Vuelo

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Entonces » Capítulo 28

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28

Anarquía organizada.

Es la única forma de describir lo que veo cuando llegamos. Hay un montón de coches aparcados en círculo alrededor de una hoguera de un piso de altura. El resto está rodeando un gran claro del bosque. Algunos sacan barriles de los camiones mientras otros esperan, preparados, lanzando bolsas de hielo a su alrededor. La música resuena a través de los altavoces de una camioneta mientras unos cuantos coches más se acercan y se vacían. Veo cincuenta cabezas como mínimo, la mayoría reunidas en pequeños grupos, como si siguieran algún tipo de protocolo social.

—Por favor, responde con claridad: ¿qué demonios es esto? —le pregunto a Dominic mientras él echa un vistazo al claro y va hacia el centro del círculo, donde le han dejado el espacio justo, como si fuera el lugar que le corresponde en la jerarquía.

—Solo una reunión de amigos.

—Yo no tengo tantos amigos.

—Qué suerte —dice él con ironía mientras escudriña la multitud.

Esquiva mi siguiente pregunta saliendo del coche y abriéndome la puerta. Me coge en brazos y me deposita a su lado mientras yo echo un vistazo a la fiesta. Sean se reúne con nosotros en su coche y mira de inmediato mis labios, satisfecho porque siguen intactos.

—¿Te lo has pasado bien? —me pregunta, atrayéndome hacia él.

—No… —No soy capaz de mirarlo a los ojos—. No hemos hecho…

Él niega con la cabeza y me levanta la barbilla.

—Eso no es lo que te estaba preguntando. —Me pasa un brazo por el hombro y mira a Dominic—. Están aquí, esperándote.

Dominic baja la barbilla y me mira fijamente antes de largarse.

Yo me giro de inmediato hacia Sean mientras este me guía a través de la multitud. La escena que se desarrolla ante nosotros parece sacada de Abierto hasta el amanecer, la vieja película de Quentin Tarantino. No me extrañaría que en cualquier momento aparecieran unas cuantas personas escupiendo fuego y algunas chicas semidesnudas bailando alrededor de unas barras y enseñando los colmillos.

—¿Puedes explicarme qué es esto?

—Una fiesta.

—Eso ya lo veo.

Se ríe al verme sacar a mi yo macarra.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—De donde yo vengo, no llamamos «reuniones» a las fiestas.

—Esto no son las afueras de Atlanta.

—No me digas. —Miro a mi alrededor y veo que las botellas y los porros fluyen a raudales; también me fijo en que algunos coches tienen matrícula de otros estados—. Y no todo el mundo es de aquí.

Sean asiente con la cabeza.

—Muy observadora.

—Venga, Sean, dame algún dato.

Él señala hacia un El Camino en cuyo capó trasero están sentados dos hombres descomunales, observando la fiesta con expresión impasible. Está claro que son hermanos, porque se parecen.

—¿Ves a esos dos?

—Sí.

—Son Matteo y Andre, La Nana Española. Detrás de ellos está su grupo. Son de Miami.

—¿Han venido hasta aquí desde Miami?

—Sí.

—¿Para una fiesta?

Sean asiente con la cabeza.

—¿Por qué se hacen llamar La Nana Española?

Él me mira.

—Échale imaginación.

—Eso no da ningún miedo.

—Yo te protejo, pequeña. —Le creo. Sean saluda con expresión pétrea a los de Miami con un movimiento de cabeza cuando estos se nos quedan mirando. En respuesta, ellos levantan la barbilla de forma casi imperceptible—. Y ese grupo de allí es el del idiota de Marcus —añade, señalando un camión donde uno de los chicos aterriza tras hacer una voltereta desde el capó de una camioneta antes de beber un trago de Jack Daniels—. Y el que está a su lado es Andrew. Eso es Tallahassee y el resto de Florida, y son unos putos sinvergüenzas. Así que no te acerques a ellos si no quieres que te desplumen.

Sean se toma su tiempo para pasear conmigo por la fiesta, por la reunión, o por lo que quiera que sea eso y pronto me fijo en la cantidad de tatuajes de cuervos que adornan el brazo de todos los asistentes. Algunas de las chicas también están tatuadas con unas delicadas alas en los omóplatos. Unas cuantas llevan tops de cuello halter, sin duda para lucirlas. Me doy cuenta entonces de que esas alas indican pertenencia.

