Vuelo
Entonces » Capítulo 29
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Sean duerme a mi lado. Se ha quedado frito a los pocos minutos de posar la cabeza en la almohada. Yo estoy acurrucada entre sus brazos, inquieta, dándole vueltas a la situación.
Esto podría echar a perder mi futuro.
Un paso en falso y estar implicada en cualquiera de sus turbios negocios podría costarme la vida.
¿Merece la pena mezclarse con ellos?
¿Qué tipo de futuro nos espera?
Para ellos, esto no es una fase que acabarán superando, es su forma de vida. Su objetivo. ¿Quiero estar atada a Sean por una relación que puede o no funcionar?
Esta decisión, esta elección, es una locura. Una a la que nunca habría pensado, ni en un millón de años, que tendría que enfrentarme.
Distorsiona el orden natural de las cosas. Es una vida sin barreras.
Pero en el fondo lo sabía. Sabía que había algo que estaba mal, muy mal, y que obviamente era peligroso. Solo que no me daba cuenta de lo mal que estaba y de lo peligroso que era. Como una pobre ilusa, di por hecho que no me afectaría.
Cuanto más me pillo, más me enredo y, si no tengo cuidado, si no decido salir, me encadenaré con nuevos secretos.
Pero me voy a marchar. Dentro de un año, me iré. Eso es así. No pienso renunciar a la universidad ni tirar por la borda la posibilidad de tener estudios superiores por nadie.
¿Cuántas cosas podrían pasar realmente en un año?
Me vienen a la mente las palabras de Tyler el día que nos conocimos.
«Es increíble lo que pueden cambiar las cosas en un día, ¿verdad? Eso es muy habitual por aquí».
—Y que lo digas —susurro sobre el pelo de Sean.
Necesito consultarlo con la almohada. No tengo por qué tomar hoy la decisión. Puedo mantener las distancias hasta que me haya decidido. Tengo fuerza de voluntad.
«Mentirosa».
Lo peino con los dedos y él gime ligeramente en sueños en señal de agradecimiento, haciéndome sonreír.
El sueño se resiste a llegar. Me desenredo de Sean, echo las sábanas hacia atrás y oigo el sonido de un motor en la entrada. Al bajar las escaleras, veo a Dominic sentado delante de la mesa de la cocina, peleándose con un paquetito envuelto en plástico y con una cerveza recién abierta al lado.
—¿Te la has roto?
Él levanta la vista desde la silla y me observa antes de reanudar su tarea. Me acerco a él, le quito la gruesa gasa de la mano y examino con cuidado la herida. Tanto la muñeca como la mano tienen el doble de su tamaño normal.
—Uf. Podría estar rota.
—Puedo doblarla.
—¿Estás bien?
—Ha sido una noche de mierda. —Coge la cerveza de la mesa y le da un trago largo.
—¿Dónde está Tyler? —le pregunto, empezando a ponerle la venda.
—No está de humor.
—¿Ha pasado algo más?
—Está bien. Cosas de negocios, como siempre.
—Solo era una fiesta, ¿no? —Puedo sentir sus ojos sobre mí mientras pongo cuidadosamente el vendaje sobre su piel—. Dime si está demasiado apretado.
—¿Por qué has decidido seguirnos el rollo?
Me quedo inmóvil. Observo sus insondables ojos plateados, que amenazan con arrastrarme a las profundidades, y desvío la mirada. Cuando tome una decisión, tendrá que ser lejos de esas dos distracciones que solo harán que me resulte todavía más difícil distanciarme.
—Aún no tengo claro que vaya a hacerlo.
—No creía que fueras de esas.
—Y no lo soy. Estoy igual de sorprendida que tú, si quieres que te diga la verdad.
—Eso siempre.
Esbozo una sonrisa mientras le vendo con esmero la muñeca y la mano.
—Dice el pervertido mentiroso.
—Algunas personas no soportan la verdad —dice Dominic antes de beber un trago del resto de la cerveza—. Es mejor dejarlas vivir en la ignorancia.
—Siempre tan críptico.
—Tú eres lo suficientemente inteligente como para diferenciar la verdad de la ficción.
