro el cuello, aliviada al ver al hombre entrando de nuevo a trompicones en la tienda.
—¿De verdad era necesario?
—Sí. Hay que devolver la llave para que los demás puedan usar el cagadero.
Pongo los ojos en blanco.
—Lo tuyo es alucinante.
Tomamos una ruta desconocida mientras el sol empieza a ponerse y mi chófer sigue mudo. Cogemos una serie de desvíos y, para cuando Dominic frena en una calle abarrotada de jóvenes macarras y chicas ligeras de ropa agazapadas por los rincones, ya estoy completamente perdida. Pasamos entre dos hileras de viviendas de protección oficial y todos giran la cabeza hacia nosotros antes de bajar la vista.
—¿Qué hacemos aquí?
—Recados.
—Oye, allá cada cual, pero yo no quiero saber nada de drogas ni de ningún asunto que te traigas entre manos por aquí; puedes llevarme a casa y volver luego.
Él aprieta la mandíbula mientras un tipo con una gorra de béisbol lo saluda, bajándose de la acera. Dominic abre la ventanilla y levanta el mentón.
—¿Qué tal, tío? —dice el tipo mirándome, cada vez más sonriente—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Novia nueva?
La respuesta de Dominic es glacial.
—Eso no es de tu incumbencia. —Oigo el chasquido inconfundible de una pistola a mi lado. Abro los ojos de par en par al ver la Glock que Dominic tiene en la mano y que posa sobre el regazo. No tengo ni idea de dónde ha salido—. Te dije que no quería que tuviéramos compañía, R. B.
R. B. mira hacia atrás, ve que otro hombre se acerca y se gira para enfrentarse a él.
—Fuera de aquí, gilipollas, ya te he dicho que yo me ocupo de esto —le dice. El otro mira a Dominic con atención y regresa a la acera—. Lo siento, tío, solo es un chaval, mi sobrino pequeño. Ya le había dicho al muy inútil que se quedara donde estaba. —Se lleva la mano al bolsillo, pero la mala leche de Dominic hace que se detenga.
—¿Qué coño estás haciendo?
—Perdona, tío, solo quería ir al grano.
—Pues entonces ve a ver al Fraile. No quiero tener que volver por aquí. ¿Entendido?
R. B. levanta las manos.
—Quería hacerlo. Lo juro. —El tipo señala con la cabeza hacia atrás—. El coche está jodido otra vez. ¿Lo ves?
Dominic mira el Chevy que está sobre unos bloques de hormigón en la entrada de su casa.
—Llévalo al taller. Lo arreglaremos.
—Gracias, tío. Quería pedirte…
Dominic levanta la barbilla y el tipo se aleja del coche antes de arrancar.
—Así que eres traficante de drogas. Claro, no sé cómo no me he dado cuenta antes.
No sé por qué, pero estoy decepcionada. Tenía mejor opinión de él y tal vez no debería ser así. Pero ¿por qué coño una persona que ha estudiado en una universidad tan prestigiosa recurriría a algo tan sumamente peligroso e infantil? Es como si a un futbolista millonario le diera por hacerse el macarra y desperdiciara su vida intentando forjarse una reputación en la calle. Y no me lo pienso dos veces antes de verbalizarlo.
—Sabes que tienes una oportunidad de oro para irte de aquí. Joder, Dominic, creía que estabas por encima de todas esas mierdas.
Él reduce la velocidad al llegar a la señal de STOP y todos los que están cerca del coche se alejan con la cabeza gacha. Dominic se inclina hacia mí y me mira a los ojos. Su aliento me acaricia la piel. Me roza la pierna con un dedo antes de abrir la guantera. Se me eriza el vello de la nuca cuando sus ojos plateados se hunden en los míos y empiezo a hiperventilar. Él baja la mirada hacia mis labios y el ambiente se vuelve tenso. Me paso la lengua por el labio inferior. Se me dispara la adrenalina en la sangre mientras él se queda así unos segundos más que se hacen eternos, antes de sonreír y alejarse, arrojando un papel sobre mi regazo. Lo cojo y lo leo. Es un permiso de armas a nombre de un tal Jean Dominic King.