Sean me lleva hasta un barril recién abierto y me pasa una cerveza. La acepto y le doy un trago, preocupada por lo que ocultará en realidad esta fiesta. Sean socializa con algunos de los grupos y charla animadamente mientras yo observo a otras personas que están apoyadas en sus coches, mirando al resto de los participantes. Al cabo de unos minutos, me pongo de puntillas y me acerco a Sean.

—¿Perteneces a una banda? —le susurro. Él suelta una carcajada, inclinando la cabeza hacia atrás. Frunzo el ceño—. ¿Qué es lo que te hace tanta gracia?

—¿Es que tenemos pinta de matones?

No. Sí. Un poco.

—Entonces ¿qué es esto?

—Simplemente un grupo de personas con intereses comunes que se juntan para pasar el rato.

—¿Con el mismo tatuaje?

Él se encoge de hombros.

—Es un tatuaje de tío duro.

—Sean —le espeto con impaciencia.

Aunque estamos socializando con Alabama, él levanta la barbilla hacia Tallahassee y se vuelve hacia mí.

—Tengo que ir a hablar con unos tipos. ¿Te importa esperarme aquí?

Lo miro a la cara con los ojos muy abiertos.

—Nadie te va a tocar un pelo, Cecelia. Has venido con Dominic.

—¿Y eso qué significa exactamente?

—Significa que vuelvo ahora.

Sean sonríe y niega con la cabeza mientras se dispone a marcharse, pero yo lo agarro del brazo.

—¿Dónde está Layla?

—Estará por ahí, en alguna parte. Ve a buscarla, yo volveré en un momento.

—¿En serio me vas a dejar aquí? —exclamo en voz baja—. ¿Sola?

Él se bebe la cerveza de un trago.

—Sí.

«Joder. Joder. Joder».

—¿Es como una de esas pruebas de «tírala a la zona profunda a ver si sabe nadar»?

Sean se ríe. El muy cabrón se está riendo.

—Y sin flotador. Saca a la macarra que llevas dentro.

Furiosa, me aferro a su brazo mientras se aleja, pero él se zafa con facilidad.

—No pasa nada, nena.

Con el pulso acelerado, busco a Tyler, Layla, Russell o a cualquier otra persona conocida en la fiesta y veo que Sean se reúne con Tyler al lado de la enorme hoguera antes de desaparecer con él detrás de unos coches.

Me propongo darle un mordisco en los huevos a Sean en cuanto pueda.

Temblando como un flan, me sirvo otra cerveza.

—¿Cómo es? —pregunta una chica a mis espaldas. Sobresaltada, derramo la mitad del vaso antes de girarme para mirarla—. Lo siento —dice con una risita—. No pretendía asustarte. Supongo que es tu primera vez aquí.

—Pues sí. —La miro de arriba abajo. Debe de ser de mi edad y tiene el pelo de color azabache con las puntas moradas. Va vestida de negro de la cabeza a las botas y lleva un collar con unas alas de cuervo plateadas y negras sobre su amplio escote—. ¿Te refieres a Sean? ¿Por qué? —Tiene una belleza exótica y los celos me atenazan de tal forma que no puedo evitar preguntárselo.

Ella se acerca a mí, vacilando claramente mientras sus ojos de color marrón claro se clavan en los míos.

—Perdona, supongo que es un poco raro preguntarle esto a… ¿su novia?

Ella desea a Sean y me lo está soltando descaradamente a los pocos segundos de conocerme. ¿Es así como funciona esto? O, mejor dicho, ¿estaría él interesado en ella?

—No sé… lo que somos. —Bebo un trago de cerveza—. Llevamos poco tiempo.

—Es difícil saber lo que eres con cualquiera de estos gilipollas, a menos que te den las alas —dice, suspirando. Luego mira mi vaso—. Se te ha acabado. Vamos a por otra.

Yo antes no bebía, al menos no así. La culpa la tienen los nuevos hombres de mi vida y los nervios que me hacen pasar. Ella señala con la cabeza al tipo que se ocupa del barril mientras recorremos los pocos pasos que nos separan de él y le entregamos nuestros vasos.

—Soy Alicia.

—Cecelia. —Es unos cuantos centímetros más alta que yo y definitivamente no es de las que pasarían desapercibidas para el sexo masculino. Ella me analiza con la misma curiosidad—. ¿Has venido con alguien?

