Vuelo
Entonces » Capítulo 30
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Sean se ha ido a andar a primera hora y yo he decidido quedarme para comprobar cómo está Dominic. Lleva toda la mañana en la habitación. Sé que tiene dolor. Tras horas esperando en vano a que aparezca, subo las escaleras bien pertrechada y llamo a la puerta.
—¿Sí? —responde él al otro lado.
Abro lo justo para pasarle una taza de café.
—Café solo —digo. Él lo acepta—. Huevos poco hechos —añado, pasándole un plato—. Bolsa de guisantes congelados. —Para acabar, asomo la mano por la puerta—. Y… ¿tu chica? —Dejo la pregunta en el aire, al igual que la mano, agitándola de un lado a otro con una sonrisa en los labios.
Riéndose, él tira de mí hacia la habitación y me pone sobre su regazo. Está sentado delante de la mesa del ordenador. Deja el desayuno a un lado del teclado.
Me pasa la mano buena por la espalda y por las puntas del pelo mientras le pongo los guisantes sobre la muñeca. Él se estremece.
—¿Mal?
—Duele de cojones.
Su estado de ánimo ha mejorado bastante desde la noche anterior, afortunadamente.
—Te está bien empleado. ¿Por qué te pusiste así de loco?
—Tengo mal carácter.
—Nooo, ¿tú?
—Ya, bueno, ese hijo de puta casi mata a Sean.
—Entonces me alegro de que le hayas roto la mandíbula. —Se hace un silencio tenso y, de repente, me siento incómoda—. Solo quería saber cómo estabas. —Intento levantarme para dejarlo desayunar, pero él me lo impide, cambiándome de posición en su regazo antes de coger el tenedor para comer. Su olor a limpio me envuelve mientras permanezco sentada entre sus brazos. Echo un vistazo a su habitación a plena luz del día. Observo por encima de su hombro la biblioteca privada, que ocupa toda una pared—. Parece que te gusta leer.
—Podría decirse que sí.
—A mí también. He de admitir que nunca dejáis de sorprenderme —digo, negando con la cabeza.
—¿Por qué? ¿Porque no somos unos analfabetos con un historial delictivo kilométrico?
—La imagen que proyectáis es engañosa y… eficaz. —Las suposiciones de otros incautos como yo les hacen pasar desapercibidos. A lo sumo, dan la impresión de ser unos delincuentes veinteañeros, pero esa no es toda la verdad. La gente cree lo que quiere creer. Los chicos no desmienten ni niegan su reputación, porque eso los mantiene en la sombra. Y la sombra es su terreno de juego—. No te imagino en un campus universitario. ¿Te gustaba vivir en Boston?
—No estaba mal. —Moja la tostada en la yema y se la mete en la boca.
Miro hacia atrás mientras él devora los huevos en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Están ricos?
Dominic asiente con la cabeza.
—Gracias.
—De nada. —Miro hacia la pantalla—. ¿Qué estás haciendo?
—Desayunar.
—Dios. —Pongo los ojos en blanco—. ¿Es que nunca vais a darme una respuesta directa?
—Acostúmbrate. —Empuja el plato vacío a un lado y mueve el ratón. El monitor cobra vida y aparecen unas líneas de código.
—Madre mía, parece Matrix. ¿Qué es?
—No lo sé, aún no has elegido de qué color quieres la pastilla. —Dominic sigue mirando la pantalla. Es prácticamente toda negra. No hay enlaces del navegador ni nada. Simplemente, van apareciendo números, algoritmos, que parece que él interpreta con facilidad.
—Es una puerta trasera —explica, moviendo el ratón.
—¿Una puerta trasera?
—Para llegar al sitio al que quiero ir.
—¿Eso es la dark web?
Él esboza una sonrisa, lo que indica lo despistada que estoy.
—Es mi web.
—¿Tú eres la araña?
—Con dientes. —Me muerde el hombro y mi entrepierna palpita.
—Así que tú eres el cerebro, ¿no?
—No me hagas caso.
Su comentario da paso a un nuevo silencio desquiciante. Sabe que no tengo ni idea de lo que estamos viendo y eso me mantiene a salvo aunque forme parte del secreto.