—Conque Jean. No puede haber un nombre más francés.
Me arranca el permiso de las manos y cierra la guantera con el arma y el papel a buen recaudo detrás de ella.
—Vale, tienes un permiso. Pero eso no cambia el hecho de que yo no quiera formar parte de tus movidas chungas.
Él gira a la izquierda una vez y luego otra para sacarnos de ese barrio de aspecto dudoso.
—¿Has visto algún intercambio de dinero?
—No.
—¿Drogas?
—No.
—¿He apuntado a alguien con la puta pistola?
—No.
Me mira con una ceja arqueada, ladeando la cabeza.
—¿Se ha cometido algún tipo de delito?
—No.
—Entonces la única chunga en este coche eres tú.
—¿A qué te refieres?
—A que es tu puto cerebro el que trabaja horas extras, haciendo suposiciones que no tienen fundamento.
—Tú no me conoces.
—Unas cuantas viviendas de protección oficial y una conversación en una esquina y ya te imaginas lo peor.
Arranca y sigue conduciendo sin decir nada mientras yo repaso la conversación anterior sin conseguir sacar nada en limpio. Está claro que aquel tío iba a darle algo. Dinero o drogas, estoy segura. Pero ¿quién coño es el Fraile?
Es inútil preguntar, aunque sé que no he ofendido a Dominic; dudo que nada lo haga. Parece imperturbable.
—¿Qué hago aquí contigo?
—¿Tienes algo mejor que hacer? ¿Ver un episodio de Las Kardashian?
—Yo no veo esas cosas.
—Un recado más y te llevo con tu novio.
—¿Podrías ser educado conmigo, aunque solo sea por una vez?
Él me ignora mientras entramos en un aparcamiento. Cuando levanto la vista, veo que estamos en un centro médico. Dominic esquiva al aparcacoches, deja el motor en marcha y rodea el vehículo por la parte delantera para abrirme la puerta.
—Cámbiate al asiento de atrás.
No me molesto en hacer preguntas y me subo al asiento trasero, deseando poder mandarle un mensaje hostil a Sean. Pero no tengo teléfono porque estoy cumpliendo sus puñeteras reglas mientras me obliga a entretener al tarado de su «hermano».
Diez minutos más tarde, Dominic vuelve a salir por las puertas automáticas de cristal y no viene solo. Una enfermera está empujando la silla de ruedas de una mujer de edad indescifrable debido a su delicado estado físico. Cuando están lo suficientemente cerca, puedo oír la conversación.
—Pourquoi tu n’es pas venu me chercher avec ma voiture?[1]
No entiendo lo que dice, pero su desagrado al ver el vehículo de Dominic y la respuesta de este —en un tono cariñoso que nunca había oído— lo dejan claro.
—Está en el taller, tatie. Ya te lo he dicho.
Tatie. «Tía».
Sus ojos se encuentran con los míos mientras se levanta con la ayuda de Dominic. De cerca, parece mucho más vieja de lo que es. Supongo que en realidad tendrá unos cuarenta años. Sin embargo, es evidente por su mirada y por la palidez de su piel que ha sufrido mucho. Quizá por voluntad propia o puede que por la mano implacable de la enfermedad; tal vez por ambas.
—¿Y tú quién eres? —Tiene un acento muy marcado y me prometo a mí misma desempolvar mi francés.
—Hola, soy Cecelia.
Ella se vuelve hacia Dominic.
—Ta copine?[2]
Eso lo entiendo y respondo yo misma.
—Non.
La mujer refunfuña mientras Dominic la ayuda a sentarse en el asiento delantero.
—Comment ça va?
—En inglés, tatie, y no vamos a hablar de eso esta noche.
Dominic nunca habla francés, algo muy extraño teniendo en cuenta que lo llaman el Francés. Tal vez sea por falta de un interlocutor a su altura.