—Con mi hermano —responde—. Somos Virginia.

—Ah.

No dice «de Virginia», sino que se adueña del estado entero.

—Dominic nunca había traído… Ninguno de los dos había traído nunca a una chica aquí. Creía que habías venido con Dom, así que no estaba segura de con cuál estabas.

Vacilo antes de responder, porque no sé muy bien qué decir. Así que decido no hacerlo. Ella sonríe y me hace un favor al retirar la pregunta de la mesa, así que yo se lo devuelvo, a pesar de los celos persistentes.

—Sean es amable, considerado, inteligente…, muy inteligente, atento, sexi, divertido y protector. —Y mío.

—Me lo imaginaba —suspira, echándose por detrás del hombro la oscura melena, que le llega hasta la cintura.

Esa chica tiene el pelo más bonito que he visto nunca.

—Así que te hace tilín, ¿eh?

Ella sonríe a modo de disculpa.

—Solía venir mucho a Virginia cuando yo era más joven. Nunca he hablado con él, pero sí, podría decirse que sí. Espero que no te moleste.

Lo hace, en cierto modo. Pero está siendo sincera.

—También es brutalmente honesto, como tú.

—¿Sí? —Ella sonríe.

—Pero estoy con él.

Ella asiente.

—Entonces me retiro. Es que… es perfecto, pero eso tú ya lo sabes. Y Dominic también. Aunque me da muchísimo miedo.

«A mí también». Pero porque nunca me canso de él.

—Sí, son… difíciles de describir.

—Venga, tía —dice, dándome un codazo—, ¿qué has hecho exactamente para entrar en ese coche?

«Me los he follado a los dos juntos en una balsa». Me avergüenza la vulgaridad de mi pensamiento, pero, a pesar de todo, me echo a reír.

¿En quién coño me he convertido? Alicia me mira con extrañeza.

—Perdona, ha sido una semana interesante. Conocí a Sean en el trabajo y empezamos a salir juntos.

—Si mi hermano no fuera tan idiota, yo también podría hacer eso.

—¿Es demasiado sobreprotector?

—Sí, hasta me he planteado cargármelo mientras duerme.

—¿Has estado en muchas de estas?

—Esta es la cuarta. —Pone los ojos en blanco—. Con veinte años y todavía tengo que pedirle a mi hermano que me deje jugar con él y sus amigos.

—¿De qué va la reunión?

Ella se encoge de hombros.

—Solo es una fiesta.

Yo resoplo. A la tercera no va la vencida.

—¿No te parece raro que todos estos hombres lleven el mismo tatuaje?

Ella se encoge de hombros con indiferencia.

—La verdad es que no.

—Por favor, por favor, dime qué se me está escapando.

Ella frunce el ceño.

—¿No sabes nada?

—No. ¿Son de una banda?

Alicia ahoga una carcajada al verme la cara.

—No, no en ese plan. Pero, si nos detuvieran ahora mismo, seguro que la mitad de estos anormales acabarían en el trullo.

—¿Por qué?

—Por sus delitos.

Preguntas y respuestas ambiguas. Esa costumbre empieza a resultarme exasperante y veo que ella se da cuenta. Lo intento desde un ángulo diferente.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

—Porque creo en esto.

—¿Y qué es «esto»?

—Una fiesta.

Cabreada, miro a mi alrededor en busca de Sean o de Dominic, pero no hay ni rastro de ellos. Cuanto más miro, menos caras reconozco. Tampoco veo a los chicos del taller.

Ella se da cuenta de que estoy asustada y hace lo posible por tranquilizarme.

—No tienes nada que temer. Solo es una reunión. Suelen hacerlas un par de veces al mes.

—¿Como los masones?

Ella asiente de inmediato.

—Eso es. Como si fuera un club.

—¿Y no puedes hablarme del club? ¿Es como la regla número uno de El club de la lucha?

—¿Qué es eso?

—Una película. —Me paso las manos por el pelo con frustración—. Da igual. ¿Así que esto es un club?

—Claro, y supongo que podría decirse que esta su sede.

—Y ese collar…

—Significa que pertenezco a alguien o que estoy con alguien del club. —Alicia hace una mueca—. Ahora mismo, con mi hermano.

—Entonces ¿quién es el líder?

—No hay líder en una fiesta.

—¿No decías que era un club? —replico.

