Vuelo
Entonces » Capítulo 26
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De nuevo en tierra firme, recogemos todo en silencio mientras yo trato de asimilar lo que acaba de suceder.
Ha sido decisión mía. Yo lo deseaba. No puedo permitirme el lujo de arrepentirme demasiado, porque, si lo hago, me odiaré a mí misma eternamente.
Cuando los dos coches están cargados, Dominic me agarra de la mano y me atrae hacia donde está él, al lado del coche con el motor encendido. Me mira vacilante durante unos segundos antes de besarme y el resultado es el éxtasis. Me aferro a él y él se toma su tiempo, llenándome la boca con su lengua, tan ávida como nuestro primer beso; buscando, investigando. Los besos de este hombre son maravillosos. Me vuelven loca, nunca me cansaría de ellos. Cuando se separa, me caricia los labios con un cariño inusitado, se sube al coche y se va.
Me giro para mirar a Sean con la cabeza gacha, temiendo encontrarme con sus ojos. Voy hacia él, que me está esperando al lado de la puerta del copiloto. Incapaz de soportarlo un segundo más, me atrevo a mirarlo… y lo único que veo es al mismo chico rubio que me ha recogido unas horas antes. El alivio es inmediato. No me había dado cuenta de que aquello me pesara tanto. Me intercepta antes de que me hunda en el asiento, se acerca y me da el beso en la boca más dulce del mundo. Cuando se aleja, me doy cuenta de que tengo los ojos llenos de lágrimas.
—De eso nada, nena. Ni se te ocurra. Ya hablaremos cuando estés preparada, pero no hagas eso.
Asiento con la cabeza a modo de respuesta, sin tener ni idea de cómo cumplir esa orden. Me siento como una extraterrestre dentro de mi propia piel. No reconozco a esta chica ni reconozco sus actos. Acabo de permitir que dos hombres me compartan.
Y me ha encantado de principio a fin.
Nunca jamás podré borrar el peso de esa verdad.
Y la parte de mí que acaba de cobrar vida tampoco quiere que lo haga.
La vuelta a casa es silenciosa, pero Sean me agarra la mano durante todo el trayecto. Sigo luchando contra mí misma y contra mi decisión al tiempo que me siento resplandeciente por las secuelas. Él pone la música lo suficientemente baja como para permitirme hablar, pero guarda silencio, dándome el tiempo que necesito mientras se lleva de vez en cuando el dorso de mi mano a los labios.
Tengo flojera y a la vez estoy tensa. Mi interior está dolorido y completamente saciado y no se me ocurre nada que decir. Aunque quizá no haya que decir nada. Él sigue conduciendo tan tranquilo, como si no necesitara garantías en lo que respecta a mi situación con él, que no estoy segura de cuál es.
¿Qué somos?
Eso es lo que se supone que debo analizar, ¿no? Pero no es mi objetivo. Ninguno de los dos me ha mirado de manera diferente, al menos no de la forma que yo preveía. El cambio que he percibido en todos nosotros después de lo de hoy se aleja mucho de la sensación de curiosidad satisfecha que esperaba sentir. Los besos que me han dado después no han sido diferentes. En todo caso, me siento más conectada a ambos.
¿Es posible que esto sea real?
Había tenido sexo —mucho sexo— en el instituto, en relaciones monógamas con novios que yo creía que me querían y que se preocupaban por mí, pero que luego me mostraron su verdadera cara. Todo el dolor que creí sentir cuando acabaron rechazando un futuro conmigo me parece vacío, absurdo, pálido si comparo cualquiera de las experiencias que tuve con ellos con la que he tenido hoy y con las posibilidades que se han abierto ante mí.
Contemplo a Sean mientras este teclea el código de la puerta y el coche avanza lentamente por el camino de acceso a mi casa.
—No has hecho nada malo —dice por fin, mirándome a los ojos. Estos derrochan la misma seguridad con la que Dominic me besó antes de irse.
Lo cierto es que no me están juzgando. Eso alivia un poco la tensión de mis hombros.
Pero ¿por qué? ¿Por qué no me juzgan? ¿Por qué no me ven de otra manera?