Me mira y cierra la puerta antes de volver a rodear el coche. Esos pocos segundos a solas con esta mujer me intimidan muchísimo. A pesar de su aspecto enfermizo, infunde respeto. Mantengo la boca cerrada y me siento sorprendentemente aliviada cuando Dominic vuelve a ponerse al volante. Se hace el silencio durante unos minutos y aprovecho para estudiarla y examinar el parecido entre ambos. Este es indiscutible, sobre todo si me la imagino unos años más joven, con unos ojos y un cuerpo más llenos de vida. Cuando por fin decide hablar, es para hacerme una pregunta.
—¿Y tú qué pintas aquí?
—Es la novia de Sean, he pasado a recogerla —responde Dominic mientras nos detenemos en una farmacia en la que atienden desde el coche.
La cajera saluda a Dominic y su cara se ilumina como si fuera Navidad. Lleva un atrevido vestido bajo la bata blanca y la cara maquillada como si fuera a salir de noche por la ciudad en lugar de estar haciendo un turno como una profesional decente. Él es bastante agradable con ella, algo que me cabrea sobremanera. Paga los medicamentos y pide un poco de agua que la chica le proporciona, exhibiendo sus enormes pechos y deleitándonos a todos con las vistas.
—Salope —dice la tía de Dominic con evidente desdén.
Sé que es un insulto dirigido a la chica, que intenta agasajarnos con una especie de baile erótico a través de la ventanilla. Intento disimular una sonrisa, pero Dominic me mira por el retrovisor y me pilla. Me parece verlo sonreír. Es imposible saber lo que piensa este hombre. Nos detenemos a un coche de distancia de la ventana y él abre la bolsa, saca parte de la medicación y le da una dosis a la mujer con el agua.
—No soy una niña.
—Tómatela —le ordena él con voz autoritaria.
Refunfuñando, ella coge las pastillas y se las toma. Me fijo en que los labios de Dominic vuelven a curvarse mientras la observa con un brillo en los ojos que es lo más parecido al afecto que he visto nunca en él. Siento cómo esa mirada me traspasa la piel: el cariño y el respeto que le está demostrando satisfacen alguna necesidad dentro de mí. Como si yo supiera que estaban ahí y necesitara confirmarlo.
—¿Cuántas sesiones faltan? —pregunta ella.
—Ya hemos hablado de esto. Seis.
—Putain[3]. —Se me escapa una risita porque eso sí lo entiendo—. Je ne veux plus de ce poison. Laisse-moi mourir[4].
—En inglés, tatie.
Quiere que entienda la conversación. ¿Desde cuándo es tan considerado?
—Méteme en una caja y olvídate de mí.
—Debería haberlo hecho cuando era más joven. Eras una madre horrible.
—Por eso no tuve hijos. —Ella se vuelve hacia él, levantando la barbilla con actitud desafiante—. Apenas tenía veinte años cuando te acogí. Y no te moriste de hambre. Tú…
—Ya basta, tatie —dice él, mirándola de reojo—. Vamos a casa, para que puedas ponerte cómoda.
—Imposible con esta enfermedad. No sé por qué me llevas.
—Porque mis primeros intentos de asesinato fracasaron y te he cogido cariño.
—Solo lo haces por tus padres.
Dominic traga saliva y avanzamos en un silencio afable durante unos minutos, hasta que gira en el pequeño camino de acceso de una casa. Sus faros iluminan una vivienda de estilo Cape Cod con unas plantas enormes en el porche, la mayoría de ellas moribundas.
—Quieta —le indica él, saliendo del coche.
Ella no dice ni una palabra. Dominic abre la puerta y la ayuda a salir tranquilamente. Yo me bajo y él mira hacia atrás.
—No, quédate aquí, ahora vuelvo.
Yo lo ignoro y subo al porche para abrir la mosquitera de la puerta.
—Ja, me cae bien —dice su tía, observándome bajo la tenue luz de la farola.