—Una fiesta de un club.

Más evasivas, otras mil preguntas que surgen y que sin duda quedarán sin respuesta.

—Esto es muy raro —murmuro mientras alguien suelta una carcajada detrás de nosotras.

—Al principio, a mí también me lo parecía.

—¿Y ahora?

Alicia se encoge de hombros, saca un porro de la nada y lo enciende.

—Es una forma de vida. —Exhala una bocanada de humo y me lo ofrece.

—No, gracias.

—¿Seguro? Va a ser una noche muy larga.

—Sí.

Necesito estar alerta. ¿Qué coño pinto yo aquí? No dejo de darle vueltas a esa pregunta mientras observo la fiesta. Alicia me acompaña, pero sigue sin ir al grano y no consigo ninguna respuesta hasta que se forma un revuelo al otro lado de la hoguera. Ambas estiramos el cuello para localizar el origen, más allá de las llamas infernales. Al cabo de un instante, oímos el ronroneo de los motores.

—Joder, esto se pone interesante. Vamos. —Me agarra del brazo y dejo que me arrastre al otro lado del círculo, donde el Camaro de Dominic empieza a rugir junto con otros dos coches que están a su lado—. Uno es de los de Miami y el otro de Tallahassee —dice Alicia.

Sean aparece al lado de Dominic e intercambia con él unas palabras antes de darle una palmada en la espalda, alejarse y arrancar su propio coche.

—¿A dónde van?

—A jugar a pillar.

—¿Te refieres a una carrera? ¿En estas carreteras? —Me giro y veo a Sean buscándome entre la gente por detrás del volante antes de posar la mirada sobre nosotras. Oigo la respiración entrecortada de Alicia mientras nos mira a ambas y me doy cuenta de que está loquita por él. La sonrisa que esboza en nuestra dirección me pone a cien y descubro que yo también. Y no pienso compartirlo. Por mucho que estos bichos raros pertenezcan a un extraño club con sede en el quinto pino del culo del mundo—. ¿Y qué va a pasar?

—Van a competir.

—¿Y luego?

—Uno será el ganador.

Se oyen abucheos y silbidos mientras arrancan todos a la vez y van hacia la carretera. Ese estruendo, ya tan familiar, despierta algo en mi interior. Es como si un nuevo código se hubiera incrustado en mi estructura genética. Me viene a la mente una imagen de Sean poniéndose encima de mí la primera noche que estuvimos juntos y otra de los minutos robados que Dominic y yo hemos compartido esta misma noche.

—¿Ha muerto alguien alguna vez? —pregunto, empalideciendo.

—Dos personas. Pero eso fue hace años, antes de que cambiaran las reglas.

«Hace años». Me pregunto cuánto tiempo hace que existe esto. La inquietud me invade mientras miro fijamente los faros traseros de los coches antes de que desaparezcan.

Entonces oigo la señal reveladora de los motores rugiendo en la distancia. Están echando una carrera. Una parte de mí desearía estar dentro de ese coche con Dominic. Pero sobre todo estoy aterrorizada. Sean es más prudente, pero Dominic conduce de forma arriesgada, casi temeraria.

—No te preocupes. Volverán —dice Alicia a mi lado.

—Pásame el porro —le pido, esperando que me calme los nervios.

Ella se ríe y me lo pasa. Le doy una buena calada.

Diez minutos después, el sonido de un motor nos hace levantar la cabeza. Dominic es el primero en llegar y las personas que nos rodean empiezan a vitorearlo.

—Ha ganado. —Alicia levanta la cerveza hacia él como homenaje.

—Pues claro.

Es el diablo sobre ruedas y está haciendo honor a su nombre, ejerciendo de rey de una multitud que se agolpa alrededor de su coche. El orgullo me invade mientras lo observo, consciente de que esta noche es el comienzo de algo entre nosotros. Voy hacia él, pero sale del coche nada más aparcar y empieza a apartar a los que lo están felicitando para inspeccionarse el cuerpo, soltando una sarta de palabrotas. Miami es el siguiente en llegar y, en cuanto el conductor se detiene, Dominic va corriendo hacia él para recibirlo en la puerta. Al salir del coche, el conductor de Miami sonríe de una forma que me revuelve el estómago. Inmediatamente, Dominic le da un puñetazo en toda la cara.

—Joder —dice Alicia, que sigue a mi lado.