Guardo silencio mientras Sean aparca y tira de mí hacia él, haciéndome resbalar por el asiento corrido.
—Di algo.
—No sé qué decir.
—Acéptalo. Acéptalo de una puta vez —dice con rotundidad—. Acéptalo y no permitas que ni tú misma ni ninguna otra persona te haga sentir que ha estado mal. —Me pone un dedo en la sien—. Tardarás algún tiempo en asimilarlo, pero tienes que aceptarlo, Cecelia.
—Ha sido… —Intento disimular el temblor de mi voz.
—Increíble —dice él, acabando la frase por mí. No me queda más remedio que asentir. Él se ríe de mi cara—. Soy un cabrón por decirlo, pero veo que te has quedado sin palabras. —Se ríe todavía más al verme fruncir el ceño y me pone sobre su regazo. Sus ojos castaños brillan, burlones, mientras me aparta el pelo del cuello—. Si te estás preguntando qué va a pasar ahora, la respuesta es que no lo sabemos. Ni Dom, ni tú ni yo. No sabemos a qué llegará o no llegará esto. Y eso es lo divertido.
—¿Y si alguien sale malparado?
—Son riesgos que hay que asumir.
—¿Por qué tengo la sensación de que ese «alguien» seré yo?
—Desde luego esa no es mi intención. Con lo que siento por ti, hacerte daño es lo último que quiero. Pero, si te estás rayando porque crees que debes elegir a uno, te digo desde ya que no tienes por qué hacerlo. A menos que quieras; en ese caso, espero que sea a mí. —Exhalo un suspiro de exasperación que solo consigue que su sonrisa se vuelva más amplia—. Tener secretos es algo bonito, Cecelia. Pero estos solo pueden seguir siéndolo si decides no contarlos. Dentro de unos años, cuando estés brindando con tus amigas durante el brunch del domingo y vayáis a empezar a quejaros de la vida, este secreto puede ser la sutil sonrisa que curve esos hermosos labios antes de beber el primer sorbo de champán. Todo el mundo los tiene, pero no muchos pueden guardarlos. —Me echa el pelo por detrás del hombro antes de acariciarme la mandíbula con los nudillos—. Fue precioso ver cómo te abandonabas, sucumbiendo a tus deseos. Creo que nunca he visto a Dom tan pillado por una mujer.
—No… no digas eso.
—¿Por qué?
—Porque si siente algo… quiero que me lo diga él mismo.
Sean asiente, como si lo entendiera perfectamente.
—¿De verdad que esto te parece bien?
—Estás en mi regazo, mirándome con deseo, ¿por qué demonios no iba a parecerme bien?
—No quiero perderte —digo por fin, con la respiración entrecortada y los ojos llorosos.
—Cecelia, te juro que nunca me perderás por esto. Borra ese pensamiento de tu mente. Lo que ha sucedido no hace que mis sentimientos por ti sean menos intensos. No puedo estar más loco por ti. —Me da un par de besos suaves—. Hoy me has otorgado tu confianza y eso era algo que necesitaba. —Sean traga saliva—. Ahora mismo te costaría mucho librarte de mí.
—Eres tan… diferente —digo, acariciándole el pelo con ambas manos.
—Eso es bueno, ¿no? —Me da un codazo mientras sigo sentada sobre él al tiempo que se pasa la lengua por el pendiente que tiene en el labio—. Sea lo que sea lo que quieras hacer, hazlo de una vez. —Me inclino para imitar el movimiento de su lengua por el metal y él suspira de forma audible y me agarra del cuello, haciendo que nuestras frentes se toquen—. Si alguna vez no sabes qué hacer, quiero que hagas exactamente eso: lo que te dé la puta gana, cuando te dé la puta gana. Y no te disculpes por ello nunca.
—Esto es una locura.
—Bienvenida a mi mundo —murmura Sean, y entonces me devora con un beso.
Han pasado ya varios días y solo recibo mensajes de Sean; ni una palabra de Dominic. No es que esperara otra cosa. Es prácticamente un extraño para mí.
Aunque ahora de forma íntima.
Me estremezco al pensar en ello mientras me fustigo mentalmente.