Dominic maldice mientras la sujeta contra él y manipula con torpeza las llaves antes de entregármelas. Las voy levantando una a una hasta que él asiente al ver una de ellas. La giro en la cerradura y entro. Enciendo la luz más cercana y no puedo evitar estremecerme al ver unas cuantas cucarachas dispersándose por la pared. ¿Esta es la casa en la que se crio Dominic?
Este acompaña a la mujer hasta una vieja butaca reclinable de color beis y ella suspira aliviada al sentarse. Se recuesta y él le pone una manta sobre el regazo antes de desaparecer por el pasillo.
—Lo estás mirando igual que la chica de la farmacia.
—Es difícil no fijarse en él —admito con sinceridad—. Pero su «buen carácter» hace que cada vez me resulte más fácil ignorarlo.
Examino detenidamente la casa, intentando que no se note que lo estoy haciendo. No son más que unos cuantos muebles viejos que necesitan una limpieza a fondo, un desempolvado y una exterminación. No sé cómo espera recuperarse en un entorno que es cualquier cosa menos estéril, aunque, por lo que ha dicho en el coche, no tiene ninguna intención de hacerlo. Me observa desde su sillón y yo le devuelvo la mirada, igual de curiosa. Me está leyendo la mente y lo está haciendo con los ojos plateados de Dominic. El parecido es indudable. Cuarenta y pocos años como mucho, decido mientras la miro fijamente. Qué trágico. Es demasiado joven para no luchar.
—¿Quiere que le traiga algo? ¿Más agua?
—Sí, por favor.
Voy hacia la cocina y enciendo la lámpara del techo. Varias cucarachas más salen corriendo, haciendo que se me revuelva el estómago. Solo hay unos cuantos platos en el fregadero y se me pone la piel de gallina mientras busco en los armarios un vaso limpio. Abro el congelador, que apesta, cojo unos cuantos cubitos de hielo y los echo en el vaso antes de abrir el grifo. Dejo el agua en la mesita de madera que tiene al lado. Ella enciende una luz empotrada y coge un libro grueso con tapas de cuero, una Biblia en francés llena de marcadores ajados.
Dominic regresa con un pastillero semanal y un cubo de basura de plástico. Deja las pastillas sobre la mesa y la papelera cerca de su tía.
—Ya las he organizado. Tómatelas, tatie, o te pondrás peor. —Se ríe al ver la Biblia—. Demasiado tarde para ti, bruja.
Espero que ella resople o se indigne. Sin embargo, se ríe con él.
—Si encuentro una forma de colarme en el cielo, puede que te venga bien a ti también.
—A lo mejor no estoy de acuerdo con su política —replica Dominic alegremente.
—A lo mejor Él no está de acuerdo con la tuya. Pero eso no significa que no pueda ser un aliado. Además, olvidas que te conozco. Y deja de organizarme las pastillas. No soy ninguna inválida.
—Acabarás siéndolo si sigues así. No bebas esta noche —le ordena Dominic, obviando por completo la parte espiritual de la conversación—. No voy a registrar la casa, pero, si lo haces, ya sabes lo que pasará.
—Sí, sí, vete —lo ahuyenta ella.
Oigo claramente el tintineo de una botella bajo la mecedora mientras ella se acomoda en el asiento y Dominic se entretiene con el mando de la televisión. Él no lo ha oído, pero ella me mira desafiante y rápidamente decido que esa no es mi guerra.
—¿Quiere que nos quedemos? —le pregunto, sinceramente preocupada.
Lo único que sé sobre los efectos secundarios de la quimioterapia es lo que he aprendido en novelas o películas desgarradoras y, por lo que tengo entendido, la gente se pone fatal después de cada sesión.
—No es mi primera vez —dice ella—. Largaos, la noche es joven y vosotros también, no la desperdiciéis.
—Tú también lo eres —murmura Dominic, cambiando de canal.