Sean llega a toda velocidad por un lateral y, en cuanto se detiene, sale volando del coche y va hacia donde Dominic está repartiendo leña. Tallahassee llega en último lugar; cuando la luz de la hoguera lo ilumina, puede verse el costado del coche abollado, las ruedas tambaleándose y humo saliendo del capó. El conductor se baja, sonriendo con crueldad al ver cómo Dominic le da una paliza al piloto de Miami. Todos los presentes en la fiesta —incluido Sean— se quedan mirándolos darse varios puñetazos antes de ir hacia ellos, gritándole a Dominic para que se detenga. Yo no lo puedo evitar y me acerco para escuchar la conversación cuando Miami finalmente se pone a la defensiva.

—Tranquilo, Dom —dice el tipo que Sean me ha presentado informalmente como Andre, acercándose.

Su expresión me pone de los nervios. Estos hombres son peligrosos y cuando observo la cara de la mayoría de los espectadores solo veo diversión. Es evidente que están insensibilizados a lo que está ocurriendo delante de ellos, lo que me infunde cierto temor. Yo nunca había presenciado esa violencia tan brutal. Y mucho menos por parte de un hombre que hace menos de una hora me estaba poniendo cachonda con sus tiernas caricias.

Aunque tengo un poco de miedo, un deseo extraño pero carnal empieza a recorrer mi cuerpo mientras veo cómo Dominic destroza a su oponente. Le propina un último puñetazo y el tío se derrumba, aterrizando como un pelele a sus pies.

Dom se aleja y su poder barre como un maremoto a la multitud mientras se dirige a todos aquellos que están cerca de él.

—Si alguien tiene algo que decir, estaré encantado de atenderlo. —Andre levanta la cabeza y dos de los tipos que están detrás de él recogen lo que queda del tío que está en el suelo. Dominic lo sigue con una mirada furiosa—. ¡Vuelve a hacer eso y estás fuera! —le grita mientras el tipo escupe una bocanada de sangre.

Dom también tiene la mano ensangrentada y me abro paso entre la multitud para llegar hasta él mientras Sean le habla.

—Tranquilo, tío —le está susurrando justo cuando llego hasta ellos.

—Que se joda —suelta Dominic, desafiando con agresividad a todos los que están a su alrededor.

—Ya has dejado las cosas claras —dice Sean, situándose a su lado.

Dominic mira hacia donde está Tallahassee, examinando los daños de su coche.

—¿Estás bien, tío?

Él asiente con la cabeza mientras yo llego hasta Dominic y le levanto la mano para examinarla. Me aparta, se gira de golpe y se echa hacia atrás con el puño en alto. Lo baja cuando ve mi cara, que empalidece al ver de cerca la rabia de sus ojos.

—Estoy bien —me espeta, alejándose de mí.

Yo retrocedo y choco con el pecho de Sean justo cuando él me rodea la cintura con una mano.

—Deja que se tranquilice, nena. —Asiento con la cabeza mientras me atrae hacia su costado. Busco a Alicia entre la multitud por encima de su tensa figura, pero ha desaparecido—. Vamos —me ordena, tirando de mí hacia su Nova.

Echo un último vistazo a Dominic, que tiene el pecho agitado y una mirada aterradoramente feroz, antes de perderlo de vista.

—Está bien —me asegura Sean.

Me hace entrar en el coche y, en cuestión de segundos, volvemos a estar en la oscura carretera. Su inquietante tranquilidad contrasta con la fiesta que acabamos de dejar. Si no hubiera estado allí, habría pensado que me lo había imaginado.

—Estás cabreada —dice mientras la tensión crece dentro del coche.

Claro que estoy enfadada, pero estos hombres hacen que me resulte imposible establecer una línea operativa con límites estrictos sin volverme loca en el intento. Pero puedo elegir mis batallas y de esta no pienso retirarme. Ya estoy harta de tanto misterio.

—Para empezar, me has dejado tirada en una fiesta en la que apenas conocía a nadie.

—Conocías a suficientes personas como para que yo supiera que estabas a salvo, más segura de lo que lo estás encerrada a solas en tu casa.

—Sí, claro. En segundo lugar, te has largado para hacer una carrera por las montañas en plena noche. ¡Una carrera!

Él sonríe.

—Lo siento, mami.

—Eso es superpeligroso, además de una estupidez. Mira lo que acaba de pasar.