Todavía sentada de lado sobre su regazo, le acaricio el cuello y los musculosos hombros. Solo lleva puesto un pantalón de chándal negro, lo que me da libertad para tocarlo y eso es exactamente lo que hago. Él me lo permite. Su piel es sedosa, con unas líneas y unos músculos que parecen hechos con cincel. Su miembro se endurece debajo de mí y él lo ignora, haciendo clic con el ratón una y otra vez, antes de ponerme mirando hacia la pantalla y pedirme que escriba. Después de ducharme, decidí no ponerme el tanga de la noche anterior, así que lo único que nos separa es el tejido de su chándal, apenas imperceptible. Incapaz de ignorar la electricidad que corre por mis venas, respiro de forma agitada mientras mis pezones se tensan cada vez que él me susurra una orden. Me dirige con soltura, en una sinfonía de movimientos cuidadosamente orquestada, hasta darse por satisfecho. Nos pasamos así casi una hora. Su cuerpo se va cargando con las caricias que le robo, pero él sigue concentrado en la tarea que nos ocupa mientras yo me estremezco, expectante. En esos minutos, paso de estar húmeda a empapada. Miro hacia atrás de vez en cuando para contemplar sus oscuras pestañas y la perfección de su rostro en general. Me cuesta muchísimo no tocarlo, pero él me da un codazo cada vez que pierdo la concentración y obliga a mis dedos a seguir trabajando mientras empiezo a temblar de deseo.
—Vale, gracias —susurra.
Para entonces, ya he caído rendida a sus pies.
—De nada.
Me he recolocado sobre él varias veces para que estuviera más cómodo, pero sé que probablemente esté cansado de ser mi silla y, a estas alturas, me aterra haberle dejado el regazo hecho un desastre. Lentamente, empiezo a levantarme cuando él entierra su nariz en mi pelo, enganchándome de nuevo a él. Jadeo mientras por fin decide prestar atención al bulto que tiene debajo del chándal y a la intensa energía que hay entre nosotros. Me aferro desesperada a mi fuerza de voluntad y me dispongo a hablar, pero él se me adelanta.
—No.
Giro la cabeza y saboreo la lujuria con la que me topo. Sé que ese no está relacionado con las preguntas que le hice la noche anterior. Nos miramos fijamente mientras él me sujeta con mayor firmeza por la cintura.
—Sé lo que tengo entre mis manos, sé cuál es tu valor —susurra y sus palabras son tan íntimas que por un segundo creo haberlas imaginado—. No soy un adolescente que se empalma por primera vez. Y aun cuando lo era, jamás traté de demostrar mi valía usando mi polla como signo de exclamación. Anoche te dije todo lo que necesitabas saber. Esta es tu decisión, Cecelia, no me hagas responsable de ella.
Me quedo allí sentada, aturdida, parpadeando varias veces hasta que él me agarra por la nuca. Su áspera exhalación golpea mis labios y me besa apasionadamente. Hasta tal punto que lucho por tomar aire, aferrándome a la cordura, mientras él me devora y yo me abro para él, relajando mis extremidades. En su beso pierdo una parte de mí misma y sus palabras hacen que levante el vuelo mientras su lengua me persuade para que siga allí con él. Sin despegar nuestras bocas, me levanta la camiseta y se separa de mí lo justo para desnudarme por completo. Luego sus labios regresan y capturan mi gemido mientras nos fundimos el uno con el otro. Embriagada por la intensidad de nuestro intercambio, me hundo en él; mi cuerpo se alinea con el suyo mientras Dominic controla nuestro ritmo con la lengua. Sintiéndose acunado y arropado, mi pecho sube y baja con él mientras nos adentramos en la zona profunda.
Besándome y mordisqueándome, se aferra a mi cuello y me levanta para bajarse el pantalón del chándal. Aprieto su pene con fuerza y su gruñido rebota en el fondo de mi garganta mientras lo exprimo desde la raíz hasta la punta hinchada. Su miembro se sacude en mi mano antes de que Dominic busque entre ambos una muestra de mi deseo. Gime dentro de mi boca y me frota el coño con la palma de la mano, masajeándome el clítoris mientras me mete un dedo. Entonces alejo mi boca de la suya y emito un fuerte gemido cuando sus dedos me conquistan y dejo caer la cabeza hacia atrás para apoyarla en la base de su cuello. Nos acariciamos mutuamente con desenfreno, hasta que él se aparta y me da una orden tajante.
—En el cajón de la mesilla.
