Vuelo
Entonces » Capítulo 27
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27
Cuando llego al taller, veo varios coches estacionados en batería en el aparcamiento y hordas de tíos apiñados a su alrededor. La mayoría de las caras no me suenan de nada, pero los tatuajes que comparten son inconfundibles. El taller está completamente a oscuras, cerrado a cal y canto, al igual que las puertas de los muelles de carga. Sean se acerca en cuanto llego. Mientras me bajo, me doy cuenta de que su mirada se enciende al verme.
—Joder, nena, estás… Madre mía. —Se da la vuelta, protegiéndome con su cuerpo para evitar que me vean los demás; yo le rodeo el pecho con los brazos, estrechándolo contra mí.
—¿Me has echado de menos?
Se gira y me mira mientras deslizo mi mano por su espalda.
—Quería darte espacio, pero ha sido duro de cojones. Aunque lo de esta noche va a ser todavía más duro —dice con voz insinuante. Eso me refresca la memoria y noto que me ruborizo. Como de costumbre, va vestido con vaqueros y camiseta y lleva el pelo revuelto. Es un bombón—. ¿Estás bien? —me pregunta, sinceramente preocupado, mientras me aprieta todavía más entre sus fuertes brazos.
—Sí. —Veo que se relaja visiblemente con mi respuesta.
—¿Sí? —En su preciosa boca se dibuja una sonrisa—. ¿Ya has hecho las paces con tus demonios?
—Estoy en ello.
Él me pasa el pulgar por el borde de los labios.
—Tenías que ponerte este puto pintalabios, ¿no?
—¿Te gusta?
—Ya me las pagarás más tarde. Vamos.
Yo lo suelto, él me agarra de la mano y me lleva hacia la multitud.
—¿Qué pasa? —pregunto mientras atravesamos una fila de hombres altos y tatuados; algunos de los cuales me resultan familiares.
—Estamos esperando a Dom para irnos —responde Tyler, haciéndome un hueco y saludándome con un movimiento de barbilla.
De toda la pandilla, Tyler es con el que mejor me llevo. Tenemos mucho en común y hace poco, mientras me enseñaba a jugar mejor al billar, descubrimos que a ambos nos encanta todo lo relacionado con los años noventa.
—¿A dónde vamos?
—Ya lo verás —contesta Russell—. ¿Qué hay, Cee?
—Hola, Russell.
Su cálido recibimiento refuerza mi escasa confianza y me lo tomo como lo que es: al parecer me han aceptado como parte de los suyos y es una sensación extraña, pero agradable.
—¡Hola! —Layla aparece rompiendo la barrera y chocando contra mi hombro—. Cuánto tiempo.
—Hola, Layla —digo antes de volver a mirar a Sean, que me está observando de una forma que me reconforta.
Su mirada me dice que sigue todo igual entre nosotros y eso es realmente lo que más me importa. Todavía no soy capaz de entender cómo puede ser tan liberal conmigo y seguir mirándome de esa forma. Hipócritamente, a mi corazón romántico le decepciona que sea así. Pero, hasta ahora, ha cumplido al pie de la letra todo lo que ha dicho. Me liberó ese día porque quería que yo obtuviera lo que deseaba. Y esa es una manera diferente —tal vez la manera de Sean— de mostrar afecto.
No solo eso, sino que además le pone.
Una situación que nunca me habría imaginado vivir.
Pero aquí estoy y mi corazón empieza a acelerarse mientras nos miramos como si fuéramos las dos únicas personas del aparcamiento.
—Vamos a por una birra —dice Layla, mirando a Sean—. Te la robo un momento. Cosas de chicas.
Sean se limita a asentir, con los ojos todavía fijos en mí y acariciando con la lengua el piercing del labio.
Layla se abre paso a empujones a través de la pared de hombres, tirando de mí mientras va hacia el tío que se ocupa del barril de cerveza. Este nos sirve una a cada una. Ella guarda silencio mientras yo examino atentamente a la multitud, compuesta al menos por veinte hombres.
—¿Qué pasa esta noche?
—Están esperando a Dom, para variar. Él va a su puto ritmo, se la pela todo.
—¿Llegamos tarde a algún sitio?
—Qué va. Solo es una reunión. —Me mira de arriba abajo—. Caray, chica, estás impresionante.