—Me encanta que te preocupes por mí.

—No me sonrías en plan sexi. —Su sonrisa se vuelve más amplia mientras mira por el retrovisor—.

Y en tercer lugar, ¿qué coño es esto? —Sean suspira—. Y no te atrevas a decirme que una fiesta o ya puedes ir borrando mi número. —Me dirige una mirada furibunda. Acabo de conseguir que se cabree. Bien—. ¿Qué es esto, Sean?

—Es la explicación que querías.

Me concentro en el haz de luz de los faros mientras no dejo de darle vueltas a la cabeza.

La norma no negociable del teléfono. El secretismo. Las omisiones y las verdades a medias. Las sutiles insinuaciones que me ha estado haciendo desde el día que nos conocimos. Esto es lo que ha estado ocultando y todavía tengo más preguntas que respuestas. No es suficiente.

—Pues explícamelo.

—Acabo de hacerlo.

—No sabes lo exasperante que es esto.

—Créeme, sí lo sé.

—Y aun así, no piensas contarme nada.

Él me mira.

—Déjame adivinar: has estado investigando esta noche y no has obtenido respuestas.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque es así.

—Así que esto es… ¿una especie de sociedad secreta? ¿Como los masones o alguna mierda así?

Sean no responde.

—Llévame a casa.

Él se ríe.

—Estoy en ello.

—Y borra mi número de teléfono.

Su sonrisa desaparece y sus dedos se tensan sobre la parte superior del volante.

—Si eso es lo que quieres…

—¡Quiero la puta verdad!

—Te la estoy contando —responde con calma—, solo que no te gusta lo que digo.

—¡Porque no tiene sentido!

—Tiene todo el sentido del mundo. —Sean se queda en silencio un par de minutos y después sigue hablando—. ¿Sabes guardar un secreto?

—Por supuesto.

—Has respondido demasiado rápido —me suelta—. Me refiero a guardarlo de verdad. ¿Tienes algún secreto que pienses llevarte a la tumba y que jamás has confiado a nadie?

—Tengo algunos, sí.

—¿Y cómo los guardas?

—Pues sin hablar de ellos. Y sin pensar en ellos. Actuando como si no hubiera pasado nada.

—Exacto. No puedo darte los detalles de algo que no existe. No puedo hablarte de las reglas, de los pormenores ni de las fechas de cosas que nunca han sucedido, joder.

—¿Y todas esas personas que estaban ahí?

—Saben guardar un secreto. Ninguna de ellas, ninguno de los asistentes, puede revelar quién estaba allí o qué pasó, porque nunca ha tenido lugar. —Sean guarda silencio durante unos minutos y sé que es porque está tratando de encontrar las palabras adecuadas. Me lanza una mirada—. Los albañiles tienen sus muros; aquí hay hileras de árboles. Así que, cuando me has preguntado qué era lo de esta noche, te he dicho la verdad. Era una puta fiesta. Cuando me has preguntado qué hacíamos, la respuesta es «Nada».

—A menos que yo participara del secreto. Si fuera así, ¿seguiría sin haber pasado nada?

El silencio es su única respuesta, aunque estoy empezando a pensar que el que calla otorga.

—Entonces ¿para qué me lo has enseñado? ¿Por qué no has dejado que siguiera ignorándolo, como el resto del mundo?

—Porque estás conmigo. —Simple. Directo. Y si quiero estar con él, tengo que estar dispuesta a participar de sus futuros secretos. Se arriesga a echarme otro vistazo rápido—. Tú decides.

—¿Y qué pasa si no quiero participar?

—Esta noche no tienes elección —replica, pisando el acelerador. Vuelve a mirar por el retrovisor y yo me giro y veo que unas luces azules parpadean en una carretera secundaria detrás de nosotros antes de girar en nuestra dirección—. Espera —dice mientras me vuelvo hacia él en el asiento.

—Será broma. Vas a parar, ¿no?

—Ni de coña, nena, no pienso permitir que me incauten esta mierda durante treinta días.

«Joder. Joder. Joder. Joder».

Suena un teléfono en su bolsillo y, cuando lo saca, no reconozco el aparato. Responde sin mirarme.

—Sí, alguien debe de haber dado el aviso… Me lo imaginaba. Será mejor dejarlo. Yo me encargo de este.