Me levanto de inmediato y saco un condón de la caja. Me apresuro a volver a la silla en la que Dominic está sentado. Me arrodillo y levanto la vista hacia sus ojos, que me observan con atención. Luego sujeto su verga por unos instantes antes de llevármela a la boca. Él sacude las caderas al sentir el contacto.
—Joder —murmura.
Ahueco las mejillas y aprieto los labios alrededor de su miembro antes de introducirlo hasta el fondo de mi garganta. Él acaricia con un dedo mis labios abiertos mientras lo succiono profundamente antes de que el anhelo me venza y me haga soltarlo de golpe. Desenrollo el látex sobre su polla, me levanto y él me da la vuelta, estrujándome el culo, antes de abrirme y meterme los dedos para prepararme. Captando la indirecta, me apoyo en los reposabrazos de la silla mientras él coloca en posición su gruesa verga. Poco a poco, voy desciendo sobre él, abierta al máximo a causa del ángulo de la acometida.
Cuando por fin me siento, se me escapa un grito ahogado al mismo tiempo que Dominic gime sobre mi nuca. Él nos aleja del escritorio con sus piernas como único punto de anclaje al suelo y reclina la silla de manera que me quedo prácticamente tumbada sobre él. Entonces me embiste y yo empiezo a moverme, jadeando y gritando su nombre.
—Joder —dice sin aliento, excitado.
La gratitud que contiene esa única palabra es suficiente para mí. Es lo único que necesito.
Dominic pasa la mano buena por mi escote y me acaricia los pechos antes de bajarla hacia el punto en el que estamos conectados. Sus caricias son metódicas, lentas y concienzudas. La sensación que me transmite es increíble y no hace sino aumentar mi euforia después de su reconocimiento. Este no puede ser Dominic.
Pero lo es.
Es él.
Tengo el cuerpo tenso. Mis dedos de los pies, suspendidos en el aire, se encogen con cada acometida. La sensación de tenerlo debajo de mí, follándome suavemente mientras mi cuerpo se desliza sobre su pecho, es abrumadora. Muevo las caderas y me encuentro con él en cada embate hasta que ambos aumentamos de repente el ritmo, ávidos de más. Él me penetra profundamente mientras acaricia arriba y abajo con el dedo mi clítoris empapado. Trabajamos en equipo. Nuestra respiración es lo único que se oye en la habitación cuando él baja el dedo para metérmelo y abrirme más todavía, haciéndome vibrar.
—Dios…, Dom…
Me estremezco de pies a cabeza mientras él me muerde el hombro. El orgasmo llega justo cuando él se impulsa hacia arriba, animándome a surfear la ola que me atraviesa. Necesito todas mis fuerzas para no desplomarme al bajar, pero el hecho de sentirlo dentro de mí y el sonido de sus jadeos en mi oído me estimulan y balanceo las caderas antes de bajar la mano y apretar la base de su pene.
—Joder —murmura él mientras se propulsa hacia arriba, haciendo que nos despeguemos de la silla un par de veces antes de exhalar, rindiéndose por completo sobre mi cuello al correrse.
Aturdida, giro la cabeza para recibir su beso devastador, con la sien húmeda, cubiertos ambos por una fina capa de esfuerzo. Cuando nos separamos, nos quedamos mirándonos, sin palabras, saciados. Y entonces, lentamente, muy lentamente, sus labios se curvan por completo hacia arriba, dejándome sin sentido. Es la primera vez que me dedica una sonrisa como es debido y yo hago una fotografía mental, consciente de que es una imagen que nunca olvidaré.
Me levanto para ir al baño a por una toalla, la humedezco con agua caliente y vuelvo justo cuando él se está quitando el condón. Coge la toalla que le ofrezco y se limpia el regazo antes de subirse el chándal. Sin tener ni idea de qué hacer después de haberlo hecho con Dominic, me preparo para escuchar sus groserías y ser rechazada con crueldad, pero me sorprende al ponerme la mano en el cuello para acercarme a él y besarme. Me espero algo breve, pero funde su boca con la mía y yo le devuelvo el beso con entusiasmo. Nos quedamos de pie en medio de la habitación como si fuera nuestro primer beso de nuevo, explorándonos mutuamente. Con la ventaja que me otorga disponer de dos manos, le acaricio el pecho y voy bajando hacia el bulto que empieza a crecer bajo sus pantalones de chándal. Su sonrisa desaparece y sus ojos de color gris plata se entrecierran.
—Métete en la cama.