Mis manos se detienen.
—Yo no estoy tan segura después de lo de esta noche, pero es un cumplido excepcional viniendo de ti.
—Nunca permito que la polla me nuble el juicio.
Nos miramos a los ojos durante un buen rato mientras saco nuevas conclusiones. Ambos tomaron la decisión de llevarme esta noche. Juntos. No tiene nada que ver con nuestra relación sexual. Los sentimientos que bullen en mí a causa de eso me alegran el corazón.
—Puedes confiar en mí —digo, tensando la venda con el enganche metálico.
—Eso es mucho pedir.
—También lo es que guarde tus secretos.
—Tú no conoces mis secretos.
—Sé lo que creo saber y eso me basta.
—¿Y qué crees saber?
Me he pasado las últimas horas mirando el techo del cuarto de Sean, analizando las sutiles lecciones que me ha transmitido en estas seis semanas. Él incorporó los principios del club a nuestro cortejo y lo hizo de la forma más eficiente posible, dándomelo todo bien mascado hasta que me di cuenta de lo que representaban como colectivo, sin que él tuviera que decírmelo directamente.
—Que eres uno de los cabecillas de una organización de inadaptados clandestinos que hacen cosas malas para luego poder hacer cosas buenas. —No me sorprende en absoluto que me responda con un silencio—. ¿Y ahora qué?
Él entiende perfectamente mi pregunta, que no tiene nada que ver con lo que he descubierto esa noche.
—Yo no soy Sean.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que las palabras no son lo mío. —Se acaba la cerveza mientras yo sujeto un poco mejor el enganche metálico del vendaje—. Pero me vendría bien una ducha.
No estoy segura de lo que quiere decir. Está claro que necesita mi ayuda para desvestirse a causa de la herida, pero no estoy dispuesta a ir más allá hasta que descubra lo que necesito.
Se levanta y saca torpemente otra cerveza de la nevera. Utiliza el borde de la encimera para abrirla y se la bebe como si fuera agua antes de ir hacia las escaleras. Yo lo sigo tímidamente. Una vez dentro de su habitación, echo un vistazo alrededor, aprovechando la oportunidad para asomarme a su mundo. Cientos de libros se alinean en las estanterías que rodean su estación espacial de última generación, llena de monitores gigantes. Junto a ella, sobre una mesita, se están cargando tres ordenadores portátiles. Un gruñido de dolor procedente de la habitación de al lado me impide seguir curioseando y me reúno con Dominic, que está de pie en el baño quitándose las botas. Se agacha para despojarse de un calcetín, pierde el equilibrio y golpea sin querer la encimera con la botella de cerveza mientras intenta no caerse. Yo me río, lo sujeto por las caderas y entre ambos conseguimos que siga de pie. Esboza una especie de sonrisa perezosa y sus ojos se vuelven vidriosos.
—Joder, está claro que mi mano izquierda necesita a la otra.
—Seguro que todo el alcohol que te has bajado tampoco ayuda. Deberíamos haberle puesto hielo antes.
Le quito el otro calcetín.
—Puede esperar hasta mañana por la mañana.
—No debería.
—Cecelia —dice Dominic, con un suspiro que más bien parece una súplica.
Decido ceder. Yo también estoy agotada y no me vendría mal que mi mente me dejara dormir.
Me pongo detrás de él, le desabrocho los vaqueros ajustados y se los bajo junto con los calzoncillos antes de rodearlo para quitarle la camiseta. Él me mira en silencio mientras abro la ducha y meto la mano debajo del chorro. Me rodea con el brazo bueno y me levanta la camiseta para acariciar la piel de mi abdomen.
—Gracias. No necesito nada más, ya puedes irte si quieres.
Su caricia es sensual y dulce y respondo quitándome la camiseta. Su mirada se enciende al verme desnuda. Es la primera vez que estamos a solas desnudos desde que nos acostamos y no puedo dejar de mirarlo. Pero tengo que hacerlo, así que le doy la espalda y apoyo la cabeza en el hueco de su hombro mientras el agua se calienta. Cuando está lista, me suelta y entramos. Inclino la alcachofa de manera que la mayor parte del agua caiga sobre su cuerpo. Yo ya me he duchado.