Llevo días atrincherada en mi casa la mayor parte del tiempo, en un estado entre «Pero ¿qué coño he hecho?» y «Perdón, caballeros, ¿me disculpan unos segundos?». He estado pasando de las invitaciones de Sean, leyendo, nadando y hablando por teléfono con Christy, a quien no le he contado los detalles de ese día. Es mi secreto para la sonrisa del brunch de los domingos y debo guardarlo… si quiero.
Cuanto más me pregunto si debería contarle lo sucedido, más me esfuerzo por encontrar palabras para explicarlo, para explicar… lo bien que me sentí, cómo el haberme dejado llevar fue muchísimo más gratificante que cualquier otra cosa que hubiera hecho hasta el momento. Cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que ella no lo entendería.
«A puerta cerrada»… «En la intimidad del hogar»… Hay una razón por la que la gente oculta sus escarceos sexuales y yo nunca había tenido ninguno digno de ocultar… hasta ahora. Aunque nuestro acto fue completamente al aire libre.
Me levanto de la cama y miro por la ventana hacia el oscuro bosque; observo las luces intermitentes de la torre de telefonía móvil mientras me pregunto dónde estarán esos dos hombres que no consigo quitarme de la cabeza. ¿Habrán estado pensado en mí?
¿Habrán chocado los cinco al volver a verse?
Estremeciéndome al pensarlo, cierro las puertas del balcón y aprieto la frente contra ellas. «Noticia de última hora, Cecelia: eres una zorra». Golpeo la cabeza contra la puerta cada vez que pronuncio esa palabra. «Zorra», pum, «zorra», pum. Con la cara roja como un tomate, vuelvo a flagelarme mentalmente. A estas alturas, mi espalda debería de ser ya un amasijo de carne lacerada y sangrante con la cantidad de latigazos imaginarios que me he propinado. Aun así, lo único que enrojece es mi cara, que se ruboriza mientras vuelvo a revivir cada segundo en aquella balsa. Los sueños que he tenido con ellos estas últimas noches son muy reales y de naturaleza francamente pecaminosa. Me asaltan tanto cuando estoy despierta como cuando estoy dormida y no soy capaz de pensar en otra cosa más que en esos minutos que compartí con ellos en el lago.
Los mensajes de Sean son vagos —como siempre—, pero frecuentes. Esta semana ha estado ayudando a sus padres en el restaurante y, por culpa de mi etiqueta de golfa autoimpuesta, he vuelto a perder la oportunidad de conocerlos.
¿Qué demonios voy a decirles?
«Hola, encantada de conocerlos finalmente, señor y señora Roberts. Soy Cecelia. Efectivamente, la zorra que se folla a su hijo a lo bestia entre los árboles. Por cierto, el otro día incluimos a su mejor amigo en el cóctel y fue maravilloso. A propósito, su guiso de judías verdes está para chuparse los dedos».
Sean intenta dejarme claro en todos sus mensajes que no piensa largarse a ninguna parte. No quiere que me coma demasiado la cabeza.
Y lo quiero por eso.
Pero ¿qué hay del amor?
Plantearse mantener esta situación a largo plazo sería un auténtico disparate. Aunque Sean ha insinuado claramente, en más de una ocasión, que si yo quisiera comprometerme con él no le parecería mal.
Puede que esto haya sido cosa de una vez.
La idea de entregarme únicamente a Sean me atrae muchísimo. Él es más que suficiente. Pero ¿lo que hice me predispone a desear algo más? He mordido la fruta prohibida y eso viene acompañado del deseo implacable de volver a hincarle el diente.
Sean sabía que era una posibilidad y lo había mencionado.
¿De verdad quiero renunciar a la química que tengo con Dominic si no estoy obligada a hacerlo?
Y eso de estar con los dos y ver sus reacciones… Nunca en mi vida me había sentido tan excitada.
Pero ¿cuántos latigazos más puedo soportar? Solo han pasado unos días y ya he estado a punto de quemarme a mí misma en la hoguera.
No soy de esas.
No soy de esas.
Sí soy de esas.
Lo único que no deja de reconcomerme es que, si esto es algo que ellos hacen de forma habitual, ¿tengo derecho a juzgar a las mujeres que me han precedido?