Dejo de mirar a Sean, que se ha puesto a charlar animadamente con sus colegas, y observo a Layla. Su ropa va a juego con la mía. Se ha puesto unos vaqueros y una camiseta que deja al descubierto su tonificado vientre. Lleva la melena rubia recogida en una coleta alta.
—Gracias. Tú también.
—No se me escaparía esa mirada ni aunque estuviera ciega. Conque Sean, ¿eh? —dice, con una sonrisa de complicidad. «Y Dom». Disimulo el escalofrío que me causa ese pensamiento reflejo y ella me lee la mente. Frunce el ceño—. ¿No lo tienes claro?
Bebo un trago de cerveza.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Ellos…? ¿Soy…? —Niego con la cabeza, contrariada. Esas son preguntas de chicas inseguras.
—¿Ellos? —Layla interpreta mi expresión y mi gesto—. Ah, vale, ya lo pillo —dice, riéndose.
Acabo de revelarle mi secreto con solo una mirada, un solo tartamudeo. Por una parte, me siento aliviada, pero por otra me horroriza haberlo soltado tan fácilmente. Esto no se me da nada bien.
La verdad es que es un alivio. Me moría por tener algún otro punto de vista femenino aparte del mío.
Layla no es mi amiga íntima, así que esto es lo mejor que me podía haber pasado. Me da un golpecito en la parte de abajo del vaso, animándome a beber. Yo doy un buen trago y suspiro.
—Vale, en primer lugar, no te rayes, yo no soy ninguna santa. Ni muchísimo menos. En segundo lugar, soy una tumba. Cualquier cosa que me cuentes, literalmente cualquiera, no llegará nunca a oídos de nadie más. Ese es el código. Pero vamos a alejarnos un poco para asegurarnos de que soy la única que lo oye. —Me lleva al lado abandonado del taller, donde nadie puede oírnos. Todavía no tengo claro qué quiero preguntarle, la verdad. Ella me ayuda hablando sin tapujos—. Sean es como un libro abierto, en cierto modo. Será sincero contigo siempre que pueda, aunque te duela. Y no tendrás que esforzarte demasiado para saber lo que piensa. Lo de Dom, bueno, es otra historia. Es a la vez ladrador y mordedor, y, créeme, no querrás ser la receptora de ninguna de las dos cosas. Pero tiene su corazoncito. Todos se lo hemos visto al menos una vez, aunque raramente dos. Es, literalmente, la versión hecha hombre de Fort Knox: un solitario nato. —Bebo un sorbo de cerveza y ella ladea la cabeza—. ¿Qué quieres preguntarme en realidad?
—¿Soy solo…? —«Otra más». No me atrevo a completar la frase.
—Eso no puedo decírtelo, pero, por lo que yo he visto, su casa está muy tranquila en los últimos tiempos.
—¿Tranquila?
—Me refiero a Dom y al tráfico de su dormitorio. —Layla me sonríe—. Precisamente desde la fiesta.
Es fiel. Se refiere a que es fiel. ¿A mí? ¿Antes de saber siquiera si habría algo entre nosotros? ¿Eso importa?
La punzada que siento en el pecho me dice que sí.
—Intenta no comerte la cabeza, pero mira. —Me arrastra hasta donde empieza el taller y echa un vistazo al gentío—. ¿Cuántas mujeres ves?
Observo la multitud, contando en silencio. Cuatro o cinco más nosotras dos de unas veinte personas.
—Estás aquí por algo. —La seriedad de su tono de voz me hace escudriñar su rostro, aunque no puedo ver demasiado debido al sitio en el que nos encontramos—. Además, hay un momento y un lugar para confraternizar y definitivamente no es algo que se haga en las noches de reunión.
—¿Noches de reunión?
—Ya lo verás. Pero hazte un favor y mantente alerta, aunque será difícil. Sobre todo con esas dos distracciones.
Asiento con la cabeza y ella se ríe.
—Alegra esa cara, chica. Esto es una fiesta y dos de los mejores hermanos están interesados en ti. Vamos.
Estamos cruzando el paseo de grava cuando se oye un estruendo al inicio del camino de acceso y unos faros nos bañan de luz. Los bajos retumban desde el elegante coche negro mientras mis ojos se desvían hacia el conductor. La mirada de Dominic me paraliza, convirtiéndome en la práctica en un cervatillo ante sus faros. Me saluda con una leve sonrisa y me mira de arriba abajo.