Sean pisa a fondo el acelerador mientras yo abro los ojos de par en par. Me doy la vuelta y veo que las luces se alejan; los está dejando atrás, pero todos los músculos de mi cuerpo se tensan, en estado de alerta.

—Estamos huyendo de la policía. ¿Eres consciente de eso? —Me hundo en el asiento mientras Sean me ignora por completo, concentrándose únicamente en la carretera—. ¡Sean, esto no tiene ni puta gracia!

—Te lo repetiré una vez más, Cecelia: ¿sabes guardar un secreto? —me pregunta tranquilamente.

Aterrada, busco la respuesta en mi interior.

—Sí.

Él reduce la velocidad metiendo una marcha más corta, da un volantazo y yo grito y cierro los ojos con fuerza mientras nos desviamos hacia un camino de grava. Cuando los abro, espero vislumbrar mi muerte inminente, pero no veo nada, porque Sean ha apagado los faros y ahora vamos a todo gas iluminados únicamente por la luz de la luna.

Casi me meo encima cuando pisa a fondo el acelerador y levantamos el vuelo por el camino de grava. Mientras los neumáticos crujen debajo de nosotros y el viento silencioso azota el interior del coche, tengo una revelación. Estos tíos con los que he estado saliendo son exactamente el tipo de hombres contra los que tu madre te previene y a los que se supone que tu padre debería recibir en la puerta principal con una escopeta en la mano.

Desde el primer día, me han estado advirtiendo de forma discreta y no tan discreta que guardara las distancias —tanto ellos dos como quienes los conocían— y, desde el primer día, no he hecho otra cosa que caminar directamente hacia la línea de fuego. Los rumores siempre tienen algún fundamento. Pero ¿esto? Esto no tiene nada que ver con lo que me esperaba. Y es en la oscuridad donde veo la luz. He estado yendo de aquí para allá a toda velocidad con estos enigmáticos diablos durante las últimas seis semanas y estoy siendo bautizada en toda regla con una especie de fuego infernal.

—Jeremy hablaba en serio cuando dijo que acababa de atracar a alguien, ¿no?

Silencio.

Sean hace otro giro brusco y no tengo ni idea de cómo, porque yo no veo tres en un burro, pero su fugaz mirada de soslayo lo confirma todo.

—Pasas todo tu tiempo libre cruzando líneas invisibles —digo, consciente de que es la pura verdad—. Joder, Sean. ¿Cuántos secretos tienes?

Él me responde con otro volantazo antes de frenar en seco. Luego apaga el motor y nos quedamos allí sentados, en silencio, ocultos entre los árboles. Me giro en el asiento, pero no veo ni rastro de las luces azules. Nunca he sido propensa a los ataques de pánico, pero estoy segura de que en estos momentos estoy sufriendo algo muy parecido a uno.

—Tranquila, nena. Los hemos despistado. Les llevábamos demasiada ventaja. Ni siquiera habrán podido ver el modelo del coche. Estamos a salvo.

—¿A salvo? —Jadeo, tratando de estabilizar mi respiración—. ¿Me estás vacilando? —Sean me observa atentamente mientras yo reúno y analizo todas las señales de alarma que se han ido acumulando delante de mis narices durante las últimas semanas—. Esto no me lo esperaba. Sabía que algo estaba pasando, pero ¿esto? ¡Tyler es un marine de Estados Unidos! ¿Y está metido en este rollo?

Él asiente con la cabeza.

—¿Qué alcance tiene esto, Sean? —Él se muerde el labio, pensativo, mientras yo lo miro fijamente. Señalo el teléfono que descansa entre sus muslos—. Ese no es tu móvil.

—Nunca lo ha sido. —Con manos ágiles, extrae la tarjeta SIM y la parte por la mitad.

—Entonces ¿sois todos unos puñeteros proscritos o algo así?

—Algo así.

—¿Todos?

—Todos los del cuervo estaban invitados a la fiesta. Y todos saben guardar un secreto. Si no…, no hay juerga para ellos. Y probablemente nunca más la tendrán.

Niego con la cabeza con incredulidad.

—No te conozco en absoluto, ¿verdad?

—Claro que me conoces —asegura él, acercándose a mí, pero yo retrocedo ante su avance. En la penumbra del habitáculo, el leve escozor del rechazo brilla en sus ojos mientras maldice y aprieta los puños antes de girarse hacia mí—. Sí me conoces. —El suave timbre de su voz hace que se me humedezcan los ojos—. Conoces mi mente y mi corazón. Me conoces. Yo me he asegurado de ello. Pero este es mi mundo, nuestro mundo, y, si quieres entrar, tendrás que tomar otra decisión.