Ni de coña, por mucho que me fastidie. Aunque me muero por hacerlo. Lo deseo con todas mis fuerzas. Los celos me consumen al saber que no soy la primera. Sin embargo, en cierto modo, eso me hace sentir menos sola, porque comparto un secreto con ellas.
Pero ¿dónde están?
¿Acaso yo soy diferente?
Me cago en esos dos.
Tienen que saber la comedura de tarro que implica esto. Dudo que a Dominic le importe, pero Sean es consciente y está esperando mi veredicto.
Se trata de otra decisión.
Inquieta, abro la ducha e intento ahogar mi ansiedad con el chorro de agua.
Los valores morales que nos enseñan desde pequeños están pensados para guiarnos y, sin ellos, perdemos el rumbo. Pero Sean no sigue las normas ni las directrices a las que se adhiere la mayoría de la sociedad. Es un alma libre que va por la vida siguiendo sus instintos, viviendo decisión a decisión.
Vive sin remordimientos, sin posicionarse. Igual que Dominic. Pero ¿qué consecuencias puede tener eso a largo plazo?
¿Qué hay de tu alma gemela? ¿Del amor de tu vida? ¿De tu media naranja? En singular. Esas frases hechas también existen por alguna razón.
Un hombre, una mujer o una pareja para cada uno.
No dos. Tu media naranja, no tus dos tercios.
Salvo para algunos. Para algunos…
«Bienvenida a mi mundo».
Aunque también están «La fase de la universidad», «Ese año que fui tan promiscua», «Antes de que nos conociéramos»… Esas también son frases que he leído u oído muchas veces a lo largo de los años.
Y, aunque no tengo mucha experiencia en lo que respecta a ese tipo de cosas, salvo por la que acabo de ganar, sé que existen. Por lo que he deducido, la fase universitaria siempre tiene que ver con la promiscuidad, la liberación de las inhibiciones durante un periodo de tiempo determinado y la curiosidad por el mismo sexo. ¿No es justamente eso lo que acabo de experimentar? ¿No me merezco un tiempo para explorar mi habilidad sexual y mejorarla si así lo deseo?
Encontrar un alma gemela y hallar el amor verdadero dejaron de formar parte de mi lista de prioridades cuando Jared me hizo daño.
Algún día. Puede que en el futuro. Pero ¿tiene que ser ahora?
No.
No tiene por qué. Es cierto que Sean me importa demasiado como para renunciar a él por completo.
Y, aunque lo que siento por Dominic me ha pillado por sorpresa, al igual que nuestra conexión, él no tiene por qué ser el príncipe azul.
De hecho, estoy convencida de que no lo es. Dominic no tiene pinta de amor verdadero.
Enamorarme de Sean está empezando a ser inevitable. Me encanta cómo me cuida, cómo me hace sentir, lo cómoda que estoy con él, pudiendo ser completamente yo misma.
«Acéptalo».
Me volveré loca si no lo hago.
Ni siquiera soy capaz de arrepentirme.
Recién salida de la ducha de agua hirviendo, estudio mi imagen en el espejo sin rechazar lo que veo. Tengo la piel teñida de rosa a causa del agua. Dejo que mis ojos vaguen libremente, buscando defectos, buscando una razón para no mirar.
Mientras observo mi reflejo, no siento nada de lo que espero sentir.
Eso es aceptarlo.
Y es mi decisión.
Llega un momento en la vida de una persona en la que esta debe elegir entre buscar el amor verdadero o dejarse llevar.
Echando otro vistazo a mi cuerpo, descubro qué decisión voy a tomar yo esta noche.
Allá voy, de cabeza a la madriguera del conejo.
Me meto en mi segunda piel y me embadurno el cuerpo con una crema perfumada. Después saco del armario unos vaqueros oscuros y una camiseta que deja los hombros al aire. Me aplico polvos bronceadores y me echo máscara de pestañas negra antes de perfilarme los labios y pintarlos de color rojo pasión.
Luego envío un mensaje.
Tal vez aún no esté en la universidad, pero está claro que ya soy una alumna aventajada.