«Con otro hombre, Cecelia. Que vive con él y es su mejor amigo».
Esto no puede acabar bien y no lo hará. A menos que confíe en Sean, a menos que confíe en los dos. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y decido dejarlas a un lado, junto con las dichosas preguntas sobre la reunión, mientras echo jabón en la esponja y me dispongo a lavar a Dominic de arriba abajo. Tomándome mi tiempo, empiezo por el pecho y voy bajando, sin poder evitar fijarme en su polla cuando esta cobra vida. Empiezo a ponerme cachonda al recordar el reciente escarceo en su Camaro, la imagen de mi pezón en su boca y de los lentos movimientos de su cabeza mientras lo apretaba contra mí.
—Sean era el tercer tío al que me tiraba —revelo, mirándolo fijamente—. Eso te convierte en el cuarto. Antes de vosotros dos, había tenido dos relaciones diferentes y monógamas, algo que puede parecerte aburrido, pero… —Niego con la cabeza—. Da igual, lo que quiero decir es que no suelo ir por ahí acostándome con cualquiera. Y ese día… Nunca había hecho algo así. Nunca había estado en esa situación. Soy mujer de un solo hombre. —Silencio. El muy cabrón no piensa ponérmelo fácil—. Sé que suena hipócrita, pero, si tú te acuestas con otras, yo no puedo… —Hago un gesto señalándonos a ambos—. No voy… No creo que pueda hacer esto.
Él me mira en silencio, sin ceder ni un ápice mientras evito con cuidado su erección y froto sus muslos musculosos para eliminar los restos del día. Él mantiene la mano herida alejada del chorro de agua mientras lo rodeo, subiendo por el mismo camino por el que he bajado y atreviéndome a mirarlo a través del agua corriente. Su sonrisa ha desaparecido. Se limita a observarme embelesado mientras levanto los brazos y le echo la cabeza hacia atrás para empapar su cabello de ónice. El agua cae en cascada por todos los ángulos de su cuerpo mientras él se cierne sobre mí como la tentación personificada.
La necesidad de darle otro mordisco es casi irresistible.
Me echo un poco de champú en la mano temblorosa y le froto el cuero cabelludo con los dedos, sintiendo su aliento en el pecho. Es una agonía absoluta estar tan cerca de Dominic mientras me aferro con fuerza a lo que me queda de moral. Cuando acabo de lavarlo, salgo yo antes para secarme. Luego me tomo mi tiempo para hacer lo mismo con él, pero no me molesto en ir a buscarle unos calzoncillos: conozco sus preferencias a la hora de dormir. Pasándome de protectora, le echo pasta en el cepillo de dientes y él pone los ojos en blanco, pero lo acepta mientras yo hago gárgaras con su enjuague bucal.
Una vez fuera del baño, siento que me sigue con la mirada mientras aliso y echo hacia atrás las sábanas arrugadas. Cuando se mete en la cama, me inclino sobre él y le doy un beso en la frente, consciente de que no le va a gustar. No me equivoco. Se retuerce de disgusto ante ese acto maternal, fulminándome con la mirada.
Yo no puedo evitar reírme y lo acaricio con las puntas mojadas del pelo para fastidiarlo. Me echo hacia atrás, quedándome suspendida sobre él, y lo veo sonreír antes de agarrarme por el cuello y acercar mi boca a la suya. Me mete la lengua hasta el fondo, poniéndome a cien. Un gemido brota de mis labios mientras me folla a conciencia con la lengua antes de apartarse y ahuecar la almohada.
—¿Quieres que me quede?
—Yo no soy Sean.
Asiento y me alejo.
—Si me necesitas, ya sabes dónde estoy.
Un poco resentida por su rechazo, vuelvo a salir al pasillo. Sean está cambiando de posición en la cama y levanta la sábana para hacerme sitio.
—¿Está bien?
—Sí.
Se acerca a mí para abrazarme y, en cuestión de minutos, estoy en el mundo de los sueños.