—Joder, qué envidia volver al principio otra vez —suspira Layla con nostalgia.
Dominic se queda dentro del coche y vuelve a acelerar, haciendo que el grupo se disperse. Poco después, empiezan a oírse motores por todas partes.
—Ve con él —me dice Sean, reuniéndose conmigo.
Yo lo miro, frunciendo el ceño.
—¿Con él?
Me da un beso en la sien.
—Nos vemos allí. Y no te atrevas a emborronarte el maldito pintalabios. Eso es para mí.
Asiento con la cabeza mientras se aleja, rodeando el Camaro de Dominic. Este se inclina para abrirme la pesada puerta. En cuanto la cierro, me vuelvo hacia él.
—Sean… —Me quedo con la palabra en la boca mientras salimos disparados y mi risa se proyecta fuera del coche.
Una sonrisa asoma claramente en los labios de Dominic cuando el resto de los coches arrancan a toda velocidad para seguirnos y él da rienda suelta a todos los caballos que tiene bajo el capó. Apoyada con una mano en el salpicadero y con la otra en la puerta del coche, chillo mientras vamos a todo gas por la carretera.
Eso solo parece animarlo más y pisa a fondo el acelerador en la recta durante uno o dos kilómetros antes de frenar considerablemente para girar y tomar las curvas de la carretera.
Bajo el volumen de la radio y él me mira.
—¿Vamos a tener alguna vez una conversación de verdad?
Él esboza una sonrisa ladeada.
—Tuvimos una de las buenas hace no mucho.
—No me refiero a eso.
—¿Prefieres empezar con política o con religión? —Se ríe con sorna al verme fruncir el ceño y cambia de marcha, haciendo que me pegue al asiento mientras avanzamos a toda velocidad—. Los huevos, poco hechos; el café, solo; la cerveza, fría; la música, alta; los coches… —Pisa a fondo el acelerador.
—Rápidos —digo, riéndome.
—Mi chica… —Se gira y me mira de arriba abajo con sus ojos espejados. «Mi chica», no «Las chicas».
Ese comentario me llega al alma y extiendo la mano para agarrar la suya, pero él me lo impide antes de que lo consiga.
—Eso me lo guardo para cuando pueda hacer algo al respecto.
—¿A ti te parece que eso es cariño?
—¿No lo es? —Traza una curva y grito.
Eso es exactamente lo que sentí en la balsa. Como si él hubiera estado esperando una eternidad para tocarme.
Es lo opuesto a Sean en muchos aspectos.
No es un defecto, sino algo que se anhela.
—¿Qué te hace feliz?
Coge otra curva y flexiona el antebrazo para cambiar de marcha.
—Todo lo anterior.
—¿Los huevos poco hechos y el café te hacen feliz?
—¿Qué pasaría si mañana te despertaras y no hubiera café?
Frunzo el ceño.
—Pues sería… una tragedia.
—La próxima vez que lo tomes, imagina que es la última vez que puedes hacerlo.
Pongo los ojos en blanco.
—Genial, ya sois dos. ¿Esto es una especie de filosofía de vida? Muy bien, Platón.
—Se conoce mejor a una persona en una hora de juego que en un año de conversación.
Me quedo con la boca abierta, porque tengo la certeza de que acaba de citar a Platón.
—Me criaron de una forma que me hizo apreciar las cosas pequeñas.
Me mira fijamente y entonces comprendo de verdad su punto de vista. Vi la casa en la que creció y rezumaba pobreza y abandono. Él me permitió verla. Mi corazón se derrite por sus confesiones tanto explícitas como tácitas; de pronto, hace un giro repentino y aparca derrapando antes de apagar los faros y dejar que la tenue luz de la luna nos envuelva. Me inclino para mirar a través del parabrisas y veo una luna creciente que se cierne sobre nosotros.
—Ven aquí —me susurra la orden sobre el cuello mientras me agarra y tira de mí para que me siente a horcajadas sobre él, robándole mi atención a la luna.
Le sonrío mientras se desliza hacia abajo en el asiento, creando espacio suficiente para que quepamos cómodamente entre este y el volante. La forma en la que me mira basta para que me olvide de mí misma. Me inclino para reclamar sus labios y él gira la cabeza, esquivando el beso.