Me acerco a donde está sentada y me arrodillo sobre la alfombra raída. No sé qué demonios me lleva a hacerlo, pero lo hago. Tal vez sea por su situación vital o por el estado en el que se encuentra. Lleva el cabello, en su mayoría negro, recogido en una trenza; su tez aceitunada está profundamente marcada por la vida y las pequeñas arrugas que tiene alrededor de la boca se ven acentuadas por los restos de pintalabios. Su aspecto es frágil, su complexión delicada y tiene las ojeras marcadas a causa de la enfermedad. Pero en sus ojos, del mismo tono metálico que los de su sobrino, brilla la juventud. Me mira con curiosidad mientras me acerco para susurrarle algo.
—Romanos 8: 38-39.
Localiza el pasaje con facilidad y, para mi sorpresa, lo lee en voz alta:
—«Pues estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni las alturas, ni las profundidades, ni ninguna otra cosa en toda la creación podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús, nuestro Señor» —musita con suavidad. Luego baja la vista hacia mí con los ojos llenos de emociones, principalmente de miedo—. ¿Crees que eso es cierto?
—Son los únicos versículos que me sé de memoria, así que supongo que me gustaría creerlo.
Mientras me observa, me resulta obvio que a ella también.
Desvía la mirada hacia Dominic, a quien puedo sentir de pie detrás de mí.
—Elle est trop belle. Trop inteligente. Mais trop jeune. Cette fille sera ta perte…[5]
Miro a Dominic, cuyo rostro permanece impasible. Frustrada por no haber entendido más que unas cuantas palabras de lo que ha dicho, me pongo de pie.
—Ha sido un placer conocerla.
Ella nos hace un gesto para que nos vayamos y nos dirigimos hacia la puerta. Vuelvo a mirarla justo antes de salir y la veo esbozar una pequeña sonrisa. Es la sonrisa de Dominic y en parte me animo un poco al verla.
Tras unos cuantos minutos más conduciendo en silencio, bajo el volumen de la estridente música de Dominic.
—¿Qué les pasó a tus padres?
Un músculo de su mandíbula se tensa mientras él me mira con una expresión indescifrable.
Cuando vuelve a subir el volumen de la radio y pone una marcha más corta para ganar velocidad, sé que no está para conversaciones. Lo observo, desconcertada por sus cambios de humor y por la belleza absoluta de la máscara que lleva puesta junto con los secretos que guarda con tanto esmero. Se parece mucho a Sean, en el sentido de que ambos responden con parquedad a lo que se les pregunta, como si hubieran estudiado y dominaran una puñetera asignatura de respuestas escuetas. Hincho las mejillas, suspiro y me guardo el resto de las preguntas. No tiene sentido. Se ha vuelto de nuevo impenetrable, su lenguaje corporal así lo indica, y me pierdo en mis pensamientos hasta que llegamos al taller.
Dominic aparca cerca del muelle de carga y sale del coche como si estuviera deseando alejarse de mí, mientras que yo me quedo sentada, viéndolo entrar en el garaje sin mirar atrás. El día de hoy ha sido intenso, cuando menos, y bastante revelador.
Un fogonazo capta mi atención. Miro a través del parabrisas y veo a Sean cerrando el Zippo de un manotazo.
Viene hacia mí mientras abandono el asiento del copiloto.
—¿La cosa no ha ido bien?
—¿Por qué me obligas a estar con este tío?
Él se ríe por lo bajo, pero ese humor no llega a sus ojos.
—¿Qué tienes en la cabeza, pequeña?
Lo rodeo con los brazos mientras exhala una nube de humo, cuidándose de evitar mi cara.
—Es un alivio verte.
—¿Por qué lo dices?
Sus palabras no son acusadoras, pero sé que me ha visto mirando a su compañero de piso con evidente curiosidad. Además, él conoce mejor que nadie a Dominic. Tiene que saber que pasar un par de horas a solas con él puede ser exasperante y agotador.
Tira el cigarrillo y me abraza con fuerza, alejando con sus besos el misterio. Cuando se aparta, lo agarro del pelo con fuerza.
—¿Por qué no has ido a recogerme?
—Por varias razones, una de ellas una reunión de trabajo inesperada e ineludible en mi día libre.
—Ah, ¿sí?
Él me sonríe.
—Bien peleado, nena.
Esbozo la primera sonrisa genuina del día.