 

 

Sean habla, sacándome de mi ensoñación.

—Veo que he vuelto a dejarte sin palabras. Y no en el buen sentido.

Su tono es lúgubre y sé que es consciente de la batalla que estoy librando. Me ha puesto en una situación peligrosa con su explicación, pero también ha dejado una puerta abierta de par en par al otro extremo para facilitarme una huida rápida. El problema es que ni siquiera me atrevo a mirarla, porque eso significaría perderlo. El hecho de no saber nada de la fiesta es mi tabla de salvación. Es el momento de marcharme sin ataduras. Simplemente siendo consciente de su existencia, pero sin nada que me involucre.

Sean me acaricia con un nudillo la barbilla temblorosa y cuando levanto la vista veo que hemos aparcado delante de su casa. Estaba tan sumida en mis pensamientos que me he perdido el camino de vuelta.

—¿No me ibas a llevar a casa?

—No he especificado a cuál.

—Se te da muy bien mentir.

—Y a ti muy mal. —Se ríe y su hermoso pecho sube y baja—. Además, en realidad no quieres irte a tu casa.

Vuelve a acercarse a mí y yo rehúyo su contacto porque me atraerá todavía más. Ahora mismo, estoy rozando una línea muy peligrosa en una especie de realidad paralela.

—Cecelia, he intentado facilitarte al máximo las cosas. Tenía que asegurarme de que podía confiar en ti.

—Sigo sin saber nada.

—Y eso ha evitado que te involucres, con todo lo que ello implica. Pero, a partir de este momento, tu decisión hará que las cosas cambien. —Me mira, apretando la mandíbula—. Yo también tengo mucho que perder. —Sean gira la cabeza para mirar por la ventanilla y juraría que lo oigo susurrar «Mucho más». Luego apoya la cabeza en el asiento y suspira antes de volverse de nuevo hacia mí, con cara de cansancio—. Te volverás loca tratando de entenderlo. Todo lo que hacemos es por una buena razón. Si decides quedarte, muchas de tus preguntas se responderán con el tiempo. Pero todo el mundo en la fiesta tiene que ganarse su lugar. Sin excepción.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Esta noche no. Al menos hasta que tomes una decisión. Y, aun así, no puedo garantizarte una respuesta. Venga, vamos a dormir un poco.

Sean apaga el motor y sale del coche. Entro en casa en silencio, detrás de él, y subo las escaleras hasta el dormitorio. Todo ha cambiado, todo lo que tiene que ver con mi implicación. Debo participar de buen grado en todo lo que venga o alejarme de él. Ya puedo sentir el peso de la decisión en mi corazón.

Tras cerrar la puerta del dormitorio, Sean se quita la camisa y se desprende de las botas.

Estoy demasiado agotada por el subidón de adrenalina como para discutir y está claro que él también. Se desabrocha los vaqueros y se los quita, junto con el bóxer. Al verlo desnudo, me entran ganas de acariciar su cuerpo y se me acelera el pulso, pero en el fondo solo siento miedo.

Ya estoy más que medio enamorada de este hombre y dejarlo me rompería el corazón. Él me mira fijamente, sin duda leyéndome el pensamiento. Luego desaparece por el pasillo para ir hacia el baño, dejando la puerta abierta antes de encender la ducha.

Una invitación.

Otra decisión.

Yo lo sigo, cierro la puerta, me desnudo y lo acompaño. Él me abraza y me besa durante varios minutos. Cuando volvemos a la habitación, nos secamos en silencio con la toalla y yo me pongo una de sus camisetas antes de meterme en la cama y acurrucarme entre sus brazos, que me están esperando.

—Por favor, entiéndelo, no había otra manera —murmura sobre mi cuello, apretándome contra su cuerpo.

Está empalmado, pero lo ignora; se limita a abrazarme con fuerza, debilitándome con su olor.

Debería sentirme traicionada, pero la verdad es que entiendo por qué me ha iniciado de esta forma. Y ahora también entiendo que, si decido entrar, tendré que aprender a mentir mucho mejor y que, si no soy capaz de guardar un secreto, me costará mucho más que un corazón roto.

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