—Le gusta el rojo.
Dominic me peina el cabello con los dedos desde la nuca hasta las puntas y repite el movimiento, embrujándome con su tacto.
Hay algo en ese comentario que me remueve las entrañas. Solo llevo unos segundos a solas con él y ya había olvidado la petición de Sean de no emborronarme los labios. Intento ahogar mi sentimiento de culpa mientras Dominic me acaricia todo el cuerpo, colándose por debajo de mi camiseta antes de rozar lentamente la cintura de mis vaqueros. El leve dolor que me causan sus caricias enciende el fuego en mis venas. Él me mira, siempre atento, pero relajado. La atracción es innegable, pero coarta todos mis intentos de tocarlo, ya sea estrujándome bajo sus dedos o negando con la cabeza antes de reanudar su tortura, acariciándome por todas partes menos por donde yo quiero.
—¿Desde cuándo sois amigos? —le pregunto, excitada, mientras él sube las manos por mi espalda por encima de la línea del sujetador y me acaricia los omóplatos, calentando aún más mi piel.
—Prácticamente desde siempre.
—¿Así, tan íntimos? —digo, meciéndome ligeramente sobre su paquete y sintiendo el bulto que va creciendo debajo de mí.
La fricción es deliciosa. No puedo evitar rotar las caderas buscando más. Él responde con una mirada ardiente, pero no hace ningún movimiento al respecto.
—Todos somos íntimos.
—Ya veo. —Un estruendo repentino y atronador ahoga el canto de los grillos y, al cabo de un segundo, veo pasar los coches a toda velocidad por detrás del hombro de Dom. Debemos de haber ido a toda pastilla si nos han alcanzado ahora, o puede que Dominic haya cogido un atajo—. Nos están dejando atrás.
—Nosotros los hemos dejado atrás a ellos.
Lo observo entre las sombras creadas por la media luna que se eleva sobre nosotros. Sus ojos brillan como dos charcos de plata incluso al amparo de la noche y sus prominentes pómulos proyectan sombras gemelas sobre su mandíbula. Sus carnosos labios están completamente iluminados, burlándose de mí.
—¿Y por qué los hemos dejado atrás?
—Porque… —Se levanta como si fuera a besarme y su aliento golpea mis labios.
Me preparo para sentirlo, cierro los ojos y me inclino hacia él, y entonces noto su ausencia. Al abrir los ojos, veo que vuelve a estar apoyado en el asiento, con una sonrisa pérfida en los labios.
—Eres un capullo.
—Eso no es ninguna novedad. ¿Necesitas saber algo más?
—Si no sé nada.
—Claro que sí. —Se impulsa un poco hacia arriba y su roce me vuelve loca y me deja sin sentido.
—Has descrito al típico tío —jadeo—. ¿La cerveza fría? ¡Ah! —Vuelve a impulsarse hacia arriba. Esta vez noto lo dura que se le ha puesto y me hierve la sangre—. ¿Los coches rápidos? ¿El café solo? ¿Los huevos poco hechos y…?
—¿Y?
No puedo ocultar mi sonrisa a pesar del apetito insaciable que me hace sentir.
—Yo.
—Entonces ya sabes suficiente.
Me levanta la camiseta, dejando al descubierto mis pechos desnudos, porque esa noche no me he puesto sujetador, y noto cómo se tensa físicamente cuando lo descubre, instantes antes de meterse uno de mis pezones en la boca. Tengo las bragas empapadas. Aprieto su cabeza contra mi pecho mientras se alimenta de mí, moviendo las caderas sobre su erección, cada vez más rápido.
—Dom —murmuro mientras sus dedos empiezan a explorar mi cuerpo y me muerde el pezón antes de mitigar el dolor con la lengua.
Cuando se retira, estoy a punto de llegar al orgasmo, pero él me baja la camiseta y me sujeta las manos para después volver a peinarme con los dedos.
—Eso ha sido muy cruel —gimo, con el cuerpo en llamas.
—Tendremos que retomarlo más tarde.
Dicho lo cual, me empuja un poco para poder agarrarme por las caderas, levantarme y volver a dejarme en el asiento del copiloto. Después, arranca y da marcha atrás para deshacer el camino andado. Intencionadamente o no, me roza la mano con los dedos justo antes de salir a toda velocidad hacia donde están los demás.